Pocas sustancias psicoactivas tienen una estética tan clásica y reconocible como la Amanita muscaria. Si uno piensa en una seta, probablemente no imagina un discreto champiñón escondida bajo la hojarasca o una marrón al estilo Psilocibe cubensis, sino ese sombrero rojo brillante cubierto de puntitos blancos y rodeado de enanitos que aparece en ilustraciones infantiles, videojuegos, postales navideñas, cuentos de hadas, figuras de jardín, fantasías psicodélicas y hasta emojis. Es, posiblemente, la seta más famosa del planeta, pero también una de las más incomprendidas y desconocidas a nivel de psiconautas y drogófilos.
Hay que aclarar que la Amanita muscaria, pese a su fama como seta alucinógena, no es una seta con efectos psicodélicos en el sentido clásico de la psilocibina o la LSD. No pertenece a esa familia farmacológica, porque no produce exactamente el mismo tipo de experiencia, ni tiene los mismos riesgos y no debería meterse en el mismo saco, pero igualmente está ganando popularidad en estos tiempos de “renacimiento psicodélico” por ser una droga natural no fiscalizada y de fácil acceso.
Este hongo contiene principalmente compuestos como el ácido iboténico, el muscimol y pequeñas cantidades de muscarina. La combinación de estas moléculas puede producir desde sedación, embriaguez, alteraciones sensoriales, confusión, euforia o experiencias oníricas hasta náuseas, vómitos, temblores, ataxia, desorientación, delirium, convulsiones o pérdida de conciencia en intoxicaciones graves. No estamos, por tanto, ante una seta psicodélica al uso, sino ante otra cosa con sus propias utilidades potenciales y riesgos, que conviene conocer.
Un hongo de cuento y de chamanes
Históricamente, la Amanita muscaria ha estado relacionada con los usos rituales y recreativos por todo el mundo, pero sobre todo en Siberia y otras regiones del norte de Eurasia. Distintos pueblos la habrían utilizado para alcanzar estados de trance, facilitar experiencias visionarias o acompañar prácticas chamánicas desde hace milenios. También es famosa la práctica de beber la orina de una persona o incluso de un reno que hubiese consumido el hongo. Aunque dicho así suene un poco escatológico, tiene una lógica farmacológica sencilla, pues parte del muscimol se elimina intacto por la orina, lo que permitiría reutilizar parte de sus efectos reduciendo algunos componentes más irritantes del hongo original. La ciencia, como tantas veces, acaba encontrando una explicación bioquímica sensata a cosas que hasta entonces parecían bastante esotéricas.
También se ha propuesto que la Amanita muscaria podría haber sido el famoso soma de los textos védicos, esa bebida divina asociada a la inmortalidad, a la fuerza y a la inspiración religiosa. La hipótesis fue defendida por el banquero y micólogo neoyorkino R. Gordon Wasson, quien también fue el primero en popularizar en Occidente el uso de setas psilocybe tras sus visitas a la chamana mazateca María Sabina. La del soma es una teoría sugerente, discutida y difícil de demostrar. Algo parecido ocurre con la famosa relación entre la Amanita muscaria y elementos navideños como el traje de Papá Noel, los renos voladores, bajar por la chimenea, los calcetines, decorar el árbol con bolas rojas y dejar los regalos debajo, etc., según la cual todo ello serían reminiscencias de la recolección, secado y consumo ritual y chamánico de la Amanita muscaria en Laponia. Es una idea muy bonita y congruente, perfecta para contar en cenas navideñas con sobremesa larga. Pero, como ocurre con muchas historias demasiado bonitas, hay mucho que no se puede saber con certeza y probablemente esta interpretación contiene más elaboración posterior que evidencia histórica sólida.
Una seta que pisa el freno y el acelerador
Su nombre popular en inglés, fly agaric, y en español, matamoscas, no es casual, ya que tradicionalmente se ha utilizado como insecticida: se colocaban trozos del hongo en leche o agua azucarada para atraer y atontar o matar moscas, porque sus compuestos también tienen actividad sobre sistemas nerviosos muy distintos al nuestro.
La clave para entender la Amanita muscaria es que sus principales compuestos psicoactivos no actúan como los psicodélicos clásicos. La psilocibina, el LSD y la mescalina deben buena parte de sus efectos a la activación de receptores serotoninérgicos 5-HT2A. En cambio, la Amanita muscaria conecta con otros receptores, como son los de glutamato y de GABA, dos de los grandes sistemas de aceleración y frenado del cerebro, que también son diana de otras potentes drogas como el archiconocido etanol (alcohol).
