La anfetamina hipotáctica

La anfetamina hipotáctica

Este artículo se publicó originalmente en el número 280 de la revista Cáñamo España

El presente artículo trata de acercarnos a la vida y obra del escritor Rafael Sánchez Ferlosio, de cuya muerte se cumplen dos años este mes de abril. El autor, Premio Cervantes de las Letras 2004, fue un confeso consumidor de anfetaminas, que determinaron su vida y su forma de escribir.

‘Alfanhuí’ y El Jarama’

Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) nació en Roma, hijo del corresponsal de ABC en la capital italiana, el falangista Rafael Sánchez Mazas, y Liliana Ferlosio. La figura de su padre fue recogida por Javier Cercas en la novela Soldados de Salamina, que David Trueba llevó al cine.

Ferlosio estudió en el colegio jesuita de Villafranca de los Barros, un centro reservado para los hijos de familias pudientes, donde cursa el bachiller. Más tarde se traslada a Madrid para estudiar Filosofía y Letras. Allí contactará con Agustín García Calvo, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite, quien se convertiría en su primera mujer.

Era hermano del cantante Chicho Sánchez Ferlosio y del filósofo Miguel Sánchez Ferlosio, quienes bien pudieran haber protagonizado otra versión de la película El desencanto. Su hermana Gabriela sería la esposa del futuro editor Javier Pradera.

Ferlosio pasa las temporadas estivales en la casa familiar de Coria (provincia de Cáceres), un palacete que perteneció a la Casa de Alba, donde comenzará a escribir parte de su primera obra, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), que sufragó su madre y que dedica a su entonces novia, Carmen Martín Gaite, con quien se casará dos años después. La obra recibió el empujón de Camilo José Cela, que publicó una excelente crítica.

Con su hermano Chicho, cantautor sin par, y un amigo en la casa familiar de Coria
Con su hermano Chicho, cantautor sin par, y un amigo en la casa familiar de Coria.

La novela muestra el interés que pone Ferlosio en el paisaje y su predilección por los remedios naturales. Uno de sus capítulos lo dedica a la “Herboristería de Diego Marcos”: “En el escaparate había tarros y platos con hierbas, cada uno con su letrero, donde se podía leer: mejorana; pino país; arenaria (rubles); pulmonaria; oreja de oso; hierba negra; manzanilla del Moncayo; menta piperita; menta poleo; belladona; cordiales; malvavisco, etc., etc. […] Alfanhuí sabía algo de todo aquello y conocía muchas hierbas con sus nombres y sus virtudes. Pero ahora buscaba mejorar su conocimiento y se quedaba con los ojos pegados a la vitrina y sacaba los tarros, y los olía y desgranaba las hierbas en su mano y preparaba infusiones y extraños alambiques cuando nadie le veía. Pensaba también en los nombres de las hierbas y se los repetía una y otra vez, como buscando en ellos el sonido de viejas historias y, lo que cada planta, entrando por los ojos, había dicho en la vida y en el corazón de los hombres”. Todo el libro es una oda arborescente a la naturaleza.

Benito Fernández, en su libro El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía, cuenta su proclividad a los remedios de herboristería. Afirma que el escritor tomaba “una pila de pastillas diarias” y en sus viajes porteaba una enorme bolsa de cuero repleta de medicamentos naturales”, algo que le causó problemas en un viaje a Israel al ser preguntado por los aduaneros sobre el contenido de aquella sospechosa maleta.

La publicación de El Jarama, Premio Nadal 1955,  convirtió a Ferlosio en un escritor conocido. En la imagen un reportaje donde posa con su hija Marta.
La publicación de El Jarama, Premio Nadal 1955, convirtió a Ferlosio en un escritor conocido. En la imagen un reportaje donde posa con su hija Marta.

En 1956 nació su hija Marta. En ese mismo año, Ferlosio ganó el Premio Nadal de Literatura con la novela El Jarama, de la que poco más tarde renegará. El crítico Josep M. Castellet se encarga en esta ocasión de ensalzar la obra que se convertirá en texto de obligada lectura en el bachillerato durante años. Poco después, Ferlosio abandonó los estudios en Madrid para estudiar Filología Románica en Salamanca, aunque no consiguió acabar ningún estudio reglado más allá del bachiller.

