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Porros y pesca: una historia flipante basada en hechos reales

Porros y Pesca Ilustración de Laia Lafresca

Ilustración de Laia Lafresca.

Pesca clandestina, fardos a la deriva y multas injustas por dar positivo horas después de fumar. Martín Bellaco narra tres historias reales desde el litoral almeriense que combinan surrealismo, suerte y la amarga realidad de la persecución a los usuarios de cannabis.

1. El Operativo

Hola. A mí nunca me habían apuntado a la cabeza con una pistola. Pero a través del cristal de la vieja Citroën C15 blanca, vi nítidamente el cañón, negro, pulido, señalando feamente mi cara con su letal agujero. Era una madrugada fría y extremadamente solitaria en la Cala del Plomo, una playita salvaje del Cabo de Gata a la que se accede tras siete kilómetros de pista pedregosa y polvorienta. El que me apuntaba, un agente de la benemérita de paisano, con bigote por más señas, me conminó con gestos secos a abandonar el vehículo. Lo hice, mientras, mi compañero de pesca, que no había llegado a entrar en el coche, se arrodillaba en el camino, las manos sobre la cabeza, vigilado por otro agente de paisano que le encañonaba con un subfusil automático apoyado en la cadera. El silencio de la noche se rompió con los gritos desabridos de los picoletos: “¡Los fardos, los fardos!”, “¿dónde están los fardos?”.

Para entender cabalmente esta delirante historia es necesario retroceder cinco días en el tiempo. ¡Vualá! Sábado 14 de marzo de 2020, Pedro Sánchez comparece en directo para anunciar a los españoles que esa misma noche, a las 00:00 horas, empieza lo que hoy conocemos como “El Confinamiento” o “La Pandemia”. Al margen de otras consideraciones, a nosotros, a mi compañero de pesca y a mí, la Pandemia nos fundió la temporada de cefalópodos. Y aunque hoy suene frívolo, incluso un poquito insolidario, en ese momento no podíamos pensar en otra cosa: la puta Pandemia nos obligaba a guardar las cañas justo en el momento culminante de una magnífica temporada de pesca de sepias y calamares. Cada uno en su casa, mi compañero y yo rumiábamos fumando delicias marroquíes nuestro desasosiego pescativo y soñábamos con los brillantes y coloridos cefalópodos que nos esperaban junto a las rocas... 

Pese al Estado de Alarma y al alarmismo general, decidimos jugárnosla. Aprovechando el crepúsculo, nos juntamos, sin ser convivientes, y nos lanzamos con la vieja C15 por unos campos de Níjar vacíos y fantasmagóricos. Muy despacito, con las luces apagadas, llegamos finalmente al camino del Plomo sin haber visto un alma y, quince minutos después, estábamos en el pesquero. Nos instalamos en nuestra plataforma de rocas predilecta, lanzamos las cañas y a pescar clandestinamente en aquella noche sin luna, brillante de estrellas, tan increíblemente solitaria. Ni barcos en la distancia se veían pasar. Serían las tres y media, tal vez las cuatro de la madrugada, cuando, tras fumarnos el último trócolo, recogimos nuestros enseres y nos volvimos hacia la furgo con las linternas frontales apagadas. Tras meter calamares, cañas, cubo, aparejos, mochilas y basura en la C15, dos coches aparecieron de improviso en el camino avanzando hacia nosotros, a toda velocidad, con las luces largas encendidas. 

