Don Rogelio Carihuasari y Randal Nerhus
Randal, su maestro don Rogelio, la hija de éste y el marido, con los niños. La joven pareja trabajó para Randal durante su estancia a cambio de un modesto salario.

Ayahuasca más occidentales por dinero

Este artículo se publicó originalmente en el número 258 de la revista Cáñamo España

Don Rogelio Carihuasari, humilde ayahuasquero cocama de orillas del Amazonas, ha encontrado en Randal Nerhus, cincuentón del Corn Belt estadounidense, un heredero para su conocimiento. La relación maestro/discípulo típica de las prácticas espirituales se complica con la interculturalidad y el dinero.

Cuando Randal apenas se establecía en la comunidad de Santa Sofía y planeaba con don Rogelio las condiciones materiales de su aprendizaje como curandero, se trató el tema del dinero. El maestro no mostraba la menor ansiedad al respecto; a los extranjeros que llegaban a su casa y preguntaban el precio del tratamiento él siempre respondía: “La amistad, ése es el mejor consejo que tengo yo de mi abuelo. ‘Nunca veas el factor dinero sino mira la gente. Serás feliz toda tu vida’. Yo estoy dándome cuenta que es verdad lo que me dijo ese viejo analfabeto”. Como en su respuesta no mencionaba cifra alguna, los visitantes insistían. Con cierta timidez, don Rogelio replicaba: “El tratamiento completo son ciento cincuenta mil pesos, incluye una toma de ayahuasca y tres baños con plantas medicinales”. Pero siempre advertía: “Cuánta de gente han venido, enfermos que me han dicho: ‘Rogelio, no tengo plata’. ‘Ya has llegado a mi casa, hermano. Yo voy a sacar tiempo’. Hago todo, le curo y se va. ‘Algún día me mandas otra persona’. Y me mandaba”. Así solía don Rogelio presumir de su humildad.

Después de varios intentos infructuosos, una tarde Randal volvió a sacar el asunto. “Quiero ofrecerle dos millones de pesos por mes”. Y no es de extrañar que don Rogelio se removiera inquieto en su silla y sonriera azorado, cabeceando con una mezcla de sorpresa e incredulidad, y que luego, al intentar responder, trastabillase. Dos millones de pesos era tres veces el salario mínimo colombiano, al alcance de una minoría en el país, de nadie en su pueblo. Sacudiéndose la vergüenza, don Rogelio respondió: “Yo soy su amigo de todos.  No se preocupe darme dos millones. Con uno y medio es suficiente. Yo no veo la plata, yo veo la persona. La plata te hace enemigo de todos. Claro, mi comida que no me falte. Y fuera de la comida, que todos los que vienen aquí se conviertan en amigos. La plata le corrompe a cualquiera. Le hace orgulloso”.

El acuerdo quedó fijado de la siguiente manera: Randal se convertiría en discípulo de don Rogelio a cambio de millón y medio al mes; además, contrataría a la hija de don Rogelio como cocinera y al marido de ésta para las pequeñas faenas; los hijos de don Rogelio construirían la casita donde Randal se retiraría del mundanal ruido. Un negocio conveniente para las dos partes, que se las prometían muy felices.

Randal Nerhus
Randal, poco antes de la primera ceremonia de su aprendizaje, en la casa donde luego pasaría dos años.

Fluye el dinero

El chamanismo ayahuasquero es el único conocimiento propio que ha permitido a algunos indígenas triunfar en la economía de mercado. Don Rogelio, sin embargo, no encarnaba un ejemplo de esta prosperidad. El acuerdo con Randal, aunque ventajoso económicamente, era excepcional, y solo esporádicamente aparecía por su casa algún visitante extranjero que dejaba alguna cantidad, nada en comparación con el negocio de la cercana Iquitos.

Iquitos, capital de la selva peruana, donde miles de occidentales viajan cada año a establecimientos especializados para someterse a tratamientos “tradicionales”, que duran al menos una semana y por los que se paga, por término medio, más de 100 dólares al día, hasta 400 dólares en el más caro (¡3.000 dólares por una semana!). En la mayoría de los casos, los “chamanes” nativos son asalariados aunque en algunos casos llegan a ser dueños o socios del establecimiento. Introducir las variables gringos y dinero en la ecuación chamanismo ayahuasquero, ¿es una perversión/profanación de un conocimiento sagrado?

