¿Sueñan los inversores con balas mágicas psiquedélicas?   José Carlos Bouso, Fundación ICEERS
Ilustraciónes: Oscar noguera

¿Sueñan los inversores con balas mágicas psiquedélicas?

Este artículo se publicó originalmente en el número 274 de la revista Cáñamo España

Hay más de cuarenta y cinco empresas invirtiendo en más de ochenta tratamientos con psicodélicos. Las principales moléculas que se están ensayando son la ketamina, la psilocibina, la MDMA y la LSD. Toda esta inversión, están poniendo de manifiesto un fenómeno inquietante: están reproduciendo el modelo clásico de inversión farmacéutica en salud mental, donde importa más el beneficio económico que la salud de los y las pacientes.

La consultora en tecnología e industria farmacéutica Roots Analysis acaba de publicar un informe titulado “Global Psychedelic Therapeutics Market, 2020-2030”1. Así que la cosa va en serio. Según sus análisis, hay más de cuarenta y cinco empresas invirtiendo en más de ochenta tratamientos con una inversión actual de más de doscientos setenta y cinco millones de dólares. Las principales moléculas que se están ensayando son la ketamina, la psilocibina, la MDMA y la LSD.

Entre otras cosas, este fenómeno revela una crisis en los tratamientos clásicos en salud mental2. Pero todas estas empresas, con toda esta inversión, están poniendo de manifiesto un fenómeno inquietante: están reproduciendo el modelo clásico de inversión farmacéutica en salud mental, donde importa más el beneficio económico que la salud de los y las pacientes. Y quizás no sea por mala fe, sino simplemente por estrechez de miras. Una estrechez de miras que no responde a que simplemente sean poco listos, sino a unas raíces sociohistóricas que han hecho creer que la psiquiatría biológica es una ciencia y que sus tratamientos responden a modelos fisiopatológicos comprobados. La nueva industria de la psiquiatría psiquedélica ha dejado de lado, o está en su mayor parte dejando, pues no toda sigue el modelo biologicista, que los psiquedélicos son solo herramientas coadyuvantes de un tratamiento psicológico, para considerarlos en sí mismos balas mágicas, agentes de curación.

Es lo contrario a lo que ocurre en el mundo chamánico amazónico, en el que la enfermedad se produce porque un brujo ha enviado a la víctima una especie de “saeta”, o dardo invisible, mágica, que es la responsable de la enfermedad. El trabajo del curandero consiste en extraer esa saeta mágica del cuerpo del paciente, y luego puede hacer dos cosas: devolvérsela al brujo que la lanzó originalmente, perpetuando un mecanismo de venganzas y contravenganzas, o lanzarla a un árbol o a algún otro sitio donde quede inutilizada para siempre3. En cualquier caso, la enfermedad, y la curación, se producen en el territorio espiritual, no en el material, como se esfuerza la psiquiatría biológica, inútilmente, en tratar de demostrar. Los psicofármacos son excelentes herramientas para intervenir en procesos agudos, como ataques de pánico o brotes psicóticos, pero en los tratamientos a largo plazo el remedio termina siendo peor que la enfermedad4.

¿Sueñan los inversores con balas mágicas psiquedélicas?

"Si el nuevo modelo de desarrollo farmacéutico perpetúa la enfermedad mental como algo intrínseco a la neuroquímica del individuo, da igual qué drogas se utilicen, está condenado a fracasar"

El trastorno diana en el que se están focalizando la mayoría de los inversores es la depresión mayor, que, como su tratamiento se resiste al tratamiento farmacológico, se está renombrando en depresión resistente al tratamiento, una redundancia única en medicina. En vez de considerar que los tratamientos existentes para tratar la depresión no son tratamientos en absoluto, se inventa una nueva categoría diagnóstica que, en vez de referirse a la ineficacia del tratamiento, se refiere a la resistencia de la enfermedad al tratamiento. Algo inaudito. Lo que debería categorizarse es el tratamiento como “ineficaz para tratar la depresión” y no la depresión como “resistente al tratamiento”. Es el mundo al revés. Quizás los tratamientos para tratar la depresión fracasan porque la depresión no es consecuencia de una alteración neuroquímica del cerebro. Quizás algo está ocurriendo en las vidas de las personas. O más bien consecuencia de sus estilos de vida y formas de vivir y relacionarse. O quizás el diagnóstico solo sea una forma de categorizar y patologizar a una experiencia humana que tiene que ver con la tristeza, con la desesperanza, con la indefensión, con el hartazgo de la cotidianeidad, con las contrariedades de la vida, con sus imprevistos, pérdidas y amarguras, y con toda esa serie de desavenencias que se le presentan a uno en el curso de su vida y que raramente tienen que ver con la regulación de la bioquímica de los mecanismos serotoninérgicos de su cerebro.

