Artículos Extraído del número #219 de la revista Cáñamo España

Sociedad 18-07-2016

Un porro en... São Paulo

Por Cáñamo

Texto: Massucci / Fotografías: Vincent Pasquier

Desde enero 2016 la Revista Cáñamo publica la sección 'Un porro en...', relatos de viajes en los que siempre está presente el ingrediente porro: dónde conseguirlo y cómo disfrutarlo. Cada mes un autor distinto relata sus peripecias fumetas en un destino nuevo. Esta entrega va a cargo de Massucci en su paso por São Paulo.



La capital latinoamericana del porro

Estamos en la ciudad latinoamericana que más porros consume en números absolutos. No voy a citar fuentes para este dato. Puede que ni siquiera las haya y tampoco hace falta. Más que una suposición, es una deducción lógica. Cuando hablamos de América Latina, São Paulo, con sus más de veinte millones de habitantes, es el mayor en prácticamente todo. Mayor consumidor de carne, frutas y verduras. Mayor número de restaurantes, bares, teatros y cines. Hay más pizzerías en São Paulo que en toda Italia. En número de japoneses, São Paulo solo pierde frente al mismísimo Japón. En número de helicópteros privados, solo pierde frente a Nueva York. São Paulo tiene más coches que nadie en Latinoamérica, más ejecutivos, más músicos, más artistas plásticos y el más grande Desfile del Orgullo Gay del mundo. Tiene más asesinatos, más robos, más secuestros y más población carcelaria que ninguna otra ciudad latina. Es una enormidad. Para bien y para mal. Podríamos llenar otras cuantas líneas con récords de São Paulo, pero nos detenemos aquí. Lo que interesa es que estamos en la capital latinoamericana del porro. La niebla paulistana está hecha de humedad, tubos de escape y cigarros de marihuana.



Todos los caminos llevan a São Paulo

São Paulo no planta cannabis. La erva (‘hierba’) llega, principalmente, de los cultivos del nordeste de Brasil, región de las comunidades de Bahía y Pernambuco, ambas grandes productoras. Más al oeste, pegadas a países como Bolivia o Paraguay, están las comunidades brasileñas de Mato Grosso, Mato Grosso do Sul y Paraná, que funcionan como ruta del cannabis extranjero que viene de los países vecinos, ya que la producción nacional no da abasto. El mayor destino es, siempre, el llamado “eje Río-São Paulo”, polo de atracción que concentra casi la mitad de la pasta de todo el continente suramericano. Una vez en São Paulo, la marihuana se almacena generalmente en las favelas de la periferia de la ciudad, en manos de los jefes del tráfico. De ahí, en distribución capilar, los porros llegan a todos los rincones. Conseguir marihuana en São Paulo es relativamente fácil. En las favelas, en los bares, en las universidades, en las esquinas. Si uno busca, uno encuentra. Si uno quiere, uno fuma.

Comprar directamente en una favela suele ser más barato, pues te ahorras intermediarios. Sin embargo, conlleva su riesgo, ya que las periferias de São Paulo son territorios con leyes propias. Una alternativa más segura es ir a uno de los barrios de marcha de la clase media, como la Vila Madalena, por ejemplo. La cantidad de bares de rock, reggae o samba ahí es impresionante. Cito algunos, cuyos nombres ya denuncian su estilo musical: Morrison Rock Bar, Poison Rock Bar, Alhoa Bar, Na Brisa Bar, Bar Samba, entre una infinidad de otras opciones. Pues en las esquinas de ese barrio e incluso dentro de los bares, de las manos de camellos, se puede conseguir algo si se sabe a quién preguntar. El riesgo en ese caso es coger hierba de peor calidad.



