Una conversación con Eduardo Hidalgo
Fotos: Guillermo Jiménez Carazo

A vueltas con la heroína

Una conversación con Eduardo Hidalgo
Este artículo se publicó originalmente en el número 286 de la revista Cáñamo España

A este psicólogo y especialista en drogodependencias, fundador y coordinador en su día de Energy Control en Madrid, la palabra psiconauta se le queda corta. Pocos como él han desafiado las convenciones imperantes en lo que a drogas se refiere con tanto conocimiento y alegría. En su vida cotidiana y en el mundo de la reducción de riesgos, Eduardo Hidalgo Downing (Madrid, 51 años) siempre está un paso más allá en la defensa y en el ejercicio de eso que llaman libertad. ¿Salir del armario psicoactivo? Difícil para una persona que nunca estuvo dentro. ¿Luchar por la normalización? Si se trata de fingirse razonable para combatir el estigma y ser aceptado en sociedad, mejor no contar con él. ¿Adoptar una estrategia posibilista y dócil frente a la autoridad para intentar cambiar las políticas de drogas? No es su estilo.

Los lectores lo recordarán por sus experimentos en La Tercera Fase, una sección en la que reportaba la toma de sustancias no identificadas como drogas pero a las que en los mentideros de internet se les atribuía virtudes embriagantes. Esnifar polvo de extintor o Peta Zetas o fumarse la cola del escorpión más venenoso fueron algunos de los desafíos que encaró en estas páginas con tanto rigor como sentido del humor. Además de infinidad de artículos asombrosos, tiene en su haber varios libros que resisten el paso del tiempo, entre otros, Hedonismo sostenible (Amargord, 2011), un manifiesto antiprohibicionista y un ideario existencial de casi ochocientas páginas, o Heroína (Amargor, 2007), un clásico en la materia, donde abordó en toda su complejidad y complicación las verdades y las mentiras que rodean a la diaceltimorfina. Nadie mejor que él para conversar sin tapujos sobre esa droga maldita que, una y otra vez, y casi siempre por siniestras razones, vuelve a estar de actualidad.

Antidepresivos de ketamina a la venta en farmacias, MDMA a un paso de ser un fármaco de venta legal, ayahuasca administrada en retiros espirituales, el cannabis como solución terapéutica de amplio espectro, un proyecto de regulación de la cocaína en el Congreso de Colombia. Y la heroína, en cambio, sigue encarnando el mal por excelencia.

Hasta hace bien poco todos los avances en la gestión política y sanitaria de las drogas, todas las fisuras en el muro prohibicionista, que solo y únicamente contemplaba la opción de la abstinencia y de la erradicación de las sustancias psicoactivas y de su consumo, vinieron del lado de la heroína. En Liverpool, en los sesenta ya se dispensaba diacetilmorfina a los adictos. Más tarde en Londres. Y todavía hoy, más de doscientos heroinómanos británicos reciben heroína farmacéutica de manos del sistema de salud estatal. Aquí en España, en época de Franco, existía el carnet de extradosis terapéutica para los morfinómanos. En Holanda se empezó con la dispensación de jeringuillas, que actualmente se realiza incluso en prisiones. En medio mundo hace décadas que hay tratamientos sustitutivos con metadona u otros opioides. Hay programas de dispensación de heroína, salas de venopunción… Sinceramente, la progresión lógica parecía ser que fuese la diacetilmorfina la primera sustancia que lograse escapar del yugo prohibicionista y ser asimilada por la red sanitaria. Al menos para el tratamiento de los ya consumidores, de los ya adictos. Hace tiempo que la ciencia avala su pertinencia y su eficacia. Finalmente, no ha sido el caso. Se podía empezar por desmontar el edificio por arriba (heroína) o por abajo (cannabis). Cada estrategia contaba con sus pros y sus contras. Se ha optado por hacerlo desde abajo, estupendo. Tiempo al tiempo: paciencia de la adormidera… La heroína sabe esperar.

Una conversación con Eduardo Hidalgo

En Estados Unidos se armó un escándalo cuando Carl Hart, neurocientífico, psicólogo, catedrático en Columbia y activista en contra de la prohibición, contó en su último libro que, entre otras sustancias, consume heroína, que le ayuda a dejar de lado el trabajo y ocuparse de su familia. También hablaba de metanfetamina y, sin embargo, el consumo que despierta más rechazo es el de caballo, ¿por qué crees que la heroína sigue siendo una sustancia maldita?

