Demetrio Brisset con su amigo el Cascaborras o diablo de Orce (Granada, 1981).
Demetrio Enrique Brisset (La Habana, 1946) es fotógrafo, antropólogo y periodista. Ha dedicado buena parte de sus reportajes y sus estudios etnográficos a documentar e investigar fiestas populares, movilizaciones libertarias y manifestaciones contraculturales. En 2009 publicó La rebeldía festiva. Historias de fiestas ibéricas, donde recopila investigaciones y fotografías fruto de más de dos décadas asistiendo a festejos por toda la geografía hispánica. Cuenta con un archivo fotográfico de más de un millar de fotografías “sobre el universo de las fiestas, abordándolas desde una óptica antropológica y anarquista”. Y es que Brisset defiende que en la fiesta siempre late una aspiración de revolverse “contra el autoritarismo y la desigualdad para llegar a una sociedad más justa, más libre y más alegre”.
¿Qué fue lo que te interesó de las fiestas populares como para dedicarle media vida a estudiarlas?
En el año 71 regreso a España, después de haber estado viviendo como un hippie en varios países de Europa. En esos viajes había hecho fotografías en varios sitios, y al regresar a Madrid se me ocurrió ofrecérselas a distintas publicaciones. Dos de los primeros artículos que me publicaron, con sus fotografías, fueron sobre dos fiestas a las que asistí ese verano en Galicia. Una fue una fiesta totalmente única, la romería de Tecla, en A Guardia, en la desembocadura del Miño. Esa fiesta es una locura, con la gente bebiendo vino, girando como si fueran derviches, cantando, exaltados… Una fiesta muy divertida, sin elementos religiosos. Una celebración del buen tiempo en un antiguo castro celta, un lugar que posiblemente fue sagrado desde tiempos antiquísimos. Poco después estuve en la romería de Santa Marta de Ribarteme, que es una procesión en la que salen con ataúdes como reconocimiento a la santa por haberles curado alguna dolencia. Entonces ese contraste de dos fiestas tan radicalmente opuestas, a tan poca distancia, me resultó intrigante. Una era una exaltación de lo lúdico, del verano, del buen tiempo; y la otra era una fiesta penitente y triste.
Los tastarros o coches locos que deambulaban por las calles en sanjuanes (Soria, 1977).
¿Encontraste entonces que las fiestas son una vía para acercarse a la cultura humana, con toda su diversidad y todas sus contradicciones?
Sí, claro. Luego ese mismo año, en diciembre, estuve en una fiesta de un pueblo de Cuenca en la que le daban una paliza al cura. Eso me resultó muy interesante. Era la fiesta del Vítor en Horcajo de Santiago. Por la noche, el cura trata de sacar de la iglesia un estandarte de la Inmaculada y la gente del pueblo forma una muralla para impedirle avanzar. No le pegan, pero hay un juego de fuerzas contrapuestas en el que los participantes están gritando “¡vítor, vítor, la Inmaculada Concepción de María Santísima!”. Al final le dejan salir y la comitiva está toda la noche recorriendo el pueblo y al mediodía siguiente regresan a la iglesia a depositar de nuevo el estandarte. Esto ya me resultó realmente intrigante, porque vi un ritual con muchos elementos extraños y publiqué en Triunfo un artículo bastante largo al respecto. Ya entonces me di cuenta de que para interpretar el fenómeno de las fiestas tenía que estudiarlo como un antropólogo.
Las afueras de las grandes ciudades pueden acoger romerías como la del Cerro San Miguel del Sacromonte (Granada, 1980).
Hombres de musgo de la procesión del Corpus de Béjar (Salamanca, 1996).
Pasaste buena parte de los 70 publicando artículos y reportajes sobre fiestas populares y otros temas culturales.
Así es. Había una censura bastante estricta, pero me dediqué sobre todo a temas culturales que criticaban la moral vigente y el autoritarismo. En Madrid estuve trabajando en varias revistas contraculturales y en el 78 me voy a Granada con la intención de vivir de la fotografía. Allí me encontré, en un pequeño pueblo de la Alpujarra, una fiesta que me resultó curiosísima, en la que hacían unas representaciones que parecían comedias del Siglo de Oro. Era una fiesta de moros y cristianos, que es el tema al que acabé dedicándole mi tesis doctoral. Me encontré con una gran complejidad teatral, ritual, religiosa e histórica. Me fui a las veinte fiestas de moros y cristianos que había en la provincia de Granada, recogiendo los parlamentos de las representaciones y estudiando los argumentos. Acabé abarcando toda la Península Ibérica, consultando archivos y entrevistando a mucha gente en Valencia, Cuenca, Galicia o Castilla. Yo creo que, junto a los toros y el flamenco, esta es la expresión festiva más característica de la cultura española.
