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Francisca Medina, la veterinaria que hizo del cannabis su ciencia

Desarrollan Nanoemulsión de CBD con potencial uso veterinario

Francisca Medina trabajando en la encapsulación de cannabidiol en nanoemulsiones.

Una crisis vocacional y la artrosis de su madre acercaron el cannabis medicinal a la veterinaria chilena Francisca Medina. Ese cruce personal y científico terminó empujándola hasta un doctorado. Hoy investiga el potencial del cannabidiol frente al cáncer mamario en perras y, en esta entrevista, repasa su camino, la ciencia y la regulación chilena.

Francisca Medina no llegó al cannabis desde la academia, sino desde una crisis personal. En 2016 trabajaba en producción avícola, mientras la ansiedad y la depresión la atravesaban. Su madre, por ese entonces, era diagnosticada con una artrosis severa. Fue cuando, por consejo de un colega, se acercó a Fundación Daya y conoció sobre el cannabis medicinal, pero lo que la dejó impresionada fue saber sobre el sistema endocannabinoide, del que no había oído hablar en la universidad. Lo que empezó como una búsqueda terapéutica terminó en vocación. Hoy, médica veterinaria de la Universidad de Chile, lidera una investigación con una nanoemulsión de cannabidiol como alternativa terapéutica contra el cáncer  mamario en perras.

Desde entonces, su relación con la planta ha sido también un pulso con respecto a los prejuicios que  rodean a esta planta. Cuenta que la mayor barrera nunca ha sido la ciencia, sino la prescripción y la mirada ajena que va desde colegas que le pedían mascarilla para manipular CBD (por peligro a intoxicarse), hasta gente que la imaginaba cultivando y vendiendo de manera informal. Por el camino se doctoró, hizo una pasantía en Madrid y aprendió a moverse en una regulación que trata distinto a médicos y veterinarios. 

¿Por qué decidiste investigar los cannabinoides?

Empecé en 2016, en un área totalmente distinta, la producción avícola. Caí en una crisis vocacional, con ansiedad, crisis de pánico y depresión, y justo a mi madre le diagnosticaron una artrosis severa en la rodilla. Un compañero ecuatoriano me sugirió mirar el cannabis y así llegué a Fundación Daya. Ahí, más que una receta, me explicaron el sistema endocannabinoide, del que no había oído nada en la universidad. Fue como descubrir un territorio sin explorar.

¿Cómo se investiga el cannabis en un país con una mirada conservadora y una ley que dificulta tu trabajo?

Barreras siempre hay, pero en lo académico no las he sentido. Quedé en el primer tercio de adjudicados de una beca estatal de doctorado (Beca ANID Doctorado Nacional) y conseguí una pasantía en la Universidad Complutense de Madrid. Siempre traté de llevar el tema con seriedad y con bases, porque sé que tiene una carga moral; si una se muestra liviana, cuesta que la tomen en serio. Las barreras reales están en la prescripción y en la percepción pública. Me ha tocado un colega que no entendía que el CBD no es psicotrópico y me pedía mascarilla para manipularlo, o gente que cree que les doy cannabis fumado a los animales, o que cultivo y vendo de manera informal. Trabajo hace años con productos aprobados por el ISP y el SAG.

¿Cómo funciona la regulación chilena y por qué difiere entre humanos y animales?

Desde 2018 se reguló la prescripción y formulación de productos a base de cannabis, lo que habilitó las recetas magistrales que preparan las farmacias. En uso humano, el ISP permite que  los médicos puedan recetar THC y CBD sin límite de porcentaje por esa vía, además de fármacos aprobados por la FDA como Sativex o Epidiolex, que son carísimos, porque un frasco rondaba los 500 a 600 mil pesos cuando llegaron a Chile  y es la razón por  la cual actualmente no se venden en el país por falta de demanda. Los veterinarios, en cambio, estamos en la Ley 20.000 como prescriptores, pero la ley de psicotrópicos nos limita, porque como no se nos considera profesionales de la salud, desde 2020 solo podemos usar recetas magistrales o suplementos con hasta 0,2 % de THC. Esa es la diferencia clave.