“No debemos banalizar. Los opiáceos son jodidos. La heroína es jodida. Inyectarse heroína es una práctica muy peligrosa. Se sitúa en el rango de actividades de riesgo muy alto, con una tasa anual de muertes de uno de cada cien”

Mira la que hay liada en Estados Unidos, donde, durante algunos años, la sobredosis a opiáceos ha pasado a ser la primera causa de muerte en menores de cincuenta años. En el 2020 murieron noventa y tres mil personas de sobredosis... Es mucho decir. Aun cuando ha de destacarse que no estamos hablando de heroína: estamos hablando de todo tipo de derivados del opio, naturales y sintéticos, dándose el caso de que el protagonismo del fentanilo y de los análogos del fentanilo ha sido determinante en estas muertes. Por lo demás, está clarísimo que lo acaecido en Estados Unidos ha sido fruto de una nefasta gestión comercial y sanitaria de la dispensación de este tipo de medicamentos. Pero, en fin, ahí tenemos los resultados de lo que puede pasar cuando se juega con este tipo de drogas. No debemos banalizar. Los opiáceos son jodidos. La heroína es jodida. Inyectarse heroína es una práctica muy peligrosa. Se sitúa en el rango de actividades de riesgo muy alto, con una tasa anual de muertes de uno de cada cien. La metanfetamina me parece una droga durísima, personalmente más incluso que la heroína, y en América del Norte hace tiempo que también han sufrido sus estragos con ella…, pero no han alcanzado el calibre de la crisis de opiáceos, al menos a ojos del gran público, porque las complicaciones sanitarias, el tipo y la cuantificación de las muertes son distintas en cada caso: más llamativas y sencillas de exponer con los opiáceos. Y no hace falta irse a Norteamérica. Mira España, en los años más duros morían ochocientas, novecientas, casi mil personas al año, en un país donde había cien mil heroinómanos. Es una sangría. A eso súmale todos los factores asociados a la subcultura de la heroína en aquel entonces (sin entrar en relaciones de causa-efecto, tan solo considerando el imaginario popular de aquellos tiempos): delincuencia, sida, inseguridad ciudadana, barrios degradados, chutas en los parques… Eso marca. En un país que acababa de salir del franquismo, que se iniciaba en la democracia, en las libertades, en la modernización de la industria, en el crecimiento de las ciudades… Y situaciones muy parecidas, cada una con sus peculiaridades, se vivieron en el resto de Europa y del mundo occidental primero, y en el resto del mundo después según las mafias la fueron llevando, junto con la cocaína, a cada rincón del planeta. Es comprensible que sea vista como una droga maldita. Ha hecho mucho daño. Ha hecho mucho ruido. Ha supuesto durante décadas un problema sanitario y policial de primer orden. También se habrán magnificado, así como romantizado, mil cuestiones, por los medios de comunicación, por los corrillos en la plaza, por las películas, por las canciones, por los libros, como pasa siempre con estas cosas. Pero opino que, si alguna droga se ha ganado a pulso ser considerada maldita en nuestra historia reciente, no es el cannabis, no es la MDMA, no son las anfetas ni los tripis, ni siquiera la cocaína (que, perfectamente, en términos técnicos podría disputarle y hasta arrebatarle el título), sino la heroína, por lo que es, por lo que hemos hecho con ella y por los sambenitos que le hemos cargado injustamente o no, todos nosotros, la sociedad al completo.

Tres títulos recomendables sobre el heroico tema que salen a relucir en la conversación: El siglo de la heroína (Melusina, 2006), de Tom Carnwath e Ian Smith; La historia de Julián. Memorias de heroína y delincuencia (Editorial Popular, 1990), de Juan F. Gamella; y Cómo detener el tiempo. La heroína de la A a la Z (Anagrama, 2002), de Ann Marlowe.
Tres títulos recomendables sobre el heroico tema que salen a relucir en la conversación: El siglo de la heroína (Melusina, 2006), de Tom Carnwath e Ian Smith; La historia de Julián. Memorias de heroína y delincuencia (Editorial Popular, 1990), de Juan F. Gamella; y Cómo detener el tiempo. La heroína de la A a la Z (Anagrama, 2002), de Ann Marlowe.

Ya que citas la cocaína, en el informe reciente sobre muertes por sobredosis en Cataluña, de las doscientas veintiséis personas que murieron, la sustancia que aparecía en la mayoría de ellas era la cocaína, presente en el 69% de los casos, más que los opiáceos (62%) o los hipnosedantes (58%). Incluso en libros excelentes como La historia de Julián, que tan bien retrata la vida intensa de los delincuentes de barrio en los ochenta, se carga mucho contra la heroína, cuando lo que sobre todo tomaban Julián y sus amigos era coca. ¿Por qué se lleva siempre la heroína todas las culpas?, ¿qué pasa con la cocaína?