A diferencia de otros rituales chamánicos esotéricos y cerrados a los extraños (como el Yuruparí, de los Tucano oriental en la Amazonia colombiana) el curanderismo ayahuasquero es un sistema médico abierto y centrado en la salud individual. Esto implica que el curandero recibe en su casa a cualquier enfermo que le requiera, tanto a vecinos como a extraños que llegan desde lejos atraídos por una buena reputación. Los anfitriones se encuentran a veces con numerosos pacientes viviendo en su casa, a los que debe dedicar un tiempo y una energía que deberá sustraer de la caza, la pesca, la chagra [plantación] y diversas ocupaciones que garantizan el sustento de manera autosuficiente. Es por esa razón que el curandero cobra por sus servicios, y lo hace desde que este sistema médico se configuró como tal. El qué varía: desde mano de obra a comida, pasando por artículos industriales y llegando, por supuesto, al dinero. El cómo también: ya sea que se fije un precio, ya que el paciente entregue un “regalo” (y más le vale, porque si no lo hace sabe que el curandero puede enfadarse y, movido por el rencor, convertirse en brujo para quitar lo que ha dado o, lo que es lo mismo, devolver el mal que ha quitado).

Randal Nerhus
La construcción de la casa donde Randal habría de hacer su dieta corrió a cargo de los hijos de don Rogelio. Los dólares fluyeron durante el aprendizaje del gringo.

No solamente cobrar es una parte esencial del sistema ayahuasquero, también lo es que cualquier persona puede aprender, independientemente de raza, sexo, edad o clase social. Nada hay de aberrante en que Randal Nerhus, cincuentón de los campos del maíz de Iowa, haya sido recibido por don Rogelio, octogenario cocama. El sistema médico es abierto y cuando un paciente se cura tiene que someterse a la misma dieta que sigue un aprendiz (del que siempre se dice que se está curando). Toda persona que haga dieta puede, por definición, aprender; cualquier persona puede hacer dieta.

Así es que Randal dietó y pagó, un mes tras otro, a la espera de la revelación. Tomaba ayahuasca con cada luna nueva, y los ocho días siguientes respetaba un estricto régimen alimenticio (ni sal, ni azúcar, ni grasas, ni picantes, solo alimentos escogidos) en el aislamiento de su casita al borde de la selva, y varias veces al mes, en las noches, tomaba una pequeña dosis de ayahuasca y trabajaba con su maestro los icaros (cantos curativos), el uso de la chacapa (el sonajero/abanico de hojas) y a soplar tabaco, siempre presente. El sexo ni pensarlo durante los dos años: “Estoy sorprendido porque no me está costando aguantar”, confesó una vez. Y así un mes y otro, y uno más y otro, pero la revelación no llegaba, no había conexión con el lado espiritual. Comenzó a preocuparse. Pagó un mes y dietó otro, y cuando se dio cuenta de que la atención que recibía de don Rogelio era menos intensa de la que esperaba, decidió cambiar las condiciones económicas. Quizás había imaginado que su maestro estuviera junto a él todos los días, que le enseñara los misterios de la selva (o algo así), pero don Rogelio se limitaba a hacer con Randal lo que su abuelo había hecho con él: tenerlo aislado, darle de comer poco y pedirle paciencia. Apenas se veían en las cuatro o cinco ceremonias que se celebraban cada mes. “Ése no es fácil. Y eso es lo que pasa con los que quieren aprender”, repetía don Rogelio. “Muchos se aburren. Tomando y dietando, tomando y dietando, no sé cuánto tiempo. Un año, dos años, tres años… No sé. El regalo no doy yo. El regalo es una visión que no sé quién nos da. Yo solamente oriento, nada más”.

Cuando a los tres meses de comenzar la dieta, Randal anunció que el pago de un millón y medio era demasiado, que a partir de ese momento pagaría la mitad, don Rogelio no pudo evitar una mueca de desencanto y un suspiro contrariado.

