La cultura convertida en industria
Ilustración: Julio Fuentes

La cultura convertida en industria

Este artículo se publicó originalmente en el número 265 de la revista Cáñamo España

En los últimos años, la industria cannábica norteamericana ha ejercido una notable influencia en el mundo cannábico europeo en general, y en el español, en particular. La propuesta de modelo que nos llega desde el otro lado del Atlántico, protagonizado por grandes corporaciones industriales y centrado en el negocio, ha comportado un vuelco del modelo clásico español, caracterizado por sus valores cooperativistas y altermundistas. Tenemos infinidad de evidencias de que la industria depredadora norteamericana quiere situarse estratégicamente en el mercado español a la espera de la legalización. Un dominio de empresas con valores plutócratas, capitalistas y de máximo rendimiento al menor coste supondría liquidar la cultura cannábica española para convertir el cannabis en un producto de consumo más.

El muro de la prohibición

En el número de noviembre de Cáñamo, Steve DeAngelo nos explicaba que una vez en California han conseguido legalizar el cannabis, la legalización en el mundo entero correrá como la pólvora y será una realidad en pocos años. Sus argumentos para defender semejante aseveración son dos. El primero, considera que California siempre ha sido el laboratorio del futuro y que marca las tendencias, primero en Estados Unidos y luego en el resto del mundo. Ponía como ejemplos el skateaboard, los ordenadores personales, el yoga, el veganismo, entre otros. Reconozco que California ha marcado tendencia en la lógica de la sociedad de consumo, pero le planteé serias dudas de su capacidad de influencia en un aspecto netamente político. Entonces me esgrimió el segundo argumento, Estados Unidos, y concretamente California, dispone de una industria cannábica tan potente que posee el poder de catalizar la legalización en cualquier parte del mundo. Según su parecer, debemos dejar paso a la industria americana, business friendly, para que la legalización sea una realidad. Así, sin más.

Este argumentario, más allá de rezumar cierto chovinismo trasnochado, desde la tradición cannábica española me parece un ataque frontal a los valores centrados en la cooperación, la solidaridad y el “vive y deja vivir”. El modelo liderado por una industria de corte taylorista, cuya finalidad es ganar el máximo dinero posible, deja en un discreto segundo plano algunos valores necesarios para el correcto desarrollo de las sociedades humanas. En consecuencia, como es lógico, desmiembra la cultura cannábica. Steve DeAngelo también es crítico con el modelo implementado en Florida en que unas pocas empresas se han repartido el pastel del mercado del cannabis medicinal. O con los lobbies que han conseguido que en Illinois se haya legalizado el cannabis medicinal pero esté prohibido el autocultivo, y tengan la misma intención para Nueva York.

Pero más allá de denunciar el abuso de la industria, me costó entender por qué España, con una larga y rica tradición cannábica, necesitaba de la industria de corte norteamericano. Aquí ya sabemos cómo legalizar el cannabis para implementar nuestro modelo que ya opera en la zona gris. Sea como sea, no veo por qué necesitamos una industria que es gestionada por señores trajeados, formados en las más prestigiosas escuelas de negocios y que están en el sector del cannabis como podrían ejercer en la industria de las bebidas azucaradas, porque desconocen por completo la cultura del cannabis. Ante mis dudas de por qué España necesita la industria multinacional del cannabis, Steve me contestó: “Porque si no permitimos que lo haga la industria, ellos no permitirán que nosotros existamos”. Un análisis crudo, pero a la vez lúcido, que nos evidencia el statu quo y el poder de la industria. Y que viene a decir, o tal vez así lo interpreto: hay que dejar hacer a la industria del cannabis, mientras, los alternativos, si queremos existir, nos debemos consolar con las migajas.

¿De la cultura cannábica al ‘business’ cannábico?

Creo que todos perdemos si implementamos en España un modelo laissez faire a la americana. No cabe duda de que la cultura cannábica española ha evolucionado al albur de la clandestinidad y la zona gris. Pero también es una realidad que el escenario de la transición, cuando las primeras voces pidieron la legalización del cannabis, no es comparable con el actual. La cultura cannábica española tiene diferentes prismas y resortes, pero hasta que, por allá en el 2012, se produjese el boom de los clubes sociales de cannabis, los valores de tal cultura ponían en el centro a las personas, con sus necesidades, sus derechos y sus posibilidades. La dimensión económica no solo era secundaria, sino que era casi inexistente, como recuerda Jaime Prats cuando apunta que durante años la gente que plantaba marihuana la compartía y regalaba a sus amigos y conocidos, sin intercambio monetario alguno. La edad ácrata de la cultura cannábica terminó cuando algunos avispados vieron en el modelo cooperativo de los clubes sociales una oportunidad para hacerse de oro. La resignificación del modelo cooperativo al modelo comercial llamó la atención de inversores extranjeros que querían hacer dinero a costa del cannabis. Desde entonces nos sabemos bien la historia: el cannabis, convertido en producto de consumo y como oportunidad para hacer negocio.