La historia de Julián es un libro absolutamente maravilloso. Una joya. Se subtitula: Historia de heroína y delincuencia, cuando el autor se pasa todo el libro diciendo que él y su cuadrilla básicamente estaban enganchados a la cocaína, que consumían vía inyectada. La cocaína era lo que más tomaban, en lo que más dinero se gastaban, y de caballo, decían, tomaban lo justo para quitarse el mono. Exactamente lo mismo que puedes ver hoy en día, en líneas generales, en cualquier poblao y que te puede comentar el usuario típico. Consumidores puros o casi puros de jaco también los hay, pero son los menos. Históricamente, ha habido infinitamente más consumidores de cocaína que de heroína; las incautaciones de coca se han contado por toneladas y las de caballo por kilos; el consumidor hardcore suele inyectarse heroína unas tres veces al día…, cocaína, no hay límite; las sobredosis por speedball (heroína y cocaína mezcladas) son muchísimo más probables que las de heroína o cocaína por separado; la trasmisión de enfermedades como el sida, la heptatítis C y los problemas de salud asociados a infecciones y a la administración en condiciones de falta de higiene son muchísimo más probables en quienes se inyectan cocaína (tanto si también se inyectan heroína como si no). Es decir, en última instancia, en términos de salud y de orden público, la cocaína ha tenido y tiene un papel tanto o más preponderante que el de la heroína. De modo que, personalmente, opino que se la debería y se la debe tener más en cuenta en las problemáticas habidas y por haber, en lugar de achacarle todo el muerto al jamaro. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia es que el núcleo duro que generó toda la crisis sanitaria y de seguridad ciudadana de los años ochenta y noventa se inyectaba heroína y cocaína. Fuera de ese núcleo había muy pocos adictos contumaces a la heroína, pero sí había legiones de consumidores de cocaína no problemáticos. De tal manera que, aun cuando en las dinámicas de consumo del mencionado núcleo duro la cocaína ocupase un papel central (en cantidades consumidas, sobredosis, transmisión de enfermedades, dinero gastado, delincuencia asociada…), la atención se fijó en su elemento distintivo, en el que le diferencia del resto de la población: el uso de heroína, la cual, sin lugar a dudas, ejerció y ejerce un papel determinante en toda la problemática… Pero repito: no estaba ni está sola en esto. De hecho, y a modo de ejemplo ilustrativo, a mí siempre se me pregunta por la heroína, y, sin embargo, jaco me he inyectado algo más de una década (más picoteos puntuales a lo largo de los siguientes años), el resto han sido usos esnifados y fumados, y cocaína me he inyectado durante dos décadas largas (aunque ahora lo tenga abandonada salvo picoteos completamente excepcionales).

Razonable o no

“El uso de drogas, desde el inicio de los tiempos, lleva aparejado un componente de desenfreno y descontrol. Las bacanales, los aquelarres, las raves y el chem-sex me parecen tan respetables como el uso instrumental de anfetamina para estudiar, el consumo de tramadol para aliviar los dolores de espalda o la toma de unas cañas a la salida del trabajo”

En alguna ocasión recuerdo haberte comentado los casos de algunos hombres de provecho, reconocidos profesionales, que consumían heroína para sobrellevar sus ajetreadas vidas. Te los ponía como ejemplo de uso razonable de la sustancia y recuerdo tu reacción: “Me la suda el uso razonable y esas historias de gente que después de trabajar todo el día se pone de caballo”. Para ti, si no recuerdo mal, lo importante es defender la libertad personal de hacer con tu vida y con las drogas lo que quieras, sea razonable o no.

No es que me la sude. El uso razonable me parece perfectamente... lícito. Ja, ja, ja. Sin más. Lo que me chirría es que se convierta en el dogma, en algo así como la única manera legítima de consumir. La aceptable. La permisible. La permitida. A la que se debe aspirar con moderación, con sensatez, con cabeza, con control, con compostura, con prudencia, con madurez y bla, bla, bla… ¡Venga ya! Para pasar una velada así de razonable me voy a la biblioteca a enfrascarme en un mamotreto de metafísica kantiana. El uso de drogas, desde el inicio de los tiempos, lleva aparejado, precisamente, un componente de desenfreno, de descontrol, de exceso, de abandono de la compostura, de insensatez, de delirio, de desvarío. De instintos, pulsiones y pasiones en lugar de razón, sensatez y reflexividad. Está en su mismísima esencia (en la de del uso de drogas). Y en este sentido, las bacanales, los aquelarres, las raves y el chem-sex me parecen tan dignos, lícitos y respetables como el uso instrumental de anfetamina para estudiar, el consumo de tramadol para aliviar los dolores de espalda o la toma de unas cañas a la salida del trabajo. Como el uso puntual, el moderado, el calibrado hasta el milímetro, el destroy, el autodestructivo… El que sea. Hay cabida para todos. Por supuesto que puedes hacer con tu vida y con tus consumos lo que te dé la real gana, sea razonable o no. Si no, apaga y vámonos. Eso sí, no está de más que, hagas lo que hagas, sepas lo que estás haciendo, sobre todo si lo que estás haciendo es el gilipollas y, lógicamente, que asumas con dignidad las consecuencias. Lo que no puedes es hacer lo que quieras con la vida de los demás ni que tus consumos afecten al bienestar, a la integridad o a la libertad de los demás. Punto. Esa es la única cortapisa que se me ocurre poner. El resto, cuando va más allá de ofrecer la información y los medios idóneos para un consumo lo más seguro posible (para quien esté interesado en llevarlo a cabo), no es más que mojigatería, dogmatismo y despotismo (ideologías y religiones incluidas, por supuesto).

Del mismo modo, las personas “de provecho, profesionales de reconocido prestigio, que consumen heroína para sobrellevar sus ajetreadas vidas” me resultan igual de dignas, respetables y dueñas de unas vidas tan admirables como las del sintecho que pide en la puerta del metro y se pone sus tres picos diarios de caballo. Siempre y cuando sean, como he dicho, dueños de sus vidas. Y al respecto, puedes creerme que he conocido a unos cuantos yonquis que viven en la calle que son bastante más dueños de sus vidas que cualquier hijo de vecino con su cafetito, su tabaco, su currito e incluso con prestigio y reconocimiento para dar y tomar de aquí a la eternidad (muchos otros yonquis, no, evidentemente).

