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María, Marcelo y yo

Mi vida con un fumeta

Clarita 4
Ilustración de Cristóbal Fortúnez

Cuando conocí a Marcelo no parábamos de follar. A mí, su carácter un poco ido me atraía muchísimo; cuando lo veía en Babia me daba la impresión de que un pensamiento muy profundo lo tenía absorbido y quería traerlo de vuelta y que me contara.

. “¿Qué estás pensando?”, le preguntaba, y él siempre me decía con misterio: “Nada”. Y entonces yo lo besaba y lo abrazaba, y a poco que pudiéramos lo desnudaba y le pedía que me la clavara. Sin preámbulos ni gestos de ternura: “A mí lo que me gusta es que me empotren”, le decía para que se pusiera bravo. Y ya lo creo que se ponía. Yo le llamaba toro mío, y él, meloso, me decía: “Mi becerrita”. Y los dos nos reíamos.

De esa primera época recuerdo los colocones que me cogía follando con él. No es que metiera mi hocico en su axila, es que su embriagante olor a sudor lo envolvía todo. Y su sudor, libre de desodorantes y colonias, apestaba a hierba. Como si te ponen un cogollo debajo de la nariz y al fondo alguien está asando un cordero; esa mezcla de fragantes terpenos y choto a la brasa me subyugaba. Amor loco, amor animal, amor salvaje. Qué manera de follar.

No han pasado ni dos años de aquellos primeros polvos, pero desde que se vino a vivir conmigo, hará cuatro meses, la rutina de estar bajo el mismo techo ha ido diluyendo la pasión. Ahora follamos cada diez días y tengo que insistirle con antelación: Marcelo, no te hagas pajas, reserva un poquito de fuerzas para tu Clarita. Aun así, en más de una ocasión se me queda flácido. Según he ido sabiendo Marcelo se suele masturbar una vez al día; dice que es la mejor manera de desconectar, de no querer ver otro capítulo más de su serie preferida. Una paja y a dormir. “Es más una cuestión fisiológica; de estar tanto rato tirado en el sofá, la espalda se me carga y la mejor manera de relajar los músculos y poder abandonarme al sueño es correrme antes. Además, siempre que fumo es casi un imperativo”, me dice él, como si fumara de cuando en cuando, como si no se clavara diez porros al día. “Siempre que fumo”, dice, como si no estuviera fumando siempre.

El caso es que está por venirme la regla, quiero decir que estoy en los días en los que más me apetece (a otras amigas les pasa lo contrario). Y, en fin, llevo detrás de Marcelo una semana, y Marcelo rehuyéndome. Ayer lo senté para que me contara por qué tanto rechazo. Después de muchos rodeos, se envalentonó y se puso a decirme que me he vuelto una histérica de la limpieza:

–Que me obligues a ducharme cada vez que quieras follar me molesta, pero que también te duches tú, eso ya no lo soporto. Dos cuerpos recién lavados no se acoplan bien, les falta el pegamento y les sobra perfume de detergente. No me gusta follarme un trozo de carne que huele a manzana con lejía, ni comerme un coño que sabe a vainilla mezclado con Fairy. A mí me gusta tu olor a sándalo, a menta mezclada con almendras amargas. A mí me gustan las mujeres que huelen a mujeres, no a perfume. Y no me importa que un coño huela a urinario público si al fondo me deja un regusto a mar y regaliz.

¿Qué habrían hecho ustedes si su pareja les suelta lo que Marcelo me acababa de decir? Con veinte años me habría parecido un degenerado; la sola mención a un coño con olor a urinario público me habría bastado para dejarlo. Pero ya tengo casi treinta y tres y ese lirismo bruto, esa poesía llena de barro, me sacude las hormonas. Aunque ahora que lo he escrito me parece muy vulgar, mientras le escuchaba soltar su perorata mis bragas se empaparon como un terrón de azúcar. Acto seguido agarré a Marcelo por el cuello y mirándolo a los ojos le contesté con pasión: “Hoy todavía no me he duchado”. Y entonces nos desnudamos y se puso a olerme como un perro, y a lamerme como un gato, y yo le pedí que me mordiera como un tigre de Bengala, y él me mordió como un cocodrilo del Nilo. Follamos como animales y en el momento de correrme, entonces sí, clavé mi hocico en su sobaco.

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