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La pareja Dagga y la realidad cannábica sudafricana

Son los activistas cannábicos más influyentes y radicales de Sudáfrica. A diferencia de muchos de los que se esfuerzan por conquistar el mainstream del cannabis, la pareja Dagga evita la ropa formal y disfruta flagrantemente del consumo de marihuana. La palabra “Dagga” es una palabra despectiva que significa marihuana y la pareja la ha tomado como apodo en su lucha por revertir el estigma contra los usuarios.

En estos momentos en los que el famoso y disfuncional gobierno sudafricano se enfrenta a una fecha límite, septiembre del 2020, para elaborar y aplicar nuevas leyes sobre el cannabis, la pareja Dagga no se hace ilusiones de que se llegue a algo constructivo. Además de la corrupción desenfrenada, la desigualdad de ingresos y el desempleo, el país tiene actualmente problemas para garantizar el suministro de electricidad, con continuos cortes de luz.

Myrtle Clarke y Jules Stobbs eran exitosos productores de televisión a cargo en Sudáfrica de los reality shows Gran Hermano y Fear Factor cuando la policía allanó su casa en las afueras de Johannesburgo en el 2010. La policía no dudó en dejarle claro a la pareja que los problemas legales que se le venían encima podrían desaparecer con un buen soborno. La redada y las maneras de la policía fueron tan ofensivas que hicieron que la pareja venciera la tentación del soborno y se decidiera a luchar, por ellos y por los demás. Ocho años después, el Tribunal Superior de Sudáfrica falló a su favor, legalizando formalmente el cultivo y el uso de cannabis en espacios privados. Si bien este fallo ha proporcionado alivio a muchos, la venta de cannabis sigue estando prohibida y todavía se ciernen sobre la pareja los cargos derivados del arresto.

Entretanto, Myrtle y Jules fundaron Fields of Green for All (‘Campos de Verde para Todos’), una organización sin fines de lucro que ofrece apoyo público y genera legitimidad política. A través de esta organización no dejan de insistir a las autoridades para que elaboren un marco normativo que beneficie a todos, incluidos los agricultores más pobres de Sudáfrica, los traficantes callejeros y los cultivadores domésticos. Los funcionarios gubernamentales, por su parte, se esfuerzan en comprender las complejidades inherentes a una planta con miles de usos, y han buscado incluso el asesoramiento de la pareja Dagga. A pesar del fallo del Tribunal Superior sobre el cultivo y el uso privados, las detenciones relacionadas con la marihuana siguen sin disminuir en Sudáfrica, lo que hace que la línea directa de asistencia jurídica de Fields of Green for All no deje de sonar.

La pareja Dagga tiene también una webserie, The #Hotboxshow, que ya ha superado los ciento treinta episodios y en la que explora estas cuestiones legales al tiempo que examina nuevos productos, cepas y aceites. La serie les ha ayudado a establecer una amplia red de empresas internacionales de cannabis que apoyan sus esfuerzos mientras se mantienen al día sobre las últimas novedades en la cultura y la reglamentación del cannabis. Uno de sus lugares favoritos para visitar es Barcelona, donde toman buena nota de eventos como la copa de extracciones Dab-A-Doo o la próspera escena de clubes privados, modelos que pueden servir para Sudáfrica en un futuro no muy lejano. En Barcelona precisamente pudimos conversar con ellos el pasado marzo, aprovechando que habían llegado para asistir a una Spannabis que, apenas unos días antes de su inauguración, se suspendió a consecuencia del coronavirus.

Myrtle Clarke y Jules Stobbs, la pareja Dagga, en la barcelonesa plaza George Orwell, también conocida como plaza del Tripi
Myrtle Clarke y Jules Stobbs, la pareja Dagga, en la barcelonesa plaza George Orwell, también conocida como plaza del Tripi.

¿Cómo os sentís al tener que iros de Barcelona?

J. Acaban de decir que el plazo límite para poder abandonar España es dentro de dieciocho horas. Hemos pasado un día frenético para poder cambiar el billete. Nos costó una fortuna, pero no queremos estar atrapados aquí durante dos semanas, porque eso es lo que parece. La cosa está empeorando cada vez más.

M. Es muy raro. Ahora todo el mundo lleva mascarillas. Las calles se han vaciado completamente. Estábamos hablando con la organización sobre la Expo del Cannabis en Ciudad del Cabo y, a menos que el gobierno se lo ordene, no se va a suspender.

