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Resurrection: los sueños lúcidos de Bi Gan

Resurrection: los sueños lúcidos de Bi Gan

La superestrella china (actor, músico y artista multidisciplinar) Jackson Yee encarna al Delirante, el personaje que se esconde en recuerdos cinematográficos.

Hace un año triunfó en Cannes y en la Seminci de Valladolid. En este 2026 se ha estrenado en España. Resurrection, de Bi Gan convierte en sublime el tópico del cine como el material del que están hechos los sueños y reinventa el metacine como viaje iniciático.

‘Resurrection’: los sueños lúcidos de Bi Gan

En la habitación roja de su eternidad debe estar un tipo de Minessota con el tupé blanco y los pulmones negros sonriendo con un pez dorado entre los dedos porque por fin el mundo de los vivos ha encontrado a un cineasta capaz de reflejar con brillantez artística, misterio y dignidad toda la complejidad del lenguaje onírico al que él dedicó toda su vida. Sí, allí debe estar un doppelgänger inmortal de David Lynch contándole al revés al agente Cooper, a un gato negro con sombrero y gabardina y a una señora que sostiene un leño en su regazo que con ese chino bajito y cabezón que se llama Bi Gan el mundo de los soñadores está en buenas manos. En la escena estará también Little Jimmy Scott cantando en karaoke con Mr. Luo canciones sobre sicomoros, tulpas, dientes que se convierten en el mismísimo Buda y vampiros.

Hoy les vamos a hablar de Resurrection, una de esas escasas películas que hacen del misterio y del poder de sus imágenes una baza para que permanezcan pegadas a nosotros si somos capaces de abandonar la “garmonbozia” visual y falsamente artística que hoy nos consume mientras la consumimos. Una película que, más allá de la primera referencia al opio que aparece al principio del film, funciona por sí misma como un potente psicoactivo. Una película que defiende que el poder creativo, restaurador y fantástico de los sueños, si se ha ido a algún lugar en los últimos 130 años, es precisamente al cine. Y como el cine está muriéndose como tantas cosas que articulaban lo fieramente humano en nuestra sociedad, más nos vale empezar a distinguir qué es cine y qué es un simple sucedáneo para entontecer criaturas.

“Es el cine del futuro. La mejor película de 2025 y 2026”, dijo tras verla en Cannes hace un año el crítico y divulgador cinematográfico Alejandro G. Calvo, rostro fundamental del portal y el canal Sensacine, y la primera persona que nos puso en la expectativa de que allí había algo diferente y único, bellísimo y digno de verse. “Monumental, tierna, cruel y exageradamente bella. Bella de hacer daño. (…) El resultado es una celebración psicotrópica de la imagen en movimiento”, añadía Luis Martínez en El Mundo un año después. “No hay película actual como Resurrection. No hay un cineasta contemporáneo como el chino Bi Gan”, escribía tras el paso del film por la Seminci de Valladolid el año pasado Gregorio Belinchón en El País. Y así casi todo. Bien es cierto que hay quien la ha tildado de demasiado pretenciosa, compleja de entender y excesiva. Es cierto que Resurrection no merece la pena verse como una historia cronológica donde al personaje A le pasa tal o cual peripecia y acaba al final aprendiendo algo. En realidad, el personaje principal de esta película, y se ve en uno de los primeros fotogramas en el que unos actores que ocupan un patio de butacas se giran al espectador tras quemarse la pantalla, no eres sino tú mismo. Y como al recién iniciado en un ritual de ayahuasca se le promete un viaje que será diferente a todo lo conocido pero profundamente trascendente y significativo si te entregas y confías en la experiencia, Resurrection transforma y permanece mucho tiempo después de verla.

La irresistible ascensión de un joven poeta chino

A sus 37 años el cineasta chino Bi Gan ya ha conseguido 33 premios y 53 nominaciones internacionales con sólo tres películas y un corto.