Tras el sofocón inicial, mi compañero y yo fuimos obligados a punta de pistola a apoyarnos con ambas manos sobre el capó de la C15, mientras un tercer Guardia Civil abría el maletero de la furgoneta. “¿Qué habéis pescao?” espetó el agente. “Dos calamares y un sargo”, respondí con un hilo de voz. Tras comprobar que no había ningún fardo en el vehículo, ni en los alrededores, y que en el cubo había un par de calamares medianos y un hermoso sargo (Diplodus sargus sargus), el picoleto cerró con un fuerte golpe la furgoneta y se dirigió hacia sus compañeros con el pulgar de su mano derecha extendido. Los agentes enfundaron sus armas reglamentarias y cayeron por fin en la cuenta de que no éramos unos peligrosos traficantes, sino dos pringaos fanáticos de la pesca, algo que Colombo habría deducido nada más vernos vestidos de pescadores y con cara de pescadores. Acto seguido, los agentes de la Autoridad procedieron a echarnos un broncón de padre y muy señor mío en la absoluta soledad de la negra noche pandémica. Que cómo se nos ocurría salir a pescar con todo el país encerrado en casa, que si éramos unos inconscientes y unos descerebrados, que en qué cabeza cabe, que si estábamos locos... 

Poco a poco se nos fue pasando el susto (más bien, el sustaco) y, tras proceder a tomarnos la filiación, se inició un diálogo delirante más propio de una película de Netflix: que les diéramos información buena sobre traficantes en la comarca, que nos iban a tener vigilados y que se nos iba a caer el pelo. Nosotros repetíamos una y otra vez la realidad de los hechos: “Somos dos pescadores del pueblo tal, sabíamos que nos saltábamos el confinamiento pero no poníamos a nadie en riesgo y, por encima de todo, no queríamos desaprovechar una temporada excelente de calamares”. Mi compañero de pesca les imploraba. “Ya, ya...” Los gestos desabridos de los agentes, frustrados por un operativo que había devenido en risión, indicaban sus intensos deseos de meternos un bofetón. Por fortuna, se abstuvieron. 

Rondaban ya las cinco de la mañana, cuando los números de la benemérita decidieron dejarnos volver a casa. Montamos en la C15, mirándonos con una mezcla de asombro y alivio, y enfilamos hacia nuestro pequeño pueblo seguidos por dos coches camuflados de la Guardia Civil. En el cruce de la carreterilla de Aguamarga se despidieron de nosotros con un bocinazo y pusieron rumbo a Níjar... A nosotros el susto todavía nos duró un par de días y, por desgracia, se nos quitaron las ganas de volver a saltarnos el confinamiento para ir a pescar. Eso sí, los dos calamares que pescamos aquella noche nos los comimos en sendos bocatas. Tan ricamente. 

Coda: un año estuvimos, mi compañero de pesca y su seguro servidor, esperando con angustia la notificación y el correspondiente multón, por nuestras inocentes e inconscientes fechorías pesqueras. Pero jamás llegaron. Nunca fuimos sancionados por aquellos cómicos sucesos que, supongo, ya habrán prescrito. Tal vez los papeles se perdieron en el marasmo pandémico, tal vez las autoridades decidieron no darle más bola a semejante papelón...

2. La Ley del Mar

Porros y Pesca Ilustración de Laia Lafresca

Ilustración de Laia Lafresca.

Los pescadores, incluso los pescadores muy fumadores de cannabis, somos supersticiosos ya de nuestro. Sucede así, normalmente, en toda actividad humana marcada por el incierto devenir de los acontecimientos que, además, requiera de fe. Un ejemplo, servidor siempre que va a ir a pescar, ese día come invariablemente pescado, en plan magia ritual casera. A pescar se lleva ropa extremadamente gastada y zarrapastrosa por la quimera de que semejantes prendas nos dan suerte. Como les pasa a los futbolistas y a los catequistas, para los pescadores este tipo de cábalas son casi infinitas en su variedad. Nosotros, en particular, estamos obsesionados con las matrículas de coche capicúas. Hemos desarrollado un complejo cosmos supersticioso alrededor de este asunto tras un par de jornadas de pesca especialmente exitosas después de haber visto muchas matrículas cuyas cifras se leían igual de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. 