Por parte de los prohibicionistas, consumir heroína es sinónimo de muerte inevitable, pero, del otro lado, el relato del yonqui, con su repetida peripecia de tres actos (paraíso, infierno y purgatorio), ¿no es también un cuento exagerado?, ¿no es una distorsión presentar el relato del adicto como el único posible cuando se habla de la heroína?

El relato prohibicionista es totalmente sesgado y acientífico. Sencillamente, no se sostiene con los datos. El relato del yonqui al que estamos acostumbrados en la literatura, el cine o el testimonio del colega, básicamente es un bodrio insufrible por lo repetitivo ya del asunto. Pero es verídico. Y no es exagerado. Es así. Y no es exagerado porque muchas veces no hay purgatorio. Hay paraíso, infierno y punto final. Game over. Ahora bien, por muy verídicos que sean esos relatos, es incontestable que presentarlos como los únicos es una distorsión de tamaño monumental. Pero es lo que vende, lo que despierta y llama la atención. Es lo que tiene chicha, morbo, carnaza…, cosas dignas de ser contadas. Las buenas noticias no son noticia: ¿a quién le va a interesar que cuentes que te has metido algo de jaco y has llevado una vida normal? Las vidas normales no molan, no interesan: todos tenemos una.

Siempre me ha molestado que el uso de drogas se presente bajo la óptica del abuso, cuando, según los informes anuales que publica la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, solo el trece por ciento del total de quienes utilizan drogas sufren trastornos por su consumo. Respecto a la heroína, he escuchado en alguna ocasión elevar ese porcentaje hasta el veintitrés por ciento de usuarios, una minoría, en cualquier caso. ¿Dónde están los relatos de los consumidores esporádicos de heroína, aquellos cuya relación con la sustancia no pasa por la dependencia?

Relatos de consumidores esporádicos o no problemáticos de heroína, porque incluso arrastrando una dependencia se puede llevar una vida perfectamente normal, véase el caso del tabaco, pues en las condiciones adecuadas hay adictos al jaco que se manejan igual de bien que quien fuma sus cigarrillos... Relatos de este tipo de usuarios, digo, apenas hay. La heroína está muy estigmatizada. Poca gente va a entender que tomes esa droga y seas una persona normal y corriente y no un inmoral sin principios ni valores, un enfermo, un delincuente. En general, y salvo honrosas excepciones, quien consume sin tener problemas se lo calla. No tiene nada que ganar si lo cuenta. Lo mantiene en su intimidad. Tal vez lo sepa alguna persona con la que consume o algunas personas muy concretas de su círculo inmediato. Pero no más. No lo va predicando por ahí, en el trabajo, en la cena de Navidad, ligoteando en el bar… Lo normal es que lleve una doble vida en la que el uso de esta sustancia ocupa una pequeña porción de su existencia, de la que los demás no saben nada. Como quien ve porno, por poner un ejemplo. Así que son usuarios invisibles para el gran público. Para la ciencia hace décadas y décadas que están localizados, que se sabe de su existencia, véanse, por ejemplo, los estudios de Norman Zimberg. En el arte y en la literatura, apenas aparecen. Hay casos, escasísimos, al estilo de Cómo detener el tiempo, de Ann Marlowe, cuyo interés editorial radica, precisamente, en demostrar que se puede consumir heroína sin ser un adicto y sin destrozarse la vida. Pero es un nicho literario apenas trillado. En la literatura de principios del siglo xx, sí que se menciona a ese tipo de usuarios, de pasada, sin darles mayor relevancia, como un componente más del escenario urbano, pero de mediados de siglo en adelante ya solo figuran los yonquis prototípicos. Es lo que hay: zapatillas Nike.

Una conversación con Eduardo Hidalgo
“Sin salir de casa se conoce el mundo”, dice una sentencia del Tao Te King. Entrevistador y entrevistado, desde las ventanas de la casa de este último.

Cómo detener el tiempo se encuentra entre mis libros preferidos sobre el tema. Tiene grandes hallazgos, aunque en algunas cuestiones la autora peca de ser demasiado asertiva, extrapolando su experiencia personal al común de los usuarios. De hecho, no se conforma solo con contar que tras siete años de consumo habitual esnifado lo deja sin problemas, sufriendo apenas un día de síntomas gripales, sino que acaba por decir que la adicción es una elección. Estamos de acuerdo en que la adicción a la heroína no puede verse como una enfermedad crónica de por vida, pero de ahí a decir que la adicción es un cuento, hay un abismo.

