Especiales Tercera entrega del Especial "Cannabis y medicina"

Cannabis y medicina

Redacción

Cannabis y medicina

Extraído del Dosier Cannabis y Medicina

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Opinión 08-06-2015

Entrevista a Manuel Guzmán

Por Cáñamo

Javier Pedraza

Manuel Guzmán es profesor y catedrático de Biología Molecular en la Universidad Complutense de Madrid, Manuel Guzmán es el actual presidente de la Sociedad Española de Investigación sobre Cannabinoides (SEIC) y forma parte del comité científico de la Asociación Internacional para los Medicamentos Cannabinoides (IACM). Investigador reconocido a nivel mundial, saltó a la fama de los círculos científicos y sociales por dirigir el equipo que descubrió el potencial antitumoral de los cannabinoides.


¿Cómo surgió tu vocación investigadora?

En realidad me resulta muy difícil establecerlo, y de hecho ni siquiera tengo todavía claro que en algún momento me surgiera una verdadera “vocación” (al menos entendida como “llamamiento” o “inspiración”) por la ciencia. Más bien hablaría de que, durante el bachillerato y el tiempo que pasé en la universidad, se produjo en mí una “inclinación” por la ciencia, a la que, por otro lado, nunca vi “enfrentada a” sino más bien “complementaria con” las humanidades y el arte. Desde pequeño sentí una gran curiosidad por intentar entender y explorar la naturaleza, incluida la humana, fundamentalmente
desde una perspectiva biológica. Por ejemplo, siempre me atrajeron cuestiones como la nutrición, el metabolismo, las causas de las enfermedades, el funcionamiento del cerebro, etc. En el fondo creo que intentaba aproximarme (en aquel momento, de manera intuitiva, casi diría que inconsciente) al clásico triángulo physis-psykhe-logos a través del primero de sus vértices. Y, en ese contexto, empecé a estudiar Ciencias Biológicas en la Universidad Complutense de Madrid, luego hice la tesis doctoral, etc.


¿Cómo empezó tu relación profesional con el cannabis?

En la segunda mitad de los años 1990 se produjo un renacimiento súbito del estudio científico del cannabis tras el descubrimiento de los receptores cannabinoides, así como de los endocannabinoides y los mecanismos que utiliza nuestro organismo para sintetizarlos y degradarlos. Por un lado, se trataba de un tema apasionante dentro del campo de la neurofarmacología de aquel momento. Por otro lado, yo llevaba casi diez años, desde el comienzo de mi tesis doctoral (la primera etapa de mi carrera investigadora), haciendo estudios sobre diversos tipos de lípidos y, al fin y al cabo, tanto los fitocannabinoides como los endocannabinoides son lípidos, por lo cual el salto de trabajar con unos lípidos a trabajar con otros no fue “técnicamente” muy complejo. Así, en 1996 obtuve una primera subvención del Ministerio de Educación y Ciencia para estudiar los efectos de los cannabinoides sobre el metabolismo energético cerebral y, a partir de ese momento, fui progresivamente implicándome más y más en el estudio científico de los cannabinoides. Buf… Han pasado ya casi veinte años… ¡Cómo vuela el tiempo!


¿Cuál fue el momento más emocionante en tu larga experiencia como investigador?

Realmente, no lo sé, entre otras cosas porque en cada situación uno siente (digamos que “psicosomatiza”) las cosas de manera diferente. Quizás uno de esos momentos fue cuando, tras haber observado que distintos tipos de células tumorales cultivadas en placas morían al ser expuestas a THC, hicimos nuestros primeros experimentos con ratones y ratas portadores de tumores cerebrales malignos (gliomas), y vimos que el cannabinoide era también capaz de inhibir el crecimiento de las células tumorales en animales “completos”. Ello abrió, como sabes, un nuevo campo de investigación en el área de los cannabinoides, centrado en el posible uso terapéutico de estos compuestos como agentes antitumorales.


Presidente de la SEIC, miembro activo de la IACM, profesor universitario, investigador... ¿Cómo consigues llevar tantas cosas al mismo tiempo?

Bueno, al final el coco se amolda a las circunstancias y se las apaña para desenvolverse. Con el tiempo también va adquiriendo entrenamiento y las cosas van fluyendo mejor. Una cuestión que creo esencial a este respecto es el aprendizaje y la capacidad de autocrítica (que no de autoflagelación). Yo, por ejemplo, soy consciente de que he cometido errores y de que algunas carencias que me ha costado tiempo y esfuerzo solventar podrían haberse solucionado más fácilmente en su debido momento. En el terreno de la ciencia creo que es determinante ir consiguiendo progresivamente una formación multidisciplinar, y no hablo ya desde una perspectiva puramente pragmática o productiva, sino en términos de felicidad y disfrute personales, al igual que conocer distintas personas, situaciones, sensaciones, lugares, etc. hace la vida más “multidisciplinar” y emocionante. En el fondo, la labor profesional no es más que uno de los muchos aspectos de nuestra vida.


