Entrevistas Extraído del número #219 de la revista Cáñamo España

Sociedad 26-10-2016

Tomasito: “Lo que yo hago no tiene nombre”

Por Cáñamo

Texto: Silvia Cruz Lapeña / Fotografías: Noel Quintela

A Tomasito es imposible seguirle el ritmo. Ni bailando ni hablando ni intentando seguir el hilo de sus pensamientos. Pero él tampoco sigue el de la entrevista. Se despista, se va por donde no toca (o por donde quiere) como si funcionara a fogonazos, a golpe de ingenio. Tomás tiene talento, y aunque a veces calla más de lo que su interlocutor quisiera, sus chispas son generosas y de una clase que es difícil encontrar lejos de donde él nació: Jerez de la Frontera. Le reconocen el arte hasta los críticos de flamenco más ortodoxos, aunque a lo que dedica sus horas de trabajo ni siquiera él sabe definirlo. “Lo que yo hago no tiene nombre. Y si los flamencos me respetan es por el compás que tengo”. Y menudo compás...



La entrevista tiene lugar a las doce de la mañana de un día de octubre en el que Tomasito descuelga el teléfono de un humor espléndido. “Me has llamado en una época muy buena”, dice en tono serio, pero enseguida explota en risas: “¡Es la recolecta!”, exclama mientras se oye al otro lado cómo le da unas caladas al canuto. Informa, sin que se le pregunte, de que hace horas que está levantado, intenta algo que todos los flamencos practican desde hace tiempo: acabar con la imagen de que en su mundo todo es cachondeo. “Hay que ser profesional y saber dónde estás en cada momento, lo que no quiere decir que no me desmadre de vez en cuando”.


Niña, tú di una palabra
y me tiro de una torre
y me escalabro los huesos
pa que hagas caldo
y luego te sobre,
pero no me pidas que madrugue.

¿Contradictorio? Qué va. Es la letra de “El gandul enamorado”, tema que se incluye en su último disco, Azalvajao (El Volcán Music, 2013), y da cuenta de que Tomás, como casi todos los artistas, hace equilibrios para llevar eso que la gente corriente llama “una vida normal”.


Con los ‘indies’

Tomás Moreno Romero le debe mucho a gente como Lola Flores y Diego Carrasco. Con la primera fue de gira siendo adolescente, cuando aún creía que quería ser bailaor y nada más. El segundo fue quien lo sacó de Jerez, donde había sido un monaguillo que cantaba la misa por bulerías, y se lo llevó a Madrid, donde descubrió que tenía virtudes para algo más que mover el cuerpo. De ahí salió el artista que es hoy: “Yo lo que soy es un showman”, dice muerto de risa. Porque Tomás ríe mucho y sonríe todo el tiempo. No se moja demasiado con sus respuestas y, ante algunas preguntas, evita profundizar. ¿Hay algo que le saque de ese buen rollo que parece practicar a todas horas? “Que te den la palabra y no la cumplan. Las injusticias”, contesta en tono más serio. Pero enseguida toma su atajo preferido: “No aguanto tampoco a esa gente que te echa miraditas perdonándote la vida porque me ven reír todo el rato y creen que me río de ellos. Ay, esas miraditas…”. Y vuelve a la carcajada.

Tomás no pretende parecer lo que no es. Ni más, ni tampoco menos. Se nota cuando habla de Paco de Lucía: “Sé de muchos artistas que se han puesto a temblar cuando han tenido que tocar o cantar con él. Yo me habría jiñao si me hubiera pedido que le bailara algo”. Y se le nota también cuando se define sin ínfulas: “Yo sé hacer lo que sé hacer, cantar y bailar y ya está”, dice quitándose mérito. Y lo que hace Tomás no es flamenco ni rock ni jazz ni rap, pero tiene algo de todos esos géneros y de alguno más. Ahora se junta con estrellas del panorama indie español, pero tampoco es uno de ellos. “Me encanta Joe Crepúsculo”, dice en referencia a las colaboraciones que está haciendo con el músico catalán, y es chocante ver esa mezcla de energía jerezana y cierta languidez que caracteriza los sonidos y las maneras de los músicos de la escena independiente. Él, sin embargo, asegura que esa combinación le sienta de maravilla: “Necesito gente tranquila, no puedo estar rodeado de gente como yo todo el rato”.


Marihuana para comer

Raca-raca-raca. Parampampán. Tiqui, tiqui, tiquití… Estos y otros ruidos son los que hace Tomasito al otro lado del teléfono para ejemplificar cualquier cosa. Hace onomatopeyas con la garganta, con los nudillos y con la boca para explicar un compás pero también para zanjar un tema o para mostrar su alegría. “Soy un fumao y un colgao”, dice una de las letras de Azalvajao, y se siente de lo más identificado con ella. “Para subirme a un escenario nunca bebo, pero a veces me he fumado un canutito, aunque no suelo. No, porque para subirse a un escenario hay que estar bien, y porque aunque te sepas una letra desde hace veinte años se te puede olvidar”. Él la maría la quiere para el campo y la playa, dice, y le maravilla su uso terapéutico.

“Voy a cumplir cuarenta y seis años y a veces me duelen la espalda y las rodillas”, explica. Y es que su puesta en escena es casi una perfomance, y el no parar que practica se lo transmite al público. Tomasito no da conciertos, da fiestas. Canta, baila, suda, y suele quitarse la ropa y acabar sus espectáculos en calzoncillos. Un tute no apto para casi nadie. “Cuando acabo, le pego dos caladas al porrito y se me quitan todos los dolores”. Pero para él fumar yerba tiene otra ventaja: le da hambre. “Con lo canijo que estoy, me va de maravilla porque así como. Peso cincuenta kilos y con las giras me consumo enseguida. Además, tengo poco apetito, así que cuando me fumo un peta me como los Phoskitos, los plátanos y todo lo que me echen”.