Don Rogelio Carihuasari
Aunque don Rogelio no tiene un centro de medicina natural como los que se estilan en Iquitos, a su humilde casa no dejan de llegar extranjeros atraídos por su reputación. Al fondo Randal y Simona, una visitante eslovena.

Bonanza de Banisteriopsis

Los curanderos son profesionales, que siempre cobraron por su trabajo, y cualquier persona puede aprender, razón por la cual el chamanismo ayahuasquero es tan heterodoxo. Estas dos premisas, sin embargo, no significan que la irrupción de los gringos y sus dólares en este sistema médico no tenga repercusiones; las tiene.

Una mañana maestro y aprendiz caminaron monte adentro para visitar una pequeña plantación de ayahuasca de don Rogelio. Tras varios meses de dieta se había producido una transformación notable en Randal: quedaba poco de aquel gringo obeso, pálido e hinchado de los primeros días. Randal caminaba con agilidad, notablemente más delgado, la tez lustrosa, la barba poblada: tenía un aspecto estupendo. En el camino, don Rogelio se detenía cada tanto para mostrarle a su pupilo distintas plantas y explicarle sus propiedades. Randal escuchaba entusiasmado, tratando de absorberlo todo. Se sucedieron las bromas hasta que llegaron a la plantación, para descubrir, con gran pesar, que las plantas de ayahuasca habían sido robadas (las maduras) y arrancadas (las recién sembradas).

Don Rogelio se lo tomó con filosofía y elaboró dos explicaciones alternativas y complementarias. La erradicación de las plantas recién sembradas la atribuyó a vecinos envidiosos. “Son diecisiete años que llevo trabajando con gente de toda parte del mundo que llegan a mi casa, no llegan a casa del gobernador, no llegan a casa del alcalde de Leticia, llegan a mi casa. Mis vecinos dicen: ‘¿A qué van donde ese hijueputa viejo?’ Tienen envidia”.

Una característica fundamental de las sociedades amazónicas es la igualdad social, que exige limitar la acumulación de poder/dinero de las personas. Hay fórmulas positivas: quienes ocasionalmente tienen mucho regalan/redistribuyen. Y negativas: quienes no comparten su abundancia son objeto del robo y la maledicencia. El curandero, único especialista, proclive a la acumulación, es sometido a un control más estricto, acusado de brujo con frecuencia, arrastrado a penosas guerras espirituales. Hoy, al convertirse en “chamán” por obra y gracia de la globalización, tiene un acceso más fácil al dinero. Los vecinos se tiran de los pelos cuando ven a los gringos llegar a casa de don Rogelio: “Está vendiendo el conocimiento y no deja nada para la comunidad”, dicen. Y le roban y le boicotean, pero lo tienen más difícil que en el pasado: robarle a don Rogelio el gran refrigerador, el motor de la canoa o el generador de energía eléctrica o la cocina de gas que ha comprado con el dinero de Randal es un poco difícil.

En cuanto al robo de la ayahuasca, aventuró don Rogelio, tenía un propósito claramente mercantil. “Antes la ayahuasca no valía nada pero ahora, como los gringos la buscan tanto, escasea. La gente le prepara y la envía para Bogotá. O también le envían fresca para Iquitos, donde la pagan muy bien”. Iquitos necesita satisfacer la sed de los diez mil extranjeros (seguramente más) que cada año llegan con el objetivo de someterse a un “tratamiento tradicional”. Además, desde allí se envía a los cinco continentes inmensas cantidades del remedio procesado, para abastecer el intenso circuito de ceremonias que se celebra en cualquier país occidental. En un pasado no muy lejano, la ayahuasca era una especie vegetal sin apenas valor comercial, hoy día es una de las más cotizadas porque cada día es más difícil encontrarla.

“Si no sembramos va a desaparecer”, dice Elizabeth Bardales, ingeniera forestal iquiteña, dueña de un próspero negocio de procesamiento de plantas medicinales.

