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Una ciudad muy verde donde apenas crece la hierba

Porque tiendo a olvidar lo malo, o porque soy medio idiota, a veces me sorprendo a mí mismo descubriendo, por enésima vez, que la situación de las drogas en Europa varía de manera radical al otro lado de los Pirineos. Pero no por eso vamos a dejar de viajar. Suecia tiene una de las legislaciones más restrictivas de Europa en materia de drogas; por otra parte, no puedo sino recomendar este país por muchas otras razones. Y si el viaje en avión no es el único que quieres hacer durante tus vacaciones en la región escandinava, te interesará conocer algunas claves para echarte a la boca algo que fumar en Gotemburgo.

Porque tiendo a olvidar lo malo, o porque soy medio idiota, a veces me sorprendo a mí mismo descubriendo, por enésima vez, que la situación de las drogas en Europa varía de manera radical al otro lado de los Pirineos. Pero no por eso vamos a dejar de viajar. Suecia tiene una de las legislaciones más restrictivas de Europa en materia de drogas; por otra parte, no puedo sino recomendar este país por muchas otras razones. Y si el viaje en avión no es el único que quieres hacer durante tus vacaciones en la región escandinava, te interesará conocer algunas claves para echarte a la boca algo que fumar en Gotemburgo.

La quinta parte del alcohol que se consume en Suecia (la mitad, si sólo se tienen en cuenta los destilados) entra por el mar Báltico, según los datos que maneja el Consejo Sueco para la Información sobre el Alcohol y otras Drogas. Cada año se venden al menos 250.000 billetes de ferry para ir de Gotemburgo a Dinamarca y volver en el mismo día; un viaje que, en la mayoría de los casos, tiene como única finalidad el abastecimiento de alcohol a precios reducidos. Cuando el barco entra en territorio marítimo danés, una campana avisa a los pasajeros de que ya pueden comprar en la tienda de a bordo. El Estado sueco ejerce un fuerte control sobre la venta de brebajes alcohólicos con una graduación superior a los 3,5 %: además de gravar escandalosamente su precio, restringe su distribución a una única cadena de establecimientos, que abren de 10 a 19 horas todos los días, excepto el fin de semana, que cierran a las 15 horas del sábado y no vuelven a abrir hasta el lunes por la mañana. Creo que esto servirá como aperitivo para ir entendiendo el tipo de políticas de drogas que imperan en este país.

Gotemburgo (Göteborg, en el idioma local) es una ciudad fundada por el rey Gustav II Adolf hace casi cuatrocientos años, en una época —hoy impensable— en la que los reyes luchaban en las guerras que habían decidido iniciar. No sabemos qué pensaba el bueno de Gustav acerca del cannabis, pero sobre el tabaco dejó claro que «nada hay en el mundo tan aborrecible como ese humo, a excepción de la lengua alemana» (Escohotado). Caído en combate durante el transcurso de una batalla de la Guerra de los Treinta Años, sigue presente en esta ciudad gracias a la estatua que levantaron en su honor, alrededor de la cual se extiende una plaza bastante concurrida y en la que difícilmente se podrá divisar u oler un mísero canuto.

El ferry sueco Stena Line
Barco de Stena Line, el principal operador de los servicios de ferry que muchos suecos utilizan para cruzar el estrecho de Kattegat en busca de alcohol a precios más asequibles. | Max Stolbinsky.

Una legislación draconiana al servicio de «una sociedad libre de drogas»

El primero que clasificó el cáñamo fue el botánico sueco Carl Linnaeus, quien consideró en 1753 que el género Cannabis sólo tenía una especie, que denominó Cannabis sativa L. (en referencia a su apellido). Y no parece que Suecia esté dispuesta a aportar mucho más al respecto. Las cifras del Informe Europeo de Drogas 2017 (publicado por el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías) ofrecen una imagen bastante certera de la relación existente entre la sociedad sueca y las drogas: el consumo de cannabis en el último mes entre estudiantes de 15 y 16 años ronda el 2 %, una de las tasas más bajas en una Europa cuya media se sitúa en torno al 8 %. La prevalencia de uso de cannabis alguna vez en la vida entre la población adulta (16-64 años) es de 14,7 %, y para los adultos jóvenes (16-34 años) en el último año la cifra se reduce hasta un 7,3 %.

En las 8897 incautaciones de hachís que se llevaron a cabo en Suecia a lo largo de 2015, se aprehendieron 1065 kilogramos (una cifra similar a lo que se incauta en España sólo en un día). Para la marihuana, la cifra de incautaciones perpetradas fue de 9619, entre las que juntaron un total de 1054 kilogramos. Suecia no se queda atrás en todo: aquí se interviene mayor cantidad de anfetamina que en España.