La adicción es una elección para una niña pija que se ha criado en un entorno sociocultural privilegiado, que ya tiene una edad (es adulta, ha dejado de ser una cría), un buen curro, un buen sueldo…, y que sabe dónde se mete porque ya se metieron antes que ella miles y millones de personas. Mi caso podría ser similar al suyo. Ahora bien, las primeras hornadas de yonquis de la mismísima Nueva York, por poner un ejemplo, que la consumían cuando era legal y de venta libre en farmacias, cuando se dispensaba por los médicos como remedio para la adicción a la morfina, acabaron desarrollando dependencias inmisericordes. ¿Eligieron ser adictos? De verdad, a veces pienso que Marlowe es gilipollas. El ejemplo que acabo de poner es el más sencillo posible, para que incluso ella lo pueda entender. No hace falta ser un genio para intuir la posibilidad de otros contextos, otros momentos históricos, otros enclaves geográficos, otras personas… en las que la adicción no fue ni es una elección. Consumir o no consumir es siempre una elección (salvo casos excepcionales de uso forzado que no vienen al caso y que son excepcionales), pero consumir el número suficiente de veces, a sabiendas, con pleno conocimiento de causa, de que te estás jugando una adicción, lo siento pero no siempre es una elección. Aún a día de hoy hay gente, a patadas, que no sabe dónde se mete o qué metiéndose, no sabe o no puede gestionar su consumo para evitar desarrollar una adicción, por mucho que quieran. De hecho, incluso el más pintado, después de años de uso esporádico puede tener un resbalón y engancharse, y no precisamente por decisión propia. Evidentemente que te puedes tirar siete y setenta y siete años tomando heroína algunos días a la semana y luego dejar el consumo sin problema y sin mono. No te digo que sea fácil ni que todo el mundo pueda hacerlo. Pero se puede. Y obviamente, no se pasará ningún mono porque no se habrá instaurado una dependencia. Ahora bien, pásate esos mismos siete años inyectándote tres veces al día una dosis medio-alta de heroína de calidad. Deja el consumo de golpe y luego vienes y me cuentas lo de un solo día de síntomas gripales. Me descojono. Incluso aunque en el caso de que para alguien fuese así (que lo dudo), eso no invalida que para muchas otras personas no lo es. Los adictos se comen síndromes de abstinencia durísimos. Es sabido de toda la vida y está constatado una y mil veces en entornos clínicos. Unas personas los sufren más severos y otras menos. Unas con más componentes fisiológicos y menos psicológicos. Otras al contrario. Hay de todo. Pero la dependencia y el síndrome de abstinencia son una realidad objetiva, científicamente demostrable. Marlowe peca de pensar que su experiencia es “la experiencia con la heroína”. Y como ella no se enganchó ni tuvo mono, pues termina afirmando que los rigores de la dependencia y del mono no son tantos como se ha venido diciendo históricamente. Dicho esto, también es cierto que en el imaginario colectivo muy probablemente el síndrome de abstinencia a opiáceos esté sobredimensionado. Puede ser leve, duro o durísimo. Pero no te vas a morir de un mono, a no ser que haya otros factores asociados, otras dolencias, enfermedades o condiciones de salud adversas. De lo que sí que te puedes morir es de un síndrome de abstinencia a benzodiacepinas o a alcohol, y de eso raramente se habla.

Los autores de El siglo de la heroína comentan que solo una minoría de los consumidores caen en la adicción. No dicen que para los adictos sea fácil dejarlo, pero afirman que “el noventa y tres por ciento de quienes consumieron heroína la dejaron o ya no la consumen con frecuencia”. Nada que ver con ese relato de sumisión química desde la primera toma, una idea que todavía sigue creyendo mucha gente.

La sumisión química desde la primera toma es un puro y duro mito. A la mayoría de las personas que prueban la heroína me atrevería a decir que ni siquiera les gusta: tantas expectativas desorbitadas, tantas reacciones desagradables que se pueden dar dependiendo de la dosis y de la persona... La mayor parte de las personas que la prueban no repiten. La casi totalidad de quienes repiten no pasan del uso anecdótico o muy esporádico. Al final, muy pocas personas se enganchan. Y aquellas que se enganchan, efectivamente, lo normal es que tarde o temprano lo acaben dejando a lo largo de los años. Aunque dejar una adicción a la heroína no es fácil. Y a la hora de la verdad, a día de hoy y desde hace décadas, el núcleo de los adictos a la heroína de España y de otros países está en tratamiento de mantenimiento con metadona, que no deja de ser la sustitución de una dependencia por otra, tan solo que esta última viene acompañada de todas las facilidades que aporta un tratamiento en lugar de con todas las desventajas que conlleva la dependencia a una sustancia distribuida en el mercado ilegal. En cualquier caso, ciertamente, no se engancha el cien por cien de quien la prueba. Ni el noventa ni el ochenta. Se engancha una minoría. Me da igual si el siete, el diecisiete o el veintitrés por ciento. Me parecen suficientes. Me parece algo que hay que tener en cuenta. Sobre todo cuando te pasa a ti, a tu hija, a tu primo, a tu hermana, a tu padre… Puede generar mucho dolor. No hay que olvidarlo. Detrás de esas cifras hay vidas. Hay personas con vidas que valen tanto como las nuestras.

Una conversación con Eduardo Hidalgo
 En una ocasión le preguntaron a Eduardo qué única droga se llevaría a una isla desierta, y respondió que alcohol. “Dije una litrona, que usaría para enviar un mensaje pidiendo repuestos. Pero lo de un Mundo Sin Drogas es una falacia hasta en la isla más perdida, y que escoja una única sustancia son ganas de joder. Pero, en fin, si os hace ilusión, acepto alcohol. También me llevaría el libro Análogos de la ayahuasca. Y volvería a fumar escorpiones”.