La historia cannábica española es notablemente diferente a la de otros puntos del mundo, muy especialmente a la americana, pero la lógica de cómo se hacen los negocios en el contexto de la globalización hace que la tradición sociocultural de un país pierda cualquier valor a la hora de ganar dinero. En los últimos años hemos visto aterrizar en nuestro país empresas que buscan acomodarse en el mercado español ante la (supuesta) inminente legalización. Algunos han llegado con un gran impacto mediático, como, por ejemplo, el anunciado a bombo y platillo Hospital de Cannabis Medicinal de Almería. Otros con mayor sigilo. Pero todos con una mentalidad a la que poco le importa la cultura cannábica española. Todo este desarrollo de la industria cannábica capitalista tendrá unas consecuencias inciertas. A mi parecer, podemos vislumbrar dos: un aumento del precio del cannabis y sus derivados, así como un modelo de producción industrial que no tenga en cuenta las necesidades del campo español ni la urgencia de empleo de personas en paro.

La cultura convertida en industria

No seamos incautos

Algunas voces, a mi parecer un poco incautas, alaban el modelo americano porque ofrece una gran variedad de productos, respeta las libertades individuales y genera un volumen de negocio nada desdeñable. En términos económicos el modelo es rentable, pero solo para unos pocos. Por ejemplo, hemos visto como en California a los cultivadores autónomos les resultaba imposible acceder a una licencia porque los precios de una de estas eran tan elevados que solo las grandes corporaciones podían comprarlas. El sesgo sobre las bondades del modelo americano también lo detectamos cuando algunos cráneos privilegiados reclaman la legalización en España porque disponemos de un clima excelente para cultivar marihuana. Interpretan torticeramente que las indulgentes temperaturas convertirían a España en la punta de lanza de la industria cannábica mundial.

En ocasiones no se ahorran la comparativa con el sector del vino. No vale comparación alguna. En Estados Unidos, la demanda de vino es superior a la oferta nacional, por tanto, es un buen mercado para un país exportador de vino como España. Canadá es un desierto vitícolamente hablando, al año solo produce poco más de medio millón de hectolitros, mientras que España vendimia casi cuarenta millones, y con un consumo de cuatro millones y medio debe importar los otros cuatro millones de hectolitros que requieren para satisfacer su demanda interna, es decir, un nicho de negocio buenísimo para la industria vitícola española. En el caso del cannabis, la producción norteamericana supera con creces la española y puede abastecer el mercado interior sin problemas. En relación con la calidad, las variedades y las denominaciones de origen españolas producen unos caldos imposibles de obtener y apreciados por el bebedor norteamericano. Pero en el cannabis, no nos engañemos, la industria española no está en posición de competir con la industria norteamericana por muy buen clima y mucho solecito que tenga España. No niego que algún producto delicatesen cannábico o alguna variedad gourmet made in Spain pueda ganar adeptos entre la clientela americana, pero el volumen de negocio sería anecdótico. O también la industria del cannabis española podría optar por ganar mercado a costa de ofrecer cannabis a precios extremadamente bajos, como así se da en las exportaciones de vino español, pero intuimos que tampoco podría competir con el cannabis americano porque la legalización hace que la marihuana sea cada día más barata.

Todo es posible en la lógica del comercio. Pero, a la vista del desarrollo de la industria americana, considero extremadamente más factible que esta fagocite el mercado en España que el cannabis español gane adeptos en Estados Unidos. Precisaremos de un largo periodo de tiempo y mucho trabajo comercial para que, hipotéticamente, los productos cannábicos españoles ocupen un nicho de negocio en el mercado americano, y tal y como evoluciona la industria americana, lo veo bastante improbable. En estos momentos solo podemos perder. No es comprable la realidad española con la americana; como diría Jules en Pulp Fiction, interpretado por Samuel L. Jackson: “No estamos hablando de la misma categoría; es que no es ni el mismo deporte”.

A mi parecer, debemos olvidarnos de seguir los pasos de la industria norteamericana. Debemos protegernos de sus abusos. España debe legalizar el cannabis respetando el modelo de clubes sociales de cannabis (netamente cooperativistas), autocultivo y venta comercial de corte cooperativo y con vistas a potenciar un mejor reparto de la riqueza y dinamizar las zonas rurales vaciadas. La legalización del cannabis en España es una oportunidad para hacer un país más justo; si seguimos a los americanos, solo conseguiremos acrecentar la desigualdad social.

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