Una de las historias más extrañas –de las muchas que han circulado por estas páginas– es la de una secta australiana llamada La Gran Hermandad Blanca, o simplemente La Familia, fundada por Anne Hamilton-Byrne, una profesora de yoga que decía ser la reencarnación de Jesucristo y que tenía una enorme cantidad de adeptos poderosos. Gracias a ellos, tejió una red para secuestrar a niños recién nacidos, a quienes adoctrinaban y atiborraban de LSD. Esto, presuntamente, les abriría un portal para los ovnis, que vendrían a rescatarlos de una hecatombe nuclear. La Familia volvería luego a nuestro planeta para repoblarlo.
Hamilton-Byrne nació el año 1921 en un pequeño pueblo del estado de Victoria, y era la primogénita en una familia de clase obrera. Su madre decía poder hablar con los muertos, y le diagnosticaron esquizofrenia paranoide, por lo que pasó temporadas internada en sanatorios durante la infancia de Anne. Su padre, un veterano de la primera guerra mundial, la envió a diversos orfanatos, hasta que recaló en Melbourne, donde cumplió la mayoría de edad. Se casó joven, pero enviudó antes de que naciera su hija. De alguna manera que no está clara, Hamilton-Byrne descubrió el yoga, algo desconocido en la Australia de los años cincuenta. Se le daba bien y empezó a dar clases a mujeres de clase media, plantando la semilla para su futura secta.
En los años sesenta conoció a un psiquiatra y parapsicólogo muy reputado, Raynor Johnson, que había viajado a la India para estudiar misticismo oriental. Quedó prendado y se convirtió en uno de los principales reclutadores de adeptos para las clases de yoga de Hamilton-Byrne. Entre la gente que fichó había reputados integrantes de la comunidad científica de Melbourne. Johnson tenía una propiedad llamada Santiniketanen en las montañas de Dandenong, a las afueras de Melbourne, en donde se celebraban retiros espirituales y que con el tiempo sería la sede de La Familia.
Howard Whitaker fue uno de los primeros fichajes que hizo Johnson. Era un psiquiatra que investigaba el uso de drogas psicodélicas para tratar las enfermedades mentales. El consumo del LSD empezó a formar parte de los retiros espirituales, en donde Hamilton-Byrne les decía a sus alumnos que ella era la rencarnación de Jesús en la Tierra y que era una figura mística al nivel de Buda o Krishna. Les convenció y, entre otras cosas, se quedaba con el diez por ciento del ingreso de sus seguidores, con lo que adquirió propiedades en Londres y Nueva York y amasó una fortuna que le permitía vivir a todo trapo. Sus seguidores obedecían sus órdenes sin cuestionarlas –pensaban que eran dictados divinos–, a veces les pedía cometer fraudes y falsificaciones o cambiar de pareja y casarse con otra persona.
El grupo, en su apogeo, llegó a tener a unos quinientos integrantes. Lo que los hacía inusuales (además de todo lo descrito hasta ahora) era que sus integrantes no eran hippies, sino científicos y profesionales de clase media, educados, inteligentes y con carreras exitosas. Seguían a su lado a pesar de que las enseñanzas se hicieron cada vez más extrañas. Les convenció, por ejemplo, de que el mundo se iba a acabar y que tenían que crear una raza superior: antes del apocalipsis, vendría un ovni a salvar a la secta y los traerían de vuelta pasado el fin del mundo. La Familia tendría que reeducar a los sobrevivientes y reiniciar la civilización. Para cumplir esta misión se dedicó a adoptar niños, algunos hijos de integrantes de la secta, pero otros eran robados. Existía una red de integrantes de La Familia en el hospital en el que trabajaba Whitaker que se dedicaba a robar a niños y niñas de madres solteras. Las drogaban nada más daban a luz y al despertar les decían que su bebé había muerto en el parto. El bebé era después registrado como hijo de Hamilton-Byrne.
