Cambio climático y crisis vírica
Ilustraciones de Martín Elfman

Cambio climático y crisis vírica

Este artículo se publicó originalmente en el número 271 de la revista Cáñamo España

El 22 de abril de 1970 se celebró por primera vez el Día de la Tierra. (Quizás el cincuenta por ciento de la población actual aún no había nacido.) Salieron a la calle veinte millones de personas en Estados Unidos. Como aperitivo, un mes antes los alumnos de la Universidad de San José, en California, adquirieron un Ford Maverick nuevo y lo enterraron en el campus como protesta por la contaminación. En Nueva York pasearon peces muertos por las calles. En Boston se simularon cadáveres sobre las pistas del aeropuerto y en Filadelfia se recogieron miles de firmas por la “Declaración de independencia de todas las especies”. 

Un científico llamado J. Murray Mitchell avisaba de que si no hacíamos algo para reducir la contaminación se crearía un efecto invernadero que calentaría todo el planeta. Los polos se derretirían y se inundarían grandes áreas de la Tierra.

¿Cómo llegamos aquí?

Esta preocupación venía desde hacía más de doscientos años. Ya Humboldt se dio cuenta de que los bosques son la clave para regular la humedad y la temperatura. Darwin estableció la relación entre el ser humano y la naturaleza y Arrenius afirmó que la acumulación de gases por la quema de carbón incrementa la temperatura global.

En estos cincuenta años transcurridos desde el primer Día de la Tierra, solo el Ártico ha perdido más de tres millones de kilómetros cuadrados. Un mundo más caliente conlleva sequías más graves, temporales más violentos y monzones erráticos. La temporada de incendios se alarga, y estos son mayores y más virulentos.

En el 2019 un incendio quemó siete millones de hectáreas en Siberia, una superficie equivalente a Irlanda. En 2019-20, el fuego arrasó nueve millones y medio de hectáreas en Australia. La degradación del suelo, las olas de calor y las zonas muertas de los mares son problemas irresolubles cuando cada año marca un récord de altas temperaturas.

En 1970 éramos tres mil setecientos millones de habitantes, había doscientos millones de vehículos a motor, que consumían cuarenta y cinco millones de barriles de petróleo cada día. Hoy somos casi ocho mil millones, existen mil quinientos millones de vehículos, que consumen más de noventa millones de barriles de petróleo al día.

El consumo de carne de cerdo se ha doblado de treinta millones de toneladas a sesenta. El de aves se ha cuadriplicado de trece a cincuenta toneladas, y el volumen de la pesca se ha doblado de sesenta y cinco millones a ciento veinte, a pesar de que la sobrepesca dificulta su extracción.

“Si quieres salir de un pozo, deja de cavar” (proverbio chino)

Todo depende de la cantidad de carbono, metano y dióxido de nitrógeno que emitamos desde ahora, gases de efecto invernadero y contaminantes. Depende de nosotros. Para evitar la catástrofe, debemos cambiar radicalmente nuestro modo de vida.

Si redujéramos las emisiones a cero, igual que los océanos tardan años en calentarse, tardarían igual número de años en enfriarse y, mientras, el cambio climático seguiría agravándose. Si se fundiera el hielo de Groenlandia, el nivel del mar subiría seis metros.

La Antártida es un regulador del clima planetario y su deshielo produciría cambios en la salinidad de los mares y en la cantidad de kril, fundamental en la cadena trófica de la fauna marina, y también disminuirían las reservas de agua potable para los humanos y para los cultivos.

Para que las temperaturas no aumenten 2 ºC, las emisiones deberían ser cero en 2070. Si no actuamos, inundaciones, sequías, incendios, hambrunas, pandemia y turbulencias sociales habrán expulsado a millones de personas de sus hogares.

Las poblaciones de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios se han reducido un sesenta por ciento desde 1970. Mirlos y gorriones, un treinta por ciento. Los insectos, un setenta por ciento en treinta años, al destruir los humedales y por la deforestación.