“Cada día nos traen plantas más finas, ya no hay abuelas”, dice Diego Flores, que tiene un puesto de compraventa de plantas medicinales en el mercado de Belén.

“De aquí a dos años ya no va a haber”, advierte el holandés afincado en Iquitos Bowie van der Kroon, exportador de plantas secas y procesadas.

Extensas zonas de la selva peruana sufren ya otra bonanza, término que se aplica en la región a estos episodios extractivos febriles que responden a los caprichos/necesidades occidentales. La de la quinina acabó con los árboles de la quina, la del caucho produjo una catástrofe de esclavitud y violencia, la de las pieles redujo a mínimos las poblaciones de jaguares y sus presas, pecaríes y agutíes, que se usaban como cebos. Aunque la vida silvestre de la Banisteriopsis está amenazada, no hay peligro de extinción: su alto valor comercial y la facilidad con la que crece está animando a muchos paisanos a poner en marcha plantaciones para atender la demanda infinita.

Ayahuasca
El curanderismo ayahuasquero es un sistema médico abierto y profesional: cualquier persona puede ir a la consulta y siempre debe ofrecer una contraprestación.

Éxito límbico

¿Por qué este repentino éxito de la ayahuasca? ¿Qué buscan los occidentales que viajan al Amazonas para probarla? ¿Qué expectativas traen consigo? Por supuesto que mucha gente persigue una experiencia casi recreativa: la posibilidad de sumergirse en ese mundo fantástico popularizado por el pintor peruano Pablo Amaringo en sus bellos cuadros.

Muchos otros, Randal entre ellos, alegan una motivación espiritual. “Creo que nunca fui muy feliz”, argumentó Randal en una ocasión. “Nunca me he sentido completo y esa ha sido siempre una constante en mi vida. Eso me ha llevado a ser un buscador, una persona siempre en búsqueda. El tiempo dirá si esta experiencia con ayahuasca es la que he estado buscando toda mi vida”. Randal, que nunca encontró satisfacción en comprarse un coche nuevo, en tener una gran casa, en trabajar 50 horas a la semana y cuidar a los críos. “No me imagino haciendo eso; respeto a la persona que lo hace pero a mí no me gustaría en absoluto”. Randal, cuya larga búsqueda le llevó de India a Japón, de China a México, de Estados Unidos a, finalmente, la selva amazónica, donde tras meses y meses de dieta se sentía lejos de su objetivo y de lleno en el desánimo porque no había tenido la esperada revelación, se encontraba, según su expresión, “retrasado con respecto al calendario fijado”.

A día de hoy, la ciencia occidental, respalda sólidamente el papel de la ayahuasca en toda una serie de trastornos que bien podrían quedar englobados en la categoría de “problemas espirituales”. El más típico, la depresión. Los experimentos del investigador brasileño Dráulio de Araújo y su equipo, demostraron de manera contundente que la ayahuasca ofrece resultados casi inmediatos para el tratamiento de la depresión severa. Araújo administró, en un entorno hospitalario, dosis de ayahuasca y de placebo (un brebaje de similar aspecto y sabor) a 29 pacientes que no habían encontrado alivio a su problema con otros antidepresivos, y confirmó lo que diversos terapeutas occidentales están anunciando desde hace tiempo.

¿De qué manera puede la ayahuasca ser activa contra esta epidemia? Una de las teorías más sugerentes y ambiciosas la formuló recientemente el médico estadounidense Joe Tafur, cofundador del centro de medicina espiritual Nihue Rao, en Iquitos. Según la teoría de Tafur, plasmada en su libro The Fellowship of the River, cuando en la infancia una persona vive situaciones de abandono, abuso sexual u otro tipo de traumas, puede sufrir daños en su sistema límbico, del que dependen procesos regulatorios básicos del cuerpo humano, como la respiración, la digestión o las emociones. Si el sistema límbico sufre daños en esta edad temprana (o en la edad adulta, mediante un trauma severo: guerra, abuso sexual) es posible que las personas desarrollen diversas patologías de origen indeterminado y difícil curación como, por ejemplo, las enfermedades autoinmunes (psoriasis, esclerosis múltiple) y distintos problemas emocionales, como la depresión o las adicciones. Tafur contrastó las investigaciones médicas existentes con su propia experiencia al frente de Nihue Rao: muchos de sus pacientes sufrían algunos de los problemas mencionados y al tomar ayahuasca recordaban haber sufrido abusos sexuales durante la infancia. Y así, paciente que había dado por perdida la lucha contra su enfermedad, encontraba en la ayahuasca y en la dieta, una forma de aliviar sus males notablemente.

