Pasar al contenido principal

Sevilla, capital nacional del porro

Por su indudable valor, reproducimos en estas páginas un reportaje publicado en la revista Almanaque, en marzo de 1977. En esta investigación a pie de calle, acompañada de una erudición tan libresca como lumpen, aparecen ya algunos de los debates acerca de las drogas y su prohibición sobre los que todavía hoy seguimos discutiendo. No hemos avanzado mucho.

*Artículo publicado en el número 1 de la revista Almanaque (1977)

Sevilla ocupa el primer lugar en el ranking nacional de aficionados al cannabis (un 36 por 100 del consumo total del país) seguida de Madrid (18,5 por 100), Granada (13 por 100) y Barcelona (10 por 100), según estadística facilitada por el periódico Informaciones de Andalucía en su primer número, aparecido en el mes de diciembre pasado.

A pesar de lo dudoso de cualquier estadística en este terreno, las cifras no dejan de ser sintomáticas, como igualmente lo es el hecho de que hasta el mes de enero de este mismo año no se hayan clausurado en varios pueblos de la provincia, numerosas plantaciones de adormideras. No se trataba de plantaciones clandestinas, al estilo de las cultivadas por numerosos aficionados al cannabis, sino de auténticas plantaciones milenarias que los habitantes de dichos pueblos destinaban, con la mayor naturalidad, a diversos usos. Entre ellos, por ejemplo, el ayudar a dormir a los niños de pecho.

No pretendo manejar estos datos con carácter alarmista. Todo lo contrario. Incluso puedo afirmar que me he limitado a seguir el consejo del informe elaborado por la OMS (Organización Mundial de la Salud) en 1971, cuya letra, con extraño tino en un organismo de su especie, pedía lo siguiente: “Para que salga alguna luz de la polémica de las drogas, será menester que todos bajemos la voz el tiempo necesario para escuchar lo que tratan de decirnos nuestros interlocutores”.

Del biberón al porro

Sevilla, capital nacional del porro

Con la mayor inocencia numerosos niños de Sevilla confiesan ser fumadores de hasch y se muestran expertos en el arte de confeccionar el porro. Los de la foto, se contentan con un cigarro. Fotos de Pive Amador.

Y con nuestro primer interlocutor hemos hablado en la Plaza de Santa Ana, debajo de la Iglesia del mismo nombre, la más antigua de Sevilla, construida por Alfonso X el Sabio en pleno corazón de Triana.

–Yo he comprado haschich a peseta cuando tenía 9 años –nos cuenta–, entonces me daban 4 porros por la peseta y ya voy a cumplir los 49... Iba por ellos a casa de la vieja de... A mí no me quería vender, pero yo le decía: “Dame una peseta para fulano, otra para mengano”, y así iba. Me dedicaba a buscar cobre en el río. Me pagaban 2 pesetas por cada 150 gramos y con eso tenía para 4 porros, tabaco y un par de vinos. También se vendía en casa de... y en el kiosco que puso... en esta misma plaza. Como verás, ya no existe.

–¿Qué diferencia encuentras entre antes y ahora?

–Hombre, antes fumábamos menos gente y, eso sí, nadie se metía con nosotros. Ahora vienen los chavales a puñaos, en las mosquitos y venga a preguntar: “¿Tienes algo?, ¿tienes algo?”. Ahora se vende en plazas o en calles fijas, siempre las mismas. Hace 20 años, en cambio, eran casas fijas o, como mucho, kioscos. ¿Quieres anotarlas? No hay problema, ya no queda casi ninguna; han ido tirando la mayoría de los edificios. ¿Te acuerdas dónde estaba el bar Coruña? Pues la vieja que tenía un kiosco enfrente era de las que más vendía...; de esto hará ya 30 años. Ahora se trabaja también más a la descubierta. Antes no iba a ver al moro cualquier jovencito, y ahora sí que va cualquiera...

–¿Y la policía?

–La policía entonces no conocía el asunto.

–¿Cuándo empezó a meterse?

–Hará unos 18 o 15 años. Yo creo que fue cuando los hijos de los señoritos empezaron a fumar, entonces fue cuando se preocuparon.

¿Daño esto?

Sevilla, capital nacional del porro

Así se abría el reportaje en 1977, con el título cambiado en la cabecera, “Sevilla, encrucijada nacional de la droga”, pero el original “Sevilla, capital nacional del porro” en los laterales de la página.