Estamos destruyendo la interconexión en red de la vida, esencial para la supervivencia humana. Debemos reconectarnos a la vida. El efecto biofilia se explica con toda claridad. Debemos ser parte de la naturaleza y no su adversario. Un estudio publicado en The Lancet Planetary Health en abril del 2020 relaciona los espacios verdes de las ciudades con la disminución de casos de muertes prematuras. La investigación estima que, si la ciudad de Filadelfia incrementara sus espacios verdes un treinta por ciento, se evitarían más de cuatrocientas muertes prematuras por año, con un coste de cuatro mil millones. El efecto biofilia, confirmado, así como los paseos por el bosque de los japoneses, ya adelantados por Erich Fromm y Edward O. Wilson.

“Más vale buena esperanza, que posesión ruin” (Cervantes, Don Quijote)

“La naturaleza tiene mecanismos para amortiguar la expansión de pandemias, manteniendo a raya la cantidad de individuos que pueden transmitir virus, con lo que se evita que se disparen demográficamente las especies que pueden llevar patógenos. La diversidad de especies hace también que los virus (o patógenos) se alojen en huéspedes intermedios que bloquean su propagación, con lo que el virus se bloquea en esa especie intermedia (y la carga viral se diluye)... La degradación de hábitats, la persecución, la caza indiscriminada o la competencia directa con la fauna para dejarla sin recursos, así como el empobrecimiento de los ecosistemas en general, causan una pérdida de la diversidad y abren una ‘autopista’ para los virus –según explica el ecólogo Fernando Valladares. Y concluye–: Vivir de espaldas a la naturaleza nos hace más vulnerables, es, sencillamente, insostenible”.

Las energías renovables tienen que remplazar cuanto antes a las de origen fósil y, junto a la eficiencia energética, serán armas clave para la reactivación después de la parálisis del coronavirus. Pero se necesita una acción global. Una nación por sí sola no puede enfrentarse a ninguno de estos retos en solitario.

¿Sabremos rectificar?

Cambio climático y crisis vírica

Tenemos los conocimientos y la tecnología para alimentar a una población más numerosa, abastecer de energía a todo el mundo y revertir el cambio climático e impedir la mayoría de las extinciones.

En septiembre del 2019, seis millones de personas salieron a la calle por todo el mundo en huelga por el clima. El cambio cultural liderado por los jóvenes y preadolescentes se ha puesto en marcha y ya es imparable.

Debemos aprender a prosperar en nuevas relaciones con nosotros y las especies que nos rodean, creando nuevas estructuras de transporte y energía, y bienes manufacturados sin toxinas. El veinticinco por ciento de las emisiones provienen de la generación de electricidad y calor. Podríamos reducirlas a la mitad en diez años, adoptando energías eólica y solar. Diez años es lo que se calcula antes de alcanzar el punto de no retorno.

La agricultura, la silvicultura y el uso del suelo producen otro veinticinco por ciento: óxido nitroso, CO2 y metano. ¿Cómo reducir esta huella y producir alimentos suficientes para diez mil millones de personas?

Primero, fomentar y subvencionar la transición a unas dietas basadas en alimentos vegetales. Para producir un kilo de carne se necesitan de seis a siete kilos de plantas. Esto es insostenible. Segundo, ayudas e incentivos fiscales para reducir las emisiones de los vehículos, la industria y los edificios. Tercero, frenar el aumento demográfico mediante educación y anticonceptivos, estabilizando la población mundial y limitando, así, la demanda de alimentos y energía, consiguiendo crecimiento cero. Economía del no crecimiento. O como la llamó John Stuart Mill, economía de estado estacionario. Junto con la economía circular, se reciclarían los desechos. Al mismo tiempo, invertir en sistemas que secuestren los gases de efecto invernadero, igual que hacen los árboles, y utilizar el metano y el carbono para fabricar objetos y abonos. Cuarto, rescatar los bosque y los humedales. 

“El que siempre ha sido un privilegiado siente la igualdad como una opresión” (Carol Anderson)

Edward O. Wilson, en Medio planeta, propone reservas para la fauna y flora y reservas marinas que ocupen la mitad del planeta. Factible si tenemos en cuenta que estas reservas deben salir principalmente de los mares y océanos en mucha mayor medida que de zonas terrestres, donde solo habría que ampliar las áreas protegidas ya existentes.