J. Llevamos catorce días en Europa y en catorce días nos hemos movido bastante y todavía no he visto a una persona enferma.

Vosotros aparentáis buena salud. Habéis estado por Europa, en el Dab-A-Doo y en muchos clubes de cannabis, y tenéis buen aspecto. Creo que es porque vuestros sistemas endocannabinoides están muy estimulados...

J. Solo puedo atribuirlo a eso; es lo único que nos diferencia de cualquiera que esté enfermo y haya solicitado nuestra ayuda. Nunca recibimos en Fields of Green for All a ningún anciano que después de usar hierba durante treinta años diga que está enfermo. Tal vez sea solo una anécdota, pero es cierto. El noventa y nueve por ciento de la gente que viene en busca de aceite o consejo o algo que les ayude con algún tipo de enfermedad o malestar no tiene relación con la hierba. Aún tenemos que averiguar si los cannabinoides tienen algo que ver con el coronavirus.

Dicen que estimula el sistema inmunológico…

M. Debe de estar protegiéndonos.

J. Cuando viajamos nos ponemos un régimen mucho más intenso de buena mierda. Tomamos más de todo. Tomamos hongos todos los días, cactus de San Pedro, tenemos pequeñas cápsulas de aceite de cannabis. Mezclamos todo eso con espirulina y no sé qué más. Probablemente tomamos diez píldoras cada mañana, haya o no coronavirus. Eso es lo mejor que podemos hacer. Mis manos, eso sí, están más limpias que nunca en mi vida.

Jules Stobbs posando en el jardín a pocos días de la cosecha.
Jules Stobbs posando en el jardín a pocos días de la cosecha.

‘Tannies’ empoderadas

¿Cómo comercializas cosas como los extractos con alto contenido en terpenos para el sudafricano común?

J. La gente lo compra porque se enferma. Se enferman porque se preocupan y ven los titulares y tienen a la CNN de fondo todo el día asustándolos.

M. Las tannies [tanny es tía en afrikáans] que vinieron a nuestro taller de extracción están muy entregadas a la causa, mucho más que cualquier hippie que corre por las calles de Ciudad del Cabo con una pancarta que diga “¡Liberen la hierba!”. Las tannies se infiltran en esos pequeños pueblos donde todo el mundo tiene cáncer de mama y cáncer de colon, y ofrecen extractos y aceites cannábicos que recuerdan a los remedios caseros de las abuelas y las viejas medicinas que solían usar en las granjas antes de que hubiera medicinas farmacéuticas. Tengo en mi memoria a mi abuela, esposa de un granjero que solía tratar a todos sus trabajadores agrícolas; hacía su propio jarabe para la tos, así como otros medicamentos para el dolor en los que siempre solía usar cannabis. Así que las tannies son realmente importantes, se infiltran en las comunidades y rompen el estigma, recordándole al paciente “que tu abuela solía usarlo”.

Invernadero de Myrtle y Jules bajo el cielo sudafricano.
Invernadero de Myrtle y Jules bajo el cielo sudafricano.

Si formarais un partido político, esas mujeres tendrían que presentarse a las elecciones.

M. Sin duda: son fuertes y vienen de un mundo increíblemente patriarcal lleno de machos alfa. Tienen su manera de hacer las cosas en esos pequeños pueblos y puedo decirte que son ellas las que los dirigen, tanto las mujeres de los townships (de población negra) como las de los pueblos para los blancos.

¿Qué cepas se cultivan en vuestras redes?

“Cuando viajamos tomamos hongos todos los días, cactus de San Pedro, pequeñas cápsulas de aceite de cannabis. Mezclamos todo eso con espirulina y no sé qué más”

J. Tailandesas, nigerianas, angoleñas, norteamericanas, pero sobre todo derivadas de la Cookie sudafricana. Siempre hay alguna Jack Herer, alguna Skunk #1 de Sensi Seeds, que es el arquetipo de árbol de Navidad... Somos grandes fans de una compañía local llamada Amadeo. Cultivan, como ellos dicen, “hierba extremadamente narcótica”. Son bastante buenos en eso.

¿Cómo están afectando los cortes de luz a los cultivos en Sudáfrica?