–¿Crees que puede hacer daño el haschich?

–¿Esto? ¿Daño, esto? ¡Anda ya, hombre! Yo compro todos los días para mí, para no salir cortao a la calle ¿comprendes? Y además, por fumar no hay condena. Y si no le meten mano a las fábricas de tabaco ¿por qué se la tienen que meter a esto? Si de esto fuma ahora todo el mundo. Hasta los policías se lo quitan a los chavales. Yo tengo un amigo íntimo policía que no está aquí ahora, que está en Bilbao, y fuma como el primero... y médicos y abogados, muchísima gente importante y con dinero... El día que todo se pueda saber, mucha gente se va a llevar un susto. Si es lo que yo digo, si a mí me gusta esto, ¿quién me lo puede quitar? ¿Qué fiscal me puede condenar? Y lo que digo lo puedo probar con el nombre de un médico que me lo ha dicho a mí, que bueno y sano es... que lo natural siempre es bueno y no las químicas, los medicamentos y las conservas esas con que nos quieren matar todos los días.

–¿Desde cuándo se fuma aquí?

–De toda la vida, cualquiera sabe... La Plaza de Santa Ana, en donde nos encontramos, más conocida como la “Plazuela”, es uno de los lugares con más sabor y encanto de los que quedan en Triana. De ella sale la calle Pureza y, paralela a esta, bordeando el río Guadalquivir, corre la calle Betis. Se trata casi de las dos únicas vías de Triana que conservan intactos la mayoría de sus edificios. Con ese carácter tan propio de la arquitectura popular andaluza, evocador más de Marruecos que de cualquier otro lugar de la Península. Ambas nos conducen al Altozano, muy cerca de donde estuvo el antiguo castillo de la Inquisición. Abundan en la zona bares y tascas, y fue precisamente en una de ellas donde el cantaor Cargancho compuso la siguiente copla, a principios de siglo:

“Estando en el Altozano
comiendo unos piñones
oí una voz que decía:
tira pa los callejones
que viene la policía”.

Moros y camellos

Sevilla, capital nacional del porro

“Por aquí hay millares de hombres tunos y vagantes que no tienen más oficio para vivir que el del contrabando…” (Carta de Olavide al llegar a Sevilla en 1767).

Al igual que en la Plaza de Santa Ana, son incontables otros lugares de compra y venta. En algunos de ellos, el tráfico funciona también “desde toda la vida” y las operaciones se hacen a la luz del día, con la mayor naturalidad del mundo. En diversos enclaves de la Macarena (plaza del Pumarejo, del Cronista, Divina Pastora, San Marcos), así como en numerosísimos barrios de construcción mucho más reciente: El Cerro del Águila, el Polígono de San Pablo, el Polígono Sur, el Tiro de Línea, Tardón, Rochelambert, etc. Sería inútil hacer una lista exhaustiva porque, en realidad, cada barrio cuenta ya con su “plaza” o su “bar” o su “calle”, su propia organización y, hasta cierto punto, con sus propias leyes. Algunos sitios tienen más solera que otros, mayor o menor volumen de venta, etc., aunque en casi todos nos sea dado contemplar el mismo espectáculo que se desarrolla a la luz solar, a la vista de todos. Si usted no lo cree, haga la prueba, pase por alguno de estos sitios con cara de ir buscando algo; que no tardará en acercarse alguien a ofrecerle mercancía. Obviamente, hay temporadas de mayor mosqueo y, consecuentemente, más flojas; pero, a la larga, todo vuelve a su cauce.

El tráfico está organizado, aparentemente, de una forma muy simple. No se trata de alguna misteriosa red de una o varias “mafias” que se disputen el control del mercado. Hay multitud de redes, desde las más profesionalizadas hasta las de simples aficionados. De estas siempre sobreviven, como me explican los propios interesados, las que tienen mayor tradición y conocimiento.

–Antes –me explica un vendedor– la cosa era sencilla. Íbamos a Marruecos y pasábamos los kilos debajo de la chaqueta, con fajas pegadas al cuerpo, o en maletas de doble fondo. Ahora, en la Aduana registran mucho más, te cachean, te desnudan, desguazan los coches..., pero los kilos siguen pasando. Y cada vez pasan más. ¿Cómo se hace? Como comprenderás, no te lo voy a decir. Hay miles de sistemas y cada cual tiene el suyo. Siempre ligan a alguna gente, pero a los moros y a los camellos, casi nunca.