Vale. Volvamos al relato. Estamos ya en 2021, viviendo a tope aquello que se llamó “la nueva normalidad”. Por supuesto, habíamos vuelto a pescar en cuanto nos dejaron, pero en esta ocasión íbamos a hacerlo desde barco, por invitación de un amiguete, en el poniente almeriense. En Almería llamamos Poniente a la costa que se extiende al oeste del Cabo de Gata y Levante a la costa que discurre al este del cabo, hacia Murcia. El caso es que metimos todo el equipo en la vieja C15 y nos pusimos en marcha. Ya de camino nos sorprendió la cantidad de matrículas capicúas que íbamos viendo y que hacían crecer nuestras gratuitas ilusiones pescadoras. Que se dispararon exponencialmente al llegar al puerto: aparcamos entre dos coches ¡con matrícula capicúa! El dueño del barco, el amiguete, mi compañero de pesca y este servidor de ustedes nos echamos a la mar en una tarde plácida de sol, con el Mediterráneo en calma y colmados de esperanzas. Nuestra idea era pescar a fondo con cebo, buscando los lechos de roca en los que habitualmente se concentra el pescado. Así estuvimos algo más de dos horas, pero solo salían chuclas y de tamaño pequeño. La chucla (Spicara maena), también conocida como trompero o tromperito, es un espárido que raramente pasa de los veinte centímetros, de espectacular colorido verde y azul brillante. Pero como no están buenas para comer, fueron devueltas a la mar salada. Un mar lleno de estelas machadianas, que refulgían al sol de la tarde. De pronto, el amiguete se puso en pie de un salto y gritó: “¡Mirad!, ¡algo flota allí en el agua!”. Efectivamente, en una de las estelas marinas formadas por la corriente, que arrastraba algas, madera y los inevitables restos de plástico, se veía algo marrón y voluminoso. Con un buen golpe de motor llegamos de inmediato al objetivo que, efectivamente, era lo que parecía. Lo subimos al barquillo con dificultades porque pesaba mucho, pero con los ojos brillantes por la emoción y conteniendo la respiración. 

Aquel “algo” que rescatamos flotando sobre la mar serena era exactamente igual a los que salen en los informativos: un paralelepípedo rectangular de 60 x 40 x 30 cm aproximadamente, recubierto con la característica tela de sarga marrón y con un asa improvisada hecha con cinta de embalar también marrón. Sí, aquello era un fardo. El mítico fardo perdido y sin dueño con el que tanto hemos fantaseado todas y todos los fumadores. “¡Tooooma!”, “¡Goooooooo!”, “¡Vaaaaaaamos!”, los gritos enloquecidos de los cuatro afortunados pescadores retumbaron sobre el mar. Con desbordante alegría, abrimos unas cervezas y encendimos cuatro trócolos para celebrarlo. Guardamos las cañas, pues los nervios nos impedían ya pescar, y, tras una pequeña deliberación, decidimos en una votación a la búlgara acogernos a la arcaica Ley del Mar, según la cual el que se encuentra algo a la deriva se lo queda. 

El desembarco y traslado de nuestro tesoro marrón al coche fueron momentos de máxima tensión y nervios, pero la fortuna seguía de nuestro lado y no hubo ningún incidente. Nos desplazamos a la cercana casa del dueño del barquillo y nos pusimos febrilmente a abrir aquel bulto milagroso. Eran capas y capas y capas y capas  de cinta de embalar, engorrosas de cortar y retirar, pero que habían conseguido su propósito, pues apenas había entrado agua salada al interior. El interior, ¡ah!, contenía trescientas preciosas fichas cuadrangulares, de color marrón oscuro, metódicamente empaquetadas individualmente, cuya visión nos hizo de nuevo gritar, aullar y abrazarnos celebrando el golazo de nuestra vida. Allí mismo decidimos quedarnos cada pescador una de aquellas fichas para probar en casa qué era verdaderamente lo que nos había regalado el mar. Les resumo: estaban buenas sin ser crema. 