¿Qué destacarías de la situación actual del uso terapéutico del cannabis a nivel internacional?

En primer lugar, los avances en el conocimiento del sistema endocannabinoide han contribuido a conocer más cercanamente el potencial terapéutico de los cannabinoides, y a partir de ello han surgido diversos medicamentos y “paramedicamentos” que contienen cannabinoides en su composición. En segundo lugar, se están desarrollando algunos proyectos de regulación del uso terapéutico del cannabis, por ejemplo en Estados Unidos, Uruguay, Canadá e Israel, que son bastante ilusionantes y permiten ver el futuro con un cierto optimismo. Y, en tercer lugar, como en tantas otras ocasiones, la sociedad (en este caso, los pacientes que consumen cannabis) va muy por delante de sus gobernantes (en este otro, las normativas prohibicionistas del cannabis). De esta manera, se ha conseguido socialmente quitar al cannabis el estigma de “planta maldita” y normalizar su uso, de manera que casi todo el mundo puede hoy en día “buscarse la vida” para, por ejemplo, hacerse con un aceite de cannabis de calidad razonable. No obstante, es absolutamente ridículo (por utilizar un calificativo suave) que todavía, en el 2014, el Estado pueda arrogarse la capacidad de impedirnos cultivar o consumir marihuana libremente.


Y a nivel nacional, ¿cómo han evolucionado las cosas en los últimos diez años?

Creo que el fenómeno de la globalización afecta también al uso terapéutico del cannabis, por lo que no veo en este tema grandes diferencias entre lo que ocurre en España y en otros países del entorno. No obstante, quizás aquí se haya ido avanzando algo más deprisa, lo cual puede obedecer a una combinación de factores como una actividad de investigación científica sobre el cannabis y los cannabinoides, una sociedad ya previamente habituada al consumo recreativo del cannabis, los resquicios legales que han permitido el surgimiento masivo de los clubes y asociaciones cannábicas, el trato muchas veces “normalizado” que se da al cannabis en (al menos algunos) medios de comunicación, el establecimiento de las primeras plantaciones legales de cáñamo para uso comercial e investigador, etc.


¿Cuál sería tu propuesta ideal para regular el consumo de cannabis para uso terapéutico en España?

Como ciudadano pienso que el cultivo y consumo (terapéutico o recreativo) de cannabis deberían ser libres, y el Estado debería aportar información clara, objetiva y rigurosa sobre los posibles efectos y riesgos de la planta, de manera que luego cada uno decidiera si consumirla o no y, en caso afirmativo, cómo consumirla (obviamente, respetando la libertad de los demás). El Estado debería asimismo velar por la calidad de las preparaciones de cannabis que se utilizaran con fines comerciales, exigiendo, por ejemplo, un análisis de cannabinoides, pesticidas, microorganismos, etc. Aparte de ese derecho individual a la automedicación y, en general, a la autoexploración y al autoconocimiento, sería por supuesto esencial revisar las restricciones legales que impiden a los médicos supervisar (si no prescribir) el uso de preparados de cannabis y monitorizar a los pacientes, muchos de los cuales ya consumen cannabis “a escondidas” y, por tanto, sin asesoramiento y observación por expertos en salud.


Existen defensores y detractores tanto del uso de medicamentos cannabinoides como del uso de la planta en bruto. ¿Crees que existe un equilibrio entre los medicamentos cannabinoides y el uso de la planta?

La investigación científica sobre los cannabinoides ha experimentado un auge espectacular, gracias a lo cual conocemos hoy en día bastante bien cómo actúan en el organismo los cannabinoides y cuáles pueden ser algunas de sus aplicaciones terapéuticas más inmediatas. Sin embargo, las restricciones legales que existen desde hace muchos años para prescribir y dispensar derivados del cannabis han dificultado enormemente el estudio del potencial terapéutico de esta planta, de manera que en la actualidad no existen muchos estudios que cumplan exhaustivamente los criterios metodológicos necesarios para ser considerados investigaciones clínicas controladas. Aunque sobre el papel los medicamentos que contienen cannabinoides purificados podrían poseer una potencia de acción mayor y un perfil armacológico más estandarizable que los preparados crudos del cannabis, estos últimos resultan muchas veces mejor tolerados por los enfermos, quizás debido a que en la planta existen otros compuestos, como el CBD, que pueden mediar algunos efectos terapéuticos y atenuar algunos efectos secundarios. En suma, uno puede imaginar muchos escenarios terapéuticos, por ejemplo, desde THC y CBD purificados hasta preparaciones mixtas de THC y CBD en distintas proporciones, cada uno potencialmente aplicable a un paciente particular. Nunca deberíamos pues olvidar que cada enfermo es un ser humano único y como tal merece ser tratado.