Son los moros quienes controlan la mayor parte del tráfico. Algunos, muy conocidos, vienen actuando desde hace 15 o 20 años. Los camellos son los encargados de pasar la mercancía desde Marruecos. Luego están los vendedores. Los hay de muchos tipos. Cada moro tiene su propia red. Algunos compran una cantidad que luego revenden más cara, dividida en pequeñas porciones. Otros trabajan a porcentaje y los hay que participan invirtiendo dinero de antemano en la operación. La reventa llega a tener muchos niveles. De ahí, la oscilación de los precios. Un gramo de haschich puede costar de 100 a 400 pesetas, depende de a qué nivel se compre. Y no es raro encontrarse a chavales de 15 a 17 años, peculiares vendedores, sin otra pretensión que fumar gratis. De lo que compran a buen precio siempre reservan algo para revender, y así indefinidamente.

–Es muy difícil, casi imposible, hacer un cálculo del volumen del tráfico –nos sigue informando el mismo vendedor–, varía según las épocas, según la policía esté más o menos encima... Yo calculo que, aparte de lo que se “exporta”, –eso sí que es incalculable–, actualmente se están vendiendo aquí cantidades que oscilan entre los 200 y 400 kilos al mes. Esto supone un movimiento de dinero de 20 a 40 millones de pesetas y, eso sí, muchos miles de personas que compran. Tienes que tener en cuenta que hay muchas personas con dinero, gente situada, que te compran los kilos enteros..., esos son, además, los que nadie sospecha que fuman. Y después están los miles de personas que compran su “palanquita” diaria de 20, 40 o 100 durillos. Y a ver cómo cuentas tú eso...

Otro dato a tener en cuenta se resume en la paradoja de que una ciudad tan probablemente adicta al cannabis sienta verdadera alergia a otro tipo de productos; verdadera alergia a lo que llaman “química”. La heroína, la morfina, la coca, las anfetaminas, etc., son prácticamente desconocidas. Incluso el ácido –o la pildorilla, denominación familiar del LSD– apenas encuentra clientela: casi exclusivamente entre personas más o menos intelectualizadas, o en el equivalente a los que por otros pagos se conocen como hippies.

–Hace 15 años, cuando yo empecé a fumar –nos cuenta otro– no se conocía el haschich. Entonces circulaban los porritos de grifa que costaban 2 duros. Yo empecé comprándole al T., que era aquel viejo que se paseaba por la calle San Luis con una caja de zapatos llena de papelinas de grifa, todas iguales, liaditas en papel de periódico. Costaban 20 duros. El pobre ya se murió... Luego vino el kifi y la hierba y, más tarde, por fin, el haschich. Hay también cosas más modernas, como el ácido, la mescalina y otras plantas exóticas que llegan de vez en cuando, pero no sé, no parecen que tengan mucho éxito... Aquí lo que abunda de verdad es el haschich y algunas veces también la rama.

El porro del pueblo

Sevilla, capital nacional del porro

La mercancía, que tiene su cotización según sus variedades y calidad es objeto de una oferta y una demanda en un mercado tan clandestino como callejero
por el que circulan millones de pesetas.

Resulta imposible establecer una tipología del fumador. Fuma todo tipo de gentes y con las intenciones más variadas. De toda edad y condiciones. En un barrio, y aunque pueda ello escandalizar a más de uno, grabamos la siguiente conversación con un chaval de 9 años. Se había acercado a un grupo que estaba preparando un join, vulgarmente porro:

–Pero no le eches Fortuna –exclamó– échale un Winston...

–Mira lo que dice el niño.

–¡Claro, si es vacilón! –contesta uno del barrio que lo conocía.

–¿Qué edad tienes tú?

–9 años.

–¿Y tú sabes cómo funciona esto?

–Claro. ¡No voy a saber! Pero mira qué joni se está haciendo, no lo hagas así, que se te cae tó...

–¿Y sabes dónde se compra?

–No lo voy a sabé. ¿Quieres que te lleve a casa de...?

Desde luego que no hacía falta. Nos lo creemos. Muchos vecinos nos miraban tranquilamente, sin señal de extrañeza.

