El amor fan
Nunca he comprendido a la gente que ama a sus ídolos de esa forma tan irracional y tan apasionada, ni por qué les mitifican y les endiosan tanto, y me pregunto si el amor de los fanáticos no es una forma primitiva de amar. Porque amar a alguien que no sabe que existes me resulta completamente absurdo. Creo que es como una especie de droga para mantener a la gente entretenida. ¿Piensas que en el futuro dejaremos de idolatrar a artistas, deportistas, políticos e influencers, o iremos a peor?
Creo que sí, que el amor fan es una forma de amar muy primitiva, y se parece mucho al amor que sentimos por las deidades de nuestra cultura. El amor fan consiste en elevar a alguien por encima de ti para quererle desde una posición de inferioridad. Al ídolo o a la ídola le atribuimos unas cualidades sobrenaturales y unos superpoderes para poder admirarlos con devoción, y nos importa poco o nada si tiene pocos o muchos defectos. No amamos a la persona, amamos al personaje. Y queremos que sea perfecto. Y nos duele muchísimo si nos decepciona.
Desde siempre, los dioses se sitúan en altares religiosos o tronos suntuosos: nunca están junto a las masas, sino frente a ellas. Por eso generalmente colocan a nuestros ídolos en escenarios muy altos, con focos muy potentes, para que parezcan más grandes y más bellos de lo que son, para que los demás podamos sentirnos pequeñitos e insignificantes, y podamos amarles en la distancia.
Cuando nos acercamos a ellos, nos basta con una sonrisa, un autógrafo o solo una mirada: si Dios nos toca con su mano nos sentimos especiales, y experimentamos una especie de alucinación. Se nos disparan la adrenalina y la oxitocina como cuando nos enamoramos o nos drogamos, pero a lo bestia. Cuando muchos fans se concentran en el mismo espacio, el efecto se multiplica y se contagia: los gritos de los demás nos hacen gritar a nosotros.
La pasión colectiva por una figura divina es uno de los fenómenos más impresionantes desde una perspectiva antropológica. No hay más que ir a Sevilla en Semana Santa para ver a cientos, miles de personas llorando juntas porque llueve y su Virgen no puede salir de la iglesia para ir en procesión tras ella. También la gente llora unida en conciertos de música o en partidos de fútbol.
Endiosamos a otros humanos porque nos gustaría parecernos a ellos: nos identificamos y nos proyectamos sobre sus personajes, y nos atrevemos a soñar a través de ellos cómo podría ser nuestra vida si alcanzásemos el Olimpo y nos convirtiéramos en uno de ellos.
Igual que el amor romántico, el amor fan es un reflejo narcisista de nuestro ego: amamos a aquellos en los que quisiéramos convertirnos. Amándolos sentimos que adquirimos cualidades parecidas a las de nuestras ídolas e ídolos.
Y no creo que vayamos a evolucionar mucho en este sentido: las masas van buscando referentes que les muevan, que les hagan sentir cosas, que les ayuden a evadirse de su realidad. Vamos todos buscando a gente que nos fascine, que nos permita vivir la experiencia sacra y extraordinaria, que nos permita trascender nuestro aquí y ahora.
Y por eso perdemos muchas horas y mucho dinero en conseguir una entrada para ver a nuestro dios o diosa cantando o jugando al fútbol. La gente busca diversión y evasión, pero también busca sentirse parte de una comunidad a través del amor fan. Hemos llenado los estadios desde tiempos inmemoriales para disfrutar de esa sensación de pertenencia a un grupo de gente unida por la pasión. Y creo que seguiremos haciéndolo, porque las industrias del entretenimiento ganan mucho dinero con nuestro amor y fascinación por los ídolos.