Oskar Ayerdi, coordinador del Plan de Sida e Infecciones de Transmisión Sexual de Osakidetza, sostiene que el chemsex aparece con mayor frecuencia en la atención a hombres que tienen sexo con hombres. El término describe el uso intencionado de sustancias durante encuentros sexuales para desinhibirse, intensificar sensaciones o prolongar las sesiones. No abarca cualquier relación entre sexo y drogas ni autoriza a convertir a todo un colectivo en población de riesgo. La definición también importa porque una categoría demasiado amplia confundiría prácticas distintas y reforzaría precisamente el estigma que la respuesta sanitaria intenta evitar.
La falta de datos locales impide calcular su prevalencia o hablar de una epidemia en Bizkaia. Los equipos sí atienden consultas relacionadas con GHB, mefedrona, metanfetamina y poppers, a menudo combinados, junto con dificultades para mantener medidas de protección cuando los encuentros se prolongan durante horas. El abordaje se sitúa así en los daños observados y no en cifras que todavía no pueden sostenerse.
Las infecciones de transmisión sexual son solo una parte del problema. Los centros trabajan con Salud Mental para valorar si el consumo afecta el estado emocional, el empleo, la economía o las relaciones. También vigilan la inyección de sustancias –conocida como slam–, que Ayerdi describe como minoritaria, pero asociada a dependencia, lesiones cutáneas y transmisión de hepatitis C cuando se comparte material.
El psicólogo Julen Urrutia sitúa el acompañamiento en un contexto donde pueden pesar la homofobia, el estigma o la búsqueda de pertenencia. El trabajo sanitario también incorpora el consentimiento como un proceso continuo, especialmente cuando alguna persona pierde capacidad para decidir. Esa mirada se acerca a dispositivos capaces de detectar tendencias sin criminalizar a las personas usuarias.
El reportaje de Deia, retomado por lasDrogas.info, no ofrece una cifra sobre la dimensión del chemsex, sino el retrato de una respuesta pública que escucha antes de etiquetar. Osakidetza propone coordinar salud sexual, adicciones y salud mental mientras reúne mejores datos sobre el fenómeno. En un terreno donde el estigma puede empujar el consumo fuera de la vista, acompañar permite que los daños aparezcan antes de volverse silencio.