M. Mi madre me contó que ayer Pretoria sufrió un corte de luz de seis horas. No es un problema menor. Los cultivadores están muy afectados. O inviertes un capital en energía solar, generadores y combustible, o tu cosecha se va a joder. Porque no es algo transitorio. Nuestro gobierno dijo a comienzos de este año que el asunto va a durar dieciocho meses. ¿Qué podemos hacer? Tienes que decidir si vas a gastarte el dinero en conseguir energía para garantizar tu cultivo de interior o conformarte con plantar en exterior.

¿Hace un tiempo organizasteis un taller práctico sobre extracciones?

M. Lo llamábamos Extractex y teníamos a dos pioneros de la extracción demostrando con un equipo rudimentario cómo hacer una extracción de etanol, una extracción BHO.

¿Quiénes eran estos expertos?

J. ... [Canta el tema de James Bond]

M. Activistas cannábicos clandestinos, que fueron los primeros en Sudáfrica en descubrir cómo hacer las extracciones.

J. Siguen todavía hoy siendo importantes en el mundo del cannabis underground. El taller fue hace ocho años, y ellos dos han seguido perfeccionado su arte. Ahora ya son muchos los que en Sudáfrica dominan el arte de la extracción.

¿Qué tipo de participantes asisten a esos talleres?

M. En aquellos días fueron veinte personas. Lo interesante era que había un montón de mujeres de mediana edad, dos coches llenos de ellas venían de una de las provincias del norte porque habían oído hablar de ello en nuestra newsletter. Todas ellas estaban ayudando a personas con diversas enfermedades y querían aprender más sobre la extracción del cannabis. Volvieron a sus pueblos y se pusieron a hacer sus propias extracciones caseras en pequeños tubos de vidrio con latas de butano para ayudar a la gente.

Creo que algunos traficantes locales de hierba amedrentaron a una de esas mujeres que asistió al taller.

M. Sí, una señora que se estaba haciendo bastante conocida. Su labor parecía ser demasiado exitosa para la mafia local, de la que formaba parte la policía. Era buena haciendo aceite de Rick Simpson en su casa; sabía lo que hacía con las extracciones de plantas y se especializó en el cannabis. También era la esposa de un hombre de negocios muy influyente en el pueblo. Ya sabes cómo funciona la política en los pueblos pequeños. Con todo el asunto ella perdió mucho de su stock y se convirtió en parte de nuestra causa: se sumó a una campaña que llamamos “Únete a la cola”, que desde el 2013 hasta la sentencia del Tribunal Supremo en el 2018 estuvo funcionando. Teníamos ciento treinta y siete casos detrás del nuestro, pero si conseguíamos que el nuestro se suspendiera podríamos desafiar al gobierno para que desestimara el resto. Ella todavía no ha sido condenada; está en la cola detrás de nosotros y, esencialmente, es parte de nuestro caso. Cuando estuvimos en la Corte en Pretoria vino con sus hijos para ver cómo era la Corte Suprema y se convirtieron en parte de la familia.

Para la burocracia del gobierno parece de lo más eficaz hacer una lista de casos similares que se desestimen; a diferencia de cuando las leyes se cambian y los individuos necesitan contratar un abogado, ampararse en el precedente y apelar uno por uno.

J. Hay un par de jurisdicciones del Tribunal Superior que se niegan a hacerlo. Hasta hoy, en la misma Johannesburgo, nuestra jurisdicción se niega a dar un aplazamiento debido a las personas que estamos involucradas. Ellos han hecho ya su juicio moral, son muy calvinistas y religiosos, y tienen muy interiorizada la creencia de que la hierba es una mierda. Nos tienen rodeados a cada momento.

Sudáfrica no es Canadá

Un sillón en la salita de casa bien pertrechado de instrumentos y condimentos para dar vida a las horas muertas
Un sillón en la salita de casa bien pertrechado de instrumentos y condimentos para dar vida a las horas muertas.

Habéis publicado un manifiesto para intentar que se cumpla con la fecha límite de la regulación en septiembre del 2020. ¿Sabéis si ha llegado a quien tenía que llegar?

M. Sí. Hemos distribuido prácticamente las mil copias que habíamos impreso inicialmente. Ahora nos queda hacer el diseño y los ajustes finales. Vamos a añadir al principio un capítulo divulgativo sobre el cannabis, en plan esta es la raíz, este es el tallo, esta es la flor y esto es lo que se puede hacer con ella, estos son los trabajos que se pueden crear en la industria... Para el gobierno va a ser más digerible si incluimos ese capítulo explicativo. Eso es lo más urgente que necesitamos sacar en las próximas semanas.

