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Más vale pájaro en mano que ciento volando

Un farol a tiempo, una estrategia de huida meticulosa y el consejo de un abogado astuto: el conflicto de Jason con su vecino termina en una trepidante carrera contra el reloj y demuestra que, en cuestiones de autocultivo, la mejor defensa es evitar que la Guardia Civil encuentre una sola prueba.

Jason, así le llamaremos, no podía evitar discutir de vez en cuando con el vecino de la finca colindante. A pesar de que siempre intentaba apaciguar y conciliar, el otro era una de esas personas que desafía el aforismo de que dos no se pelean si uno no quiere. 

El vecino se enfadaba por cualquier cosa: que si una valla se había vencido sobre su terreno; que una rama sobrepasaba el límite y entraba en su espacio aéreo; que si tenía los árboles sin podar. Y siempre que discutían, volvía a decirle: “eso que tienes allí es marihuana, y te voy a denunciar”. Jason le decía que no, que ese pequeño cultivo de 50 plantas era cáñamo, perfectamente legal, y le enseñaba un papel diciéndole que era una autorización expedida por el Ministerio. El vecino no leía el papel, lo rechazaba con rabia ante el temor de comprobar que era verdad y no poder seguir acusándolo. No sospechaba el vecino que era un auténtico farol. Aquel papel solo era una relación de las semillas certificadas de variedades inscritas en el catálogo común de variedades de especies de plantas agrícolas de la Unión Europea. Jason se lo enseñaba con tal convencimiento, que conseguía que el vecino dudara lo suficiente como para no denunciarlo. 

Un día, a finales de agosto, tuvo una discusión un poco más fuerte. Un vendaval arrancó una rama muy grande de un pino seco que estaba en el límite de ambas fincas, cayendo sobre el tejado de metacrilato de una caseta del vecino y rompiéndolo. Como siempre, se puso hecho una furia. Como esos días las plantas de marihuana brillaban por su belleza, y el olor era intenso, empezó a chillarle que eso era marihuana y que ya no le engañaba más. Jasón sacó el papel de nuevo, mostrándoselo airado, diciéndole que porque no leía el papel de una vez y se convencía. Esta vez el vecino venia preparado. Sacó las gafas de su bolsillo, se las puso tranquilamente y le reclamó el papel. Jason dudó un instante, y decidió fingirse enfadado contestándole que él no tenia porque enseñarle nada, que fuera a la Guardia Civil e hiciera el ridículo. Y añadió que él, a su vez, lo denunciaría por su pozo ilegal, a ver si se creía que no se había dado cuenta. Lo dijo por decir, arriesgando. 

La reacción del vecino lo dejó sorprendió. No negó la acusación ni se defendió. No mostró tampoco ni enfado ni le hizo burla. Guardó tranquilamente sus gafas y se fue sin decir palabra. Jason se quedó desconcertado, y muy preocupado. Esta vez sí me va a denunciar, pensó. Debería cortar todas las plantas y llevármelas lejos. Jason pensó que su vecino no llamaría a la policía. No era amigo del teléfono, sino una de esas personas que le gusta personarse en los sitios, ser visto y hablar alto y claro y con los responsables del lugar. Decidió que, si le veía coger su 4x4 y tomar la carretera de la ciudad, arrancaría las plantas. Le vigiló toda la tarde desde su terraza, haciendo ver que leía. El vecino hizo vida normal, con aparente tranquilidad.

Jason se acostó tarde, nervioso, aunque pensando que si no había ido ya a denunciar, no lo haría. Igualmente decidió ponerse el despertador justo para la hora del amanecer, para asegurarse que el vecino no se decidía por la mañana a ir a denunciar. Justo antes del amanecer un ruido lejano lo despertó. Se levantó rápidamente y pudo ver cómo el coche del vecino, con las luces apagadas, salía del camino para incorporarse a la carretera. Supo al instante que no tenía más de una hora para ejecutar su plan B. Ya había dejado preparadas las herramientas y las bolsas. Se calzó y salió en pijama directo al cultivo. Cortó y cortó a toda prisa, como poseído, sin apenas parar un instante. Metió las plantas en bolsas y las fue llevando a un escondite que tenía preparado hacía tiempo al otro lado de la casa, lejos de la vista del vecino. Era una pequeña excavación bajo la tarima del porche, donde podía accede agachándose. Desde fuera se podía ver el hueco, pero era muy difícil ver si había un espacio excavado y recubierto. 

Ya había amanecido cuando acabó de cubrir el hueco. Se fue rápidamente al coche, y tiró sobre el maletero y el asiento de atrás unas cuantas hojas, ramas y tierra que había separado de la plantación. Arrancó el motor y a toda prisa bajó a la carretera. Cuando apenas había recorrido 20 metros dio la vuelta casi derrapando, y volvió a subir a casa. Aparcó y se metió en casa. Se hizo un bocata y, cuando no se había ni comido tres bocados, escuchó el ruido de varios coches. Desde la ventana pudo ver cómo el 4x4 del vecino precedía a dos coches de la Guardia Civil. Aparcaron en la finca del vecino y se dirigieron directamente hacia donde estaba el cultivo. Escuchó voces y gritos. Al cabo de unos minutos picaban la puerta de su casa. 

Abrió la puerta después de respirar profundamente tres veces. Tenía que seguir el plan, sin apartarse un milímetro. “¿Dónde están las plantas?”, le gritaron. “¿Qué plantas? No se nada de ninguna planta”, contestó. 

El vecino se puso a chillar. “Cállese”, le espetaron los guardias civiles. Quienes, luego, dirigiéndose a Jason le dijeron: “Mire, hemos visto el corte reciente, ¿dónde tiene las plantas? Nos deja pasar, o tenemos que pedir orden judicial”. Jason protestó un poco pero les dejó pasar. 

Registraron la casa. Luego salieron al jardín, recorrieron minuciosamente el pequeño terreno, se asomaron al porche, miraron el hueco de la tarima. Jason apenas podía mantener la calma. Solo esperaba una cosa, que registraran el coche. Por fin, el agente más joven le preguntó si el coche estaba abierto. Fueron al coche y, al ver las hojas y ramas, el agente más joven volvió a tomar la iniciativa. “Ya lo tenemos, prueba evidente”, aseguró contento. “¿De qué?”, dijo el más veterano. “No tenemos nada, se lo ha llevado”. Había puesto la mano sobre la chapa encima del motor del coche, notando que estaba caliente. “Asunto cerrado. Vámonos”. 

El vecino chilló histérico, diciendo que las plantas no podían estar lejos, que no habría tenido tiempo de llevarlas a ningún sitio, que registraran el camino, que… “Cállese”, volvió a espetarle el agente. “No tenemos nada más que hacer aquí. Este hombre no nos va a decir nada, y yo no voy a registrar la montaña”. Jason se preparó un café y llamó a su colega abogado para agradecerle la estrategia que habían diseñado juntos, tiempo atrás. “¡Qué suerte que tengo!”, pensó, “el mejor abogado no es el que te saca de la cárcel, sino el que consigue que no pises el juzgado”. 

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #337

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