Virtudes y desventajas

 “A la mayoría de los que prueban la heroína ni siquiera les gusta: tantas expectativas desorbitadas, tantas reacciones desagradables que se pueden dar dependiendo de la dosis y de la persona... La mayor parte de los que la prueban no repiten. La casi totalidad de quienes repiten no pasan del uso anecdótico o muy esporádico. Al final, muy pocas personas se enganchan”

Despejadas ya estas incógnitas, ¿cuáles son las virtudes del uso de la sustancia?

Las virtudes de la sustancia son tantas como las que son capaces de sentir y apreciar quienes la consumen. Y puedes creerme que hay para todos los gustos. Virtualmente casi tantas como personas. Hay a quienes les sirve para socializar, a quienes les sirve para aislarse, a quienes les conecta y concentra en su trabajo, a quienes les desconecta de sus obligaciones, a quienes les duerme y les deja en un estado de estupor, a quienes les sume en un agradable duermevela, a quienes les deja en el limbo, a quienes les activa y les da energía, a quienes les da paz y sosiego, a quienes les calma los dolores físicos o psicológicos, a quienes les pone cariñosos, a quien les pone cachondos, a quienes les da una sutil sensación de bienestar, a quienes les da un flashazo de placer inconmensurable, a quienes les ayuda a sobrellevar lo tedioso del día, a quienes les lleva a gozar en mayor medida los momentos de ocio y regocijo de la vida… En fin, básicamente, te hace sentir bien, si es que te hace sentir bien, que no tiene por qué ser ese el caso: puede no gustarte en absoluto.

¿Y los inconvenientes?

Los inconvenientes potenciales dan para un tratado infinitamente más extenso que las virtudes. Siempre se ha dicho que el consumo pulcro, higiénico, cuidadoso, mesurado de heroína de calidad, contando con medios y recursos lícitos para proveerse de ella (dinero suficiente, en definitiva), crea escasos problemas de cualquier tipo más allá de los rigores del hábito (tomar por lo general tres veces al día), algo de estreñimiento y alguna que otra pequeñez más. Puede ser en los mundos de Yuppi. En la vida real, en la calle, donde consume el usuario prototípico, olvídate de calidad, de pulcritud, de pureza, de asepsia, de higiene, de mesura, de pasta gansa y lícita para ponerte a gusto a diario. Todo lo que rodea el consumo, debido principalmente a las políticas prohibicionistas y a lo que de ellas se deriva, es un sabotaje y un bombardeo en plena línea de flote a cualquiera de esas cuestiones. Como consecuencia de ello, el consumo de diacetilmorfina puede dar lugar, y muchísimas veces da, a todo un maremágnum de complicaciones médicas, sanitarias, sociales, laborales, económicas, personales, psicológicas…, hasta el punto de poder arruinarte la vida por completo. Así de sencillo. Sal a la calle y date una vuelta, podrás verlo con tus propios ojos.

Como autor del libro Heroína (Amargor, 2007), el tratado más completo y prolijo sobre la sustancia, ¿alguna recomendación para los que se inicien en el uso de la sustancia?

Gracias por el piropo. Mi consejo, ¿para quien se inicie con qué fin?, ¿el suicidio? No lo intentes fumando chinos, te dejarás la vida en ello, ve por la directa y usa dosis muy altas, que la calidad está por los suelos. ¿Para el consumidor no problemático? ¡Pies de plomo! Tonterías las justas: ninguna. ¡Memento mori! Recuerda que eres mortal. Y probablemente tan necio y patoso como el resto de nosotros. Si no quieres problemas: no la tomes. Si quieres tomarla, infórmate antes a fondo: vamos, que te compres el libro que te acaban de decir, que se han vendido cuatro ejemplares y el editor me mira mal.

Algunos de los libros de Eduardo Hidalgo: Heroína (2007), Ketamina (2008) y Hedonismo sostenible (2011), publicados por la editorial Amargor.
Algunos de los libros de Eduardo Hidalgo: Heroína (2007), Ketamina (2008) y Hedonismo sostenible (2011), publicados por la editorial Amargor.

Maneras de vivir (y de morir)

En una entrevista que le hiciste al periodista Javier Marín Larruga (1958-2021), a cuenta de su libro de memorias donde narra sus viajes y su adicción, te contestaba que su error con la heroína fue ser “tan soberbio como para pensar que la manejaría sin problemas”. Mientras leía su libro, El barril de Diógenes (Amargord, 2010), no dejaba de preguntarme cómo es posible que haya gente que se enganche a la heroína con lo incómoda que es la vida de yonqui.

La vida del yonqui es incómoda cuando lo es. Cuando las cosas se van complicando más y más. Antes de llegar a ese extremo, la vida del yonqui puede ser una eterna fiesta, unas eternas vacaciones. Una vida digna de ser vivida, y no te digo ya si la comparas con la del habitante medio del planeta: un trabajo de mierda, mal pagado, unas condiciones de vida penosas, un ocio pobre o inexixtente… Hay a quien incluso las incomodidades de la adicción más extrema le resultan más llevaderas que una vida al uso como la de cualquier hijo de vecino. Cuestión de gustos. Maneras de vivir. Muy grande Javier Marín, por cierto. Que en paz descanse.

