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26 de Noviembre de 2022

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Galdós y el cáñamo

Aprovechando la efemérides del centenario de la muerte del escritor, situado en el parnaso de las letras junto a Miguel de Cervantes, la revista Cáñamo quiere sumarse a los actos de homenaje al autor de Fortunata y Jacinta con el presente artículo, que recoge los pasajes donde Galdós se ocupa del cáñamo y drogas como la morfina.

Nacer a los veinte años

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria, el 10 de mayo de 1843, como último de los diez hijos del gobernador militar de la isla. Agustín Millares Cubas en el periódico La Lectura le recordaba poco antes de su muerte como un niño inquieto, con cierta destreza para el dibujo y grandes dotes para la observación. En Recuerdos de su infancia en Las Palmas, Millares hace un repaso de cómo fue la infancia del futuro escritor, aportando algunas claves para su biografía. Habilidoso en las manualidades (construyó una miniatura con apenas ocho años de una fortaleza de una gran complejidad técnica), se crio en un ambiente femenino donde la figura materna tuvo una vital influencia que cuajó en su novela más reconocida: Fortunata y Jacinta.

El escritor acude a Madrid para estudiar la carrera de leyes y queda deslumbrado por un paisanaje que plasmará en sus novelas. La atmósfera de la ciudad quedará reflejada con tanta verosimilitud en su obra que en adelante la historia de la capital del siglo xix será conocido como el Madrid galdosiano. El escritor, por su parte, dirá en sus Memorias que él nació “a los veinte años en Madrid”.

Una lectura de su epistolario nos muestra a un escritor preocupado por sus amantes, hasta el punto que su biógrafo, Pedro Ortiz Armengol, declarará en El País: “Galdós se lo gastaba todo en mujeres”. Con treinta y cuatro años, en carta a su amigo el escritor José María de Pereda, confesará en un caluroso mes de julio de 1877: “Se aproxima la época feliz de las canas al aire, y yo si no las echo en Santander, me parece que me falta algo indispensable en la vida”. Juan Van Halen, en el prólogo a las Memorias de un desmemoriado, dice que en el café Universal “al joven Galdós le apodaban los habituales ‘el chico de las putas”. Hay, por lo tanto, numerosos testimonios que apuntan a que el escritor fue un “hombre superviril y mujeriego, aunque tímido con las mujeres”, como recogió su médico y confidente Gregorio Marañón en su obra Amiel.

La doble cocaína de la botica

Victoriano Moreno, su criado, decía de don Benito: “¡No he conocido hombre más faldero! Aquí un lío, allí otro. Si no trajo al mundo diez o doce hijos naturales, no trajo ninguno”. De su relación con la modelo Lorenza Cobián nació María, única descendiente del escritor a la que reconoció legalmente cuando se suicidó su madre. Según Manuel Herrera Hernández, Galdós con setenta y tres años, enfermo y ciego (producto de una “sífilis terciaria”), todavía realizaba con su guía “misteriosas salidas” hacia los barrios bajos de la ciudad.

De entre el amplio catálogo de amantes que se le adjudican, cabe resaltar por su trascendencia literaria la de Emilia Pardo Bazán. La escritora gallega, feminista de armas tomar (no en vano acudió a Inglaterra junto a su marido a comprar fusiles para apoyar a los carlistas), seduce a Galdós para poco después engañarle con el acaudalado Lázaro Galdeano, quien fundará para ella La España Moderna. Clarín, que no conocía la relación de Galdós con la escritora pero sí la que mantenía con Galdeano, escribe a don Benito que ha discutido con el empresario: “Quería hacerme tributario del furor literario-uterino de doña Emilia ayudándola a fuerza de artículos”; un año después escribirá al canario “Es una puta, hombre”.

Aquel episodio no fue óbice para que, a los pocos meses, Pardo Bazán y Pérez Galdós emprendieran un viaje idílico por Europa. El recuerdo de aquellos encuentros hacía sonreír a la condesa, quien escribe a Galdós: “Me río con el episodio de aquella prenda íntima. ¿Qué habrá dicho el guarda de la Castellana al recogerla? ¿Qué impresión moral será la suya? ¿Cómo juzgará las costumbres de la high-life? ¡Qué daría por estar diez segundos en su cabeza! Por fortuna esa prenda no tenía la marca que llevan otras de su mismo género: una E coronada”. Una pasión en la que pudieron intervenir los alcaloides: “¡Cuánto siento no tenerte cerquita para aplicarte la doble cocaína de la botica y de mis zalamerías y halagos”.