Diversión y religión
Juerga de nazarenos de la procesión del Cristo de los Gitanos del Sacromonte el Miércoles Santo (Granada, 1978)
"En el 69 me expulsaron de Francia y me fui a Londres, y allí fue donde probé el hachís, los ácidos y algunos hongos. A mi vuelta a España en el 71 ya se empezaba a fumar porros, y eso se va extendiendo en la cultura juvenil inconformista como un gesto identitario y de ruptura con lo legal"
¿De qué manera influyó el franquismo y la ideología nacional-católica en las costumbres festivas españolas?, ¿se privilegiaron las fiestas religiosas frente a otras más profanas y desinhibidas?
Las fiestas son organismos vivos y han estado transformándose a lo largo de la historia. Son una de las formas en las que los seres humanos nos asociamos para construir una comunidad. Las fiestas propician expansiones de alegría y eróticas para celebrar una buena cosecha, una buena cacería o la llegada de la primavera. Además, son espacios en los que suele haber música, bebida, banquetes y otras sustancias expansionantes, lo que favorece el sexo libre y comunitario. Son la base primordial del querer disfrutar colectivamente y repartir los bienes comunitarios. Pero llega un momento en el que una casta se apropia de la fiesta, y la casa de la fiesta se convierte en un templo. Antes las divinidades eran el sol, el río o el bosque, que pasan a personificarse en fenómenos sobrehumanos. En todas las culturas aparecen personajes a los que se les da el poder de haber creado al ser humano, y que los representantes de ese creador sean los jefes o los sacerdotes encargados de los rituales para tener contenta a esa divinidad. Así toman el control de las fiestas y se organizan los calendarios. En nuestro caso, ya desde la Edad Media la Iglesia da forma a un calendario festivo y decide cuándo puede haber una fiesta, para qué y lo que se hace en ella. Empieza entonces a haber un control moral sobre los fastos, la comida, la bebida o las críticas y burlas a los poderosos que manifestaban el espíritu igualitario de las fiestas. Hay toda una historia de prohibiciones en la que la Iglesia y la corona van imponiendo su control. Durante la II República hubo un momento de expansión de libertades, pero con el triunfo de la reacción vuelve la moralidad más estricta, la prohibición de cualquier expansión erótica y de cualquier burla de ninguna autoridad. Durante esa época, todas las fiestas tenían que estar dentro del calendario litúrgico y para que se permitiese a la gente bailar o beber tenía que haber procesiones y curas sermoneando. Tenía que haber un componente religioso para disfrutar de la parte divertida.
Espectral y solemne procesión del Corpus Cristi (Toledo, 1976).
Planteas que las fiestas tienen dos caras: por un lado, son una forma de rebeldía contra lo establecido; pero, por otro, son también un instrumento de control social utilizado por el poder
Partimos de que la raíz más profunda de las fiestas es la diversión sensorial y sexual total, y que el control de las fiestas consiste en convertirlas en adoctrinamiento y transmisión ideológica. Los antropólogos sabemos que la cultura es una transmisión de significados que una comunidad admite y expresa mediante símbolos. Dentro de esta amplia variedad de significados sociales, las fiestas son uno de los que tienen más fuerza. La Iglesia supo apropiarse de ellas y adoctrinar no solo con imágenes y esculturas, sino también utilizando los rituales festivos de tal forma que difundiesen las sagradas escrituras y a su dios patriarcal. Con todo lo que eso significa, claro: el dominio del hombre sobre la mujer, el acatamiento de la autoridad…
Sexo y drogas
Turbas o heterodoxos penitentes del Viernes Santo se calientan con resoli –aguardiente, café, azúcar y especies– (Cuenca, 1972). A la derecha, Florido sombrero de un Mosquetero del Santísimo presto a proteger Béznar de los moriscos sublevados (Granada, 1982).
Le das mucha importancia al sexo y al erotismo en la génesis de las fiestas.
Es que está en su base. Ten en cuenta, por ejemplo, que cuando yo estudiaba bachillerato, ¿qué ocasiones teníamos los adolescentes para tener cierta proximidad con personas del otro sexo? Las verbenas nocturnas, que estaban unidas a las fiestas patronales religiosas. Era la única ocasión del año en la que, de forma abierta y espontánea, podías tener proximidad con el otro sexo. En eso ha habido una gran transformación. En los 60 ya empezaron los guateques y luego fueron llegando las discotecas y los festivales. En el año 76 tuvo lugar el festival de los pueblos ibéricos, al que yo asistí, y fue el primer gran festival en el que hubo música, protesta y una gran expansión de libertad. Hacía poco que se había muerto Franco, pero el franquismo seguía dominando y matando gente. Allí estuvimos unas 60.000 personas, y aquello inaugura la época de los festivales musicales.
