Después de 40 años ejerciendo de abogado, te acabas de jubilar. Creo que es buen momento para recapitular, ¿qué te llevó a estudiar Derecho?
Yo siempre había sido más de letras que de ciencias. Cuando terminé la secundaria me sentía atraído por Filosofía y Sociología, y a punto estuve de estudiar esta última, que empezaba en aquellos años a ser una carrera independiente. Finalmente opté por Derecho porque era consciente de que tenía muchas más salidas profesionales. Recuerdo que cuando estudiaba la carrera decía en broma que yo quería ser abogado para derrocar gobiernos y para sacar yonquis de la cárcel. Lo primero no lo conseguí, aunque, en mi despacho, no yo evidentemente, se llevó el inicio del famoso caso Filesa que acabó con un gobierno. Lo segundo sí lo conseguí en unas cuantas ocasiones. Pero lo que verdaderamente me llevo a estudiar Derecho y a ejercer como abogado fue mi deseo de trabajar sin jefes ni subordinados y con total independencia. Así que un amigo y yo alquilamos un piso y allí organizamos un despacho. Yo todavía no había acabado la carrera, pero poco me faltaba para hacerlo. Esa independencia es lo que a lo largo de los años más he valorado de mi profesión. Aparte de eso, se tiene la satisfacción de haber podido ayudar a algunas personas, lo que no siempre es fácil.
Vayamos un poco más atrás. Cuando estás a punto de cumplir 13 años muere Franco. Tu adolescencia y juventud coincide con la Transición, una época especialmente movida en Barcelona, ¿qué pensabas tu entonces de las drogas?
Cuando tenía diez años, a punto de cumplir los once, nos enseñaron en el colegio que el presidente del Gobierno se llamaba Luis Carrero Blanco. Unos días después, cuando empecé a ser consciente de lo que representaba dicha figura, lo asesinaron. Lo mismo me pasó con Franco. No tuve tiempo de ser antifranquista porque, justo cuando empecé a tener consciencia de quién era el dictador, Franco murió y el franquismo empezó a desvanecerse. Así que mi adolescencia, que es una etapa de la vida de apertura al mundo, se desenvolvió en una época de apertura al mundo de mi propio país. La libertad entró a raudales en muchos ámbitos de la vida. Recuerdo que en esos años empecé a interesarme por la contracultura, el anarquismo y la cultura hippie. A título de ejemplo puedo mencionar el hito de la publicación íntegra del disco Rock & Roll Animal de Lou Reed. Poco tiempo después asistí a su memorable concierto en Barcelona en el 78. Por aquellos años cabe destacar la publicación, también en Barcelona, de la revista ácrata Ajoblanco. Se sentía esa libertad y eso permitió tener acceso a mucha información, también sobre drogas.
Pedro en Niger, en 2006.
¿Cuándo te fumas tu primer porro?
Mi primer porro me lo fumé en Ibiza. Recuerdo que era verano y estaba con mi primo, que era un poco mayor que yo y tenía mis mismas inquietudes. Nos fuimos a un lugar apartado al que la gente solía ir a fumar y, de las colillas que había en el lugar, nos hicimos el primer porro. El siguiente fue ya en su casa más tranquilos. Recuerdo que tuvimos que vaciar un cigarrillo y rellenarlo con la mezcla porque no sabíamos liar. Cuando me reincorporé a mis estudios de BUP en Barcelona después de aquel verano, no tardé en darme cuenta de que algún que otro compañero de clase había pasado por las mismas experiencias que yo. No tardamos en formar una pandilla, también con gente ajena a nuestro centro escolar, y empezamos a salir juntos y a consumir. Básicamente hachís, aunque parezca mentira, la marihuana era más difícil de conseguir en aquellos años. Y pastillas de anfetamina (Bustaid, Centramina, Dexedrina, Maxibamato, Minilip). Eran las sustancias más asequibles en esos años. Una pastilla de Bustaid nos podía salir a 50 céntimos ¡de peseta! Poco después conocí otras sustancias.