La brecha de riqueza entre países ricos y pobres es un veinticinco por ciento mayor que si no existiera el cambio climático. La intensificación de las tormentas, las sequías y los incendios, así como los humos tóxicos de las centrales eléctricas, están precisamente en barrios pobres y de población no blanca.

Hace cuatro años consumíamos 1,5 planetas al año. Actualmente consumimos las riquezas de 1,75 planetas. Esto sí que no es sostenible. En la Unión Europea y España, la cifra se acerca a los tres planetas.

La industria farmacéutica es incapaz de suministrar a los países pobres los trescientos medicamentos indispensables, de cuatrocientos mil existentes, pero hace que mediquemos a nuestras mascotas. No es sostenible. Es criminal.

La globalización se acaba. El capitalismo neoliberal está en quiebra. Asistimos a un punto de inflexión histórico. Los síntomas son ínfimos crecimientos en productividad, junto a sobreproducción en sectores estratégicos (como la industria armamentística), estancamiento del comercio mundial, deterioro de la calidad del empleo (precarización), niveles crecientes de desigualdad, pobreza y exclusión social en los países desarrollados. También las señales de una crisis financiera estaban presentes antes de la crisis vírica. La COVID-19 ha sido la chispa. El mercado liberal no tiene instrumentos para hacer frente a situaciones como esta. Estamos ante una ocasión histórica, una oportunidad para ir a un modelo más sostenible y llevar a cabo la transición energética. Volver a la antigua normalidad, la vida de antes, es volver a la especulación, a la desigualdad, a la inseguridad. A un mundo insostenible.

Las crisis cíclicas del capitalismo se aceleran. En lo que llevamos de siglo ha habido tres: en el 2000, la de las puntocoms; en el 2008, la de las hipotecas basura, y en el 2020, la del coronavirus. ¿Saldremos de esta antes de que nos alcance la crisis climática?

¿Volveremos a la anterior “anormalidad”?

Lo que está ocurriendo es consecuencia de la mundialización, la globalización. Durante más de cien años no hemos tenido en cuenta nuestra relación con la naturaleza. La hemos considerado como un recurso más, cuando es el fundamento de nuestra capacidad de vivir, desarrollarnos y ser resilientes. La pérdida de biodiversidad, la urbanización y la agricultura intensiva han aproximado especies y ecosistemas salvajes a nuestro hábitat, cercanía que ha facilitado el trasvase a los humanos de virus como el SARS-CoV-2. En la prevención de un virus emergente se han de tener en cuenta las complejas interconexiones entre las especies, los ecosistemas y la sociedad humana. Según la OMS, el sesenta por ciento de los virus que afectan a las personas proceden de los animales. Este fenómeno llamado zoonosis es responsable del setenta y cinco por ciento de las enfermedades infecciosas aparecidas en los últimos diez años.

El virus ha roto un equilibrio renqueante y puesto en marcha un gran proceso de desintegración que puede resultar en un mundo mejor, más resiliente. La sanidad pública, debilitada por años de austericidio, mantendrá a raya al virus, pero la elección entre economía y sanidad nos hará adaptarnos a modos de vida diferentes. El virus ha puesto al descubierto los puntos débiles del sistema económico. Las promesas de un aumento del nivel de vida material destruyeron no solo la relación hombre-naturaleza, sino también los puentes tradicionales de cohesión social. No puede haber crecimiento ilimitado cuando los recursos son limitados. Cuando la economía vuelva a funcionar, habrá que frenar el mercado mundial. El desarrollo ilimitado se sustituirá por la economía del no crecimiento, crecimiento cero, la economía del estado estacionario, como la llamó John Stuart Mill.

“Todo exceso es excremento” (Ursula K. Le Guin)

La crisis del coronavirus es un ensayo general antes de la catástrofe climática global que nos aguarda. Se necesita una gran inversión en infraestructuras, viviendas, rehabilitación de edificios y cambiar las calderas de gasoil en millones de edificios. En la recaptación del CO2 y del metano se puede convertir este en biometano, que se puede utilizar como combustible igual que el metano y el gas convencional. Todo eso daría trabajo a millones de parados, por ejemplo, de la industria automovilística. Ningún joven quiere comprar un coche y, en dos años, hasta que se logre una vacuna, ¿qué harán las fábricas de coches, además de coches eléctricos, que necesitan menos mano de obra?