Uno de los principios activos de la amanita es el ácido iboténico, que se parece estructuralmente al glutamato (el principal neurotransmisor excitador del sistema nervioso central), y por eso puede actuar sobre receptores glutamatérgicos como los de NMDA y otros. El muscimol, otro de sus principios activos, activa receptores GABA-A, es decir, actúa sobre uno de los principales sistemas inhibitorios del cerebro. Por tanto, podríamos simplificarlo como que una de las moléculas de la amanita tiende a acelerar y otra a frenar. Y el resultado de pisar a la vez el acelerador y el freno puede ser esa experiencia fluctuante, extraña, sedante, confusa, onírica, eufórica, delirante o incluso peligrosa que puede inducir este hongo.
Además, como el ácido iboténico es más tóxico pero puede transformarse parcialmente en muscimol mediante descarboxilación (proceso que, al igual que sucede con el THC del cannabis, puede ocurrir en cierta medida por calor, secado o en el organismo), muchas preparaciones tradicionales o modernas de la amanita intentan calentarla o secarla, para convertir parte del ácido iboténico en muscimol, buscando reducir toxicidad y aumentar la proporción del compuesto más sedante. Pero esto no convierte la seta en un producto seguro o fácil de dosificar, ya que la concentración de estos compuestos puede variar muchísimo según la zona, la estación, la parte del hongo, el secado, el almacenamiento y la preparación. Por tanto, es difícil prever el contenido y el efecto que tendrá una dosis concreta sin acudir a herramientas de análisis químico.
La muscarina es otro de los principios activos, y merece un comentario aparte. Aunque su nombre parecería señalarla como protagonista en el hongo (y, de hecho, fue aislada precisamente de la Amanita muscaria e incluso acabó dando nombre a los receptores muscarínicos de acetilcolina), paradójicamente, en esta seta no parece ser la gran responsable de los efectos centrales más característicos. La muscarina no atraviesa fácilmente la barrera hematoencefálica que protege al cerebro, y por eso se asocia más bien con los síntomas periféricos colinérgicos, como salivación, sudoración, bradicardia o molestias gastrointestinales. En la película farmacológica de la amanita, la muscarina sería un actor secundario, mientras que los papeles principales son para el muscimol y el ácido iboténico.
¿Cómo se siente una intoxicación por amanita?
Aquí entramos en un terreno especialmente complicado, porque la experiencia puede ser muy variable. Hay personas que describen relajación corporal, sensación de embriaguez, sueño profundo, sueños vívidos, distorsiones sensoriales, cambios en la percepción del tamaño corporal, despersonalización, pensamientos extraños, euforia, desinhibición o una especie de viaje más onírico que psicodélico.
Pero también tiene riesgos como náuseas, vómitos, diarrea, calambres, temblores, inestabilidad al caminar, incoordinación, confusión, agitación, conductas extrañas, somnolencia profunda, pérdida de conciencia o convulsiones. La evolución típica descrita en intoxicaciones incluye síntomas digestivos y neurológicos relativamente rápidos, alteraciones del estado mental y, en muchos casos, una fase final de letargo o sueño profundo. Aunque las muertes humanas por Amanita muscaria son raras comparadas con las causadas por otras setas mucho más letales, que sean raras no significa que sean imposibles, sobre todo a dosis altas, cuando se combinan con otras sustancias psicoactivas o en personas con ciertas enfermedades.
No olvidemos que el hecho de que algo sea natural no implica que sea inofensivo, ni que sea tradicional implica que esté bien estudiado, ni que no esté prohibido es que sea seguro. La cicuta también es natural, el tabaco también es tradicional y el alcohol también es legal. La farmacología real no cambia por mucho que nos guste ponerle nuestras etiquetas.
La nueva tendencia de la amanita y el muscimol
Durante siglos, el principal riesgo de la Amanita muscaria era que alguien tomase demasiada o que la confundiera con otra seta, como la peligrosísima Amanita phalloides. Hoy ya no hablamos solo del hongo recogido en el bosque, sino de extractos concentrados, chocolates, caramelos y gominolas que se venden en internet o en tiendas vinculadas al mundo del CBD, los vapeadores o los productos psicoactivos legales.
Esto cambia mucho el escenario. Una seta entera, con su aspecto llamativo y su carga cultural, impone cierto respeto. Una gominola de colores, en cambio, parece (es) una chuche. Y cuando una droga poco conocida, ya sea legal o ilegal, se disfraza de chuche, el riesgo se multiplica: por dosificación incierta, por consumo accidental, por desconocimiento de efectos y riesgos, por atractivo para menores y por la facilidad de tomar más de una unidad si el efecto tarda en aparecer, como es el caso del muscimol.