A decir verdad, esa fue la última vez que vi el tesoro. Mi compañero de pesca y el amiguete, que son muy duchos y eficientes en asuntos de este ámbito se ocuparon de lo que hubiera que ocuparse, que ni sé lo que es ni me importa. Lo que me interesa de verdad hoy es rememorar con ustedes la intensísima emoción, la sincera alegría y la sensación de plenitud cósmica como porreros que sentimos aquella tarde de marzo sobre las aguas del Mediterráneo almeriense. 

3. Injusticia para todos

Porros y Pesca Ilustración de Laia Lafresca

Es hora, sin embargo, de enjugarnos las brillantes lágrimas de la emoción y tratar de contener las negras lágrimas que provocan la rabia, la impotencia, la indefensión y el mal rollo. Seguimos en el mismo escenario, nuestra comarca del levante almeriense, y volvemos a ser los mismos protagonistas: mi querido compañero de pesca y este que les habla. Hemos llegado al mes de mayo de 2023. La Pandemia, con la que empezábamos esta historia, ha sido olvidada a velocidad de vértigo y parece cosa de otro siglo, incluso de otra vida. Nosotros seguíamos pescando, claro, pero ahora desde nuestro propio barco, una vetusta y aparatosa embarcación de madera de cinco metros de eslora a la que llamábamos, cariñosamente, Fardete. Habíamos vivido maravillosas jornadas de pesca con Fardete por las costas de Garrucha, Mojácar y Carboneras. Habíamos pescado y comido (siempre me como lo que pesco) peces variados y buenos con Fardete: bonitos (Sarda sarda), albacoras (Euthynnus alletteratus), lechas (Seriola dumerili), galanes (Xyrichtys novacula), brecas (Pagellus erythrinus), ballestas (Balistes capriscus), tapaculos (Arnoglossus laterna), herreras (Lithognathus mormyrus), espetones (Sphyraena viridensis), jurelas (Caranx rhonchus), jureles (Trachurus mediterraneus), caballas (Scomber scombrus), llampugas (Coryphaena hippurus) y, por supuesto, calamares (Loligo vulgaris). 

Ese día en concreto íbamos en busca de los bonitos de Carboneras. Mis obligaciones de padre me impedían pescar al amanecer, así que quedamos después de comer. La idea era ir en la furgo del amiguete, pero en vista del estado bastante alegre y expansivo tanto de mi compañero de pesca como del amiguete y que nos esperaban quince kilómetros de autovía y veinte de carretera, insistí en que fuéramos todos en la vieja C15 y yo al volante, limpio como una patena. Así lo hicimos. Salimos a las cuatro de la tarde y nada más desviarnos de la autovía camino de Carboneras, los motoristas de tráfico de la Guardia Civil nos dieron el alto. Muy correctos y amables me hicieron soplar y, dado que no había tomado alcohol desde el vaso de vino de la cena la noche anterior, di el correspondiente 0,0. A continuación me hicieron chupar la piruleta en busca de drogas. Yo seguía tranquilo pues mi último contacto con la droga había sido dieciséis horas antes: me había fumado el último trócolo a eso de las diez de la noche anterior. Craso error que determinaría mi condena. El aparatito dio positivo en “presencia” de cannabis y me hicieron chupar una nueva piruleta de contraste que, como imaginan, volvió a dar positivo en “presencia” de cannabis. Los agentes de la Benemérita habían hecho el típico teatrillo de uno bueno y comprensivo y el otro serio y distante. El picoleto enrollado me decía que tranquilo, que él me veía muy bien para conducir e incluso llegó a sugerir que cuando estuviera fuera de su vista me volviera a poner al volante. Porque el positivo me impedía seguir conduciendo y fue instado a hacerlo mi compañero de pesca, que hubiera dado positivo en dos sustancias, así como también el amiguete; por si no fuera suficiente, ambos hubieran sobrepasado generosamente el límite legal de alcohol en sangre. Con el consiguiente mosqueo y mal rollo, y yo con mi notita firmada por los beneméritos, nos echamos al mar y, como era de esperar, fue una pésima tarde de pesca, sin capturas ni picadas y ensombrecida, además, por unas nubes que yo veía siniestras, con forma de tricornios.   