“Mi primer porro me lo fumé en Ibiza. Recuerdo que era verano
y estaba con mi primo, que era un poco mayor que yo y tenía mis
mismas inquietudes. Nos fuimos a un lugar apartado al que la
gente solía ir a fumar y, de las colillas que había en el lugar, nos
hicimos el primer porro”
¿Es verdad que siendo adolescente fuiste víctima del Vaquilla?
Sí, lo recuerdo perfectamente. Tenía trece o catorce e iba con un amigo. Estábamos cerca de mi casa y debíamos de venir del cine o de dar una vuelta. Se nos acercaron seis chicos no mucho más mayores que nosotros y nos preguntaron la hora. Antes de que pudiéramos responder ya estábamos ambos estampados contra la persiana de un establecimiento comercial que se hallaba cerrado en ese momento. Tres chicos se quedaron con mi amigo y los otros tres conmigo en el otro extremo de la persiana. Recuerdo ver un puño dirigido hacia mi cara que no llegó a golpearme y un dedo pasando de lado a lado de mi garganta para anunciarme a modo de amenaza lo que podía pasarme si no accedía a lo que me pedían. Finalmente se llevaron la chaqueta que llevaba y desaparecieron tan rápido como habían venido. Cuando fuimos a denunciar nos dijeron que la banda del Vaquilla había estado por el barrio. Posteriormente, cuando vi imágenes de él en la televisión reconocí perfectamente a la persona que dirigía su puño contra mí. Hay caras que cuesta olvidar cuando las ves en determinadas circunstancias. Recordado ahora, queda como una anécdota, pero la verdad es que en el momento lo viví como una experiencia muy impactante. Por eso recuerdo tanto los detalles.
Te metes entonces a estudiar Derecho. Son los años de la crisis de la heroína y de la inseguridad ciudadana, ¿recuerdas si en la facultad de Derecho se hablaba de legalizar las drogas?
Para nada, en la facultad de Derecho, que estaba completamente masificada en los años posteriores a la promulgación de la Constitución, no había ya movimientos estudiantiles reivindicativos. Yo empecé mis estudios en el año 1981 y la democracia, dejando aparte el fallido golpe de estado de aquel año, empezaba a consolidarse. Pues bien, si no había movimientos estudiantiles reivindicativos de más libertades políticas, tampoco los había para reivindicar la legalización de las drogas, cuyo consumo, recordémoslo, se había despenalizado ya. Lo que sí se hacía era consumir en las amplias explanadas cubiertas de césped de la facultad. Allí los fumetas no tardamos en conocernos y juntarnos, y a veces nos saltábamos las clases o nos reuníamos en las horas libres y nos quedábamos fumando en el exterior. Algún atrevido incluso lo hacía en las aulas porque todavía no se había prohibido el tabaco en el interior de los lugares públicos. Recuerdo que muchas veces los que nos encontrábamos reunidos en el césped, de forma improvisada, reuníamos dinero y uno de nosotros se encargaba de acercarse con su moto al barrio chino a comprar hachís para el grupo.
¿Cuándo llegaste a la conclusión de que la prohibición de las drogas era un error y una injusticia?
Desde que empecé a consumir ya era muy consciente de que cada uno puede hacer con su cuerpo lo que quiera. No tuve que acabar la carrera de Derecho para llegar a la conclusión de que la prohibición de las drogas era una injusticia. Lo vi así desde el principio
Cárceles escondidas
Aunque nacido en Girona, y tras pasar media vida en Barcelona, Caldentey se siente más de Ibiza, de donde es su familia. En la foto, en uno de los rincones de la isla, en 2007.
Empezaste a trabajar en octubre de 1986 como abogado penalista, dedicado entre otras cosas y con tu socio de entonces Iñaki Rivera (hoy catedrático de Derecho Penal y director del Observatorio del Sistema Penal y Derechos Humanos) al Derecho Penitenciario.