Situación de la marihuana

Conozco a muchos amantes de la marihuana. Médicos y abogados. Publicistas y periodistas. Músicos y profesores. Pero, aunque cosmopolita, São Paulo también tiene su faceta conservadora. No se fuma en las calles. No se fuma en público. El maconheiro (usuario de maconha, ‘marihuana’ en portugués) está mal visto por la mayor parte de la sociedad. De todos modos, poco a poco las leyes se vienen reformando y las penas ablandándose. Ya no se detiene a quien es sorprendido in fraganti consumiendo. Tampoco se detiene a quien la almacena en pequeñas cantidades para uso propio o quien cultiva alguna que otra planta en su casa. Desde agosto del 2006, las penas previstas para el usuario, según el artículo 28 de la ley n.º 11.343/2006, son: advertencia sobre los efectos de la droga, que en algunos casos supone la obligación de asistir a un curso educativo; prestación de servicios a la comunidad, y “multa de uno a dos salarios mínimos”, es decir, entre los 200 y 400 euros según el cambio a día de hoy.

Fumar en São Paulo no cuesta mucho. El precio, claro, depende de la procedencia y de la calidad. Últimamente, está muy bien valorada la marihuana que viene de Paraguay: es más cara que la media pero es muy buena. Por 400 reales (menos de 100 euros) se compran 100 gramos. Hay hierba más barata que esa y que tampoco está mal; pero, ¡ojo!, hay que cuidarse de la palha, así llamada por su bajísima calidad, porque es más ‘paja’ que otra cosa. En una urbe tan grande y caótica como São Paulo, lo mejor para quien llega de fuera es comprar a través de un amigo paulista o por lo menos de alguien que lleve por aquí viviendo –y fumando– algunos años. No espere el turista encontrar en São Paulo un barrio como el madrileño Lavapiés, donde los vendedores abordan a los peatones en plena calle y a la luz del día.

 

Un paseo por la ciudad a bordo de un buen porro paraguayo

Bueno. Tenemos en manos nuestro porro de buenísima calidad, ese paraguayo tan famoso. Pues, hala, a encenderlo y salir por la ciudad. Estamos tres amigos, Julio César, Capitán y yo. Lo fumamos en el piso, escondiditos y, además, con cuidado para que el olor no salga demasiado por las puertas y ventanas. E inmediatamente después, nos vamos a la calle. Es un lunes 1 de febrero y los Carnavales empiezan el viernes, así que el ambiente de excitación festiva ya va ganando espacio en la ciudad. Recuerdo de pronto al cantautor brasileño Raúl Seixas y a su compañero de innumerables composiciones, Paulo

Coelho. Sí, el mismo Paulo Coelho que años después se convertiría en uno de los escritores más exitosos del mundo con esos libros que mezclan el misticismo con la autoayuda. Allá por los años sesenta y setenta, Coelho era nada más que un desconocido actor de teatro, aunque conocido usuario de marihuana y otras substancias. En una canción lanzada en 1974, llamada “Super Heróis”, Raúl Seixas y Paulo Coelho decretan por su cuenta día festivo un lunes cualquiera y salen por las calles de São Paulo. El paseo es una sucesión de escenas graciosas e inusitadas bajo los efectos del cannabis y quizás algo más. Merece la pena buscarla en YouTube.

Cerrado el paréntesis sobre Raúl y don Paulo Coelho, seguimos. Guardo el resto del porro dentro del paquete de tabaco y subimos por las escaleras hasta llegar a la calle Silvia, ubicada en el barrio de Bela Vista, uno de los antiguos reductos italianos de São Paulo. Digo “subimos” porque el piso se encuentra en el subsuelo de un viejo edificio. Las pequeñas ventanas de las habitaciones están en el mismo nivel de las aceras. Ahí uno duerme o se ducha observando los pies de los caminantes en el exterior. Pero bueno, es lo que hay y lo que el sueldo permite pagar por el alquiler. Serpenteamos por algunas calles hasta llegar a la gran avenida Paulista, arteria financiera y cultural de la ciudad. De hecho, serpenteamos más de lo necesario, ya que, entre charla y charla, risa y risa, carcajada y carcajada, nos perdemos por aquellas calles que tan bien conocemos. Es por la tarde, y la avenida Paulista, como todos los días de entresemana, está llena de gente de traje y maletín, estudiantes con sus mochilas y unos cuantos vagabundos. El trajín de la Paulista, sus gentes con prisa, sus coches y bocinas, de pronto nos cansa. En cada cruce, los semáforos para peatones nos hacen esperar demasiado y aquello nos parece una gran pérdida de tiempo. Nos ponemos nerviosos y ya no hablamos ni nos reímos como hace un rato. La solución es entrar en la plaza del Museo de Artes de São Paulo (MASP).