La depresión como diagnóstico es, después de todo, un inmenso negocio. Se asigna el diagnóstico de depresión a unos doscientos millones de personas en el mundo, por lo que es el diagnóstico médico para el que toda empresa farmacéutica quiere lanzar un medicamento. En este contexto, en el que todo tratamiento farmacológico ha fracasado, y en el que la biomedicina como abordaje terapéutico es más hegemónica que nunca, es donde están emergiendo con fuerza esas drogas llamadas alucinógenas, que si desde tiempos de Timothy Leary producían psicosis transitoria a algunos políticos que nunca las habían probado, hoy día se están constituyendo en el negocio farmacéutico más atractivo para los emprendedores que sueñan con balas mágicas químicas. Después de todo, para la industria farmacéutica, la salud mental es el equivalente a la mina del rey Midas, todo lo que se toque es susceptible de convertirse en oro. Cuando ya se había tirado la toalla y las compañías farmacéuticas, ante el fracaso y después de haber engañado y envenenado a millones de personas, muchas veces con la venia de las administraciones públicas, se estaban retirando del mercado de la salud mental, emergen esas drogas malditas, los alucinógenos, como el nuevo santo grial de la inversión farmacéutica millonaria en salud mental.

Ya hay un derivado de la ketamina autorizado, llamado Spravato (que realmente es el racémico dextro de la ketamina), para la depresión resistente al tratamiento con un precio, dependiendo del país, de unos cinco mil euros al mes. Está en fase de ensayo clínico también para la depresión la psilocibina, y se están montando estudios con DMT, todos con fines comerciales. La explicación neurobiológica es que estos fármacos disminuyen la actividad de una red neuronal que se llama red neuronal por defecto, a la que se le atribuyen los síntomas de la depresión, entre otros trastornos psiquiátricos y neurológicos. La evidencia de esto es pobre, pero suficiente como para justificar fondos de inversión millonarios. También se están terminando los ensayos clínicos con MDMA para tratar el trastorno por estrés postraumático (TEPT): de todas las aplicaciones, quizás esta es la más interesante, primero por la acción específica de la MDMA sobre la experiencia de miedo asociada al TEPT y, segundo, porque efectivamente la MDMA se considera como coadyuvante, no como la bala mágica curativa. También se está ensayando la LSD para una serie de trastornos relacionados con la ansiedad, e incluso se está empezando a ensayar una combinación de MDMA y LSD, aprovechando en un solo tratamiento los efectos de los dos fármacos. Y, lo tan esperado para tanta gente normal y corriente: se están realizando ensayos clínicos con microdosis de LSD, por lo que no será raro que de aquí a dos o tres años podamos ir a la farmacia a comprar microdosis de LSD, eso sí, mientras dispongamos de una receta médica. Algunas de las empresas que hay detrás de estos ensayos son ATAI, la cual ha absorbido a algunas de las compañías que estaban desarrollando los medicamentos basados en psilocibina, como es COMPASS Pathways, o basados en ibogaína, como es DemeRx. Pero también están MindMed, Eleusis y un largo etcétera, incluyendo una empresa de esa ciudad tan conocida hoy día, Wuhan: Wuhan General Group China, Inc. (WUHN), que está invirtiendo en CBD y psilocibina.

La cosa es que el modelo farmacéutico que se está desarrollando no se diferencia en nada del modelo de la psiquiatría biológica que entiende el sufrimiento humano conceptualizado en forma de diagnóstico clínico (muchas veces construido por la propia industria) como una alteración de la bioquímica cerebral. Solo algunos grupos, generalmente pertenecientes a fundaciones sin ánimo de lucro como MAPS, o a universidades públicas, contemplan estos medicamentos como una parte más del tratamiento, que es solo coadyuvante de la psicoterapia, y no como balas mágicas químicas. Pero, aun así, sigue sin contemplarse el abordaje comunitario, que es el único abordaje posible cuando hablamos de salud mental. Nuestra especie es una especie eusocial, el individuo aislado no existe ni puede existir nunca. Cuando un chamán amazónico extrae una saeta mágica del cuerpo del paciente, no está operando solamente sobre el cuerpo, sino que se está restableciendo una alteración de la alineación del individuo con su comunidad, con su ecosistema y con su territorio geográfico. Los alucinógenos son herramientas que se han utilizado desde tiempos remotos para eso, para alinear los niveles de existencia, no como fin en sí mismo. Si el nuevo modelo de desarrollo farmacéutico perpetúa la enfermedad mental como algo intrínseco a la neuroquímica del individuo, da igual qué drogas se utilicen, está condenado a fracasar. Aunque, eso sí, por el camino muchos ganarán mucho dinero.

Referencias

[1] https://www.rootsanalysis.com/reports/global-psychedelic-therapeutics-market.html
[2] https://www.preprints.org/manuscript/201901.0249/v1
[3] https://www.muscaria.com/trasluz.htm
[4] https://www.linceediciones.com/es/libro/psicofarmacos-que-matan/

 

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