¿Cuál es el siguiente paso con la fecha límite del 2020?

M. Se habla de un proyecto de ley que aparentemente han reescrito, pero es tan fácil cortar y pegar desde lo de Canadá, que es un verdadero dolor de cabeza contemplar lo que han hecho. Tendremos que volver a los tribunales. Lo triste de esto es que tendremos que pagar por ello.

“Sudáfrica tiene un enorme problema de falta de capacidad y de recursos. ¿Por qué diablos querrán añadir esa carga burocrática de mierda a las leyes sobre el cannabis cuando todo lo que tienen que hacer es sacar a la luz desde la clandestinidad la economía del cannabis ya existente?”

¿Cuál es el problema?

M. El recuento de plantas. ¿Van a ir a Pondoland, donde hay campos verdes hasta donde alcanza la vista? ¿Van a enviar a un policía desdichado a contar y a medir las plantas? ¿Van a hacer una diferenciación inconstitucional entre el cannabis urbano y el rural? Sudáfrica no puede administrar sus asuntos, tiene este enorme problema de capacidad y de falta de recursos para mantener, por ejemplo, las luces encendidas. ¿Por qué diablos querrán añadir esa carga burocrática de mierda a las leyes sobre el cannabis cuando todo lo que tienen que hacer es sacar a la luz desde la clandestinidad la economía del cannabis ya existente? Ya está organizado. Por eso estamos presionando para que se abran los clubes. Pensamos abrir quinientos clubes en Sudáfrica, y entonces, ¿qué?, ¿nos van a detener a todos? Hicimos algunos avances bastante buenos con los gobiernos regionales justo antes de venir a Europa. Creo que se trata simplemente de tener los recursos para ser escuchados, tener suficiente mano de obra y ayuda para correr la voz y bombardear a los medios de comunicación.

Se ve que hay un esfuerzo por parte del Estado para crear una burocracia imposible de sortear.

M. Exactamente. Ponen el listón tan alto que van a fracasar, después, eso sí, de obligarnos a la sociedad civil a tener que pleitear en un nuevo juicio de diez millones de rands (485.000 €). Porque lo único que funciona en Sudáfrica es conseguir algún tipo de sentencia judicial que obligue al gobierno sudafricano a escucharnos. No queremos llegar tan lejos.

J. No creo que haya una ley en septiembre del 2020. Creo que este plazo más que la meta es la línea de salida para la siguiente fase. Se cumplen los dos años de plazo que el Tribunal Constitucional había dado al Gobierno para cambiar la parte ofensiva de la Ley de Drogas de 1992 relativa al cannabis. De momento no hemos visto ningún documento público y solo les quedan unos pocos meses. Lo que ellos quieren es todavía muy diferente de lo que queremos nosotros. Y si no conseguimos lo que queremos, vamos a volver a demandarle en los tribunales. Lo único que el gobierno tiene sobre la mesa es un escrito lleno de referencias al modelo canadiense. Se llama Proyecto de Ley de Control de Cannabis, y da una buena idea de lo que buscan. Si le diera un porro a un chico de diecisiete años, me caerían catorce años de cárcel. Si te pillan con cincuenta semillas será un año de cárcel, cien semillas dos años de cárcel, y así. ¿Plantas de 40 cm de ancho por 60 cm de alto en África? Es absolutamente delirante si piensan en la vigilancia de los cultivos en África. Sudáfrica no es Canadá. Tampoco nos preguntan sobre la esquizofrenia y las enfermedades mentales. La gente quiere conocer ya el resultado final. ¿Cuánto va a valer? ¿Cuánto se debe encarecer por impuestos? Si lo gravan demasiado, seguiremos en el mercado negro para siempre. Así que, en septiembre del 2020, pondrán algo sobre la mesa, algo sucederá, pero no creo que sea nada definitivo. Hemos oído que están intentando controlarlo a la manera del alcohol, pero, con el Proyecto de Ley de Control del Cannabis, están tratando de controlarlo completamente y no habrá oportunidades comerciales para gente como nosotros ni para esta cultura que ha hecho del cannabis su prioridad.

Myrtle Clarke y Jules Stobbs, en una charla durante la Cannatech en Cape Town, noviembre de 2019
Myrtle Clarke y Jules Stobbs, en una charla durante la Cannatech en Cape Town, noviembre de 2019.

