¿A Siberia o a Jamaica? Menopáusicas hasta el moño
Estoy hasta el moño de estar batallando con todo el mundo y me pregunto si es posible vivir tranquila y en paz sin pelearme con nadie. Me paso el día batallando con mi jefa, que es muy maja pero no entiende que yo no voy a heredar la empresa, que no soy una máquina, que soy un ser humano, y que mi tiempo y mi energía son limitados. Quiere que esté siempre conectada por si me necesita, y yo me niego en redondo, casi nunca me llevo el teléfono de la empresa a casa y trato de cumplir mi horario sin regalarle un minuto. Me quiere mucho porque soy una buena trabajadora, pero se niega a asumir que desde que la empresa va bien necesita contratar a una persona más, y yo me niego a asumir el trabajo de dos.
Luego está mi marido: llevo toda la vida batallando con él por el tema del alcohol, porque no le soporto cuando se pasa de tragos. Me cae fatal cuando estamos en público, me da pena y me da mucha vergüenza, y estoy harta de conducir yo siempre porque casi nunca está sobrio. Odio ser la policía del alcohol.
Tampoco soporto mi papel de sargento con una hija adolescente que tiene siempre su habitación como una leonera, ni con un niño pequeño que jamás baja la tapa del váter y por la noche antes de meterse en la cama le da subidón y no hay forma de acostarlo.
Batallo con todos al mismo tiempo para que no me traten como una criada. Batallo con mi padre para que se tome la medicación y no trate mal a mi madre, y batallo con mi madre para que deje ya el Orfidal y no me trate como si fuera una adolescente descerebrada. Batallo con mis hermanos varones para que se impliquen en el cuidado de mis padres y cumplan los acuerdos, batallo con mi amante, que se enfada porque quiere que le llame todos los días y sigue insistiendo en que deje a mi marido, aunque le he dicho ya mil veces que no. Lucho hasta con el perro para que no se suba al sofá; llevo cinco años intentándolo pero no hay manera.
Lo único que me ayuda a mantenerme cuerda es fumar porros, pero mi familia no soporta el olor y me tengo que salir al balcón a morirme de frío o de calor. Y mi vecina de arriba también protesta porque le llega el humo, pero a mí me da igual porque yo le pido que se quite los tacones cuando llega a casa porque retumba toda mi casa y se la suda.
Estoy harta y me pregunto si este estado de guerra permanente es natural en el ser humano y si todo el mundo se siente igual que yo, o soy yo que estoy a las puertas de la perimenopausia perdiendo estrógenos y perdiendo la paciencia. Tengo ganas de desaparecer e irme a Siberia o a Jamaica sola, dejarlos a todos. ¿Esto es normal o solo me pasa a mí?
Nanda, no eres tú, es la estructura capitalista y patriarcal. Nos pasa a todas. Las luchas de poder atraviesan todas nuestras relaciones, pero además con las mujeres es peor, porque tenemos que batallar contra el rol de cuidadora y de superwoman que sostiene a toda la familia. Quejarse en voz alta y poner límites a todo el mundo es muy bueno para la salud, pero es agotador. Ser la criada y la cuidadora de toda la familia genera una frustración y un rencor enorme. Yo recuerdo a mi madre amenazando con que se iba porque estaba harta. Y siempre me preguntaba qué pasaría si todas las madres abandonasen los hogares y la gente tuviera que arreglarse sin ellas. Hoy esa pregunta se ha convertido en deseo, pero me llaman extremista y radical.
Bueno, generalmente cuando me preguntan aconsejo a todas las mujeres que se tomen de vez en cuando unas vacaciones para sí mismas, y se vayan solas o con amigas, y desconecten por completo de sus jefes, maridos, hijos, amantes y demás. No hace falta irse a Siberia, puedes hacer escapadas y argumentar que lo haces por tu salud mental. Tu familia sobrevivirá, tú volverás como nueva y con energía para seguir la batalla, y tu gente querida se dará cuenta de que puede vivir sin ti y de que pueden cuidarse a sí mismos. Irse unos días de vez en cuando es genial para que te echen de menos y para desconectar. Creo que todas deberíamos hacerlo, porque lo de poner límites y batallar contra el abuso es algo común; vivimos en guerra permanente para dominar a los demás y para que los demás no nos dominen.
En otra sociedad basada en la cooperación y el apoyo mutuo en la que todo el mundo pensase en el bien común sería más fácil, pero como no vivimos en ese mundo, pues hay que vivir peleando. Eso sí, hay que ser realista y elegir bien las batallas, porque tu perro va a seguir subiéndose al sofá, tu madre no va a dejar el Orfidal, tu vecina no se va a quitar los tacones y tú seguirás fumando en el balcón. O en Jamaica, que se fuma mejor. Un abrazo, Nanda.