Reportajes Extraído del número #213 de la revista Cáñamo España

Otras Drogas 20-11-2015

Valle-Inclán: las drogas de nuestros tatarabuelos

Por Cáñamo

Texto: Diego A. Manrique

Es bien sabido, y así se ha reflejado en estas páginas, que don Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) tuvo trato extenso con las drogas. Eso cabe deducir de los versos de La pipa de kif, aparte de las referencias que brotan insospechadamente en textos temáticamente tan lejanos como La media noche, su crónica de la Gran Guerra.

Sin embargo, estamos ante uno de esos casos temibles: el personaje que se come a la persona. Conviene activar el Detector de Mitos y ser muy prudentes ante tan torrencial estilista. Aparte, las primeras biografías sobre Valle-Inclán, editadas en los años cuarenta, salieron bajo la sombra del franquismo más cerril. Fueron correa de transmisión de anécdotas, errores y simplificaciones que han llegado hasta el presente.

El perfil oficial se construye con esos mimbres: la bohemia pobre, el caballer del siglo XIX que gusta de duelos, el místico de ultraderecha atacado de izquierdismos puntuales. Naturalmente, hay que ponerlo todo en cuarentena. Valle-Inclán era plenamente moderno en el sentido de que supo cultivar una imagen que le hizo destacar desde el principio, cuando llegó a la Villa y Corte desde su Galicia natal.

Por lo tanto, hay que celebrar la llegada de La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, publicada por Tusquets Editores. No es el libro más divertido posible, advierte: su autor, el catedrático Manuel Alberca, pone en solfa todo lo que creíamos saber sobre El Poeta Manco. Y lo razona. Exhaustivamente.

Su método puede hacerse cansino. Busca en cartas, documentos, registros oficiales, memorias de Valle-Inclán y sus contemporáneos, aplicando la suspicacia a los textos muy separados en el tiempo. Se sumerge en las infinitas publicaciones de la época: entonces, era noticia que Valle-Inclán viajara, diera una conferencia o participara en los banquetes organizados para honrar a tal o cual figura artística.

Por lo demás, Alberca se niega a fantasear. Avisa si está especulando. Cuando la niebla es muy espesa, reconoce honradamente que nada se puede afirmar, en un sentido u otro. La espada y la palabra es biografía prudente y, de rebote, lección sobre la técnica de escribir biografías.


Vida y milagros

¿Qué aprendemos de La espada y la palabra? Primero, que don Ramón no militó en la bohemia famélica. En sus inicios, contó con la ayuda económica de su familia y disfrutó de momios (puestos gubernamentales razonablemente retribuidos que, atención, no requerían pisar ninguna oficina).

Puede que alguna vez recurriera al café con leche y media tostada (en realidad, media barra de pan con abundante manteca), invento madrileño para engañar la gazuza en momentos de escasez monetaria. Don Ramón era escrupuloso con el manejo del dinero: debía serlo, ya que, incluso en sus momentos de soltería, contaba con un sirviente; ya casado, mantuvo una casa burguesa con criadas.

Tenía modos de señorito. Podía mostrarse colérico con un guardia de a pie, pero enseñaba sus mejores modales al desenvolverse en sociedad. Sabía moverse por ateneos, casinos, embajadas, recepciones. Y también por los antros de la marginalidad: su inmenso vocabulario incorpora muchas jergas, incluyendo el caló.

Alberca nos explica su modus operandi profesional, muy DIY. Valle-Inclán se autoeditaba sus libros, lo que implicaba comprar papel, negociar con imprentas, almacenar el producto acabado. Desde su casa atendía pedidos de lectores y librerías; con el tiempo, pactaría con distribuidoras. Llevaba minuciosamente sus cuentas y aprovechaba todas las plataformas: sus libros se estrenaban por entregas en revistas y periódicos; también cedía textos para colecciones de novelas populares. Entre paréntesis: extraña España, donde se vendían en quioscos los escritos del más vanguardista de los autores del momento.


Un carca que simpatizaba con las revoluciones

La ideología de don Ramón sigue siendo un monstruo proteico: todos pueden apuntárselo entre sus filas. Firmó manifiestos, tuvo gestos que le conectaban con republicanos, socialistas, anarquistas, republicanos; ahora lo vemos como arrebatos coyunturales o concesiones a sus amigos. Se proclamaba carlista, en su sentido más retrogrado: Valle-Inclán prefería los monarcas absolutistas, anteriores a la Revolución Francesa. Consciente de lo improbable de semejante viaje en el tiempo, aplaudía a los hombres fuertes, los dictadores totalitarios, fueran bolcheviques o fascistas.

En realidad, este abajofirmante se dejaba querer. Cuando llegó la Segunda República española, pidió ser colocado. Gracias a su amigo Manuel Azaña, en 1931 le nombraron conservador general del Patrimonio Artístico Nacional, un puesto nuevo sin funciones definidas. Creían que aceptaría mansamente ese momio, pero Valle-Inclán se empeñó en dar sentido al cargo. Terminó enfrentado de mala manera con funcionarios que no reconocían sus órdenes.

Para alejarle, le convirtieron en director de la Academia Española en Roma en 1933. Otro fiasco: chocó con los alumnos becarios, tuvo conflictos burocráticos y sufrió la humillación de ver confiscada la mitad de su sueldo para pagar la manutención de su esposa, que usó el divorcio para sangrarle.