Las restrictivas políticas de drogas cuentan con el apoyo generalizado de la sociedad. Aquí, el uso de sustancias psicoactivas no está bien visto, lo que se podría considerar un éxito de su política, orientada a restringir la oferta y la demanda al máximo. Su distópico objetivo: una sociedad libre de drogas. Pero eso ya le viene un poco grande. Mientras tanto, en la otra cara de la moneda está el poco interés prestado a las diferentes estrategias de reducción de daños, a las que se le da una cobertura ridícula. Quizá por eso Suecia comparte podio con Estonia en el vergonzoso ranking de países con mayor número de muertes por sobredosis por cada millón de habitantes: 100, en el caso de Suecia, frente a la cifra de 15 que arroja España (la media de la Unión Europea se sitúa en 21,3).

En Suecia se castiga el uso y la posesión de hasta cincuenta gramos de cannabis con penas de cárcel que pueden llegar a los seis meses (SFS 1968:64), aunque en la práctica suelen sustituirse por una multa. Para verificar si un individuo ha consumido drogas, la policía puede practicarle un análisis si lo estima oportuno (no es necesario que el usuario esté conduciendo un vehículo, ni desempeñando ninguna actividad que entrañe un riesgo potencial). Cuando la cantidad encontrada supera los cincuenta y un gramos (y siempre que esté por debajo de los dos kilos), la legislación contempla penas de hasta tres años. Cantidades mayores u otros delitos más graves podrían elevar esas cifras hasta los siete o diez años. Desde un punto de vista legal, no se establece diferencia alguna entre el cannabis y cualquier otra droga ilegal. De los 94.035 delitos de drogas contabilizados en 2015, el 90 % corresponde a uso o posesión.

Haga, el primer suburbio de la ciudad
Haga, el primer suburbio de la ciudad, se convirtió en hogar de la clase obrera a mediados del siglo XIX. Abandonado por el declive de la industria marítima, la zona se fue degradando hasta que en los 60 se aprobó un plan de demolición, que acabó paralizado por la presión vecinal. La rehabilitación del distrito dio comienzo a un proceso de gentrificación que ha hecho de Haga un barrio de moda, frecuentado por locales y turistas. | Göran Höglund

 

Demasiado impecable para un estudiante Erasmus

A pesar de que Suecia es de los pocos países que oferta becas Erasmus para pasar uno o dos semestres en una universidad privada que goza de muy buena reputación, el porcentaje de estudiantes españoles que solicitan este destino en comparación con otros países es bastante bajo. Los universitarios prefieren asentarse en el este de Europa, donde se puede vivir con 200 euros al mes y los profesores son menos exigentes. La Universidad de Chalmers supone un entorno burbuja en el que abunda la gente guapa, estudiantes autóctonos y de importación (principalmente, europeos y asiáticos) con expedientes inmaculados.

Encontré un contrapunto a aquello cuando alquilé una habitación a las afueras del centro, en un barrio mayormente poblado por inmigrantes como yo; que aún no tengo claro si soy de los que vienen a robarle el trabajo a los suecos o de los que llegaron con una maleta cargada de sueños para labrarse un futuro en el extranjero. Un bar a menos de tres minutos del portal convirtió mi piso en habitable.

En Suecia se castiga el uso y la posesión de hasta cincuenta gramos de cannabis con penas de cárcel que pueden llegar a los seis meses, aunque en la práctica suelen sustituirse por una multa.

Fue en ese bar donde conocí a un man colombiano y a su pareja serbia; a una entrañable señora que veranea en Guardamar del Segura; a un sueco que insiste en que él no es un «sueco habitual»; a un boliviano con el que comparto nombre y día y mes de nacimiento, además de cerveza y tequila en abundancia, que suele llevarnos a Raphael y Julio Iglesias; a unos cuantos alcohólicos por mérito propio y, en general, a una nutrida plantilla de personajes de lo más diverso. Es lo que tienen los bares. El contacto con la gente local, claro está, fue lo que más me facilitó el aprovisionamiento. Yo quizá me había traído algo de España y puede que algún que otro amigo se prestase a enviarme droguita por correspondencia, pero todo eso exige una planificación que no estaba dispuesto a llevar a cabo durante diez meses. Y, en fin, conviene apoyar el comercio local, ya que estamos.

La cocaína se vende en bolsitas transparentes con cierre hermético, a razón de 700-1000 coronas (entre 67 y 96 euros) el pollo. Siempre espolvoreada por completo y sin apenas desprender su olor característico. Definitivamente, una pérdida de dinero. El que guste de estimulantes quizás encuentre más atractiva la anfeta, que se asemeja mucho más a lo que uno conoce y está disponible a 200 coronas el chisme (19 euros, en la línea de los precios a los que se pule en varias ciudades españolas). A cuenta del colega colombiano me fumé mi primer peta en Suecia, cuyo precio, de haberlo pagado, habría sido de unas 500 coronas por cinco gramos de hierba decente (unos 10 euros el gramo). El hachís se oferta al mismo precio, y ninguno de los dos derivados cannábicos debería valernos más de 120 coronas por gramo.