Actualmente Seat deberá pagar 1.075 millones de euros por exceder los límites marcados por la Unión Europea en las emisiones de CO2, cuando sus beneficios fueron de 445 millones. Volkswagen 4.175 millones (sin contar lo que le cueste el fraude sobre emisiones). Mercedes, 3.852. Renault, 1.793. Peugeot, 1.175. Esto no puede ser sostenible, evidentemente.

El coronavirus nos ha alertado de como al destruir la naturaleza ponemos en peligro nuestra salud y nuestra economía.

En demografía habrá una corrección natural. Somos demasiados. Los modelos demográficos señalan un derrumbe de la población al alcanzar los diez mil millones. Muchas especies, cuando son demasiados, se quedan sin comida, sin agua, son presas fáciles de depredadores especializados o pandemias globales, y la esterilidad las aniquila.

¿El fin de la era neoliberal?

Volver al sistema anterior a la crisis sería como firmar nuestra sentencia de muerte. Habrá menos vuelos y cruceros turísticos. Y la ruptura de la cadena de suministros mundial evitará la gigantesca contaminación provocada por los supercargueros de contenedores, que no son sostenibles.

¿Por qué ayudar a las empresas de aviación y de cruceros? Igual que no se ayuda a las empresas que tiene sede o sucursales en paraísos fiscales, no se debe ayudar a las empresas más contaminantes. Ni a las empresas que reparten dividendos. Deberían comprometerse a cumplir los once objetivos de la ONU para un crecimiento sostenible.

La renta básica universal, ahora aceptada por los más ortodoxos seguidores del comercio neoliberal, como Financial Times, no debería ser universal. Los ricos no solo no deberían cobrarla, sino pagar más impuestos.

Las empresas que han sobrevivido gracias a las ayudas del Estado son en parte del Estado. Si el Estado no renuncia a su propiedad, será difícil volver al “libre mercado”, donde “el Estado es el problema”. El Estado saldrá fortalecido por la “nacionalización” de empresas estratégicas para acelerar la transición hacia una movilidad con bajas emisiones y una economía sostenible.

“Cuanto más conocimientos poseemos, más difícil es predecir el futuro” (Karl Popper)

En estos tiempos confusos, proliferan los augurios sobre cambios sociales radicales después de la crisis del coronavirus. Desde la esperanza ecologista de acabar con el capitalismo, hasta vislumbrar un futuro sin libertades individuales como el de 1984 de George Orwell. Aunque a algunos no les parece mal entregar gratis nuestra privacidad y nuestros datos a las empresas tecnológicas, les parece un crimen entregarlos al Estado en casos de emergencia sanitaria.

Si se encuentra una vacuna, cosa difícil con los virus, o un fármaco o cóctel de ellos, para contener al virus anualmente, como pasa con la gripe, pueden pasar años, al margen de la posibilidad de más oleadas del coronavirus. Nadie sabe qué puede pasar durante este tiempo hasta que exista un tratamiento eficaz.

En el caso del descenso que se está provocando en el consumo de petróleo, no es una anomalía sino una señal de lo que puede esperar al sector en el futuro si se decide actuar contra el cambio climático. Es un hecho que la economía en esta crisis se hunde, porque consumimos solo lo necesario. Prueba de que es insostenible.

Si “todo va bien”, y se inventa una vacuna, se habrá disipado la pandemia y la humanidad volverá a caer en el pozo oscuro de la anterior “anormalidad”, de la mala gobernanza y la intolerable desigualdad, seguiríamos polucionando los océanos, mares, ríos y lagos con plásticos que se transforman en microplásticos, envenenando hasta nuestra propia sangre, causado por el consumo desaforado, y continuaríamos arrojando a la atmósfera gases de efecto invernadero. Y entonces, el pozo será más profundo que antes del virus.

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