Casi nadie, en la mayoría de los barrios, clasifica a los fumadores como viciosos o degenerados. Más bien, al contrario. Muchos vendedores poseen hasta un cierto carisma y gozan de la protección y tácita solidaridad de la mayoría de los vecinos. Existe una situación dual: de legalidad cara al vecindario y clandestinidad cara a la policía y los chivatos. De una policía que, si se viera obligada a aplicar la ley en todo su rigor, estaría forzada a vaciar barrios enteros y, como nos explica otro, “dejaría a muchas familias sin comer”.

Mejor cuenta tendría seguir los consejos que, ya en 1963, daba la revista inglesa Lancet en el sentido de recomendar una grabación fiscal sobre la venta del cannabis, algo muy preferible a multar y reprimir su uso ilícito.

“Y eso, en la tierra que se llama de ‘María Santísima’, donde priva el culto a su humana divinidad, a su virginal maternidad, perpetuándose como figura dolorosa encarnada de la súplica del dolor humano en la Purísima o Inmaculada visión murillesca, la apocalíptica, reveladora imagen de María, que, no solamente pisa la cabeza satánica de la serpiente, sino los dos cuernos luminosos, lunáticos de un invisible poderoso, orgulloso, satánico... toro bravo andaluz”. José Bergamín: Musaraña y duende de Andalucía.

El pequeño léxico de moros y camellos

Sevilla, capital nacional del porro

Si no existe una tipología o sicología única del fumador, con menos motivo cabría hablar de una cultura de la droga o, por el estilo, a las que algunos son tan aficionados. Existe, quizás, una filosofía, si así se le puede llamar, la filosofía del rollo, el ciego, el punto y el vacilón. Aunque ello, más que una filosofía o una forma de ser, parezca una manera de estar. Lo que busca el fumador, lo que expresa cuando afirma: “qué ciego llevo encima”, “vaya cuelgue que he cogido” o “hoy voy vacilón”, coincide asombrosamente con lo que ya Baudelaire describía hace muchos años: “En ciertos estados sobrenaturales del alma, la profundidad de la vida se revela por entero en el espectáculo, por ordinario que sea, que tenemos ante los ojos. Es esa capacidad de percibir el entorno como espectáculo, más allá de los mitos sobre la evasión o las alucinaciones, lo que constituye, probablemente, la única experiencia común a todos los fumadores”.

Media, eso sí, un lenguaje común, que suele definirse como argot, pero que conforma, en la práctica, un verdadero lenguaje circulante. Un lenguaje lleno de lo que Belevan llamaba deslices textuales y en los que él veía el inicio de una lengua otra que ya no sería la lengua del entendimiento, de las distinciones, de los sentidos únicos y la lógica gramatical. En él se manejan decenas de vocablos para reconocer cada objeto, decenas de giros para referirse a cada operación o situación. Así, “dame vida”, “alíviame un poco” o “márcate una postura” se utilizan para pedir. “Piedra”, “palanca”, “libra”, “gamba”, “talego”, etc., se refieren a cantidades. “Goma”, “primera”, “tierra”, etc., a calidades. “Rollo”, “punto”, “ceguera”, “muermo”, “mogollón”..., a los distintos estados. Y por tal modo podríamos seguir indefinidamente hasta confeccionar un auténtico diccionario. Lo que, unido a un profundo y agudísimo sentido metafísico del lenguaje, hace de este toda una realidad en constante evolución, imposible de verse acogida por esquemas y clasificaciones.

Señalemos también que, en algunos sectores, se ha intentado teorizar todo el asunto, incluso elaborar alternativas. Principalmente por parte de un underground que, a diferencia del catalán o del madrileño, nunca ha logrado salir adelante, pero que, así y todo, sobrevive alcanzando, en algunos momentos y en algunas actividades (música sobre todo), niveles de originalidad y creatividad francamente altos. Hace años, se empezó a hablar de “cultura afrobética”, aunque el término no llegara a hacer fortuna. En este último viaje he podido comprobar que las consignas del movimiento son: “Califato independiente” y “¡Boabdil, vuelve!”. Algunas paredes de la ciudad dejan constancia de ello.

La propaganda por la prohibición

Portada de la revista Almanaque (año 1, número 4, marzo de 1977).

Portada de la revista Almanaque (año 1, número 4, marzo de 1977). En la letra Q se encaja el subtítulo: “De los golosos y de las guapas”. Según nos dice Fran G. Matute, investigador al que debemos el hallazgo de este artículo, Almanaque era una publicación similar a Interviú que lanzó el grupo de Cambio 16.