Superación burlesca de “la muerte” del Capitán de la comparsa mora Los Pacos de Benamaurel (Granada, 1981).
¿Cuál es el papel de las drogas y de la ebriedad en las fiestas?
En todas las culturas ha habido unas sustancias que nos han dado placer y nos han ayudado a expandir la mente. Lo más productivo es que se consuman de manera abierta, colectiva, para disfrutar entre muchos. En la fiesta el consumo de bebidas, los banquetes o el placer erótico son primordiales. En España la droga más utilizada es el alcohol, y yo he estado en fiestas báquicas. Hay que recordar que Baco fue el patrón de España. Claro, luego fue sustituido por Jesucristo y ese ritual en el que el vino se reparte en la comunión, pero de forma muy controlada. Es una forma de suplantar una divinidad antiquísima, que es la diosa madre o la diosa blanca típica del Mediterráneo y que encarnaba la reproducción, que obviamente se hace mediante el sexo. Esta diosa madre encarnaba el aspecto alegre y lúdico del placer, que se transformó con la instauración de la Virgen María, cuyo componente erótico es cero. La Virgen María parece que fuera totalmente mecánica, que no tuviera sensaciones, que nunca hubiese tenido ninguna relación carnal. Se trata de desvincularla totalmente de lo fisiológico. En la devoción a las imágenes de la Virgen queda un rescoldo de la antigua diosa madre, diosa del placer erótico, no una diosa de tristeza y de cuchillos clavados. Eso es una deformación.
Pablo II en su papamóvil entrando en Alhama de Granada durante sus carnavales (1983).
Épico duelo de una comedia de Lope de Vega: el mozo Garcilaso contra el gigante moro Tarfe, representado en Aldeire (Granada, 1981).
¿Y qué hay del uso del cannabis?
Mira, yo me exilié en París en el 67 y estuve allí durante toda la gestación del mayo, y luego en las ocupaciones de la Sorbona. Pues durante los sucesos de mayo del 68 yo no vi a nadie consumiendo ningún tipo de droga. Y estuve en las barricadas y en los enfrentamientos con la policía. Tampoco en la Sorbona ocupada se consumía, ni siquiera alcohol. Luego ya en el 69 me expulsaron de Francia y me fui a Londres, y allí fue donde probé el hachís, los ácidos y algunos hongos. A mi vuelta a España en el 71 ya se empezaban a fumar algunos porros, y eso se va extendiendo en la cultura juvenil inconformista como un gesto de ruptura con lo legal.
Alegría vecinal tras la ocupación de un local abandonado, colofón de las fiestas reivindicativas que se organizaron en La Ventilla (Madrid, 1977).
A la romería del Rocío acuden grupos sociales muy variados, con desbordante alegría como los que atraviesan Doñana (1978) como hacían con Isis-Astarté, diosa de la fertilidad.
Fuiste uno de los socios de ARSECA, la Asociación Ramón Santos de Estudios del Cannabis de Andalucía
Sí, se fundó en Málaga en 1996. En el año 2000 celebramos la fiesta de San Canuto en el corazón de la ciudad, tratando de ganar visibilidad y hablar del cannabis como un producto terapéutico. Además, cada año celebrábamos la fiesta de la Bella Flor, donde tuve los colocones mayores de mi vida. Venían cultivadores de varias provincias andaluzas, sobre todo de las Alpujarras y de Málaga, y traían su maría. Celebrábamos un concurso y yo estaba el jurado. Eran fiestas muy bonitas. Estuve fumando desde el 69 sin parar, pero luego empecé a tener problemas de bajadas de tensión y tuve que dejarlo. Nunca me interesó pasar a otras drogas.
Por último, Demetrio, ¿puedes compartir algún recuerdo festivo, o hablar de alguna fiesta popular que te guste especialmente?
Pues te diría que mi fiesta favorita han sido los Sanjuanes de Soria. Los descubrí por casualidad en el 76, y viene siendo como lo que debían de ser San Fermín antes de hacerse masivo. Hay lidias de toros, bandas musicales y peñas que se encargan de los festejos. Recuerdo los corros de gente yendo por el Duero hasta la Ermita de San Saturio, una romería naturalista preciosa. Era una fiesta con muchos elementos, y sobre todo muy callejera y abierta a quien quisiera participar.
Documentada historia de cientos de fiestas populares, accesible gratis en internet desde 2018. Demetrio E. Brisset también subió en 2025 a internet Mis Fiestas, una serie de vídeo-fotos de 32 capítulos de dos minutos con unas 1200 fotos.
Ensayo de jóvenes costaleros de un paso de Semana Santa (Sevilla, 2018).