El MASP, además de abrigar la mayor colección de arte occidental de América Latina, destaca por su arquitectura, principalmente por un osado vano libre de más setenta metros de extensión sostenido por cuatro pilares; el más grande del mundo cuando fue inaugurado (1968). La verdad es que, en aquel punto de nuestro paseo, nos dan igual el vano libre y los setenta metros. Pasamos por debajo del mueso dirección a una plaza que hay detrás de él, un ambiente algo más tranquilo que la avenida Paulista. Ahí la paz vuelve a nuestras alteradas mentes y la sonrisa reaparece en nuestras bocas. Por cierto, bocas muy secas. El plan era obvio.

Bajamos por la Augusta, otra mítica calle de la ciudad, en busca de cerveza fría en un bar cualquiera. São Paulo tiene una cultura de bares muy peculiar. Los establecimientos son muy distintos a los españoles. Para empezar, están los llamados botecos, bares muy simples y muy democráticos, sin lujo alguno, con mesitas de plástico o hierro y muchas veces con barras improvisadas. En estos sitios la bebida es barata y todos suelen hablar con todos. Una vez que entras en uno de ellos, ganas amigos fugaces para cualquier tema: de fútbol a problemas en el trabajo o la familia. Luego la gente se despide y cada uno sigue su rumbo. Es como una consulta informal a un psicólogo. Otra cosa son las panaderías. A diferencia de Madrid, en São Paulo las panaderías también son bares. Ahí se hacen panes, bollos, dulces y salados. Ahí se hornean pizzas, se sirven bocadillos, se vende tabaco, cerveza, aguardiente o una buena caipiriña. Las panaderías de São Paulo son frecuentadas tanto por marujas que van a por brioches como por los más impresentables borrachos. Los fumadores de porros también las frecuentan, como nosotros, que estábamos tomándonos una cerveza en pleno lunes por la tarde en la calle Augusta.

Tomada la cerveza, seguimos bajando la Augusta hasta que llegamos a la plaza Roosevelt, otro famoso punto de São Paulo. Que no se me olvide decir: tanto la calle Augusta como la plaza Roosevelt son sitios donde comprar marihuana no es difícil, eso por la noche, cuando hay movimiento de bares y de toda la fauna nocturna de la megalópolis. En nuestro caso, era todavía el final de la tarde, serían casi las ocho, pero pronto vendría la noche. Y cuando oscurece en São Paulo, uno tiene que estar bien despierto. Las calles de la ciudad no permiten tonterías ni distracciones. Así que nos pareció mejor cambiar de sitio. Callejeamos un poco más y nos arriesgamos a llamar al telefonillo de un viejo conocido nuestro que vivía por la zona. Tuvimos suerte. Nos abrió y subimos.

Una vez en el piso, saqué del bolsillo la ponta (el resto del porro; ‘punta’ en español) y la encendimos. La charla entre los cuatro amigos tomó otro color; ya saben los efectos: los temas se profundizan y los sentidos se agudizan. Tanto que empezamos a oír desde lejos una samba que se fue haciendo más y más fuerte. Nuestro amigo del piso abre la puerta de la terraza, nos llama y nos explica que la Vai-Vai va a pasar dentro de unos minutos ahí por su calle, a pocos metros de nuestros ojos. Vai-Vai es una de las mayores y más tradicionales escuelas de samba de São Paulo. Al principio nos cuesta creerlo, pero pronto vemos la larga fila de sambistas y bailarines que empieza a surgir a la vuelta de la esquina. Están ensayando para los desfiles del Carnaval

que se aproxima. El espectáculo es impresionante. Aunque a uno no le guste la samba, ver a una escuela de cerca te mueve todo por dentro. Más todavía después de un buen porro paraguayo.


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