Reportajes Extraído del número #214 de la revista Cáñamo España

Sociedad 07-01-2016

Crónica de viaje: de chillum con los babas

Por Cáñamo

Texto y fotos: Martín Merino Ronda

En mayo de 2015 partí a un viaje fotográfico-espiritual por Oriente. Vendí mi querida Kombi, y cambié mi estable trabajo de diseñador gráfico por vivir el sueño de fotografiar el mundo. Compré una cámara nueva y volé. Me crecieron el pelo y la barba. Luego de recorrer Indonesia y Tailandia por unos meses con un amigo, me fui solo al país que toda la vida llamó mi atención: la India.

Amaneciendo en Varanasi

Son las cinco de la mañana y voy caminando por la ciudad considerada como la Meca espiritual del país: Varnasi. A esta hora, las calles principales están llenas de personas que van en dirección al río Ganges para ver el amanecer. Yo sigo el caudal mientras preparo mis equipos. ¿Mi objetivo? Retratar una fantasía que conservo intacta desde los quince años: los famosos babas o sadhus, monjes que siguen un camino espiritual muy particular de renuncia, meditación y llamativas prácticas. La mayoría son ancianos de pelo blanco, usan dreadlocks y conservan un look como de profeta mitológico, y por si fuera poco, fuman marihuana día y noche en unas pipas llamadas chillum. Yo, en mi adolescencia hippie, quería ser así cuando viejito. Doce años más tarde, un poco más peludo, voy por fin a ver en persona a los babas, conocidos en toda la India como los “hombres santos”.


Mi primer encuentro

Bajo una especie de toldo, en una feria abandonada, hay dos babas fumando y conversando. Al verme pasar, me saludan cariñosos. Me siento con ellos a compartir. Comenzamos a intercambiar información de nosotros en un inglés paupérrimo. Mientras hablábamos, pensaba en lo hermosos que eran estos seres y jugaba a tomar fotos mentales. En un momento, uno de los babas se pone de pie, y con un gesto algo circense, deja caer su traje de color azafrán al suelo. Está en “bolas” frente a mí, enseñándome su pene. Mi cabeza empieza a hacer cortocircuito. No esperaba eso. Agarra una especie de bastón sagrado y comienza a enrollar sus huevos alrededor de este palo. Lo gira, retorciendo todo su aparato de una manera siniestra. Mi cara es de espanto. Él sigue. Finalmente, comienza a decirme que todo está en la mente: “Shiva Power!”. Yo no puedo creer lo que acabo de ver. El otro baba lo alaba, y yo solo puedo decir: “I can’t believe it, man… Don’t do that again without a warning, please”. Nos matábamos de la risa.


En la India existen millones de sadhus. Muchos viven en esta ciudad sagrada llamada Varanasi, donde la gran mayoría de sus visitantes llega para tener un encuentro personal con el río Ganges o Madre Ganga, que tiene la gran cualidad de limpiar los pecados a través de un baño en sus aguas. Es por eso que morir a las orillas del Ganges es tan importante para los hindúes.

Varanasi está llena de personajes. Algunos más impactantes que otros. Cada rincón está cargado de devoción, hay ofrendas de todo tipo y la gran mayoría de los rituales son al aire libre, e incluso los cuerpos que se queman a las orillas del río están a la vista de todos. Nada es tabú. Nadie está loco. Y todo lo relacionado con dios está permitido. Estos hombres santos pueden fumar marihuana y cargar
entonces con esta planta para su meditación. No así los turistas, aunque para ellos el gobierno gentilmente proporciona tiendas donde puedes comprar, en forma legal, los famosos bhang: hojas y minicogollos molidos de marihuana, mezclados con una suerte de mantequilla con la que hacen calugones, queques y hasta milkshake de ganja llamados bhang lazzi. Y como esta hierba, además de crecer libre y silvestre por gran parte de la India, está ligada a tradiciones religiosas, es muy difícil -o prácticamente imposible- penalizar su consumo. Por eso te puedes acercar a cualquier tienda autorizada y comprar bhang, de distintas formas y niveles. Tú eliges la potencia: suave, medio o fuerte. Ahora, las tiendas “autorizadas” por el gobierno tienen un look bien precario, porque la verdad es que ante el turista cualquiera puede poner un cartel hecho a mano y escribir: “Government authorized bhang shop”, y nadie lo discute ni menos fiscaliza.


‘Chilling’ y buenas migas

Durante mis días en Varanasi, pasaba horas con los babas sentado y contemplando el río. Eran tardes donde mi viaje tomaba otro sentido y el silencio valía mucho. Luego de mi paseo matutino al amanecer con la cámara, pasaba al lugar donde estaba mi grupo favorito de babas. Una tarde los sorprendí llevándoles impresas las fotos que les había tomado. Estaban felices, todos querían una. Y para mi sorpresa, la foto del gurú la pusieron en su altar. Fue un gesto que valoré mucho. Así construimos migas. Yo era un observador de su cultura, aunque a ratos me sentía -tal vez por mi barba y mi pelo largo- uno más de ellos.

A muchas de las personas que conocí durante el viaje les entregué su fotografía impresa. Fue la manera que encontré para manifestar mi agradecimiento y poner en práctica la frase más sabia que recibí antes de embarcarme en esta aventura: “Comparte para recibir”.

Todo viaje es una aventura o un renacer donde conoces gente a la que seguramente no volverás a ver nunca más. Donde haces cosas que no forman parte de tu rutina. Donde te empapas de nuevos colores, olores y sabores. Otras culturas. Pero lo más importante de un viaje es ir abierto para entregar y recibir. Y yo recibí de sobra.


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