Cuesta verlo como un marido y padre al uso. ¿Vas a las reuniones de padres del colegio? “Sí, claro, pero me quedo fuera con los chiquillos”, contesta riendo y explicando diez anécdotas por minuto sobre sus aventuras en la escuela de sus críos. “No me entero de lo que dicen los profesores”, confiesa, para pasar a explicar que a sus tres hijos les gustan sus canciones. “Pasó una cosa muy graciosa, y es que la profesora de mi pequeño llamó a mi mujer para decirle que el niño cantaba una letra poco apropiada”. ¿Cuál? “Me gusta comerte las tetas. / Eso me hace feliz, parece regaliz…”, canturrea. Es la letra de “El vino y el pescao”, un tema que grabó con una banda a la que sus integrantes llamaron, con mucha guasa, G-5.


Encuentro con un ‘beatlecito’

El G-5 no era un grupo de altos mandatarios buscando soluciones para alcanzar la paz mundial o frenar el cambio climático, sino la mezcla de Tomasito, Muchachito, Kiko Veneno y Los Delincuentes, dúo este último formado por otros dos a los que es fácil encontrar en compañía del entrevistado: El Canijo de Jerez y el Ratón. Nada que ver con la languidez del indie. Pura locura. Con todos ellos se ha criado Tomasito, vital y artísticamente, porque vienen del mismo sitio, el sur de España, y de la misma raíz, el flamenco. A veces es difícil imaginarlos por separado porque parecen carne del mismo animal, uno nutrido de ritmo y despreocupación.

¿Y cómo crea Tomasito? “Pues hay varias maneras. Con un porrito te pones a gustisisisimo, y salen cosas chulas. Pero también es verdad que de esa manera todo es guay y que muchas veces, cuando te levantas al día siguiente, ves que lo que compusiste es una mierda”. Para él, la creación no está vinculada al consumo de nada, la mayoría de las veces sale sola y es algo que le parece tan espontáneo que hasta con guitarras de juguete ha llegado a componer un tema.

Anécdotas de fumar tiene Tomasito varias, pero quizás la más divertida es la que cruzó su camino con el de Liam Gallagher, vocalista de la banda inglesa Oasis. “Fue en un hotel; le pedí un papel de fumar y él me pidió maría. Le di, claro, pero luego el jeta quería repetir”. En ese momento, Tomás no sabía quién era su invitado. “Yo solo sé que parecía un beatlecito, con ese corte de pelo redondito, esa ropa de John Lennon… Pero no sabía quién era. Yo le bailé un poquito por bulerías porque vi que tenía una guitarra en la habitación”. Solo recuerda que “al guiri” le gustó su yerba. “Yo no recuerdo si era Makka 47 o aserejé, pero era riquísima.”


Improvisando

Su gracejo, Tomás, también lo regala. Lo hace por las redes, donde cuelga vídeos que graba en su casa cantándole a sus seguidores, siempre acompañando de palmas y zapateado. A esta que firma le regaló una vez un show inesperado. Ocurrió en el Glaciar, bar de la plaza Real de Barcelona, cuando paró una entrevista para marcarse unos pasitos de bulería por soleá, que cantó él mismo. Para la percusión, usó su pecho. Y así fue como el flaquísimo hombre orquesta obtuvo la ovación de la clientela.

¿Te ves grabando un disco de flamenco clásico? “No lo sé, porque no me gusta planear mucho, pero yo sirvo para lo que sirvo, y al flamenco le tengo mucho respeto”, confiesa en un tono más serio. Dice que lo que él hace llega a un público más amplio, pero añade: “Cuando estoy de fiesta, si me tomo dos gin-tonics, me puede salir cualquier cosa. Ahora bien, como me tome dos vinos, se me quita lo comercial y me pongo muy flamenco. Es inevitable”. Cuando se le pregunta por lo que le gusta o no de lo que se ofrece hoy desde el mundo jondo, se muestra prudente. Y más clásico de lo que se espera, porque acaba confesando que Farruquito es para él el mejor bailaor que hay en el mundo. Lo dice, sin embargo, después de dudar mucho sobre si decirlo o no, para que no se enfade nadie. “Juan es el mejor, a mucha distancia de todos los demás. Es un genio, eso es indiscutible”.

El flamenco es su origen y, con esa etiqueta, aunque poniendo su sello siempre por encima de cualquier etiquetado, ha hecho muchas colaboraciones y, antes de Azalvajao, ha grabado cinco discos: Torrotrón, Camino del Hoyo, Castaña, Cositas de la realidad y Y de lo mío ¿qué? Este último incluye una versión de “Back in Black” de AC/DC que compuso cuando ni siquiera sabía quién la cantaba. Así funciona Tomás: por gusto y a su aire. Eso sí, querría tener más conciertos. “La cosa ha estado dura últimamente, aunque ahora parece que remonta. No solo por el IVA cultural, sino porque hoy en día salen más promotores que marcas de marihuana, y es muy difícil cerrar un bolo”.

Dice que no se imagina lo que hará en el futuro. “Me gusta ir improvisando. Eso es lo bonito de la vida”, dice, y antes de acabar la frase ya se oyen sus pies zapateando. Quizás por nervios o quizás para evitar respuestas más conscientes, lo cierto es que Tomasito pasa con mucha facilidad de las palabras a la música y, más que hablar, parece preferir cantar y jalear. “Lo que yo hago no tiene nombre”, ha dicho un par de veces, aunque él es muy consciente de que no necesita ponerle uno.

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