El cáñamo como alimento

En Fortunata y Jacinta, Galdós señala como habitual la utilización de la semilla del cannabis como alimento “divino” de las aves y por extensión de los alados ángeles: “Anda, rica, cañamón de los ángeles, tráeme lo que te pido”. Ya en la novela El doctor Centeno había escrito que los “cañamones tostados [...] consistían en el manjar más inocente del mundo, que de ordinario sirve para sustento de los pajarillos”, dato que también incluye en su novela La desheredada. Aunque no solo eran alimento para aves; Galdós lo incluye como vianda estimable para algunos personajes: “De allá le enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos y cañamones tostados”, y deleznable para otros: “Verdaderamente, los piruétanos, las gachas, el ajillo y, sobre todo, aquel postre ornitológico de cañamones no eran, no, para estómagos de cristianos”.

Los cañamones tostados solían venderse en cucuruchos en puestos callejeros a la manera de las antiguas castañeras. En Torquemada en la hoguera, Galdós utiliza su prosa cervantina para describir un “festín” donde los cañamones forman parte del menú: “Si la comida no disgustó a Migajas al comenzar, pronto empezó a producirle cierto empacho, aun antes de haber tragado como un buitre. Componían el festín pedacitos de mazapán, pavos más chicos que pájaros y que se engullían de un solo bocado, filetes y besugos como almendras, un rico principio de cañamones y un pastel de alpiste a la canaria, albóndigas de miga de pan a la perdigona, fricasé de ojos de faisán en salsa de moras silvestres, ensalada de musgo, dulces riquísimos y frutas de todas clases, que los pericos habían cosechado en un tapiz donde estaban bordadas, siendo los melones como uvas y las uvas como lentejas”.

Otros usos del cáñamo

En la primera parte de Fortunata y Jacinta, Galdós habla de las “alpargatitas de cáñamo” en referencia a un calzado asequible, algo que también aparece en su novela La de Bringas. Una de las virtudes de este tipo de calzado era su paso silencioso, algo que Galdós deja patente en Tormento: “Era el padre Nones, que por gastar zapatos con suela de cáñamo, andaba sin que los pasos se le sintieran”. Aunque también se utilizaba en las vestimentas menos pudientes a modo de cinturón, cuando faltaba este: “Calzaba peales, y se cubría todo el cuerpo con un ropón de jerga, remendado con cierto esmero, ceñido a la cintura por cuerda de cáñamo”.

Las sogas para ajusticiar solían estar hechas de esta planta, por eso en Bodas reales uno de los personajes dice: “¿El pescuezo no te huele a cáñamo? ¿No temes que tus hijitos no se queden sin padre?”. Aunque no solo para la horca se utilizaba este tejido, también en la marina: “¿Quién no ha visto en los puertos de mar la interesante obra de torcer el cáñamo, al aire libre, obteniendo los cabos de diferentes gruesos, desde las guindalezas y calabrotes hasta las sutiles drizas para izar banderas? Menadors son aquí los que dan vueltas a la rueda, filadors los que con el cáñamo liado a la cintura hilan y tuercen andando hacia atrás. Estos, y los calafates y careneros, y los manipuladores de filástica, constituyen un gremio característico en todo pueblo de costa”. En Luchana, Galdós sigue desarrollando su conocimiento de los usos de la planta: “Viendo cómo cortaban de los rollos pedazos de cuerda y cómo los pesaban y vendían, aprendió Aura los nombres de las diferentes piezas de cáñamo usadas en la navegación, y supo distinguir el calabrote y la guindaleza de la flechadura y cabo de acolladores”. El tacto de este tipo de cuerda acababa por endurecer las manos de quienes la manipulaban, como apunta en Zumalacárregui: “Sus manos encallecieron de tanto hacer nudos con ásperos cáñamos”.

Otro de los usos de la versátil planta lo escribe en la novela Misericordia. Galdós apunta a su empleo como incienso: “Cogió sus trebejos de sahumar [perfumar], la pipa, la ración de cáñamo en un papel, y se fue caminito del matadero”.

La industria del cáñamo

"La obra de Galdós es una faraónica muestra de la España que le tocó vivir. Un enorme friso del siglo XIX nacional donde la planta del opio (Papaver somniferum) formaba parte de cualquier cacharrería"

En La vuelta al mundo en la “Numancia”, Galdós apunta hacia la industria del cáñamo: “Las lomas de secano se cubrían de olivos, almendros y vides lozanas; en las vegas verdeaban los opulentos plantíos de trigo, cáñamo, y de cuanto Dios ha criado para la industria”; algo que desarrolla con más detalle en su novela La desheredada, donde Galdós hace una descripción de una fábrica de sogas, que en boca de “la Sanguijuelera” llama “considerable industria”: “En la parte clara de tan extraño local había grandes fardos de cáñamo en rama, rollos de sogas blancas y flamantes, trabajo por hacer y trabajo rematado, residuos, fragmentos, recortes mal torcidos, y en el suelo y en todos los bultos, una pelusa áspera, filamentos mil que después de flotar por el aire como espectros de insectos o almas de mariposas muertas, iban a posarse aquí y allá, sobre la ropa, el cabello y la nariz de las personas. […] Allá en el fondo de aquella cisterna horizontal debía estar la fuerza impulsora, alma del taller. […] del fondo invisible venía un rumor hondo y persistente, como el zumbar de las alas de colosal moscardón, zumbido semejante al de nuestros propios oídos, si tuviéramos por cerebro una gran bóveda metálica. –Es la rueda –dijo la Sanguijuelera […]. Pero de pronto apareció un hombre que salía de la oscuridad, andando hacia atrás muy lentamente y con paso tan igual y uniforme como el de una máquina. En su cintura se enrollaba una gran madeja de cáñamo, de la cual, pasando por su mano derecha y manipulada por la izquierda, salía una hebra que se convertía instantáneamente en tomiza, retorcida por el invisible mecanismo. Aquel hombre del paso atrás, ovillo animado y huso con pies, era el principal obrero de la fábrica, y estaba armando los hilos para hacer otra soga”.

