Artículos Extraído del número #189 de la revista Cáñamo

Arte y Cultura 21-06-2015

Fela Kuti, cannabis para una revolución inminente

Por Cáñamo

Texto: Martín Correa-Urquiza; Ilustración: Fabiana Rossarola

Fabiana Rossarola

Fela Kuti incitó a la revolución. Con aquel cigarro de finas hierbas colgando entre los dedos; en cada concierto sacaba a relucir un nuevo texto, una nueva y única música a partir de la cual incitaba al trance y a la transformación. Fumando, cantando, danzando, convocaba al encuentro del África Negra. 

Fue uno de los activistas políticos más constantes y musicales de África. Nació en Nigeria, pero ha sido y es un símbolo en gran parte del continente negro, sobre todo por aquello de no callarse a pesar de los intentos constantes de gobiernos y ejércitos por borrarlo del mapa. Mataron a su madre en una ocasión –la tiraron por la ventana de una casa en Kalakuta Republic, la comunidad que Fela había creado para reforzarse y poner en práctica ciertas ideas de convivencia–, pero el efecto en él fue exponencialmente distinto; se agudizó en su batalla, transformó cada escenario, cada circunstancia pública en un mitin por la transformación y descolonización definitiva. Mezclaba de manera ágil las ideas del Black Power con los preceptos religiosos de Haile Selassie; se pasó del cristianismo bajo el que había nacido, a la religión yoruba; creyó en los antepasados y en el encuentro con ellos como punto de partida para la transformación. “Las raíces de África están en África”, decía. 

Es interesante cómo ciertos fenómenos como Fela Kuti son recordados de diferente manera dependiendo de los intereses concretos de quien recuerde. Y esto lo digo porque aún en la actualidad, en Europa y América, suele ser evocado como el rey inventor del afro beat, un tipo de ritmo que bien puede ser pensado como descendiente de un jazz envuelto en funk con tambores de piel curtida. Y claro, aquí fue él músico, sobre todo, el músico. Pero allí, que es el aquí de los otros, Kuti fue un activista político, un agitador adorado, un despertador de conciencias. Fue siempre un defensor de la libertad del individuo, de la libertad profunda. No aquella que provenía de ajustarse a las demandas de los gobiernos para reproducir libremente lo que los otros decían que había de hacerse, sino la que surgía de una demanda interna, de la necesidad de terminar con el colonialismo introyectado en el alma de África. Fela Kuti comprendía perfectamente que las independencias del continente habían quedado truncadas por la complicidad de los gobiernos locales con las estructuras multinacionales europeas. Lo supo desde el momento en el que comenzaron a gestarse y no paró de denunciarlas. Esa era su misión asumida; despertar junto al pueblo, trabajar por la provocación colectiva, y no había nada mejor que la música para hacer eso en África. La música mueve los cuerpos, y desde siempre África ha pensado y reflexionado mientras movía el cuerpo. Allí, son dos cuestiones de alguna manera inseparables. 

Fabiana Rossarola

Si bien nació en Ogun (Nigeria), el contacto con otras realidades, el viajar y vivir un tiempo en Londres, por ejemplo, le ayudó a comprender otras cosas que la distancia regala. Lo puso en contacto con otros movimientos que reclamaban cuestiones similares a las que él intuía como reclamables. Para Fela Kuti, el colonialismo todavía seguía dentro de la mentalidad de los africanos, aún había que romper con el
sentimiento de inferioridad instalada en el continente. Su grupo más importante, The Africa’70, se nutría de la opresión popular, de la alegría y de la necesidad del estallido. Los gobiernos locales detestaban a Kuti. En su momento de mayor radicalismo anticolonialista llegó a cambiar su segundo nombre: Ransome era para él un nombre esclavo, y adoptó entonces Anikulapo, que significaba ni más ni menos que ‘el que lleva la muerte en los bolsillos’. Fela se tomó en serio esto de reconquistar el espacio simbólico y físico de la libertad, por eso también más tarde incorporó el yoruba y el pidgin como idiomas centrales en sus canciones. Les hablaba directamente a ellos y a ellas, a los que buscaban un cierto despertar. 

En términos musicales, fue un artista completo, un artista en el mejor sentido de la palabra; sus canciones eran frecuentemente una suerte de perfomance en movimiento. Eran un relato de las anécdotas vividas, de las dificultades vividas; un relato a veces casi espontáneo, algo así como un rap improvisado en ritmos del afro beat. No se sabía cómo ni cuándo comenzaban, no se sabía cuándo ni cómo terminarían. Todo estaba vinculado a la posibilidad de provocar un estado espumoso en el cuerpo, era un sonido que se transmitía desde arriba del escenario hacia las gradas y volvía multiplicado como en una especie de plegaria colectiva. No había canciones iguales, sus conciertos eran un juego de itinerancias con la música; la idea era ir haciendo, tocando, produciendo en vivo. Luego todo desaparecía. Para Kuti, el ser artista tenía estricta vinculación con la no repetición, con un estado de creación constante para que después lo producido pudiera desvanecerse. De hecho, cada vez que algo quedaba registrado no volvía a tocarlo nunca más. No había conciertos iguales ni melodías que se repitieran: todo era una especie de recorrido por donde ir flotando. Su música era el río y el barco que transportaba. Sus conciertos eran un mantra, un gran mantra interminable de sonidos y bandas que iban meciéndose. En términos técnicos, sus canciones eran de estructura abierta; había un par de acordes de partida y después se iban sumando melodías, acordes e instrumentos en un ascendente que llevaba al éxtasis. 

El cannabis fue un aliado permanente para Fela Kuti. Experimentar con la mente era también una manera de encontrar el propio no-límite, el mismo que reclamaba para su nación panafricana. Quizás promiscuidad sea una palabra que carga en sí misma un cierto prejuicio, pero no encuentro otra para nombrar su permanente estado de reproducción. Tuvo más de 27 esposas, quiso tener hijos y más hijos para poblar de rebeldes el África Negra. Esa era su misión: fumar, crear y procrearse. No era sólo cuestión de sexo y drogas por un tema de placer y ocio, sino que había en ello una intención política, una manera de pensarse desde otros lados mientras no dejaba de multiplicarse. 

No es bueno recordarlo sólo por el malestar que ejercía sobre los poderes fácticos de Nigeria y del resto del continente (o sí), sino también porque logró movilizar a la gente, al mundo negro. La canción “Zombie”, en la que habla directamente del espíritu pobre y repetitivo del Ejército nigeriano, le costó el ataque a su comuna y la muerte de su madre. Los soldados se ensañaron, quemaron y destruyeron. África nunca fue un continente sin matices. Fela murió en 1997, no lo mató el gobierno, no pudieron con él; lo mató aquella enfermedad que él se empeñaba en definir como “blanca”. Lo mató el sida. Quizás nunca pudo saber muy bien lo que el sida significaba. 


*Extraído del número #189 de la revista Cáñamo


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