En España, estos productos y gominolas llevan tiempo a la venta gracias a que no están fiscalizados y su estatus legal es incierto. De hecho, la AESAN emitió en octubre del 2024 una alerta por presencia de muscimol en gominolas procedentes de la República Checa, señalando que su consumo implicaba un riesgo grave para la salud y advirtiendo de que algunos productos se presentan con apariencia alimentaria pese a incluir menciones como “no destinado al consumo” o “producto de coleccionismo”. Este truco legal ya lo hemos visto con muchas sustancias: vender algo para consumo, pero fingir administrativamente que nadie se lo va a comer para eludir responsabilidades legales en caso de intoxicaciones con consecuencias.
En el 2024, Estados Unidos investigó un brote asociado a productos Diamond Shruumz comercializados como chocolates, conos y gominolas de microdosing. El CDC informó de 180 casos, 73 hospitalizaciones y tres muertes potencialmente asociadas; además, los análisis identificaron una mezcla preocupante de sustancias en distintos productos, incluyendo muscimol, psilocina, acetilpsilocina, kavalactonas y pregabalina, no siempre declaradas ni presentes de forma homogénea. Es decir, ni siquiera estábamos ante “solo amanita”, sino ante el clásico cóctel de mercado gris que usa etiquetas sugerentes, composición variable y provoca que los consumidores no sepan realmente lo que están tomando.
Por el momento parece que el muscimol y otros preparados de la amanita han llegado para quedarse y, mientras se decide su futuro, conviene que aquellas personas que la tomen sepan qué estrategias pueden seguir para minimizar los riesgos y los daños.
Reducción de riesgos con amanita y muscimol
En términos de reducción de riesgos, la primera idea importante es sencilla: la forma más segura de consumir Amanita muscaria es no consumirla. No porque sea mortal en el mismo sentido que otras amanitas mucho más peligrosas (como la Amanita phalloides), sino porque su composición es muy variable, su dosificación es poco fiable y sus efectos pueden oscilar entre una experiencia sedante-onírica relativamente manejable y un cuadro de intoxicación confusional bastante serio. Con esta seta, el problema no es solo cuánta se consume, sino qué ejemplar concreto se ha recogido, dónde ha crecido, cómo se ha secado, cuánto ácido iboténico conserva, cuánto muscimol contiene y si realmente se ha identificado bien la especie.
La primera medida de seguridad, por tanto, es no recolectar ni consumir setas silvestres sin identificación experta. Una confusión con otras especies del género amanita puede tener consecuencias graves o incluso mortales. Y aunque la identificación sea correcta, conviene recordar que “una seta”, “medio sombrero” o “un trozo pequeño” no son unidades farmacológicas fiables. La Amanita muscaria no se comporta como un comprimido con miligramos conocidos de principio activo, sino como un organismo biológico con una química muy variable. Esto hace que las tablas de dosis que circulan por internet deban tomarse con mucha cautela, no como instrucciones seguras.
Si alguien decide consumirla pese a los riesgos, debería evitar hacerlo en soledad, en espacios inseguros o en contextos donde tenga que conducir, cocinar, bañarse, cuidar de otras personas, moverse por la calle o tomar decisiones importantes. La experiencia puede producir torpeza motora, somnolencia, confusión, desorientación, vómitos, conducta extraña o pérdida de conciencia. Lo ideal, desde una perspectiva pragmática, es que haya una persona sobria presente, que el entorno sea tranquilo, que no haya objetos peligrosos cerca y que se asuma que el efecto puede tardar en aparecer y prolongarse varias horas. Redosificar porque “todavía no ha subido” es una de las formas más sencillas de pasarse de dosis.
También conviene evitar mezclas. La combinación con alcohol, benzodiacepinas, pregabalina, gabapentina, opioides, GHB, ketamina, antihistamínicos sedantes u otros depresores del sistema nervioso central puede aumentar la somnolencia, la incoordinación, la amnesia, la confusión y el riesgo de pérdida de conciencia. Tampoco es una buena idea combinarla con otras drogas psicodélicas, cannabis potente o estimulantes para equilibrar, porque no hay una forma fiable de predecir el resultado.
En cuanto a las gominolas, chocolates y otros productos comerciales con muscimol, el riesgo principal es diferente. Aquí ya no hablamos de una seta reconocible, sino de productos procesados, a menudo vendidos en mercados grises, con composición incierta, etiquetado poco fiable y aspecto de alimento inocente. Que algo venga en forma de gominola no lo hace más seguro, de hecho, a veces lo hace más peligroso, porque parece dosificable, amable y casi inofensivo. Donde una seta impone respeto, una chuche invita a comérsela y a repetir.
Con las gominolas de muscimol, el consejo de reducción de riesgos más razonable es desconfiar de cualquier producto que no aporte análisis independientes, lote, concentración clara, ingredientes completos y controles de calidad verificables. Incluso así, hay que tener en cuenta que el mercado de estos productos ha demostrado problemas de adulteración, sustitución y presencia de sustancias no declaradas. El caso que mencionamos anteriormente de Diamond Shruumz en Estados Unidos fue especialmente ilustrativo.