Clubes Sociales de Cannabis en Sudáfrica

Si la ley prospera, ¿serán viables los clubes privados?

J. La iniciativa privada de los clubes continuará pase lo que pase. No vamos a esperar. Estamos haciendo lo que estamos haciendo y ellos pueden hacer lo que quieran, que no nos van a detener. La cultura del cannabis en Sudáfrica es realmente boyante. Creemos que hay más de treinta clubes en todo el país desarrollándose ahora en un ámbito privado.

¿Solo treinta?

J. En todo el país, sí. Pero recuerda de todas formas que, si sabemos de la existencia de un club privado, es que no lo están haciendo bien. Debe ser privado, no hacer pública su actividad. Estimamos que hay unos treinta, lo que es bastante si se considera que no hay tantas ciudades grandes en Sudáfrica. Tres o cuatro clubes en cada ciudad es mucho en este momento. Yo personalmente soy miembro de cuatro asociaciones. Todas son muy diferentes y todas trabajan de forma muy distinta en su letra pequeña, pero básicamente tienen derecho a cultivar y a recolectar hierba. Pueden reunirse y funcionan básicamente como una sala de consumo de drogas, como un bar. Igual que vamos a un bar a tomar cerveza, queremos ir a un lugar a fumar hierba. Eso es todo lo que pedimos. Siempre que venimos a Barcelona visitamos los clubes para que nos inspiren con su ejemplo. Los clubes de cannabis en Sudáfrica podrían ser importantes para el turismo. La gente va a venir a Sudáfrica en masa a fumar montones de hierba sativa sudafricana. Mucha gente habla de exportar la hierba, nosotros creemos que no. No debemos exportar la hierba, debemos importar humanos, que es como se consiguen las divisas.

M. Cada club debe estar apoyando algo, incluso algo fuera del mundo del cannabis, devolviendo lo que reciba y sin dejar a nadie atrás. Es bueno para tu karma, bueno para todo. Cuando se habla de todo esto, de la exportación y del negocio, tenemos que exigir que haya espacio para todos. Siempre tendrás a tus grandes empresarios, y los activistas como nosotros no podemos luchar contra eso. Creo que para poder preservar la cultura solo hay que verlo desde el punto de vista de los derechos humanos. La cultura del cannabis y los derechos humanos van de la mano. Una de las razones por las que sacamos el documento de los Clubes Privados Dagga es por la enorme brecha entre ricos y pobres. Tiene que haber lugares informales, clubes en pequeños pueblos rurales que están luchando por seguir vivos. Los pequeños pueblos de Sudáfrica están muriendo. Creo que un club es una forma de devolver vitalidad y no dejar a nadie atrás. Las regulaciones tienen que hacerse como aquí en Barcelona, para poder incluir a todo el mundo y librarnos de la paranoia sobre la sobrecomercialización, promoviendo al mismo tiempo clubes más pequeños y promocionando la cultura. Al final, todo se equilibrará. En este momento es un gran desastre, pero se equilibrará si nos mantenemos firmes y apoyamos a nuestros granjeros locales, pudiendo saber quién es tu granjero y quién está cultivando para tu club y todo eso. Porque eso es lo que le gusta a la gente, que es, en definitiva, la que va a comprar la hierba. Si conseguimos que haya un club de marihuana en la calle principal, entonces habremos hecho algunos progresos.

Myrtle Clarke catando muestras de extractos en la copa Dab-A-Doo.
Myrtle Clarke catando muestras de extractos en la copa Dab-A-Doo

¿Cuándo supisteis de la existencia de los clubes sociales de cannabis?

M. Supimos de estas asociaciones por primera vez en el 2015, cuando llegamos a Barcelona para nuestro primer Spannabis. Desde entonces hemos vuelto tres veces solo por la inspiración. Llevan haciéndolo mucho tiempo y tienen mucha experiencia en su pulso con las leyes y en los tribunales. Estuvimos en Viena en Naciones Unidas, y hubo un evento paralelo dedicado a la autorregulación. Porque eso es lo que es, una autorregulación basada en dos principios legales: el derecho a la privacidad, que hemos ganado en Sudáfrica, y el derecho de asociación. En Sudáfrica hemos asesorado a todo el mundo con nuestra iniciativa de clubes privados Dagga, ayudando a los que tomaban la iniciativa para poner en orden sus papeles. El derecho básico es como el de un club de golf o de tenis. Tienes miembros que se asocian para poder compartir el cannabis dentro del club. Es muy importante que se mantenga un registro riguroso, que la asociación sepa en todo momento quiénes son sus miembros y dé de baja a las personas que no están activas. Solo así se pueden manejar correctamente las existencias y los ingresos.