Dentro del plazo marcado me llegó la notificación: retirada de seis puntos del carnet y una multa de mil euros, rebajable a quinientos por pronto pago. Mi indignación había ido creciendo con el paso de los días y tenía clara mi decisión: recurriría hasta la mayor instancia judicial posible. Hablé con Francisco Azorín, compañero de Cáñamo y referencia en la defensa contra las tropelías judiciales a los usuarios de cannabis. Aquí la clave, si no has fumado antes del control, es exigir la prueba sanguínea en el hospital que corresponda. Se pongan como se pongan, tenemos derecho y no pueden evitarlo. Yo me habría evitado lo que me sucedió si hubiera exigido que me trasladaran al hospital de Torrecárdenas para someterme a análisis de sangre, pues ahí sí que se mide la cantidad en sangre, no la mera “presencia”, que determina el impune atropello de nuestros  derechos. 

Mi abogado, que además de excelente profesional es un gran amigo, interpuso los dos, tal vez tres, no recuerdo, recursos por escrito contra la sanción. Fueron desestimados, como ya preveíamos. Finalmente, antes del verano de 2024, nos fue notificada la fecha del juicio: el 20 de mayo de 2025 en el Juzgado de lo Contencioso Administrativo nº 1 de Almería. Antes de llegar a juicio, no obstante, la Tesorería de la Seguridad Social embargó de mi cuenta bancaria los 1000 euros de multa, que ahora se habían convertido en 1200 por los intereses de apremio. Me quejé y una funcionaria eficiente y educada me dijo que eso era algo que tenían que hacer porque lo instaba Tráfico y que, en caso de ganar el juicio, me sería devuelto el dinero con intereses. Ya. Es decir que me obligaban a pagar, con recargo, por un delito que aún no había sido substanciado. Delirante. En fin, en el juicio, como se pueden imaginar, se terminó de perpetrar la injusticia. A la jueza le pareció bueno y sensato todo lo que dijo la Guardia Civil y el abogado del Estado en mi contra, al tiempo que desestimó todo lo reclamado por mi abogado. Fui condenado, siendo total y objetivamente inocente pues no conduje bajo la influencia de droga alguna, al pago del dinero que ya me habían saqueado de mi cuenta y a la retirada de los seis puntos del carnet de conducir. La impotencia del inocente ultrajado se apoderó de mi, máxime al saber que contra esta resolución no cabía recurso a instancia judicial superior. Mi intención, mi sueño, era, utilizando mis modestos ahorros, llegar hasta el Tribunal de Estrasburgo y hacer una causa política para denunciar la injusticia y la indefensión aberrante que sufrimos los usuarios de cannabis. Para intentar denunciar la lucrativa hipocresía que subyace en todo este asunto, pues no en balde España es el país de la Unión Europea que más dinero recauda (más bien desfalca) por multas a los usuarios de drogas. 

Ha pasado ya más de un año desde que fui injustamente condenado por un delito que jamás cometí. Ha pasado un año y sigo cogiendo el coche con miedo, sintiéndome desamparado y absolutamente indefenso. En Europa. En pleno siglo XXI. Cualquier ciudadano puede tomarse cuatro whiskys por la noche y sabe que al día siguiente, por la tarde, no va a ser multado, aunque la resaca  alcohólica es mucho más peligrosa para la conducción. Ese mismo ciudadano, sin embargo, será reprimido social y económicamente por haberse fumado un porro en su casa el fin de semana anterior. ¿Hasta cuando vamos a tener que aguantar esta vergüenza? Adiós.

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