A sus 37 años el cineasta chino Bi Gan ya ha conseguido 33 premios y 53 nominaciones internacionales con sólo tres películas y un corto.

Bi Gan, nacido en la provincia de Guizhou en China, hijo de un chófer y una peluquera, fue, desde que era muy pequeño, poeta. Como aquel niño de seis años protagonista de la película israelí La profesora de parvulario (Nadav Lapid, 2014), quien, sin formación aparente, era capaz de recitar y escribir versos de una belleza inusitada. He buscado por internet algún libro suyo, pero nada hay traducido al español. Como mucho he logrado, entre la IA y mi vieja vida como poeta adolescente, traducir unos fragmentos de páginas chinas: “Cuando desaparece la música, los oídos retroceden. / Cuando desaparecen las reglas, las velas se extinguen. / Es como volver a aquellos años
en que se creía que una fotografía robaba el alma. // Tú te llevaste la mía. // Cuando desaparece la cuchilla, el lenguaje se sella. / Y yo, aun sin corazón, he sobrevivido nueve años”.

De Bi Gan tenemos la primera noticia en 2015, cuando con Kaili Blues (Lu bian ye can) ya asombra a la cinefilia con un plano secuencia a mitad de la película de 40 minutos. Convertido desde el principio en uno de los recursos fílmicos del autor, utilizándolo como recurso gramático para disolver la percepción del tiempo, en 2018, con El largo viaje hacia la noche (Diqiu zuihou de yewan) sube la apuesta con un plano secuencia final de una hora que además estaba rodado en 3D. En 2022 deja un bello cortometraje, A Short Story (Posui taiyang zhi xin), la poética historia de un gato negro que ayuda a almas dolientes perdidas, donde vemos, como en sus anteriores películas, retazos del imaginario estético, conceptual y narrativo profundamente onírico que estallará en Resurrection como una supernova. Entre estas cuatro películas ya ha logrado –IMDB dixit– 33 premios y 53 nominaciones internacionales con solo 37 años.

El plano secuencia como acto de supervivencia

Resurrection: los sueños lúcidos de Bi Gan

Vamos a centrarnos en Resurrection, Kuángyě Shídài, que es su título original cuya traducción real significa algo así como “La era salvaje”. Un nombre que le pone el cineasta porque en realidad su película es un recorrido por el siglo XX, tanto por la Historia del cine –desde los comienzos hasta la nochevieja del año 1999 cuando mucha gente creía que podía ser la del fin del mundo–, como por la propia historia de China durante el pasado siglo. Todo eso a través de 160 minutos de asombro, desconcierto, belleza, originalidad, emoción sublime, mandíbula desencajada y citas hermosísimas de cineastas y películas que han construido el imaginario del autor y de millones de cinéfilos. El camino se inicia en un prólogo breve que conduce, como toda la película, una narradora-personaje interpretado por la gran actriz china Shu Qi, a la que veremos como una elegante mujer fotógrafa ataviada con un vestido de inicios del siglo XX. En los créditos este personaje aparece como La Gran Otra o Madre y es como un trasunto amoroso y transtemporal del personaje de Deckard en Blade Runner, una persona que busca a los últimos humanos que no han logrado la inmortalidad porque mantienen la capacidad de soñar. Pero en este caso no para retirarlos, sino para repararlos y darles el merecido descanso.

Como se cuenta al principio del filme en intertítulos propios del cine mudo, en el futuro la humanidad ha logrado conseguir su ansiada inmortalidad. Eso sí, a cambio de perder la capacidad de soñar. Solo unos cuantos seres se han rebelado al impulso de no morir jamás y se ocultan en diferentes momentos del tiempo y los sueños. Se les conoce como los Delirantes o los Fantasmers (obsérvese de nuevo el eco de los replicantes de la película de Ridley Scott). Madre busca a uno, moribundo, The Monster, que se oculta en el cine, en fragmentos de su memoria visual. Y lo encuentra en un fumadero de opio que es como una casa de muñecas infinita filmada al estilo de Murnau. Toda esta parte es tan original y tan bella que nos dan ganas de regresar al pasado y bailar con los Lumière, Meliès, Chomón, Dziga Vertov o Buster Keaton. El monstruo es un ser mitad vieja cámara de cine, mitad Quasimodo, mitad Nosferatu. Lo cuida y lo repara. Y desde ahí el personaje inicia un viaje a través de cinco episodios/fragmentos/historias cada una de los cuales está filmada con una técnica diferente, con personajes y épocas diversas, con una dominante cromática distinta y aludiendo cada una de ellas a un género cinematográfico determinado.