J. El gobierno lo odia porque hay muchas zonas grises. La hierba tiene que estar en un circuito cerrado, tiene que ser cultivada privadamente por los miembros del club y ser autogestionada por ellos mismos. Ahí es donde el gobierno no confía en nosotros de ninguna manera. Creen que todo se va a evaporar en el mercado negro y que vamos a vender mandanga a los escolares. Tienes que tener un plan de lo grande que quieres ser. Ningún sitio al que hayamos ido en Barcelona quiere ser un gran club, solo un par de cientos de miembros. No se trata de ser masivos. Que sea literalmente un boca a boca es parte de su genialidad. En Fields of Green for All recibimos a menudo mensajes donde nos preguntan cómo hacer un club y les respondemos: “¿Quieres ganar dinero? ¿Quieres hacerte rico?”. Y suelen contestar: “¡Claro, hombre, claro!”. Y nosotros entonces les decimos: “Bueno, amigo, creemos que te has equivocado de trabajo, esto no es para ti”. Ganarás dinero, en abundancia incluso si lo haces bien, pero no se trata del comercio, sino de disfrutar de la compañía de los fumadores en un lugar de fumadores. Parece que aquí en Barcelona cada vez es más fácil sortear las reglas para que gente como nosotros, con pasaportes extranjeros, vengamos a disfrutar de los clubes. Cuando llegamos por primera vez había una asociación a la que nos apuntamos que tenía un período de admisión de treinta días, así que no podías entrar si eras turista. Las reglas se están torciendo en el sentido más agradable posible, amoldándose a la realidad.

M. Estamos pensando en hacer acuerdos de asociación entre los clubes sudafricanos y los clubes de Barcelona, como a veces se hacen entre escuelas o ciudades. Que cuando la gente de aquí vaya a Sudáfrica pueda ir a un club asociado y obtener descuentos.

Semillas, diamantes y COVID-19

La pareja Dagga y la realidad cannábica sudafricana

Aquí en España lo de la venta de semillas es bastante increíble. Puedes vender semillas de THC en cualquier tienda turística; según la ley, son para colección. Me dices que en Sudáfrica se va a complicar el asunto de las semillas.

J. El área gris siguen siendo las semillas. Técnicamente, no te conviertes en un criminal hasta que germinan. Y tampoco es delito si lo tienes en privado y no vas a ganar dinero con ello. Pero aun así hay leyes de importación solo para las semillas, no para la hierba. Son leyes importantes que imponen cuarentenas para todo tipo de flora y fauna. Se excusan en eso, pese a que Sudáfrica tiene una multitud de empresas de semillas.

¿Qué está haciendo el Consejo de Desarrollo del Cannabis (CDC)?

M. Luchas internas [risas]. No sé mucho de sus luchas internas, pero el CDC carece de recursos. El CDC en Cabo Occidental está muy bien porque ha reducido su alcance y solo está haciendo lobby, lo cual es fantástico porque ha contratado a un lobista y ha podido obtener algunos fondos. Por otro lado, el CDC ha empezado a dar licencias y nadie sabe realmente de qué se trata; creo que hace falta más profesionalidad para evitar este tipo de equivocaciones.

¿Cómo fue vuestra experiencia en el Dab-A-Doo de Barcelona? Debe de ser interesante una copa cannábica especializada en extracciones.

M. Había extractos con y sin disolvente, y también Rosin. No soy una gran experta, pero la muestra número 2 era como un diamante. Era bastante cristalino y el colocón era asombroso, casi psicodélico. Y ese fue solo el segundo extracto que probamos.

J. Se vuelve bastante subjetivo después de eso. Cuando tratas de averiguar si la muestra catorceava funcionó bien o no, es la décima la que te está haciendo efecto. Para mí, la número 2 era la belleza pura del porno verde, un diamante, con esa consistencia y esa salsa terpénica. Hace unos años solo te encontrabas ceras y algunos estropicios, ahora, con esto de la salsa terpénica, las muestras son mucho más sabrosas. Creo que le quitan los restos de disolvente y le agregan terpenos. Algunos extractos saben a ambientador de baño de caballeros. Es demasiado bueno para ser verdad, no es posible un sabor cítrico tan potente. ¡Era como un jabón de manos anticoronavirus!