Simpatizaba con la Revolución mexicana, a pesar de sus enfrentamientos con la Iglesia católica y sus ataques a la propiedad privada. Resulta que el presidente Obregón le invitó a visitar la República, le colmó de honores y le hizo un generoso regalo en metálico.


Los paraísos artificiales

Según Alberca, Valle-Inclán pudo iniciarse en las drogas en 1905. Víctima de hiperclorhidria (acidez de estómago), se supone que le recetaron extracto verde alcohólico de cáñamo índico y extracto de beleño. Sin embargo, esto se compadece mal con las confesiones a amigos, por no hablar de alardes ante periodistas, sobre su gusto por fumar marihuana y hachís.

En La pipa de kif (1919) encontramos a un experto. Más allá del uso terapéutico, explora los efectos de las drogas con deleite. Podía hacerlo sin apuros: lo que no estaba en farmacias podía encontrarse en herboristerías. Y añadía un plus de transgresión a su imagen de poeta decadente: algunos malvados le bautizaron como Don Mariguano.

Esa fama también tenía sus ventajas. Don Ramón fue un imán para la bella Teresa Wilms Montt, una poetisa huida de la alta sociedad chilena, promiscua en amores y consumidora de todas las drogas disponibles. Adelantada en todo: murió en 1921 en París, tras una sobredosis del barbitúrico Veronal.

Tengo otra teoría: Valle-Inclán profundizó su conocimiento de las drogas en su primer viaje a México, en 1892. Allí trató con el hampa, pisó los calabozos y vivió una bohemia

bastante más viciosa que la española. De hecho, cuando estalla la revolución en 1910, Valle-Inclán asegura que los rebeldes ganarán ya que “viven en una exaltación religiosa extraordinaria. Es un efecto de la hierba marihuana o cáñamo índico que fuman los mexicanos. Así se explica ese desprecio a la muerte que les da un sobrehumano valor”.

No es casual que abunden las drogas en su formidable Tirano Banderas (1926), retrato de un país imaginario que sintetiza las naciones hispanoamericanas posteriores a la independencia: Santos Banderas, el dictador, mastica hojas de coca; el embajador español se inyecta morfina. La capital en fiestas hasta le evoca estados alterados: “Formas, sombras, luces se multiplican trenzándose, promoviendo la caliginosa y alucinante vibración oriental que resumen el opio y la marihuana”.


Evasión o búsqueda

El autor de Voces de gesta entró en la habitación con unos papeles en la mano...

–¿Qué tal? –le pregunté.

–Bien –me respondió–; me he sentido un poco indispuesto, pero es porque algunas veces sufro los trastornos fisiológicos del extracto de tintura de cáñamo índico.

–¿Cómo es eso?...

–Sí; yo lo tomo en píldoras.

–Pero eso, ¿qué es?

–El hachís... lo que toman los fakires en la India...

–¿Pero usted?...

–¡Ah! Sí, señor... Y eso me produce una exaltación de la fantasía que me permite comprender muchas cosas... El karma, por ejemplo...

[Entrevista con Valle-Inclán, publicada en 1913]

Aunque las drogas estaban entonces fuera del Código penal, Valle-Inclán no ejercía de propagandista. Sí hay constancia de una conferencia que desarrolló en 1910, en Buenos Aires, bajo el título “Los excitantes en la literatura”. Prudente, don Ramón, recurriendo a la excusa de sus dolencias estomacales, explicó su experiencia con el hachís, que le proporcionó extraordinarias percepciones. Valle-Inclán hablaba de una sensación de placidez que desembocaba en “una risa incontenible, dolorosa y persistente”, tanto que los músculos faciales quedaban congelados. Sus momentos de lucidez eran seguidos por periodos de sopor.

El truco residía, confesaba, en aumentar las dosis recomendadas por los doctores. Ocurría entonces “un desdoblamiento de la persona, como si se alojaran dos espíritus en el interior, todo enriquecido por una memoria lejana, anterior a los hechos y las personas”. La crónica de un periodista asistente añadía que, en el Valle-Inclán colocado, “la infancia estaba siempre presente y de un modo lúcido e intenso”. Se sentía señor del espacio y de la luz: “Perdió la noción de la distancia, la luz era algo como un agente activo que traspasaba sus tejidos con pleno conocimiento del acto. Una actitud extraordinaria de dominio, de plena acción sobre lo que le rodeaba para percibir lo imperceptible, sobre todo para establecer los contrastes ínfimos, casi diríase secretos, le proporcionaba momentos de extraordinaria lucidez para describir la Naturaleza y expresar las emociones”.


Siempre con inquietudes religiosas, el Valle-Inclán cannábico llegó a conocer el éxtasis: “Continuó en su curación y con el tiempo llegó progresivamente a descubrir en su espíritu una acumulación clara de eternidad; el tiempo se le representó perfectamente en todo su pasado; después de una visión interna formidable llegó a experimentar la sensación de la perfección en el individuo, en la humanidad, y como último escalón, la conciencia de la felicidad suprema, de la gloria”.

Al ver impresas sus palabras, don Ramón quizás comprendió que había revelado demasiado. Esa misma gira de conferencias siguió pero evitó el tema de “los excitantes” en las ciudades argentinas del interior o en Chile. De hecho, algunos plumillas cabrones del Cono Sur trastocaron su narración: aseguraron que sus problemas de salud derivaban de sus excesos con las drogas.


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