Carl Hart
Fotos: Anna Achón

Dr. Hart, las drogas y la Santa Inquisición

Núria Calzada y Marc Grifell Guàrdia
Este artículo se publicó originalmente en el número 254 de la revista Cáñamo España

Con el fin de aclarar algunos de los malentendidos en el debate que surgió, Núria Calzada, coordinadora de Energy Control, y el psiquiatra Marc Grifell Guàrdia, del Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas, escribieron este texto con el fin de que fuese publicado en La Vanguardia, hecho que no llegó a suceder. Ante el silencio por parte del periódico hemos decidido publicarlo en nuestras páginas. 

Carl Hart, el director del Departamento de Psicología de la Universidad de Columbia y autor de referencia mundial en la investigación neurocientífica sobre drogas, pasó por la contraportada del diario La Vanguardia como un vendaval. Muchas y adversas fueron las reacciones ante su discurso libre de prejuicios y basado en la evidencia científica.

Sus respuestas en “La Contra” al periodista Víctor Lamela eran sin duda un ejemplo de en qué consiste salir del armario psicoactivo, y la contestación que siguió por parte del periodista Suso Pérez y de algunos lectores mostró hasta qué punto el discurso prohibicionista sigue lamentablemente vigente en el imaginario colectivo. Con el fin de aclarar algunos de los malentendidos en el debate que surgió, Núria Calzada, coordinadora de Energy Control, y el psiquiatra Marc Grifell Guàrdia, del Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas, escribieron este texto con el fin de que fuese publicado en La Vanguardia, hecho que no llegó a suceder. Ante el silencio por parte del periódico hemos decidido publicarlo en nuestras páginas. 

Galileo fue condenado por la Santa Inquisición por “sospecha grave de herejía” al hacer afirmaciones basadas en observaciones y experimentos científicos que entraban en conflicto con el dogma establecido y considerándose, cuando menos, una ofensa a la fe. Del mismo modo, el Dr. Carl Hart también ha sido condenado tras su entrevista en “La Contra” (“El peligro de todas las drogas es tu ignorancia”, 16 de noviembre de 2018). El director del Departamento de Psicología de la Universidad de Columbia (Nueva York), con un discurso rigurosamente basado en la ciencia, aunque minoritario y, por ello, controvertido y polémico, ha levantado como Galileo sospechas de herejía. Y es que, en ciencia, la verdad no se debería decidir por aplausos, sino por métodos y datos, por incómoda, sorprendente o controvertida que resulte. 

Las reacciones a la entrevista muestran la habitual confusión entre consumo y adicción. La propia Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDC) expone en su último Informe Global sobre Drogas 2018 que, en todo el mundo, unos 275 millones de personas han tomado drogas alguna vez en el último año y que, de ellas, un 11% (unos 30,5 millones de personas) sufren de problemas derivados o asociados al consumo. Esto nos ha de llevar a reconocer la existencia de un consumo no problemático de drogas como el cannabis, la cocaína o cualquier otra sustancia que, a la vez, no minimiza en absoluto el problema que existe con las adicciones, ni convierte al Dr. Hart en “defensor del uso libre de las drogas”, como se apunta en el artículo de opinión “Adicciones”, de Suso Pérez, en La Vanguardia (25 de noviembre de 2018). El Dr. Hart aporta matices a un discurso oficial (“las drogas son malas”) excesivamente simplista que no rinde cuentas de un fenómeno tan complejo y dinámico como el que nos ocupa.

Lamentablemente, desafiar el discurso oficial tiene un precio alto al ser interpretado erróneamente por la sociedad como apología o proselitismo de las drogas. No en vano es el título de uno de sus libros: High price: A neuroscientist’s journey of selfdiscovery that challenges everything you know about drugs and society (‘Un alto precio: el viaje de un neurocientífico que desafía todo lo que sabemos sobre drogas y sociedad’). 

Núria Calzada y Carl Hart

Otro aspecto a destacar es la creencia de que mediante la prohibición de las drogas se salvaguarda la salud pública. John Ehrlichman, asesor de Richard Nixon, quien intensificó la conocida guerra contras las drogas en los setenta, admitió años más tarde que la guerra escondía otros intereses ocultos y resultó ser la excusa perfecta para luchar contra los hippies y la comunidad negra. Una guerra que asumieron que estaba basada en mentiras y que, tras miles de millones invertidos, ha dejado y sigue dejando hoy en día miles de víctimas. 

Más allá de intereses ocultos en política, estudios recientes de David Nutt, quien fuera asesor del gobierno británico y actualmente presidente del Colegio Europeo de Neuropsicofarmacología, apuntan al alcohol como una de las drogas de mayor peligrosidad (D.J. Nutt, L.A. King y L.D. Phillips, del Independent Scientific Committee on Drugs: “Drug harms in the UK: a multicriteria decision analysis”, en The Lancet, vol. 376, n.º 9752, pp. 1558-65, noviembre del 2010). Si la prohibición de una sustancia estuviera basada en evidencias científicas y en la salvaguarda de la salud pública, el alcohol debería estar prohibido. Y lo estuvo durante la “ley seca” en Estados Unidos (1920-1933), hasta que se derogó al quedar manifiesto que fue mucho peor el remedio que la enfermedad. Cabe destacar que el autor del estudio, tras una publicación (D. Nutt, L.A. King, W. Saulsbury, C. Blakemore: “Development of a rational scale to assess the harm of drugs of potential misuse”, en The Lancet, vol. 369, n.º 9566, pp. 1047-1053, 24 de marzo de 2007) en una de las revistas de mayor prestigio e impacto internacional, también fue víctima de la Inquisición y fue despedido de su trabajo como asesor del gobierno británico, lo que le llevó a la fundación del Independent Scientific Committee on Drugs (http://www.drugscience.org.uk). 

En efecto, son muchos los ejemplos que muestran cómo en política de drogas la moral y la ideología prevalecen sobre la ciencia. Afortunadamente, hay científicos como Hart y Nutt que desafían y cuestionan el statu quo, permitiendo los grandes avances en la ciencia como en su día hizo Galileo. 

Es hora de ser críticos y de reorientar el debate. Dejemos ya de pensar que las drogas están prohibidas porque son peligrosas y empecemos a pensar que son especialmente peligrosas precisamente porque están prohibidas. Y aunque en su inicio pudiéramos pensar que la prohibición y el enfoque punitivo era una estrategia legítima para lograr un “mundo libre de drogas”, hoy en día sabemos que no ha logrado sus dos objetivos principales: disminuir el consumo y la oferta de drogas, a la vez que ha empeorado, y mucho, la situación en materia de salud, derechos humanos, desarrollo y seguridad, tal y como apunta el reciente informe “Balance de una década de políticas de drogas. Informe sombra de la sociedad civil”, presentado por el International Drug Policy Consortium (una red mundial integrada por 177 ONG). Este informe, en consonancia con muchos otros, deja patente, al igual que la “ley seca”, que los males han sido mucho mayores que los que en su inicio se pretendía prevenir. 

Nos consuela pensar que, en un futuro, esperamos que no muy lejano, miraremos atrás y veremos la actual política de drogas como vemos hoy en día la Santa Inquisición: una auténtica barbarie.