El CBD creó un enorme revuelo mediático a nivel mundial por su capacidad de controlar los ataques epilépticos en niños con síndrome de Dravet. Sabiendo que el sistema endocannabinoide regula el desarrollo del sistema nervioso hasta el inicio de la edad adulta, ¿qué opinas sobre el uso terapéutico de cannabinoides en niños?

Es necesario llevar a cabo investigación básica y clínica más exhaustiva para conocer con detalle los efectos terapéuticos y los riesgos para la salud del uso medicinal de los cannabinoides en pacientes pediátricos. No obstante, existe un acuerdo bastante extendido de que el THC es un cannabinoide de “alto riesgo” en la adolescencia, mientras que, hoy por hoy, no se han encontrado efectos secundarios evidentes de la administración de CBD a niños incluso en dosis muy elevadas (como inciso, no olvidemos que el mecanismo de acción del THC y el CBD en nuestro organismo es bastante diferente). Aunque sin duda hay que profundizar en ese último aspecto y hacer seguimientos más exhaustivos y a más largo plazo, el CBD puede ser una herramienta terapéutica prometedora en diversos trastornos neurológicos en niños. Así lo está empezando a reconocer la propia FDA, que ya lo ha aprobado como medicamento huérfano para el tratamiento de algunas epilepsias y gliomas pediátricos. Se trata de un tema apasionante que, espero, nos proporcione alegrías en el futuro cercano.


¿Qué papel tienen en todo esto las compañías farmacéuticas?, ¿son tan malvadas como nos cuentan?

Hoy en día, la práctica totalidad de la sanidad, no solo asistencial sino también investigadora, está determinada, e incluso diría manipulada, por la industria farmacéutica. No dudo en absoluto de que la industria farmacéutica haya sido determinante para obtener medicamentos eficaces y con elevados estándares de pureza, pero se ha llegado al extremo (para mí indeseado) de que controle esencialmente todos y cada uno de los pasos de la cadena que van desde el diseño y caracterización de una molécula farmacológicamente activa hasta su dispensación a los pacientes. Con ello hemos conseguido una actividad clínica extremadamente cara, avasalladora de cualquier aproximación terapéutica no “oficial”, financiada muy escasamente por los organismos públicos y, en suma, atenazada por los intereses de la Big Pharma. En el terreno concreto de los cannabinoides, y en concreto los cannabinoides de la planta, es difícil hoy en día llevar a cabo ensayos clínicos, debido no solo a la ridícula inclusión de estos compuestos en el Schedule I (sustancias consideradas como de poder adictivo, sin aplicación terapéutica y de uso no seguro), lo cual conduce a muchas trabas burocráticas y muchos estigmas y prejuicios para su uso. Además, se trata de compuestos no patentables. Por tanto, es muy difícil conseguir la inversión empresarial para dichos ensayos y, como dije antes, la inmensa mayoría de las veces sin compañía farmacéutica no hay ensayo clínico alguno. Es una verdadera pena que las instituciones públicas hayan perdido la iniciativa en la promoción de estudios clínicos a expensas de las compañías privadas.


Sé que no eres psiquiatra, pero me gustaría saber tu opinión sobre el tratamiento de enfermedades mentales con derivados del cannabis.

Los efectos de los cannabinoides sobre la salud mental son, como bien sabes, muy complejos, pudiendo variar desde un extremo “positivo” (acciones ansiolíticas y antidepresivas, mejora del humor y el “tono vital”, aumento de la interacción social, inhibición del insomnio, etc.) a otro “negativo” (fobias, psicosis, paranoias, amotivación, etc.). Hoy en día está bastante claro que estos efectos son muy dependientes del contexto, de manera que factores como la edad de consumo, la cantidad de cannabinoides potencialmente psicóticos como el THC (tanto total como relativa a la de cannabinoides antipsicóticos como el CBD) en las preparaciones consumidas, el consumo concomitante de otras drogas, la predisposición biológica del consumidor y el componente asociativo del consumo con el entorno pueden desequilibrar la balanza hacia unos u otros efectos. En otras palabras, hay gente a la que el cannabis “le sienta bien”, otra a la que “le sienta mal” y otra a la que “depende”. Creo que es crucial que cada consumidor conozca bien su organismo para explotar al máximo los efectos placenteros del cannabis (o de cualquier otra sustancia), acotando en todo lo posible sus riesgos.


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