Resurrection: los sueños lúcidos de Bi Gan

"Resurrection es un ensayo visual y simbólico fascinante sobre cómo se construyen narrativamente los sueños mientras atravesamos diferentes géneros cinematográficos y la historia de China"

Sabemos, por declaraciones del autor, que cada segmento está dedicado prioritariamente a un sentido: al de la vista en el prólogo del cine mudo; le sigue el del oído en el fragmento siguiente filmado con dominancia de azules y con estética de cine noir de los años 30 y 40, llena de maletas, trenes y theremines, donde hay homenajes a clásicos como La dama de Shanghái de Orson Welles. A este, le sigue el del gusto, en una historia filmada con blancos y cenizas, que nos lleva a un templo abandonado en invierno durante la Revolución China y la destrucción de los vínculos religiosos con el budismo con mucho aire a Tarkovski y su Stalker. Llegamos luego a una historia con predominio de amarillos, verdes y marrones, donde se habla del olfato y donde se cuenta la relación entre un estafador jugador de cartas y una niña disfrazada de niño que pretenden engañar a un riquísimo jefe de la mafia. Con recuerdos al film de Peter Bodganovich de 1972 Luna de papel y Zazie en el metro (1960) de Louis Malle. La historia final, antes del epílogo, es la más asombrosa desde el punto de vista técnico: una historia de amor entre un humano y una vampira rodada en un plano secuencia rojo sangre de 35 minutos que en su última parte cambia de cromatismo y punto de vista a un azul verdoso antes de que los amantes se dirijan en una barcaza hacia la luz del amanecer que los consumirá. Wong Kar Wai y Jean Vigo pueden rastrearse en este segmento memorable lleno de melancolía elegíaca pero también de esperanza. El tacto es el sentido de este segmento donde dos amantes deciden entregarse al beso que acabará con la humanidad de uno y a la luz que acabará con la inmortalidad de la otra. En el último fragmento o epílogo regresamos a la morgue infinita de Madre antes de una escena final. Según el autor este fragmento podría pertenecer a un sexto sentido, el de la mente, donde todo se resume y se abre a un futuro incierto.

Puedo contarles también que en la Medicina tradicional china existen cinco elementos (madera, metal, agua, fuego y tierra) y que es fácil rastrearlos en cada fragmento. Pero por más que los símbolos y los sueños puedan explicarse y eso nos dé cierta satisfacción intelectual, la propuesta de Bi Gan es mucho más intuitiva y nos propone entregarse a la visión y no ver la película guiados por la Suri del GPS. 