¿Cómo está la escena de las extracciones en Sudáfrica? Parece que estáis muy puestos en el asunto.

M. Está bastante avanzada. Solo tienes que dejárselo a los jóvenes y a YouTube. Se ha convertido en una locura, con mucha gente que se toma sus concentrados muy, muy en serio. En Sudáfrica, los concentrados empezaron como algo medicinal. Cuando demandamos al gobierno no teníamos ni idea de los concentrados. Entonces llegó Rick Simpson y, gracias a Dios, pudimos evolucionar desde aquel emplasto en jeringa de Rick Simpson a extractos que parecen diamantes. Hoy vimos uno que lo llaman “el crack del cannabis”, que se rocía en un porro. Los concentrados son ahora mucho mejores, con un subidón muy diferente a lo que conocíamos.

J. A mí me encanta como subcultura, es mi favorita. Los dabs han llegado para quedarse. Me gusta la gente que lo hace, en el Dab-A-Doo veías como los americanos se lo toman muy en serio. Se pusieron cómodos, con sus aparejos, preparados para echar ahí seis horas. Trajeron sus alfombras, sus varitas, sus pipas y sus mecheros de gas. Y pasaban mucho tiempo limpiando febrilmente su instrumental antes de darse el siguiente toque.

Aún es pronto para sacar conclusiones, pero ¿pensáis que esto del coronavirus va a cambiar en algo la cultura cannábica?

J. Esto es como, no sé, una secuela de algo. Anoche hicimos una encuesta en el programa Hotbox y preguntamos: “Con la irrupción en escena del coronavirus, ¿compartirías un porro o una pipa?”. En YouTube, el cien por cien de las personas que votaron dijeron que no compartirían nada hasta que no sepamos más sobre ello. En Facebook, dos tercios de las personas dijeron que no iban a compartir nada. Nadie dijo que siguiera haciendo lo mismo de siempre. O eran muy cautelosos o ya habían dejado de compartir. Después del coronavirus, el drogadicto es una de esas bestias que no comparten. Nos damos el codo, no la mano.

Es el sueño de Donald Trump, que odia dar la mano.

J. Es genial para sus pequeñas manos. Si tienes unas manos tan pequeñas como las suyas, debe de ser un poco difícil estrechar las manos de otro.

M. Sus manos probablemente estén sudorosas. Manos pequeñas, gordas y mojadas. ¡Qué asco!

‘Dagga’: historia de un apodo

La palabra dagga es una versión moderna de la antigua palabra dacha que para los khoisan significaba intoxicación o embriaguez. Dacha originalmente era el nombre para leonotis leonurus, planta que era fumada como el tabaco por los khoikhoi, indígenas nómadas del África del Sudoeste y Sudáfrica. Sin embargo, parece haber confusión en la literatura temprana entre el cannabis y la Leonotis leonurus. Parece que “daccha" era el término adoptado generalmente para todos los narcóticos, tanto los fumados como los masticados.

En la década de 1940, el partido gobernante modificó la palabra dacha de manera que el fonema “Ga!”, una expresión de disgusto en afrikáans, se incorporó a la palabra por su efecto emocional. Desde entonces la palabra dagga ha sido utilizada por el Servicio de Policía de Sudáfrica y los medios de comunicación para estigmatizar la planta y a las personas que la usan. Actualmente, la palabra dagga no se emplea en una conversación cortés. Si se pronuncia en voz alta, mucha gente mira por encima del hombro con miedo, no vaya a ser que la policía ande cerca.

La palabra dagga, nos cuenta la pareja que la ha adoptado como apodo, es una palabra muy sensible y estigmatizada en Sudáfrica y las reacciones a esta palabra van desde el asco, la ira y la censura hasta la risa histérica y la liberación emocional. “Utilizamos la palabra dagga en lugar de cannabis porque la mayoría de los sudafricanos no se relacionan emocionalmente con la palabra científica cannabis, incluso muchos desconocen que dagga es Cannabis sativa. Usamos dagga en este sentido, forma parte de nuestra campaña y de nuestro empeño por mantener un término sudafricano en un tema que también es sudafricano”.

 

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #270

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