Una, grande y rubia
La familia de Hamilton-Bbyrne llegó a tener veintiocho niños. Todos eran rubio platino –o les teñían el pelo–, el mismo corte de pelo del Príncipe Valiente y la misma ropa (túnicas azules para los chicos y vestidos rosas para ellas). Las fotos muestran a todos los niños con un gesto inexpresivo y la mirada perdida. Según narra Sarah Moore, una de las sobrevivientes de la secta, en el documental El legado de una secta (en Filmin): “Hamilton-Byrne tenía una obsesión por crear niños perfectos con ropa impecable, cabello rubio bien peinado y sin expresión alguna de individualidad o rebeldía”.
"Sometían a los niños a terribles abusos para moldear su personalidad. Tenían que practicar yoga y meditación todos los días y seguir el libro de reglas (y castigos) redactado por Anne. Por desobedecer alguna orden les hacía escribir miles de líneas, recibir golpes con un cinturón o sumergirlos en agua hasta casi asfixiarlos"
Hamilton-Byrne les hacía creer que ella era su madre. Para “educarlos” reclutó a sus seguidores más fieles, a quienes hacía llamar tietas, que sometían a los niños a terribles abusos para moldear su personalidad a los gustos de su gurú. Tenían que practicar yoga y meditación todos los días y seguir al pie de la letra el libro de reglas (y castigos) que había redactado Anne. Por desobedecer alguna orden les hacía escribir miles de líneas, recibir golpes con un cinturón o sumergirlos en agua hasta casi asfixiarlos. Otras veces les obligaban a poner la mano sobre una vela encendida. Los castigos eran presenciados por otros niños y niñas para que escarmentaran.
Las tietas animaban a los niños y niñas a denunciarse por sus transgresiones, lo que generaba un ambiente paranóico entre ellos. Los sobrevivientes han narrado que cuando desarrollaban vínculos con otros les separaban. Anne y su marido viajaban mucho y casi no estaban con sus “hijos”. Sin embargo, hablaban con la casa a diario y exigían que los pusieran al teléfono para escuchar los castigos. Cuando volvían, los niños y niñas notaban que su “madre” se había hecho una nueva cirugía plástica (su gran afición, además del misticismo), y que disfrutaba golpeándoles con el tacón de aguja de sus zapatos.
Les daban Valium desde pequeños para garantizar su obediencia y que fueran receptivos a las enseñanzas de Hamilton-Byrne. Algunos de los sobrevivientes narran que de todo el Valium que tomaban les molestaba mucho la luz natural y apenas salían; en las fotos se les ve, además de rubios, increíblemente pálidos. Cuando llegaban a la adolescencia tenían un rito de iniciación con LSD que consistía en darles una elevada dosis y encerrarles en una habitación para enfrentarse a las alucinaciones.
La Familia, con sus niños secuestrados, pudo existir durante más de veinte años. En 1987 dos de las niñas escaparon de la propiedad y fueron a la policía a denunciarlo. Cien agentes realizaron una operación para rescatarlos, y terminaron en manos de Servicios Sociales; llevó muchos años poder trazar los orígenes de muchos. Hamilton-Byrne huyó a Estados Unidos y se ocultó en la región montañosa de Catskill, en el estado de Nueva York, desde donde siguió dirigiendo la secta. Estuvo prófuga hasta 1993, cuando las autoridades la detuvieron y deportaron a Australia.
A pesar de la brutalidad de sus crímenes, la gurú no fue juzgada, en parte porque las autoridades no tenían evidencia física y porque dudaban de la capacidad de los niños de testificar en un juicio. La condenaron a una multa de cinco mil dólares australianos y vivió el resto de sus días apaciblemente en su propiedad, disfrutando de su fortuna, hasta su muerte, en el 2019, a los noventa y siete años. Según los documentalistas, La Familia sigue existiendo y tienen a entre treinta y cuarenta personas viviendo en las montañas de Dandenong.