El muerto en casa

Ferlosio con la que fuera su  primera mujer, la escritora Carmen Martín Gaite.
Ferlosio con la que fuera su primera mujer, la escritora Carmen Martín Gaite.

"Yo me podía estar cinco días con sus cinco noches despierto y escribiendo. Luego, cuando el cuerpo ya quería aflojar, me metía en la cama y era capaz de dormir dos días"

A principios de los sesenta, Ferlosio ya era consumidor de Dexedrine Spansuls. Benito Fernández cuenta que el escritor se encerraba en su cuarto “en un silencio de monasterio y de humo de cigarrillos habanos”, con las persianas bajadas, cerradas las ventanas y con luz artificial para que la vida del reloj no molestase su escritura compulsiva. Martín Gaite trata de que Carlos Piera Gil intermedie con Ferlosio para recuperarle al contacto humano, pero el escritor solo le pide que baje en su nombre a comprar anfetaminas “porque a Rafael le daba vergüenza ir tan a menudo a la farmacia”. Su excitación hace que los textos que escribe a mano se vuelvan indescifrables incluso para él.

Comienza a frecuentar el Ateneo, donde conoce en 1963 a Demetria Chamorro, de la que se enamora en secreto mientras su relación con la escritora Martín Gaite se deteriora, quien se acabará enterando de la infidelidad “de la peor manera posible”.

Miguel Delibes, en Muerte y resurrección de la novela, pone en la propia boca de Ferlosio las palabras: “Carmen es como una viuda que tuviera el muerto en casa”.

El escritor se abandona en un piso levantado por las obras de las bajantes de los retretes. Ana Guardione, pareja de su hermano Chicho, le visita y pregunta: “¿Pero cómo puedes vivir así? […] “Pues qué voy a hacer. Además salen cucarachas” […] “Paso el aspirador y luego las cuento”, remata.

En otra ocasión, estando Ferlosio convaleciente, Guardione vuelve a visitar al escritor, que vive “sumido en el desorden y la dispersión. Estaba metido en la cama, y cuando ella vio las sábanas exclamó: ‘¡Rafael, pero si están negras!’, a lo que él, de rostro contrito, respondió: ‘Sí, es que hace un año que no las cambio’. ‘Hombre, si tienes una lavandería aquí cerca’. ‘Ese es el problema, que me da vergüenza llevarlas así’, concluyó él, mientras agarraba el sucio embozo”.

El escritor abandonó su indumentaria y descuidó su aseo personal. Llegó a acudir a la editorial Nostromo, en que trabajaba su hija, apoyado en su bastón y “un abrigo atado con una soga, con el pelo largo y sucio, y un jersey lleno de rotos”.

La relación de Ferlosio y Martín Gaite se rompe de forma amistosa en 1970, aunque hasta 1985 el divorcio no se consuma de forma legal. En 1986 se casa con Demetria Chamorro, a quien dedica El testimonio de Yarfoz, su esperado regreso a la novela, treinta años después.

Una vida fácil

Publicidad de la Dexedrina Spansuls, anfetamina calificada por Ferlosio como extraordinaria.
Publicidad de la Dexedrina Spansuls, anfetamina calificada por Ferlosio como extraordinaria.

En la biografía del escritor se cuenta como su hermano Chicho Sánchez Ferlosio fue detenido con hachís, que había adquirido en un viaje a Afganistán, cuando trataba de visitar a su hermano Miguel en Ginebra. José Esteban, en sus memorias literarias, cuenta que en casa del cantautor “se tomaban las últimas sustancias aparecidas en el mercado mundial. Recuerdo la llegada del LSD”. Esteban, que solo bebía alcohol, era el encargado de velar los “viajes” de quienes lisergizaban.

En ese ambiente de finales de los años setenta, la hija de Ferlosio, Marta Sánchez Martín, menudea con hachís y otras drogas en un ambiente frecuentado por Leopoldo María Panero, Eduardo Haro Ibars, Laura García Lorca, Carlos Castilla y Juan Manuel Bonet, entre otros. Marta acabó enganchada a la heroína y será una de las primeras víctimas del sida en España, muriendo en 1985.

