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Vamos a ver, todos sabemos que el uso intencionado de drogas para gozar de largos y placenteros encuentros sexuales es más viejo que el pan. Y desde luego que, personalmente, es algo que ya tengo requemado, especial aunque no exclusivamente en su versión onanística, esa que consiste en ponerte de pitxu hasta la patilla para recluirte en la República Independiente de tu Cama y matarte a pajas hasta que se acaben las existencias de speed o de semen (dos días mínimo).

Vamos a ver, todos sabemos que el uso intencionado de drogas para gozar de largos y placenteros encuentros sexuales es más viejo que el pan. Y desde luego que, personalmente, es algo que ya tengo requemado, especial aunque no exclusivamente en su versión onanística, esa que consiste en ponerte de pitxu hasta la patilla para recluirte en la República Independiente de tu Cama y matarte a pajas hasta que se acaben las existencias de speed o de semen (dos días mínimo).

Pero el chemsex no es eso, es mucho más que eso y, sobre todo, es mucho más fashion que eso. En el chemsex no se usa pitxu, se usan meth, GBL y mefedrona. El chemsex no es para hacerse pajas, ni siquiera para tener sexo en pareja, es para tener relaciones sexuales con múltiples parejas, con varias personas –mejor que mejor si son gais, tienen bicho y no usan preservativo, pero técnicamente tampoco quedan excluidas las personas hetero, seronegativas que no usen preservativo–. Una sesión de chemsex no se concierta de cualquier manera, ha de hacerse utilizando las nuevas tecnologías y las redes sociales, lo suyo es usar Grindr, pero para un apaño vale igualmente el Whatsapp.

Le mandé un whatsapp a mi chavala y quedamos para ponernos hasta el culo y tener relaciones sexuales con ella y con sus múltiples personalidades.

De modo que, siendo así las cosas, un buen día decidí que La Tercera Fase debía estar a la altura de las circunstancias y seguir a rajatabla las últimas tendencias. Así que encargué un gramo de meth y medio litro de GBL. Luego le mandé un whatsapp a mi chavala y quedamos para ponernos hasta el culo y tener relaciones sexuales con ella y con sus múltiples personalidades (Menchu –la bitch experimentada–, María del Monte Carmelo –la modosita e inexperta–, Carmen –la MILF–, etc.).

‘The spaguetti incident’

Una vez en su casa empezamos a fumar. A falta de mefedrona (que no me gusta, aunque igual, visto lo visto, tendré que darle otra oportunidad) añadimos éxtasis, coca y cerveza. A la cuarta pipa alguien hizo un comentario sin mayor trascendencia al respecto de la compulsividad asociada al uso de la cocaína que, inmediatamente, dio pie a un acalorado debate sobre si era la coca buena la que era compulsiva o si lo era la mala. Así se nos pasó la tarde… Llegó la noche y, entre pipa y pipa, raya y raya, pasti y pasti, aún seguíamos dándole vueltas al asunto. Por la mañana conseguimos cambiar de tema por un rato, pero en algún momento surgió de nuevo y nos volvió a llevar todo el día. Llegada la noche empezamos a darle al GBL, a la par que al resto de las golosinas, y seguro que platicamos de más cosas, pero ninguno de los ahí presentes nos acordamos. Dos días después Carmen tuvo la lucidez de entrever que deberíamos comer algo y se dispuso a hacer unos espaguetis… La misión le llevó horas… Incluso una vez hechos fui incapaz de retirarla de los fogones. No paraba de darle vueltas a la pasta ya recalentada mientras exclamaba con toda su mala hostia: “¡Como vea a la Menchu te juro que la mato! ¡Como la pille la mato!

‘The GBL incident’

Barbie y Ken

Una vez solventado el incidente de los espaguetis seguimos dándole al GBL, chorrito por aquí, chorrito por acá. Todo muy bien preparado y medido. Con la jeringuilla, el vaso grande y el zumo de manzana. Supongo que ya estábamos completamente idos. En cualquier caso, recuerdo verme vaciando la jeringa y pensar: “Es demasiado, te estás pasando… Bueno, da igual, ahí está la cama por si me quedo noqueado”.

Acto seguido me llamó mi hermano al móvil y según hablaba con él en la terraza empecé a notar los efectos del G y me dije: “Corta la conversación rapidito, que vas a empezar a desvariar”. Y así lo hice. Corté y al volver a la habitación Carmen me dijo: “Venga, fugitivo, vamos a por tabaco”.

Así que salimos, empezamos a discutir por no sé qué, ella se metió en un restaurante a comprar los paquetes y yo seguí andando… Un rato después me alcanzó, sin aliento, angustiada, rogándome que la acompañara. Decía que iba andando como un zombi. Me llevó camino de vuelta y se paró un momento a comprar unos Aquarius. Al salir me encontró sentado en la valla de la Iglesia, convulsionando. Me levantó mientras decía alto y claro delante de todo el mundo: “Aysss, otra vez se te ha olvidado tomarte la medicación, vamos, vamos…”.

De camino a casa cada vez estaba más preocupada y angustiada. Yo no entendía la razón, me encontraba de muy buen rollo y pensaba que simplemente llevaba un buen colocón, no más… Finalmente conseguimos llegar a la habitación y me tiré en plancha a la cama, quedándome dormido nada más tomar contacto con ella.

Barbie y Ken 2

Me desperté aproximadamente unas tres horas después. Mi chica me estaba follando, pletórica, con una felicidad cándida y desbordante, de la que inmediatamente me contagié.

Más tarde me explicó que había estado convulsionando, que había tirado la tele, que me había reventado la cabeza con el borde de la cama… (Sinceramente, pensé que mentía y exageraba hasta que, según la escuchaba, empecé a percibir el ostión en el cráneo sin siquiera necesidad de palparlo ni verlo.)

La pobre lo había pasado tan mal que, cuando vio que empezaba a volver en mí, le invadió tal alegría que se olvidó por un momento de si la coca buena es compulsiva o no y le entraron unas ganas incontenibles de follarme, lo cual, lógicamente, tras dos días y medio de chemparty, agradecí muchísimo.

 

Nota: El chemsex es considerado un fenómeno minoritario y emergente que implica el uso de drogas –principalmente, por parte de población homosexual masculina– con la intención expresa de tener relaciones sexuales preferiblemente maratonianas.

Fotos: Alberto Flores

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #227

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