Que lo prohibido seduce resulta evidente. Y que la represión, a la larga, viene a parar en una forma de alimento de lo que se reprime.

Pero lo primero que hay que aclarar, al abordar un tema tan polémico como el de las drogas, cualquiera que sea la perspectiva o el punto de vista elegido, es que estas no siempre han sido sinónimo de lo prohibido. Pues como ya señalaba, a principios de siglo, el toxicólogo Ludwig Lewin, “con la sola excepción de los alimentos, no existen en la Tierra sustancias que estén tan íntimamente asociadas a la vida de los pueblos en todos los países y en todos los tiempos”.

Su uso se remonta a los orígenes más oscuros del hombre, mucho antes de que la palabra escrita pudiera de ello dejar constancia. Se sabe de su uso por los sumerios, los asirios, los egipcios, los antiguos celtas y germanos, los griegos, los romanos, los árabes, etc. En la Odisea hay referencias claras a la adormidera (planta de la que se extrae el opio) a la que se define como aquella planta “procedente de Egipto”, harto idónea para confeccionar una bebida “que produce olvido del dolor y del infortunio”. Heródoto describe también el uso que del cannabis, o cáñamo indio, hacían los escitas y otros diversos pueblos. Estos arrojaban los granos de cáñamo sobre piedras calentadas en la lumbre y aspiraban su humo.

De la cita de otros y otros testimonios afines vendríamos a colegir una conclusión inequívoca. Lo que hoy se prohíbe y persigue ha sido históricamente utilizado para las más diversas funciones, desde la religiosa o mágica hasta la médica o puramente lúdica. Así, la adormidera constituyó uno de los atributos de la diosa Demeter, siendo Galeno, padre de la medicina moderna, un decidido partidario del opio y del beleño. 

La persecución de que modernamente vienen siendo objeto, no ha logrado, ni mucho menos, erradicar su uso. Nos encontramos hoy ante una realidad difícilmente escamoteable. Una realidad que, traducida en cifras, supone en el mundo más de 300 millones de mascadores de nueces, de cola, de coca, de katt, de betel…; más de 300 millones de fumadores de cannabis (cuyos derivados fundamentales son el haschich, la marihuana, el kif y la grifa); más de 400 millones de consumidores del opio y sus derivados (morfina, heroína…).

Topamos también con unas estadísticas cuyos índices aumentan sin pausa. En los últimos años, el número de adictos a la heroína se ha multiplicado en un 500 por 100. “Azote social” y “juventud corrompida o marginada” son algunos de los términos preferidos en la referencia al caso. Los que así hablan suelen olvidar, por supuesto, otras muchas cosas.

Entre ellas, que a los pocos cientos de productos naturales clasificados como “drogas” y “estupefacientes” se han venido a sumar, en las últimas décadas, miles de productos sintéticos y químicos (anfetaminas, tranquilizantes, barbitúricos…), cuya clasificación legal ya no es la de “estupefacientes”, aunque sus efectos (sin pretender hacer con ello valoración alguna de orden moral, en los términos al uso de toxicomanía, adicción, dependencia, etc.) resulten más mortíferos que los de las llamadas “drogas”. En los Estados Unidos existe incluso un índice importantísimo de adicción a la aspirina. La industria farmacéutica es, sin embargo, la industria farmacéutica…, trayéndonos mejor cuenta plantear otras cuestiones.

Obligada parece, asimismo, la referencia al alcohol (hay en el mundo más de 40 millones de alcohólicos crónicos), sobrepasando la cifra de unos cuantos cientos de millones el censo de los llamados “bebedores empedernidos” del café, del té, etc. Comparar, por ejemplo, los efectos del alcohol con los de los derivados del cannabis habría de llevarnos a conclusiones sorprendentes.

Es peor el alcohol

Sevilla, capital nacional del porro

Desde la contención del porro hasta el máximo aprovechamiento de la colilla, el fumador efectúa una serie de gestos precisos que forman parte de un ceremonial.