En una ocasión en la que rechacé la invitación de Antonio Escohotado a meterme un tirito con él, me dijo con su voz campanuda: “Haces bien, la heroína es una droga de senectud”.

Hiciste bien, si no consumes no tendrás problemas. Obvio. Por lo demás, entiendo su punto de vista. La heroína es, a mi modo de ver, una sustancia de manejo bastante más difícil y con riesgos más acusados que las típicas drogas al uso (MDMA, psilocibes, cannabis, tripis, speed…). No solo por su farmacología, sino también por toda la carga simbólica que lleva asociada, el contexto de compra-venta, la subcultura que rodea sus usos, su parafernalia, los métodos de administración, etc. De tal manera que su empleo competente pone en juego capacidades, destrezas, actitudes, visiones de juego que, por definición, alguien muy joven, un adolescente, por ejemplo, difícilmente tendrá bien desarrolladas y engrasadas. De modo que, muy probablemente, le resulte más provechoso y menos arriesgado ir haciendo rodaje con otras sustancias menos complejas para disfrutar con pericia. Por lo demás, entiendo que Escohotado hace referencia también al hecho de que sacar adelante una vida productiva (laboral, personal, familiar, social) puede verse dificultado considerablemente, a veces hasta hacerlo absolutamente incompatible, por el desarrollo de una dependencia a la heroína. Y lógicamente, si hablamos de senectud, pues se entiende que uno ya ha sacado adelante a sus hijos, ha escrito sus best sellers y puede ya dedicarse a hacer lo que le venga en gana, que se lo ha ganado a pulso. Por último, los placeres de la diacetilmorfina son más sutiles, más pausados, menos acelerados, intensos o efusivos que los de las sustancias estimulantes, empatógenas y psicodélicas. Lo cual, de nuevo, puede compaginar mejor con la senectud.

En El siglo de la heroína se citan estudios que hablan de que la duración media del consumo de heroína está entre cinco y diez años. Heroinómanos que están cinco, seis o diez años consumiendo y luego lo dejan. ¿Cuál ha sido tu trayectoria como usuario de heroína? ¿El paso de los años añade alguna característica destacable al disfrute o a los problemas que genera la sustancia?

El siglo de la heroína es un libro absolutamente genial. Si lo dicen ahí será verdad. No obstante, como profesional del ámbito de las drogodependencias, lo que siempre he escuchado es que los heroinómanos, de media, tardan diez años en acudir a tratamiento. Lo cual siento decir que dista mucho de afirmar que lo dejan. Dejarlo, a quienes lo consiguen, les suele llevar unos años más, al menos cinco. Y muchos no lo dejan jamás o, si acaso, como he dicho antes, lo suplantan con una dependencia ad infinitum a la metadona, que aderezan, típicamente, con cocaína base y algo de jamarillo, o viceversa. En cuanto a mi trayectoria, llevo treinta y tres años consumiendo heroína. Nunca la he pretendido dejar y nunca he hecho ningún tratamiento para dejarla. Empecé a finales de los ochenta, uso esnifado, fines de semana. A principios de los noventa pasé al uso inyectado y fui aumentando el consumo a varios días a la semana hasta llegar al consumo de varias veces al día durante unos cuantos meses. De ahí, al echarme pareja, tener curro, comprar casa, tener hijos, bajé el consumo drásticamente hasta reducirlo a unas pocas veces al año. Doce años después, entrando la segunda década del 2000, separado e independizado, fui paulatinamente retomando el consumo, aunque básicamente me convertí en un speed yonqui. Fui compaginando unas drogas y otras, y durante los últimos años consumo heroína fumada todos los meses. A veces todas las semanas, a veces todos los días…, haciendo malabarismos, sin especial esfuerzo, para no engancharme. En los últimos cinco años me habré comido dos minimonos. He bajado drásticamente mi uso de anfetamina porque se me iba la pelota que no veas. Con el paso de los años, lo que he notado es que ya no me pone cachondo, cosas de hacerse viejo… Con veinte y con la novia que tenía follábamos como perras. Pero me sigue poniendo muy cariñoso, demasiado, y me siento pero rebién. Cuando la tomo soy feliz. Cuando no, también pero menos. Lo mismo me pasaba cuando tenía dieciocho años.

Supongo que en estos años habrás visto a muchos amigos caer en combate. Las memorias de la heroína siempre están llenas de amigos muertos. ¿Es verdad o es una exageración?