En aquella época las prisiones estaban llenas de gente que se había enganchado a la heroína y se había visto abocada a cometer delitos contra el patrimonio para conseguirla. Era la época del Vaquilla, el Torete y tantos otros que dieron lugar a las películas de Eloy de la Iglesia, famosas en aquellos años posteriores a la Transición. Ya habían pasado los años de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL), que se fundó en 1976, y de la tortura y asesinato de su miembro destacado, Agustín Rueda, en 1978. Prácticamente no había abogados que se dedicaran al Derecho Penitenciario. Tan mal estaba la situación de las prisiones que la Ley Orgánica General Penitenciaria de 1979 fue la primera Ley Orgánica que se promulgó después de la Constitución. Era muy urgente mejorar la situación de las prisiones. Los primeros pasos que dimos mi socio y yo fueron guiados por los propios internos de las prisiones, que sabían más que nosotros sobre sus derechos como presos ya que estaban viviendo las privaciones en su propia carne: permisos de salida, partes disciplinarios, clasificación penitenciaria, remisión ordinaria y extraordinaria de las penas, etcétera. Nosotros teníamos que trasladar sus peticiones a los Juzgados de Vigilancia Penitenciaria, que eran los que se ocupaban de estas cuestiones.
“Se está haciendo ver a la población que España es un paraíso para los cultivadores y que las mafias internacionales están recalando en España para organizar cultivos porque en España las penas por el delito de tráfico de drogas, cuando se trata de drogas blandas, son muy bajas. Con ello se está abonando el terreno para una futura modificación del Código Penal que supondrá la introducción de penas más severas”
El trabajo con presos lo ibas compatibilizando con el turno de oficio.
Sí. Recuerdo que a la semana de darme de alta como abogado ejerciente en el Colegio de Abogados de Barcelona ya me asignaron varias guardias de asistencia al detenido. Yo hacía prácticamente un mes que había salido de la facultad de Derecho y allí, aunque parezca mentira, no se nos había explicado absolutamente nada de en qué consistía la asistencia al detenido y no habíamos visto un juicio; ni siquiera un escrito de los que se presentan habitualmente en los juzgados y tribunales. A fuerza de llevar casos del turno de oficio fui aprendiendo a marchas forzadas. Fue una etapa muy interesante en la que aprendí muchas cosas.
En la Transición había un debate acerca de las cárceles. Ahora es un tema que no preocupa a casi nadie. El anarquista Kropotkin decía que “Mientras privéis al hombre de libertad, no lograréis hacerle mejor”. ¿Qué piensas tú, que has estado en contacto con tantos presos, de las cárceles?
Lo primero que tengo que decir, es que un porcentaje muy importante de la gente que está en prisión, en torno al 60 por ciento, tiene problemas de salud mental. Eso es cinco veces más que el porcentaje que se da en la población general. A ello hemos de sumar las adicciones, que, en muchas ocasiones, asociadas a problemas mentales, conducen también a un ingreso en prisión. Es lo que se conoce como patología dual. Con ello quiero decir que mucha gente tendría un tratamiento mucho más adecuado en otro tipo de establecimientos, no en los penitenciarios. Pero a mi juicio, eso no significa que todos los delitos se cometan porque hay in problema psiquiátrico previo. Creo que la maldad existe y algo hay que hacer con esas personas, pero una persona con problemas mentales no ha de acabar siempre y necesariamente en prisión. Concretamente en Cataluña, últimamente se están denunciado prácticas abusivas por parte de los funcionarios en relación con internos e internas que generan algún problema de convivencia en el interior del centro penitenciario. Con la excusa de garantizar su propia integridad física, la de los funcionarios o la de otros internos, se les inmoviliza durante largos periodos de tiempo y eso se ha denunciado recientemente. Se denuncia concretamente que esas inmovilizaciones forzadas, con sujeción de las cuatro extremidades con correas a una camilla, tienen una finalidad punitiva.
En España, a derecha y a izquierda, hay una pasión punitivista exacerbada. Parece que la única solución para cualquier problema delictivo pasa por aumentar la dureza de las condenas.