En 1987 Ferlosio, bebedor y fumador, fue operado de enfisema pulmonar por el prestigioso cirujano José Luis Barros. Poco después, Ferlosio, junto a varios amigos, viaja al monasterio de Veruela: “Mientras se pasan unos canutos, Ferlosio les cuenta historias de doña Blanca de Navarra”.

Además de fumador y experimentado consumidor de anfetaminas, Ferlosio gustaba de los licores, que en ocasiones le jugaban malas pasadas. En el compendio de entrevistas titulado Diálogos con Ferlosio, el escritor reconoce: “Bien pimplado de whisky me llevaron unos amigos al partido entre la Real Sociedad y el Real Madrid. A mí, por supuesto, me importaba un comino quién ganase o dejase de ganar, pero en mi euforia alcohólica me oí, ¡Dios mío!, a mí mismo gritando nada menos que ‘ETA, mátalos’ […] Por eso le decía antes que la palabra intelectual es demasiado respetable para mí. En el fondo no me siento más que un chisgarabís, un pelagatos, un tío tirado con el que no se puede contar para nada”.

Ferlosio reconocía sin tapujos que durante años no hizo otra cosa que escribir y tomar anfetaminas: “Yo me podía estar cinco días con sus cinco noches despierto y escribiendo. Luego, cuando el cuerpo ya quería aflojar, me metía en la cama y era capaz de dormir dos días. Una vez dormí dieciocho horas sin despertar ni en un solo momento”.

Siempre reconoció haber tenido una vida fácil, haciendo uso de las rentas familiares o de los derechos de autor que, sobre todo, su novela El Jarama (de obligada lectura en la enseñanza media durante años) le procuraba: “Siempre fui un poco gastón. Excepto la muerte de mi hija, no he tenido ninguna dificultad”.

Dexedrine y epoxi

Centraminas, popular  marca de anfetaminas, muy presentes en la dieta farmacológica de Ferlosio
Centraminas, popular marca de anfetaminas, muy presentes en la dieta farmacológica de Ferlosio.

"Tenía lo que denominé ‘alucinaciones olfativas’. De modo que la química me encerró entre dos frentes (el de la anfetamina y el de los epoxi) y me tuvo sitiado casi un par de años"

En los treinta años que pasaron entre la publicación de El Jarama y El testimonio de Yarfoz, Ferlosio escribió sin pausa miles de páginas. Lo cuenta el propio autor en entrevista a Félix de Azúa: “Con las anfetaminas, lo normal era trabajar intensamente sobre cuatro días, luego dormía un día entero con una maravillosa bajada de tensión. Y después cogía a mi niña y me pasaba tres días con ella […] Al cabo de tres días me encerraba otra vez. Primero tomaba dos centraminas para ponerme en marcha, luego cuatro; el segundo, tercer y cuarto día eran los mejores y, en los dos últimos, venía el descenso. Me quedaba despierto sin necesidad de tomar pastillas; la excitación cerebral era de tal categoría... Luego caía tumbado. Fueron quince años, del 57 al 72, de máxima intensidad gramatical; nunca lo he pasado mejor”.

Parte de las casi tres mil páginas de ensayos que la editorial Debate publicó en cuatro volúmenes, poco antes de la muerte del escritor, tienen el estilo hipotáctico de la anfetamina: “En 1970 me fui a vivir a la calle Prieto Ureña, en donde sucumbí al desorden y la animalización, casi a la destrucción. Volví al mono. La anfetamina (ahora usaba la extraordinaria Dexedrina Spansuls) es (al menos imaginariamente) muy industriosa. Me aficioné a las herramientas y a los pegamentos (fue la gran temporada de los epoxi) […] Todo el piso estaba cubierto de basura menos un caminito que llevaba al armario de herramientas. […] Cuando me sacaron de allí había sacos enteros llenos de tubitos de plástico. A veces perdía la conciencia, gateaba a cuatro patas y gruñendo, y no entendía ni siquiera los tornillos, no sabía lo que eran. […] Llegué al extremo de la degradación. Tenía lo que denominé ‘alucinaciones olfativas’. De modo que la química me encerró entre dos frentes (el de la anfetamina y el de los epoxi) y me tuvo sitiado casi un par de años”. Hasta que fue desalojado del inmueble por el dueño de la casa.