Además, las gominolas tienen un problema añadido: facilitan el consumo accidental. Deben mantenerse siempre fuera del alcance de niños, adolescentes, mascotas y personas que puedan confundirlas con dulces normales. No deberían guardarse en la cocina, en bolsos, en cajones compartidos o en envases sin etiquetar.
Hay grupos para los que el riesgo de estas sustancias es especialmente desaconsejable: menores, embarazadas, personas con antecedentes de psicosis, trastorno bipolar, epilepsia, desmayos, problemas neurológicos, enfermedades cardiovasculares relevantes, consumo problemático de sustancias o tratamientos psiquiátricos complejos. En estos casos, el margen de incertidumbre es demasiado grande. Que el muscimol tenga interés neurofarmacológico no significa que sea una herramienta segura de automedicación.
Por último, hay que saber cuándo pedir ayuda. Si aparecen convulsiones, pérdida de conciencia, dificultad para respirar, vómitos persistentes, agitación intensa, conducta peligrosa, confusión profunda, dolor torácico, alteraciones importantes del ritmo cardiaco o imposibilidad de mantener a la persona despierta y orientada, no hay que esperar a que se pasen. Lo adecuado es llamar a emergencias o contactar con toxicología, explicando con la mayor precisión posible qué se ha tomado, cuánto, cuándo, en qué formato y si había otras sustancias implicadas.
¿Tiene potencial terapéutico?
Que una seta pueda ser tóxica no significa que sus moléculas carezcan de valor farmacológico en determinados contextos. De hecho, muchísimos medicamentos proceden de venenos, plantas peligrosas, hongos o drogas de diversa índole, aunque en medicina suelen usarse cuando hay evidencia para indicaciones concretas y en diferentes formas, dosis, purezas, vías de administración, contexto clínico, monitorización...
El muscimol, como agonista GABA-A y otros receptores, tiene interés científico y médico. Se ha estudiado experimentalmente en modelos relacionados con epilepsia, Parkinson, dolor neuropático y otros trastornos neurológicos, y en Estados Unidos existen actualmente investigaciones que están usando infusiones intracerebrales de muscimol en epilepsia resistente y síntomas de Parkinson. Pero, a día de hoy, esto todavía está muy lejos de autorizarse para uso médico o justificar que alguien se automedique.
De hecho, en el 2024, la FDA concluyó que los datos disponibles no apoyan considerar seguros como ingredientes alimentarios la Amanita muscaria, sus extractos o sus constituyentes activos conocidos (muscimol, ácido iboténico y muscarina) para consumo por la población general, por lo que habrá que esperar que avancen las investigaciones para determinar si también veremos estas moléculas en las farmacias u hospitales próximamente.
Conclusión
En definitiva, la Amanita muscaria es uno de esos ejemplos perfectos de cómo las drogas rara vez caben cómodamente en las categorías simples que solemos usar para entenderlas. No es simplemente una seta venenosa de manual ni una medicina ancestral milagrosa ni una alternativa legal y segura a la psilocibina. Es un hongo con una historia cultural riquísima, una farmacología compleja, efectos psicoactivos reales, riesgos importantes, enorme variabilidad química y un posible interés biomédico que todavía necesita mucha más investigación.
Su creciente popularidad actual, especialmente en forma de extractos, chocolates y gominolas de muscimol, demuestra que existe una curiosidad social creciente por sustancias distintas a las drogas clásicas y por estados modificados de conciencia menos conocidos. Por otro, también muestra la facilidad con la que el mercado puede convertir una molécula poco estudiada en un producto accesible a las masas, antes de que existan controles, etiquetados fiables, análisis independientes o información suficiente para que las personas sepan realmente qué están tomando, qué efectos y riesgos tiene y cómo pueden probarlo con la mayor prudencia posible.
Como ocurre tantas veces en el mundo de las drogas, el problema no es solo la sustancia, sino el contexto: quién la consume, en qué dosis, con qué expectativas, con qué información, en qué formato, con qué compañía, con qué mezclas y con qué capacidad de pedir ayuda si algo sale mal. La Amanita muscaria no merece ser demonizada, pero tampoco romantizada. Que tenga historia, no la hace segura; que sea natural, no la hace inofensiva; que no esté fiscalizada, no la convierte en recomendable, y que el muscimol tenga interés neurofarmacológico, no significa que sean una terapia eficaz y segura.
Quizá por eso esta seta sigue resultando tan magnética. Puede dormir, confundir, embriagar, alterar, intoxicar y quizá algún día inspirar medicamentos útiles. Pero, hasta entonces, conviene mirarla como se miran las cosas realmente poderosas: con curiosidad, sí; con respeto, también, y con bastante menos ingenuidad de la que sugiere su estética de cuento de hadas.