De no haber parado por aquel bareto habría tardado al menos tres semanas en escuchar a un autóctono hablando de cannabis o drogas en general, a pesar de que atacaba el tema cuando encontraba oportunidad. El primer día que pisé mi universidad me vi, como a punto de empezar un chiste, acompañado por un griego y un italiano, interrogando a un portugués de segundo año para solucionar las primeras dudas que nos surgieron a los del Mediterráneo: si es posible beber en la calle, cómo de fácil es colarse en el tranvía y… drogas, también. La respuesta fue bastante categórica: aquí, el que fuma un porro es un despojo, al menos a ojos de la sociedad que nos acoge. Y cuesta encontrar gente que reconozca que fuma. En otro bar coincidí con un tipo que rondaba los 35 y que me contaba que, en Suecia, los petillas son mala cosa. Él vivía en la misma calle del bar, de manera que cuando le apetecía, se subía a casa a fumar uno. Me decía que su entorno había terminado por entenderlo, después de comprobar que no se había convertido en un desecho social. Para muchos, en este país, el concepto de fumeta encuentra su equivalente en España en un heroinómano de los de toda la vida, de los de manga larga aunque caliente el sol y pupila imperceptible.

Estación Central de Gotemburg
La Estación Central de Gotemburgo y sus alrededores (Nordstan, Brunnsparken) concentra buena parte del trapicheo que se da en el centro de la ciudad. Una vez allí, que cada uno aplique su instinto y experiencia. Una pista: no serán suecos.

Buscando algo que echarse a los pulmones

A pesar de que el escenario no es el más favorable, quiero recordar una obviedad: aquí hay gente que fuma petas. Si bien el consumo en la vía pública parece virtualmente erradicado, la yerba siempre se abre paso y encuentra la forma de ser disfrutada. En la calle Andra Långgatan, muy frecuentada por universitarios cualquier día por la tarde (debido a sus precios económicos), es posible que a uno le ofrezcan, discretamente, algo que fumar. Normalmente, la oferta vendrá por parte de uno o varios inmigrantes, que tras un tanteo inicial consistente en pedir papel, ofrecerán el tema. Y si nadie nos pone ojitos, tocará iniciar el proceso por uno mismo.

La estación central, especialmente por la noche, también es un buen sitio donde buscar, así como Nordstan, Vasaparken y Kungsparken. En las afueras de la ciudad, las zonas con oferta son Frölunda, Kortedala, Majorna y Partille. Nunca he tenido la necesidad de comprar en la calle, pero aplicando las precauciones necesarias, no debería haber problema. Aunque personalmente, cuando aterrizo en una ciudad desconocida, prefiero irme a un bar, mezclarme con la gente y dejar que el tema vaya saliendo a medida que avanza la conversación.

La alternativa de la importación

Traer la droguita desde otro país es una decisión personal, y cada uno tiene sus propios métodos, pero es preciso tener en cuenta que en caso de ser descubierto, se aplicará la legislación arriba explicada. Los envíos postales (a uno mismo, o haciendo un pedido en la deep web) pasan controles más estrictos que en otros países, especialmente cuando vienen del extranjero; localizar un proveedor doméstico en la deep puede ser una buena opción. Pero en el peor de los casos, el sobre será incautado en Aduanas, desde donde remitirán una carta al destinatario en la que le explicarán amablemente que han interceptado un envío de drogas a su nombre, y que tiene la posibilidad de pasar a recogerlas en tal dirección (it’s a trap!):

«La oficina de aduanas ha incautado un envío desde el extranjero, con usted como destinatario, que contiene drogas. [...] La sospecha de delito de contrabando [...] se considera de poca importancia. [...] Póngase en contacto con la Oficina de Aduanas y aporte información sobre el envío y los bienes incautados. De lo contrario, [...] serán confiscados.»

Todos estos impedimentos son los que motivan a muchos turistas, aprovechando la cercanía, a coger el tren que lleva hasta Copenhague y así pasarse por la calle Pusher (que significa camello o traficante en inglés coloquial), en la ciudad libre de Christiania, donde el rango de precios oscila entre 70 y 120 coronas danesas (9-16 euros) por gramo. También se pueden encontrar galletas y muffins cannábicos por unos 5 euros.

Jardines, islas y parque de atracciones

En caso de que el intrépido lector consiga aprovisionar o transportar la cantidad de cannabis necesaria para hacerse un porro, le propongo dos posibles escenarios en los que disfrutarlo de manera relajada: en primer lugar, el Jardín Botánico, que contiene más de 16.000 especies de plantas a lo largo y ancho de sus 174 hectáreas, y está situado muy cerca de un zoológico. Por otra parte, cabe la posibilidad de organizar una excursión a algunas de las islas que componen el archipiélago de Gotemburgo, entre las que destacaría Brännö y Vrångö. Aunque si no es tranquilidad lo que se busca, podría resultar interesante visitar el Parque Lisberg, que cuenta con varias montañas rusas, atracciones de agua, coches de choque, restaurantes y bares.

Jardín botánico de Luxemburgo
El Jardín Botánico de Gotemburgo, especialmente durante el verano, parece lo suficientemente grande como para apartarse un poco, tumbarse en el césped y disfrutar del verde.

 

Fotos

Pasi Mämmelä
Max Stolbinsky
Göran Höglund
Maria Eklind
Blondinrikard Fröberg

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #246

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