En el año 2000, Fernando Sánchez Dragó entrevistó a Sánchez Ferlosio en el programa Negro sobre blanco, de Televisión Española (disponible “A la Carta” en internet), donde Ferlosio ironiza sobre la dexedrina: “Lo mejor que ha salido en química después del agua”. El autor de Alfanhuí, que en el momento de la entrevista tiene setenta y tres años, reconoce: “Ahora no uso nada, salvo alguna vez Katovit”.

Premios y cambio de hábitos

Cofre con 72 cuadernos que recogen su grafomanía anfetamínica desde 1958 a 1962, “cuatro años de la gran felicidad”.  Durante quince años, del 57 al 72, Ferlosio estuvo dedicado casi exclusivamente a escribir y tomar anfetaminas.
Cofre con 72 cuadernos que recogen su grafomanía anfetamínica desde 1958 a 1962, “cuatro años de la gran felicidad”. Durante quince años, del 57 al 72, Ferlosio estuvo dedicado casi exclusivamente a escribir y tomar anfetaminas. 

El escritor cambia de hábitos y de domicilio, y comienza a interesarse por la historia, leyendo y escribiendo sin pausa. En los ochenta y noventa su firma va a estar presente en artículos de prensa y tribunas de opinión. Publicó varios libros y ganó algunos premios como el Nacional de Ensayo (1993) y el Ciudad de Barcelona (1994). Ya entrado el siglo xxi seguirá publicando, cuando las circunstancias económicas lo requieran, una pequeña parte de las miles de páginas que guarda. Tras ganar el premio Cervantes 2004, máximo galardón de las letras castellanas, recibió el premio Nacional de las Letras en el 2009 y la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes en el 2015.

En Diálogos con Ferlosio, el escritor rememora sus tiempos de enganche a las anfetaminas con nostalgia. En una conversación recuerda que junto a su amigo Agustín García Calvo vieron, debido al colocón, en las manchas de humedad de una tapia de Sevilla, un descendimiento de Cristo.

En una de las últimas entrevistas, fechada en 2011, el escritor recuerda con nostalgia su etapa de consumidor de anfetaminas: “Nunca me lo he pasado mejor que en aquel tiempo. Pero en los ochenta, los socialistas prohibieron la dexedrina. Eso me fastidió muchísimo. Probé el Katovit, la Coca-Cola. Y nada funcionó igual”.

Al final de su vida Ferlosio publicó libros de aforismos, que intituló “Pecios”, y de manera póstuma De algunos animales: bestiario ilustrado, donde pudimos conocer sus dotes para el dibujo, otra de sus aficiones.

Rafael Sánchez Ferlosio murió cuando comenzaba el mes de abril del año 2019, dejando cientos de cuadernos manuscritos que su viuda Demetria Chamorro planea entregar a la Biblioteca Nacional.

Rafael Sánchez Ferlosio murió cuando comenzaba el mes de abril del año 2019, dejando cientos de cuadernos manuscritos. El pasado mes de enero, el Ministerio de Cultura compró a su viuda Demetria Chamorro el legado del escritor por 350.000 euros, un fondo que será conservado por la Biblioteca Nacional y que supera los 1200 documentos entre cartas, fotos, dibujos y los citados cuadernos.

Relacionados

Cortázar, el perseguidor

Julio Cortázar (1914-1984), uno de los escritores más reconocidos del boom latinoamericano, habría cumplido este agosto ciento siete años. Junto a Borges, es el narrador argentino de mayor proyección internacional. Si en Rayuela persiguió el ideal...

La vida en otra parte

El poeta Antonio Orihuela (Moguer, 56 años) se ha torcido un tobillo y contesta por escrito a las preguntas. Acostumbrado a verlo como profesor de instituto en Mérida, viajando en BlaBlaCar o arengando con sus versos a las multitudes antisistema...

Inflamavle, cinco años publicando contracultura

Publican sin buscar beneficio económico alguno, editan lo que otras no quieren, imprimen y dan voz a las letras subalternas. El flamante encuentro literario de las autoras y autores de Inflamavle sirve de fondo a la entrevista con uno de sus editores...

Dum Dum Pacheco nos cuenta su vida

Mear sangre, la cotizada autobiografía de José Luis Pacheco, en la que boxeador madrileño repasa su azarosa vida ha sido reeditada. Desde su humilde infancia hasta su triunfo como deportista, sin olvidar su turbulenta adolescencia, su estancia en...