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El cactus que tuvo que esconderse tras los santos

Peyote, el cactus que tuvo que esconderse tras los santos

Ilustración de Lophophora Williamsii por Coulter, publicado en Curtis's Botanical Magazine (1847).

Un manuscrito reaparecido en una subasta de Bogotá revela cómo el peyote sobrevivió a la persecución de la Inquisición ocultándose detrás de nombres y símbolos cristianos. La historia parece sacada de una novela, aunque comenzó hace más de cuatro siglos.

Nadie sabía muy bien qué hacía aquel manuscrito del siglo XVII en una subasta de Bogotá. Sin sellos ni marcas de antiguos propietarios, sus doce páginas no ofrecían pistas suficientes para reconstruir el camino seguido desde México hasta una colección privada colombiana. La caligrafía, sin embargo, continuaba legible sobre el papel amarillento.

Al comenzar a estudiarlo, los especialistas encontraron algo más que un informe antiguo. El documento contaba la historia de un pequeño cactus que preocupaba a la Inquisición no tanto por sus efectos como por las creencias que seguían creciendo a su alrededor.

Firmado por Juan de Salcedo, rector de la Real y Pontificia Universidad de México y consultor del Santo Oficio, el manuscrito respondía a un encargo recibido en 1619 para examinar el peyote. Indígenas, mestizos, españoles y población negra de Nueva España lo utilizaban con fines terapéuticos, ceremoniales y adivinatorios.

Más que describir la planta desde la botánica, Salcedo debía evaluar las prácticas relacionadas con su consumo. El problema para el clero era que aquellas ceremonias mantenían vivas formas de entender el mundo que la evangelización no había conseguido desplazar.

Un año después, el 9 de junio de 1620, la Inquisición prohibió el peyote y ordenó exhibir el edicto en las puertas de iglesias y conventos de Nueva España, Nueva Galicia, Guatemala, Nicaragua, Yucatán, Verapaz, Honduras y Filipinas. Entre los territorios alcanzados por el veto figuraban incluso algunos donde el cactus ni siquiera crecía.

Pese a la prohibición, el peyote siguió circulando. Según el filósofo mexicano Osiris Sinuhé González Romero, algunas comunidades incorporaron nombres e imágenes católicas para proteger sus prácticas y reducir la atención de las autoridades.

Así, el cactus quedó asociado con el Niño Jesús y la Santísima Trinidad y recibió nombres como Santa María, Santa Rosa, San Pedro o San Nicolás. En ocasiones, estas denominaciones funcionaban como un disfraz; en otras, terminaron integrándose a nuevas formas de sincretismo religioso.

Convertido en una especie de polizón espiritual, el peyote continuó viajando bajo la apariencia de vírgenes y santos reconocibles para el poder colonial. Su historia recuerda otros procesos en los que los saberes psicodélicos fueron borrados por los relatos dominantes.

Cuatro siglos después, la reaparición del manuscrito no resuelve todos los misterios de aquel recorrido, pero sí permite entender cómo una planta perseguida consiguió sobrevivir: cambiando de nombre, mezclándose con los santos y escondiéndose a plena vista.

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