Sí, existe una tendencia a querer solucionar los problemas aumentando las penas. Un ejemplo lo tenemos en los cultivos de marihuana. Se está haciendo ver a la población que España es un paraíso para los cultivadores y que las mafias internacionales están recalando en España para organizar cultivos porque en España las penas por el delito de tráfico de drogas, cuando se trata de drogas blandas, son muy bajas. Con ello se está abonando el terreno para una futura modificación del Código Penal que supondrá la introducción de penas más severas. Es interesante lo que dices de que el tema de las cárceles ya no interesa a nadie. No quiero extenderme sobre este aspecto, pero sí transmitir una reflexión de Michel Foucault en su obra Vigilar y Castigar. La delincuencia, en las sociedades industriales y postindustriales, es un fenómeno predominantemente urbano, pero la tendencia es sacar las prisiones de las ciudades. Su visión resulta incómoda para los ciudadanos y, por tanto, cuanto más lejos y escondidas estén, mejor. Eso lo han fomentado los propios poderes públicos.
Psicodelia en la trastienda
Diez años después de empezar a trabajar como abogado, a mediados de los noventa, entras en la órbita de la ARSEC (Asociación Ramón Santos de Estudios sobre el Cannabis).
Desde hacía años había tenido interés en las drogas, pero recuerdo que en 1996 se dieron una serie de coincidencias que hicieron que me implicara más en su estudio. Me enteré de que había una librería especializada en Barcelona sobre drogas, la Librería Makoki, y no tardé en acercarme por allí. Al mismo tiempo, y no precisamente en la Librería Makoki, me enteré de que la editorial Los Libros de la Liebre de Marzo había comenzado a publicar títulos relacionados con las drogas en su colección Cogniciones. Y en la trastienda de la librería conocí a un grupo de personas a los que llamaban “los chamanes”, que compartían sus conocimientos sobre plantas psicoactivas. También allí supe que había una asociación de consumidores de cannabis, ARSEC, que funcionaba desde 1991. Recuerdo con mucho cariño nuestras reuniones en el Segundo Acto, un bar cercano en el que la gente de la ARSEC y los chamanes continuábamos la tertulia, añadiendo a lo que nos fumábamos las birras que allí nos servían. Todo eso me permitió conocer a mucha gente y reencontrarme con amigos a los que hacía tiempo que no veía. Por ejemplo, resulta que uno de esos amigos con los que me reencontré era uno de los responsables de Los Libros de la Liebre de Marzo. Todos teníamos la sensación de que hasta ese momento habíamos estado dispersos y que, en realidad, no estábamos tan solos en nuestro interés por el cannabis, las plantas, las drogas y la psicodelia.
Ya que hablas de la psicodelia, te he preguntado ya por tus primeros porros, ¿cómo fue tu primera experiencia con psicodélicos?
Fue una experiencia que tengo gravada a fuego. Fue también en Ibiza y con el mismo primo al que me he referido antes al hablar de mi primer porro. Era de noche, creo que era en invierno, y yo era muy joven. Estábamos en unas rocas frente al faro del Botafoc. Ese lugar ya no existe porque ahora allí está la terminal marítima de pasajeros de Ibiza. Fue una experiencia muy bonita y agradable y ya desde el primer momento capte, con una tremenda paz, toda la profundidad y trascendencia que son capaces de transmitir los psicodélicos. Así intenté transmitírselo con mis palabras a mi primo. Lo recuerdo muy vivamente porque fue la primera vez, pero siempre son experiencias que dejan huella. Yo creo que en ese momento capté mi propia esencia y la de todo lo que me rodea.
Eres de los socios fundadores de esta revista, ¿cómo llegas a formar parte de La Cañamería Global que dio origen a Cáñamo?