La película más asombrosa sobre la arquitectura real de los sueños

Resurrection: los sueños lúcidos de Bi Gan

Porque lejos de ser una narrativa cronológica que nos indique en qué periodo histórico nos encontramos en cada momento el filme es un ensayo sobre como se construye la arquitectura de los sueños y sus diferentes etapas. Yo, que he sido un soñador consciente e irredento desde que tengo uso de razón y recordé un día con cuatro años mi primer sueño –un fotograma detenido de dibujos animados que me indicaba el camino hacia alguna parte–, pensaba tras ver la película la vergüenza que sentiría Nolan –y el orgullo que sentiría Lynch– al comparar esta Resurrección con su Origen (2010), tan llena de pirotecnia digital, tiros y persecuciones. Como todo buen soñador sabe, el relato onírico a lo largo de la noche va variando de narrativas y complejidad. De repente vivimos historias donde incluso llegamos a ser conscientes de estar soñando y que son un plano secuencia –ya saben, los sueños lúcidos–, como otras que son fragmentos aislados llenos de texturas, símbolos extraños y redundancias. Y que la relación entre la verosimilitud de las narrativas o su carácter fragmentario va variando a lo largo de los diferentes ciclos y las épocas. Soñar, soñamos siempre, aunque no lo recordemos. Y la pérdida de la capacidad de soñar se agudiza tanto con la edad al acortarse ciertos ciclos del sueño, como con la influencia terrorífica de los dispositivos móviles.

Bi Gan habla del sueño en el sentido estricto y más profundo como la auténtica realidad capaz de articular relatos que conjugan el misterio con la fantasía mientras nos están queriendo decir cosas de nosotros mismos que solo se pueden construir con sinestesias y asociaciones inconscientes. Este filme le permite elaborar un ensayo sobre la mecánica narrativa de los sueños humanos reales y cómo la historia del cine con sus evoluciones gramaticales puede contarse como un reflejo de cómo va evolucionando a lo largo de la noche la mecánica, visibilidad, realismo y autoconciencia del soñador en las diferentes etapas oníricas. Muchas de ellas las olvidamos al despertar y al ir pasando de un estrato a otro. Pero si eres un soñador experimentado te das cuenta de que el filme de Bi Gan refleja todos esos estados como prácticamente nadie ha logrado hacer, salvo David Lynch, que vivió entre dos aguas.

Resurrection: los sueños lúcidos de Bi Gan

La forma de actuar de esta película es la de un misterio revelado. Y no necesariamente el misterio puede ser visto o entendido. Es reconocido y recordado. Resurrection habla también de la transfiguración y el fin de una era tanto humana como cinematográfica que solo puede salvarse si recuperamos el hábito de soñar. Ojo, soñar mientras dormimos –no ese soñar con los triunfos sociales en la triste realidad de la vigilia– es el regalo más increíble que nos ha dado la Naturaleza. Hasta no hace tanto, las personas al despertarse se reunían a contarse los sueños. Hoy subimos a Instagram nuestros delirios de grandeza material y minúscula y fantaseamos con ser inmortales con unas vidas y propósitos cada vez más irrelevantes y ridículos.

Yo aún sigo atrapado en sus imágenes y espíritu. Soy uno más de los asombrados e infectados por Bi-Gan. De los arrebatados (anda que no hay ecos con esa obra maestra de vampirismo cinematográfico que es Arrebato de Iván Zulueta). En esta época donde consumimos imágenes e historias inanes que no comprometen profundamente al cuerpo sino que apelan a nuestra pereza, Resurrection pone a todo el cuerpo, el físico y el invisible, a trabajar. Y como saben los maestros de Tai Chi y tantas disciplinas chinas, todo sucede en el cuerpo. Ese mismo cuerpo del monstruo delirante que protagoniza el film a través de diferentes reencarnaciones que es limpiado, cuidado y restaurado para su eterno descanso por la demiurga Gran Otra antes del final hermoso donde el fuego final acaba derritiendo un cine fantasmagórico como una vela gigantesca.

Resurrection es una película llena de películas, que se muestra desde su inicio como un artefacto que va desde la linterna mágica a las cajas chinas para culminar en la imaginación de un cine que aún está por hacerse. Es una película sobre el soñar y sobre cómo la memoria, los recuerdos, el tiempo y los deseos se construyen para poder orientarse en una realidad interna donde el tiempo cronológico no existe. Es una película sobre la poesía, el arte y la belleza. Sobre la función del sueño y el poder de los sueños. Y sí, venga, podemos decir ya la cursilada de que también es un canto de amor al cine. Eso sí, un canto que se canta al revés en el karaoke de la Habitación Roja donde David Lynch no ha muerto todavía.

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #340

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