En The Fellowship of the River, Tafur da cuenta de algunas reacciones dramáticas, de cómo una sola toma de ayahuasca puede desencadenar una revelación capaz de cambiarle la vida a la gente. Aunque estos casos tienen lugar, no son la norma y, desde luego, no fue el caso de Randal.

turistas de la ayahuasca
Uno de los albergues de Iquitos en los que se recibe a los “turistas de la ayahuasca”. El precio medio de los albergues supera los cien dólares la noche, los programas suelen durar al menos una semana.

Prosaico final

Hubiera sido un desenlace épico: que tras dos años de tomar ayahuasca regularmente bajo la juiciosa tutela de un sabio maestro, el entregado aprendiz, venciendo dudas y resistiendo privaciones, alcanzara la iluminación y dejara atrás la angustia existencial. No fue así; todo quedó en un anticlímax, tan frecuente en la vida.  

Don Rogelio advirtió a su pupilo, desde el primer momento de su relación, de la enorme dificultad que entrañaba su aventura. “Yo te puedo enseñar la parte práctica”, decía, “a soplar tabaco, a mover la chacapa, algunos cantos, pero el poder no te lo doy yo. El poder no se sabe de dónde viene. Tomar ayahuasca y dietar, tomar y dietar”. Tampoco dejó de señalar el problema de la edad. “Este conocimiento se aprende de niño. Al niño, que no sabe nada, le coge su abuelo, como me cogió a mí, y le lleva a la chagra y le da de comer, y el niño es dócil, se deja hacer. Además no tiene las necesidades del adulto”. Se refería al sexo, claro, a la abstinencia esencial para el aprendizaje de las prácticas médicas. Randal aseguró una y otra vez que a lo largo de los dos años de dieta había respetado la abstinencia.

Quizás fuera el método. Quizás en vez de hacer dieta ocho días al mes después de una gran toma de ayahuasca, y tomar pequeñas dosis cada tres o cuatro días, la dieta debía de haber sido más larga, las dosis de ayahuasca más fuertes. Muchos ayahuasqueros practican dietas de varios meses, y dan a sus aprendices cantidad suficiente para tumbar al más bravo, pero don Rogelio temía poner en peligro la salud de Randal. O quizás fuera el tiempo: si hubiera prolongado su estancia un año más… ¿O faltó concentración? Porque cuando Randal salía de sus ocho días mensuales de aislamiento y estricto régimen alimenticio tenía cierta libertad para elegir sus comidas y recibir visitas (incluidas las mías y las de un hermano que llegó desde Iowa) y para pasar un par de días al mes en la ciudad de Leticia, donde debía atender asuntos familiares y financieros.

Pero quizás la razón de su intento frustrado la sintetizó el propio Randal un par de días antes de dejar atrás, quizás para siempre, la selva amazónica y la ayahuasca. Me lo dijo en la habitación de su hotel en Leticia, después de haberse afeitado la barba de náufrago, satisfecho, eso sí, de haber perdido quince de los muchos kilos que le sobraban cuando llegó, pero con el desencanto de quien ve que el sueño que ha perseguido era eso, un sueño. Dijo, con un deje de tristeza: “Creo que la ayahuasca no es para mí”.

Después de su partida he sabido poco de él, pero de una cosa estoy seguro: sigue buscando.

La ingeniera agrónoma Elizabeth Bardales
La ingeniera agrónoma Elizabeth Bardales, que procesa cada año toneladas de ayahuasca para la venta, advierte de la sobreexplotación a la que está siendo sometida la especie. La ayahuasca se ha convertido en un negocio turístico de grandes proporciones en la selva peruana, especialmente en Iquitos.

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