Háblanos de tu investigación con la nanoemulsión de CBD.

Fue mi tesis doctoral. Los cannabinoides son muy lipofílicos y se absorben poco, con una biodisponibilidad que va entre un 4 y un 20 %, que es un rango muy variable ya que en algunos pacientes se absorbe solo un 4%, mientras que en otros llega a un 20% , así que muchas veces hay que llegar a dosis muy altas, sobre todo en cáncer. Vehiculizamos el CBD en una nanoemulsión para mejorar eso. En un estudio preclínico, en células, obtuvimos una formulación estable, de baja toxicidad y liberación lenta, y observamos que en células de cáncer de mama de perro y de humano inhibía la proliferación y la invasión asociada a la metástasis. El siguiente paso es buscar fondos para llevarlo a un estudio clínico en perros y ver si esto se sostiene fuera de las células. 

¿Y la revisión que publicaste después?

Es un trabajo distinto. Junto a Cristian Torres hicimos una revisión sistemática que reúne toda la evidencia que existe sobre CBD y cáncer en perros, que no es mucha. La ordenamos en tablas y comentamos las diferencias, las falencias y los beneficios de cada estudio, porque yéndote de trabajo en trabajo es fácil marearse. La conclusión es prudente. Lo que hay es preclínico, sobre todo en células, y aunque apunta de forma consistente a efectos antiproliferativos del CBD en varios tipos de cáncer —linfoma, mama, glioma, próstata, entre otros—, todavía faltan estudios clínicos y estandarizar dosis y formulaciones.

En mayo, el presidente José Antonio Kast cuestionó el financiamiento estatal a la investigación. Dijo que algunos estudios terminan "en un libro precioso, empastado, en la biblioteca" y, tras la polémica, matizó que respaldaría a los buenos científicos si los recursos se usaban bien. ¿Cómo lees esa idea de "buena ciencia"?

Es una trampa. Se valora la ciencia que llega rápido a un producto vendible, pero en medicina, antes de eso, hay que entender los mecanismos, cómo funcionan los tratamientos en las células, los tejidos, la seguridad de lo que se quiere probar. Sin esa base no se llega a ningún producto. Las investigaciones fundamentales son largas y caras, pero gracias a ellas hoy existen, por ejemplo, terapias de edición genética contra el cáncer. El problema es el cortoplacismo, pensar de cuatro en cuatro años no construye una nación.

¿Cómo ves la evolución de la sociedad chilena frente a la planta?

Cada vez más empoderada. En 2016 ni se sabía dónde comprar semillas; hoy hay más interés en terapias asesoradas por parte de los cuidadores de mascotas. El problema es que la información no llega, no se habla de esto en las noticias y queda en manos de las empresas que venden. La gente no sabe que en la región Chile, Colombia y México vamos bastante avanzados, más que Europa o Estados Unidos en algunos aspectos. Hay que seguir mejorando la regulación, pero de partida la gente debería conocer lo que ya tiene.

El alcance del trabajo de Francisca ya excede a Chile. La revisión que acaba de publicar junto a su colega Cristian Torres, fue reseñada por la prensa cannábica internacional, que la leyó como un indicio más del potencial del CBD en oncología, siempre a la espera de los ensayos clínicos que la propia autora reclama.

Sin embargo, que una investigación pionera en la región penda de fondos que un discurso de "buena ciencia" puede recortar, dice más del país que de la planta misma. Medina, en ese sentido, hace un punto incómodo tanto para el prohibicionismo como para aquellos que quieren resultados a cortos plazo, porque el cannabis no es un atajo milagroso ni una amenaza, sino un objeto de estudio serio que, bien financiado y bien regulado, podría dar respuestas que hoy apenas se asoman en una placa de cultivo.

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