“Siempre decía que mi vida era un poco esquizofrénica porque por las mañanas daba clases a policías y por las tardes defendía a delincuentes. Lo cierto es que ambas ocupaciones eran perfectamente compatibles”
El año 1996 fue un año muy especial para mí y para mucha gente. Yo empecé, como he dicho, a aparecer por la Librería Makoki, donde nos reuníamos aficionados al estudio del cannabis, los psicodélicos y las plantas psicoactivas. Allí me di cuenta de que había muchas ganas de hacer cosas y no tardaron en surgir proyectos en ese año de especial actividad que fue 1996. En el seno de la ARSEC y por iniciativa de dos de sus socios, Gaspar Fraga y Jordi Bricker, surgió la idea de publicar una revista sobre cannabis, algo que era muy arriesgado desde el punto de vista político y económico, estando como estaba el PP en el gobierno. Los promotores de la revista, Gaspar y Jordi, se enteraron de que era abogado y me pidieron mi opinión sobre qué forma jurídica se le podía dar al proyecto. No era mi especialidad, porque yo era penalista, pero la solución pasaba por crear una compañía mercantil. La forma más adecuada era la de una sociedad de responsabilidad limitada. Yo mismo me interesé en el proyecto y decidí formar parte de él. Todo siguió adelante y así surgió la revista Cáñamo. En las asambleas de la ARSEC se dio a conocer el proyecto de crear una revista. Era necesario captar el interés de sus socios para conseguir el capital mínimo para constituir la sociedad. Al final hubo más candidatos de los necesarios y, cuando ya habíamos reunido el capital social mínimo, no tardamos en acudir a la notaría para firmar la escritura de constitución. No hace falta decir que cuando en la notaría vieron el perfil de los socios, se dieron cuenta de que se trataba de una sociedad peculiar. Como anécdota puedo contar también que el día que nos convocaron para firmar la escritura de constitución, la operación no pudo realizarse porque uno de los socios se había olvidado su documento nacional de identidad. Nos convocaron al día siguiente a la misma hora. Pues bien, después nos enteramos de que, unos diez minutos después de que nos fuéramos el día que no habíamos podido firmar, unos individuos entraron a atracar la notaría. No sé si sospecharon de nosotros, pero al día siguiente firmamos sin que se produjera ningún contratiempo. Ese mismo año también se fundó la Asociación Barcelona Expansiva, con la que colaboré, una asociación que organizó sin medios materiales, solo con el esfuerzo de los socios, los Encuentros Psiquedélicos en enero de 1997 en el CCCB de Barcelona. Fueron un auténtico éxito de público. En el 96 también se organizó una importante conferencia sobre plantas alucinógenas en Barcelona con la presencia de importantes figuras internacionales: Albert Hofmann, Jonathan Ott, Alexander Shulguin y Giorgio Samorini, entre otros.
Penalista especializado en drogas
Pedro Caldentey y Miguel Torres, rodeando a Albert Hofmann en Barcelona en 1996. Al fondo, Jonathan Ott.
Y todos esos contactos y experiencias te llevan a especializarte como abogado en temas relacionados con las drogas.
Sí, como era abogado penalista, básicamente me concentré en la defensa de personas que eran acusadas por delitos contra la salud pública, lo que comúnmente se conoce como tráfico de drogas. Mis clientes básicamente eran cultivadores de cannabis, pequeños traficantes y consumidores que se habían visto envueltos en alguna intervención policial.
Si las drogas no hubieran estado prohibidas, ¿a qué te habrías dedicado como abogado?
Cuando estaba estudiando la carrera de Derecho recuerdo que pensaba que me acabaría dedicando al Derecho Laboral. No me acabó de gustar la asignatura y tuve que ir a recuperación porque la primera vez que me examiné me suspendieron. Al final fue a lo que menos me he dedicado. El primer juicio que tuve fue laboral y supuso un verdadero fracaso. Así que me di cuenta enseguida de que tenía que seguir mi actividad profesional por otro camino. También he llevado temas civiles y me he dedicado a extranjería y otras materias, pero el mundo del Derecho se está convirtiendo en algo tan complejo que cada vez es más necesaria la especialización. Yo me dediqué al Derecho Penal y acabé especializado en temas relacionados con las drogas.
“Por mucho que la guerra contra las drogas se perpetúe, no habrá una victoria definitiva que erradique el uso de drogas mientras haya seres humanos”. Quizás en un futuro lejano aprendamos como sociedad a hacer un uso racional de las mismas. Pero la guerra continuará. Hemos de pensar que esa guerra a veces es con uno mismo cuando se es consciente de que no se está haciendo un buen uso de las drogas”
Algo que me llama la atención de tu currículo es que hayas dado clases a los Mossos d’Escuadra.