Un estudio oficial del gobierno de los Estados Unidos proporcionaba, entre otros muchos, los siguientes datos: el 48 por 100 de la población del país lo cubren los “bebedores” (unos 100 millones de personas); el alcoholismo reduce la vida de los individuos en, por lo menos, 12 años; en la mitad de los accidentes de tráfico, la autopsia ha revelado un alto contenido etílico en la sangre de las víctimas; otro tanto ocurre con un tercio de las víctimas de homicidios, y un tercio, igualmente, de las detenciones en la vía pública obedece a borracheras…

En cuanto al cannabis, todos los estudios farmacológicos más serios y recientes vienen a coincidir en que no produce toxicomanía ni adicción, sin que tampoco imponga dependencia o se concrete en hábitos físicos. Tan sólo se habla de “dependencia psicológica”, término cuya ambigüedad daría pie a amplia discusión. Ya Walter Benjamin, al referirse a los efectos del haschich, apuntaba: “Los caminos son los mismos, aunque sembrados de rosas” (1). Cuando los caminos no son buenos, como en el caso de Benjamin, puede ocurrir exactamente lo contrario. No dejó de advertirlo Burroughs, una de las personas más familiarizadas, quizá, con el uso de todo tipo de drogas: “La marihuana es un sensibilizador, y los resultados no siempre son gratos. Empeora las malas situaciones: la depresión se convierte en desesperación, la ansiedad en pánico” (2). En todas las entrevistas que mantuve, en Sevilla, la coincidencia era total: “Si estás bien, mejor. Si estás mal, peor”.

A Burroughs pertenece también una de las pocas clasificaciones sobre las drogas que pueden sernos de alguna utilidad. Las divide en dos grandes tipos, las “sedantes” (entre las que incluye al opio y sus derivados) y que “actúan disminuyendo la sensibilidad, con la exigencia de dosis progresivamente más fuertes para alcanzar o mantener ese estado de sensibilidad disminuida”, y las “creadoras de conciencia” (entre ellas los derivados del cannabis, el LSD…), que “actúan aumentando la sensibilidad, y el estado de sensibilidad aumentada puede convertirse en una adquisición permanente” (3). Sólo a partir de aquí podemos empezar a explicarnos la moderna persecución de las “drogas”, sobre todo de aquéllas cuya inocuidad parece sobradamente demostrada. Nos encontramos, pues, ante la más hipócrita de las persecuciones y menos convincentes de las condenas. “La marihuana –según explícita afirmación de Morin– provoca una experiencia que contradice radicalmente todo el sistema de valores activistas sobre los que descansa la sociedad occidental, mientras que el tabaco destruye a los seres humanos, aunque sin corromper las estructuras sociales. La prohibición de la marihuana sólo se comprende sociológicamente” (4). Por mi parte, estoy convencido de que la marihuana, o cualquier otro derivado del cannabis, no produce necesariamente tal experiencia; puede, más bien, ayudar a producirla, no obedeciendo su prohibición sino a razones fundamentalmente políticas.

Si algo demostró la experiencia norteamericana de la Ley Seca fue la absoluta incapacidad de oponerse legalmente a una necesidad humana de consumo, sea del tipo que fuese. Más cuenta le trae al Poder, en tales condiciones, tolerar que reprimir, siendo lo más grave para la eficacia de la Ley el tenerse que ver aplicada con todo rigor (el dura lex, sed lex debe entenderse como pura amenaza adminitoria).

El porro milenario

“El interior de Sevilla no corresponde en casi nada al exterior”
G. Borrow: La Biblia en España.

Sin duda que Borrow se refería al aspecto urbano y arquitectónico de una ciudad que llegó a fascinarle. Y es lógico, ya que difícilmente podría haber penetrado en ese interior al que alude, aunque para nosotros la contradicción por él señalada merezca extenderse a otros muchos aspectos y niveles. Tanto Andalucía, en general, como, en particular, Sevilla, son realidades contradictorias donde las haya, que, como acertadamente coteja Bergamín, “tienen profundísimas raíces laberínticas de múltiples civilizaciones milenarias” (5). En su historia nos encontramos con iberos, tartessos, cartagineses, fenicios, romanos, visigodos, árabes, judíos, gitanos, etc. Pueblos, civilizaciones y culturas que a lo largo de los siglos han conformado eso que llamamos Andalucía, verdadera cultura de aluvión, de fuerte carácter “universalista”, según Bergamín (lo que Castilla del Pino define como “exceso de identidad”), y que, desde hace tiempo, parece imponer su imagen fuera de nuestras fronteras “con un acento tan marcado que se confunde a veces con lo español absoluto” (6). Esta evidencia ha sido también madre de toda una legión de tópicos. El más relevante de entre ellos es el que, muy discutiblemente, Ortega definió como “ideal vegetativo andaluz”. Aunque también fue Ortega el que supo ver en Andalucía ese “paraíso cerrado para muchos, abierto para pocos”, que, hoy todavía, apenas se ha comenzado a explorar y comprender.