Si he estado treinta y tres años consumiendo heroína sin especiales problemas es, entre otras cosas, porque no he entablado amistad con yonquis ni me he integrado en la subcultura del yonkarreo, aunque, lógicamente, he transitado por ella y he conocido a muchos usuarios, he escuchado cien mil historias y visto otras mil. Sí, también muertos por sobredosis. He llevado la típica doble vida en la que iba a pillar, evitaba entablar relación con nadie más allá de lo justo y necesario, y consumía a mi bola, solo, y luego me iba con gente que no consumía. De modo que no he visto caer en combate a mil amigos yonquis porque no los he tenido. Únicamente he consumido de forma habitual con la que era mi novia, que murió por sobredosis. Con Javier Marín, que ha muerto por mil achaques de la edad, directa e indirectamente relacionados con la heroína. Con una pareja de amigos, que ahora ella está enganchada y en el poblao; y él, que se maneja bastante bien, aunque es dependiente también y está en tratamiento. Con dos colegas, yonquis primigenios, hechos polvo y en mantenimiento con metadona, unos putos supervivientes, estos sí que tienen a todos sus amigos muertos. Por último, con dos o tres colegas que hacen un uso muy, muy esporádico y por vía fumada o esnifada en pequeñas dosis (te mata antes un catarro).

Una conversación con Eduardo Hidalgo

Persona, entorno, sustancia y suerte

¿Tú has tenido alguna sobredosis?

En su día tuve dos sobredosis que hubiesen sido letales de no haber sido atendido instantáneamente por los servicios sanitarios, administrándome naloxona. Cuestión de suerte y de estar en el lugar adecuado: en frente de la narcosala de Las Barranquillas. Por lo demás, trabajando de psicólogo durante unos pocos meses en una Comunidad Terapéutica y en un Centro de Atención a Drogodependientes pude ver cómo morían pacientes que, al salir y tras llevar tiempo en abstinencia, volvían a consumir y se quedaban en el sitio al primer chute. También he visto sobredosis que requirieron ingresos hospitalarios y decenas de pacientes que estaban completamente solos porque todos sus amigos la habían palmado. Repito: no es ninguna exageración. Inyectarse heroína es una práctica de alto riesgo: tanto como tirarte desde un acantilado y abrir el paracaídas en el último momento. Los cementerios están llenos de personas adictas a la heroína. Ahora bien, a día de hoy, la mayoría de los usuarios la fuman. Fumando es harto complicado que se produzca una sobredosis y, aun así, la esperanza de vida de un adicto a la heroína es infinitamente menor que la del ciudadano medio.

Está la persona, el entorno y la sustancia. Contrariamente a lo que se suele decir de los opiáceos, los autores de El siglo de la heroína subrayan que de estos tres elementos, el químico no es el que tiene más peso en la adicción. ¿Qué opinas?

La persona (con sus experiencias, su estilo cognitivo, sus expectativas, su cosmovisión…), el contexto donde esa persona se desenvuelve y donde realiza ese consumo (la guerra de Vietnam, Las Barranquillas, Hollywood…) y la droga con sus características farmacológicas propias forman una tríada indispensable y fundamental para entender el consumo de drogas desde los propios efectos subjetivos (bienestar, malestar, depresión, euforia…), hasta fenómenos psicológicos y fisiológicos de mayor calado como pueda ser el desarrollo de una adicción. Los tres elementos son clave. Y según cómo confluyan e interaccionen unos con otros se tendrán resultados diferentes. Desde mi punto de vista, no tiene mucho sentido hablar de cuál es el de mayor o menor calado. El contexto por sí mismo no crea una adicción. Haber nacido en Valdemingómez en una familia dedicada a la venta de heroína no te hace adicto, pero ayuda, porque tienes acceso a la sustancia. La personalidad por sí misma no te engancha a nada si no tienes nada a lo que engancharte. Si vives en una cabaña perdida en un pueblo recóndito en medio del monte, vas a tener complicado engancharte al caballo. Pero ayuda si tienes interés en la sustancia y, de nuevo, la tienes a mano. La droga, por sí misma, tampoco engancha: tiene que estar accesible, tiene que haber alguien que quiera tomarla el número de veces suficiente y, sobre todo, tiene que tener la capacidad de producir dependencia, algo que no todas las drogas tienen, pero los opiáceos precisamente sí y de forma muy destacada. De tal manera que, sin uno de los elementos, los otros dos no son nada. Es necesaria la intervención de los tres. En cualquier caso, puedo entender que la alusión a que el factor farmacológico no es el de mayor calado simplemente trate de refutar el mito de que la heroína, por sí misma, por sus propias características farmacológicas es indefectible e irremediablemente adictiva, una visión que posiblemente esté muy extendida en la población general. Lo cual, sin lugar a dudas, es falso, puesto que, como acabo de explicar, sin un contexto propicio y sin una persona dedicada por un motivo u otro al uso continuado es imposible la instauración de una adicción.

Si por un milagro del progreso humano la prohibición a las drogas se deroga y la moral que las identifica como demoníacas se olvida como un mal sueño, ¿qué papel tendría la heroína en nuestras vidas?

En la tuya no sé, en la mía que me iba a ahorrar una pasta e iba a tomar calidad de la buena. Por lo demás, poco más: si desde mañana en adelante, en mi barrio, el ayuntamiento dejase un saco de cinco kilos de heroína pura a la puerta del centro de salud para que se sirviera quien fuera y lo repusiesen en cuanto se acabase, nos lo íbamos a meter los mismos siete yonquis que pillamos en el mercado ilegal. Bueno, tal vez se apuntasen tres o cuatro más, pero ni a unos ni a otros tendría que andar dejándoles veinte eurillos cada dos por tres para que se puedan poner a gusto. En definitiva: todo beneficios.

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