Al poco tiempo de colegiarme se me ofreció, a través de mi socio, ser profesor de Derecho Penal y Procesal en la Escola de Policia de Catalunya. Lo que parecía algo provisional se alargó veintitrés años. Allí enseñaba a Mossos d’Esquadra y policías locales de toda Cataluña. Fue divertido y se trató de hacerles ver el Derecho Penal desde el punto de vista de un abogado que se dedicaba a defender a las personas que ellos detenían, un contrapunto interesante en la formación de los policías. Recuerdo también que con ellos sí que hicimos visitas a los juzgados en las que asistíamos a juicios como público, lo que no hice cuando estudiaba Derecho. Siempre decía que mi vida era un poco esquizofrénica porque por las mañanas daba clases a policías y por las tardes defendía a delincuentes. Lo cierto es que ambas ocupaciones eran perfectamente compatibles. La verdad es que me gustó mucho poder dedicarme a la docencia. Fue una experiencia muy enriquecedora fueran quienes fueran los alumnos.
Has asesorado a diversos clubs sociales de cannabis y, en algunos casos, si me he informado bien, los has defendido en los tribunales. La historia de los CSC –que comienza en España, podríamos decir, con la ARSEC de la que formaste parte– es uno de los ejemplos de desobediencia civil más importantes de los últimos treinta años en Europa. ¿Cómo ves la situación actual de los CSC en España?
Hay que recordar que la ARSEC debe su nombre a Ramón Santos, un abogado que fue pionero en la defensa de los consumidores. Dicho esto, sí, he defendido ante los tribunales a diversos clubes de consumidores de cannabis. La situación ha cambiado desde hace unos cuantos años. Ha habido momentos que han tenido cierta relevancia. El primero de ellos empezó con la Instrucción de la Fiscalía General del Estado de 2013 sobre asociaciones promotoras del consumo de cannabis. A partir de ella los miembros de Ministerio Fiscal empezaron a acusar no solo por el delito contra la salud pública sino también por el delito de asociación ilícita. Dadas las penas de este último delito, en caso de recurso, y según las normas de competencia funcional, estos asuntos, que normalmente acababan en las Audiencias Provinciales, pudieron llegar al Tribunal Supremo. Este tuvo ocasión de pronunciarse sobre el fondo del asunto y declaró que la actividad que se hacía en las asociaciones era constitutiva de delito. Al principio fue benevolente y apreció la figura del error de prohibición con una rebaja de las penas que permitía eludir la prisión. Ahora, pasado un tiempo desde que se dictó la primera sentencia por parte del Tribunal Supremo en el año 2015, se supone que ya es del conocimiento general que estas asociaciones no pueden constituirse si se permite el consumo o la distribución de sustancias en su interior. En teoría las asociaciones solo pueden dedicarse al estudio del cannabis, pero sin contacto con sus derivados. Los poderes públicos han conseguido poner freno a la importante proliferación de clubes, pero eso no quiere decir que no haya cierta tolerancia con los que todavía existen y operan sin llamar demasiado la atención. Lo que ha querido evitarse son situaciones como las que se llegaron a ver en Barcelona: reparto de flyers en las calles para que los turistas accedieran al interior de los clubes.
Contra la mercantilización psicodélica
Viajar ha sido otra de las grandes pasiones de Pedro. En País Dogón (Mali), en 2003.
Me da la impresión, corrígeme si me equivoco, que los primeros abogados que os implicasteis en la defensa del uso de drogas y contra la prohibición fuisteis sustituidos por otros más amigos del dinero que hicieron fortuna a remolque de los grandes clubs de cannabis. ¿Ha sido así? ¿Cómo ves en perspectiva lo que ha pasado en los últimos treinta años en el gremio del Derecho en relación a la lucha contra la prohibición?