La industria del cáñamo tuvo su importancia durante décadas en el Levante español, como queda recogido en las novelas de Gabriel Miró (en Nuestro padre San Daniel se habla de Oleza –trasunto de Orihuela– como “ciudad insigne por sus cáñamos”) y en pasajes de obras de Blasco Ibáñez como La barraca y algunas descripciones del paisaje en la obra de Azorín. Esta industria fue muy importante hasta pasada la segunda mitad del siglo xx, incluso, el Instituto Nacional Agronómico franquista desarrolló nuevos cultivos y especies de plantas, tal y como se explica en el nodo, En los campos de España: 100 años de progreso agrícola, disponible en el archivo de RTVE en internet.

La morfina en ‘Fortunata y Jacinta

En conjunto, la obra de Galdós es una faraónica muestra de la España que le tocó vivir. Un enorme friso del siglo xix nacional donde la planta del opio (Papaver somniferum) formaba parte de cualquier cacharrería: “En un hueco había flor de malva, en otro cercano violetas secas, más allá greda para limpiar, adormideras, cerillas de cartón. Seguía el pimentón molido, que sirve para pintar la comida del pueblo, y luego los cañamones, de que se sustentan los pajarillos presos. El espliego se daba la mano con los estropajos, y no faltaban algunas resmas del papel picado con que las cocineras adornan los vasares”.

Galdós hace referencia a los opiáceos en buena parte de su obra. El opio aparece en el episodio nacional El terror de 1824, donde es utilizado como método de suicidio, la morfina sedativa en las novelas Ángel Guerra, Tormento y Torquemada y San Pedro; y el láudano en Lo prohibido. También escribe Galdós sobre las minutisas (Dianthus barbatus o clavel del poeta) en un pasaje de Torquemada en la hoguera que “parece que hace soñar como el opio”.

En Fortunata y Jacinta, la obra magna de Galdós, el escritor nos muestra al marido de Fortunata que dormía profundamente: “Pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas entremezcladas con términos de farmacia: ‘Ídolo... De acetato de morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoníaco, tres gramos... Disuélvase...”.

Otro de los personajes de la obra, Severiana, dice: “Si viniera el médico la aplacaría dándole esos pinchacitos que llaman yeciones... ¿Sabe? Una gotita de morfina”. Todas estas referencias señalan el uso cotidiano que de los opiáceos se hacía en la España del momento y que Juan Carlos Usó recoge en su imprescindible ensayo Drogas, neutralidad y presión mediática.

También se cita el uso de láudano para atenuar las jaquecas por parte de Maximiliano, sobrino de Fortunata: “Tía –dijo Maxi–, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú, Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir; y si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado..., seis gotas nada más de esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber”. El díscolo sobrino de Fortunata protagoniza otros pasajes: «Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un cerebro dado a los demonios: “Veremos si esta noche sueño lo mismo que soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti. Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara, sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en aquel sopor... tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció un ángel y me dijo, dice: ‘José, no tengas celos, que si tu mujer está en cinta, es por obra del Pensamiento puro...’. ¿Ves qué disparates? Es que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...”. Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos cayó al instante en profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la farmacia».

El cáñamo, ese “precioso excitante”

Segismundo Ballester, personaje del boticario, cede al requerimiento de Fortunata: “Las medicinas que usted le da no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio es preciso probar algún otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...? –¡Ah!, el hatchiss... lo prepararemos”. El farmacéutico señala, en un monólogo interior, las propiedades del uso medicinal del cáñamo: “¡Ah!, qué memoria la tuya, Segismundo; ya no te acordabas de que para hoy le prometiste tener hechas las píldoras de hatchisschina, que le quieren dar al pobre Maxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espíritus tan entenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegría más expansiva y la más placentera ilusión de vida –sacando de un armario el frasco del extracto indiano– iluminen el cacumen de mi infeliz amigo, a la acción de este precioso excitante”.

Quizá Galdós, sin darse cuenta, fijaba para la historia el primer antecedente del uso del cannabis como sustitutivo de los opiáceos, tal y como preconizan las últimas investigaciones del doctor Manuel Guzmán, entre otros.

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