Resulta imposible establecer desde cuándo se utilizan determinadas drogas en esta ciudad. Cabe únicamente aventurar algunas hipótesis al respecto. Seguro parece que los cartagineses utilizaron el haschich y que los fenicios comerciaron con él. Si se hace evidente que durante los ocho siglos que duró la dominación árabe en Andalucía, debió el haschich consumirse con cierta profusión, aunque raye en dificultad descubrir con alguna exactitud si la población autóctona llegó a aficionarse a la hierba en cuestión.

Tras el descubrimiento de América y el establecimiento en Sevilla de la Casa de la Contratación, todo el comercio con las Indias se canalizó a través de esta ciudad. No sólo se encontraron los españoles en América con el tabaco y la patata, sino también con una misteriosa hierba, de aún más misteriosos efectos, que los indios del Perú mascaban continuamente y a la que dieron el nombre de coca. De la afición de no pocos españoles a los favores de la hierba dan cuenta numerosas crónicas. Garcilaso de la Vega, por ejemplo, reconoce que “los españoles han estado mucho tiempo sin querer mascar, porque les horrorizaban las acciones todas de los indios; mas, al fin, hanse acostumbrado y aficionado a ello” (7). La Iglesia tuvo que castigar tal costumbre con la excomunión, viéndose la Inquisición obligada a reprimirla con dureza. No es aventurado suponer que en muchos de los barcos, de retorno de América, llegaran partidas de dicho producto, ya fuera por afición o por curiosidad. De hecho, siempre han sido las ciudades con puerto las de más alto índice en el consumo de drogas, y la de los marinos una de las profesiones que ha dado mayor número de aficionados.

El dominio de España sobre Marruecos se prolongó durante siglos y quizá de esa relación haya de colegirse el origen del actual consumo. En personas que tenían negocios o tratos con Marruecos, o que pasaban allí temporadas, generalmente para cumplir deberes militares. Recuérdese, por ejemplo, cómo uno de los protagonistas de El Jarama –la conocida novela de Ferlosio– enciende, ante el asombro de sus compañeros de excursión, su pipa de kif, atribuyendo su afición a su servicio en Larache. Es también tradicional la tolerancia que existe y ha existido siempre en la Legión en lo tocante a la hierba.

Mukenge y Cernuda

Kalamba Mukenge

Kalamba Mukenge.

No quisiera acabar sin antes rendir dos homenajes.

En primer lugar, y aunque pueda parecer que me voy un poco lejos, al revolucionario Kalamba Mukenge, jefe de la tribu de los Balubas, enclavada en el sudeste del Congo. En 1870 destruyó los antiguos ídolos y fetiches y los sustituyó por el cáñamo. Instituyó una especie de comunismo primitivo con miras al cultivo de dicha planta en grandes extensiones, una gran confraternidad en la que se prohibía el uso de armas a sus miembros; estos se debían hospitalidad mutua, se daban entre sí el nombre de amigos y empleaban para saludarse el término moio, que significa vida. Cada tarde se reunían en la plaza a fumar en común alrededor de una pipa gigantesca y, por las noches, organizaban grandes bacanales y orgías.

Y para acabar por donde empecé, otro homenaje a Cernuda. A pesar de los años sigue siendo el no nombrado en Sevilla, al igual que él no la nombraba en Ocnos. La siguiente advertencia, recogida de “Los placeres prohibidos”, puede servir perfectamente como tesis y conclusión de este trabajo:

Una chispa de aquellos placeres
Brilla en la hora vengativa.
Su fulgor puede destruir vuestro mundo.

Notas

(1) Walter Benjamin: Haschich, Editorial Taurus.
(2) W. S. Burroughs: Almuerzo desnudo, Editorial Siglo XX, Buenos Aires.
(3) W. S. Burroughs: El trabajo. Conversaciones con Odier, Editorial Mateu, colección Maldoror.
(4) Edgar Morin: Diario de California, Editorial Anagrama.
(5 y 6) José Bergamín: La España peregrina.

(7) Inca Garcilaso de la Vega: Comentarios reales que tratan del origen del Inca, de sus leyes y su gobierno.

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #338

Te puede interesar...

Suscríbete a Cáñamo