Bueno, no se puede generalizar, pero creo que algo de cierto hay en tu afirmación. Eso se ha visto no solo en el ámbito de la abogacía sino en general. Yo creo que los que ya tenemos una cierta edad coincidimos en que antes había una visión más romántica del activismo en relación con las drogas. Incluso los primeros grow shops se crearon con ese espíritu de dar un servicio al consumidor antes de pensar solo en hacer dinero. Luego todo se fue mercantilizando a marchas forzadas y surgieron las grandes ferias de cannabis y los negocios a lo grande. Ha habido abogados que se han apuntado a ese carro, sí. Y se ha propuesto la creación de lobbies para la regulación del cannabis. La propia utilización de la palabra “lobby” ya es indicativa de por dónde van los tiros. La verdad a mí nunca me ha gustado esta tendencia a mercantilizar el uso de sustancias. Otro ejemplo lo tenemos en lo que se conoce como el “renacimiento psicodélico”. Yo siempre he visto el uso de psicodélicos como algo espontáneo, expansivo, divertido y festivo. Por supuesto que los psicodélicos son sustancias que nos enseñan que hay algo que nos trasciende y muchas cosas. A mí me han enseñado también que hay que aprender a no tomarse nada demasiado en serio. Me gusta la parte canalla del uso de los psicodélicos, vaya. Ahora me cansa soberanamente, y no tengo ningún reparo en decirlo, el hecho de que solo se asocie su uso a dudosas terapias para ricos amargados o insatisfechos consigo mismos que pagan un montón de dinero para que les den este tipo de sustancias en clínicas de lujo. Una muestra más del mercantilismo importado de Estados Unidos y de cómo el capitalismo más salvaje está invadiendo un ámbito en el que todavía no había entrado. Hasta Trump va a permitir que se usen los psicodélicos con su reciente reforma legal. Estoy seguro de que lo que le interesa no es el beneficio que puede obtener la humanidad de su uso, sino el dinero que puede generar esta reforma. Y con esto no estoy negando que estas sustancias puedan ser útiles para tratar determinados desórdenes mentales, adicciones o para tratar a enfermos terminales.
Tal vez sea el signo de los tiempos, que el comercio manda, y también en el terreno de las drogas, antes un ámbito más contracultural y abierto a la creación de otros mundos alternativos al capitalismo. ¿No crees?
Pues sí, como he dicho, no me gusta la deriva que están tomando las cosas en relación con los psicodélicos y con el uso de sustancias en general. Sé que mucha gente que lea estás líneas se quedará un poco contrariada con mi afirmación, pero creo que hay que decirlo porque no soy el único que lo piensa. Casi prefiero que las sustancias sigan siendo ilegales que verlas legalizadas solamente en clínicas caras que no hacen más que perpetuar el capitalismo desbocado en el que estamos inmersos.
La guerra perpetua
Como abogado has defendido a algunos encausados cuando empezaron las primeras intervenciones contra las ceremonias ayahuasqueras. Y has sido asesor legal de algunas asociaciones de reducción de riesgos, como la pionera Asociación de Intervención Comunitaria en Drogodependencias (ASAUPAM). Has estado en primera fila en la lucha contra la prohibición, ¿crees que algún día conseguiremos acabar con la guerra contra las drogas?
Desgraciadamente la guerra, de cualquier tipo que sea, forma parte de la naturaleza humana. La guerra contra las drogas continuará como continuarán las otras guerras. Pero como también forma parte de la naturaleza humana la curiosidad por conocer otros mundos, exteriores e interiores, seguiremos usando drogas. Por tanto, por mucho que la guerra contra las drogas se perpetúe, no habrá una victoria definitiva que erradique el uso de drogas mientras haya seres humanos. Quizás en un futuro lejano aprendamos como sociedad a hacer un uso racional de las mismas. Pero la guerra continuará. Hemos de pensar que esa guerra a veces es con uno mismo cuando se es consciente de que no se está haciendo un buen uso de las drogas.
Y mientras acabamos o no con la guerra contra las drogas, ¿qué nos recomiendas?
“Casi prefiero que las sustancias sigan siendo ilegales que verlas legalizadas solamente en clínicas caras que no hacen más que perpetuar el capitalismo desbocado en el que estamos inmersos”
çBueno, yo recomendaría ser uno mismo y estar muy alerta a la información que nos llega en este mundo en que hay exceso de información, muchas veces poco fiable. Con respecto a las drogas, usarlas de forma que no te dominen. Eso es muy fácil de decir, pero en definitiva hay que ser racional e, insisto, pensar por uno mismo. Voy a poner un ejemplo para que se me entienda mejor. Con algún tipo de sustancia que he consumido he tenido la sensación de que se me estaba manipulando desde fuera y que se me estaba guiando por una mano negra en mi propio colocón. Es una sensación que he tenido en más de una ocasión y eso me ha asustado y me ha puesto en guardia. Me dije a mí mismo que una cosa es dejarse llevar por la experiencia y otra dejarse dominar totalmente. Imagina por un momento que en plena alucinación te apareciera publicidad de un refresco de cola y que ese hecho no fuera producto de la propia experiencia visionaria, sino que la visión de ese anuncio fuera provocada desde fuera por el propio fabricante de la droga consumida que previamente ha sido contratado por la empresa que comercializa el refresco para emitir publicidad por esa vía. Parece de ciencia ficción, pero creo que algún día lograran manipularnos hasta ese punto. Por eso hay que estar muy en guardia.
Podrías haber seguido trabajando unos años más y, sin embargo, decidiste jubilarte. ¿Qué te pesaba? ¿Qué parte del oficio de abogado te cansaba?
Bueno fueron ya muchos años acumulados. Tuve despacho incluso antes de acabar la carrera como he mencionado. Y no es que me cansara el Derecho, lo que sí me cansó fue el acudir a los juzgados y el trato constante con funcionarios, jueces y fiscales. El trabajo que se realiza en los juzgados, sobre todo en los juicios, es excesivamente formalista y eso no va para nada con mi forma de ser. El ejercer tantos años de abogado me ha cambiado de forma irreversible. Ya no puedo volver a cómo era antes de ejercer, “a lawyer is always a lawyer” dicen los británicos, pero sí me puedo tomar las cosas con más calma. Recuerdo que más de un cliente, conociéndome y siendo su profesión muy distinta de la mía, me ha comentado que no entendía cómo podía haberme dedicado tantos años a algo que a sus ojos parecía tan desagradable. Entendía lo que quería decir.
Y una última cuestión, para alguien como tú, que ha dedicado 40 años de trabajo a tratar de minimizar el impacto de la prohibición en tantas vidas particulares, ¿qué papel tendrían las drogas en una sociedad ideal?
Bueno, se podría hablar mucho de este tema, pero a bote pronto puedo decir que cada sociedad tiene la ciencia que necesita. Lo mismo podría decirse de las drogas: cada sociedad se provee de las drogas que necesita. El alcohol se ha utilizado para socializar, para la fiesta e incluso algunos artistas se han inspirado gracias a su uso. En una sociedad en que predomine la ansiedad se consumirán benzodiacepinas. En una que busque aumentar la productividad, los estimulantes o las microdosis de psicodélicos. Quizás para responder a la pregunta que me formulas te remitiría a la lectura de dos libros de Aldous Huxley, Un mundo feliz y La isla. No sabría decir si las sociedades que se describen en ambos libros podrían considerarse ideales. Y yo me pregunto: ¿podría considerarse feliz a una persona a la que se enchufara, sin su consentimiento o habiéndolo obtenido mediante engaño, a una máquina que le proporcionara de forma permanente sensaciones y pensamientos agradables? Y yo me respondo: bueno si esa máquina la he construido yo, me he enchufado a ella voluntariamente y, mientras tengo esas sensaciones y pensamientos agradables, soy consciente de que esa máquina la he construido yo, quizás sí podría decirse que soy feliz enchufado a esa máquina. Ahora solo tenemos que cambiar la palabra “máquina” por la palabra “droga”. La pregunta y la respuesta serían bastante parecidas.