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Manuel León o el arte de perfilar los límites del humor

Lo grande se hace viejo, por ahora (prueba)
Lo grande se hace viejo, por ahora (prueba)

Si existe alguna salvación, en este mundo de trampantojos, será a través de las personas concisas: “Mi nombre es Manuel León, soy un artista plástico andaluz, y ahora mismo vivo en el pueblo en el que nací, Villanueva del Ariscal. Soy padre de un hijo de cinco años y otro que viene en camino”. Al mostrarse de esta manera tan sencilla y contundente, observo que Manuel va a abordar la entrevista como aborda su trabajo: de una manera incisiva y esclarecedora.

Dadas las fechas tan señaladas, nos centraremos en Penitencias, una serie de acuarelas sobre nazarenos en las que el sarcasmo y su gran habilidad técnica –fruto del talento y la dedicación al dibujo clásico en su formación– confluyen para lograr una revelación, en la que subyace una crítica despiadada a la hipocresía cristiana, con una estética que nos acerca al arte urbano.

¿Recuerdas el primer pensamiento o momento que te hizo derivar a las Bellas Artes?

Siempre he pintado. Desde pequeño me entretenía solo bastante; mi abuela me animaba mucho a hacerlo y siempre elogiaba todas las cosas que me veía. En el instituto para conseguir dinero para mis gastos me dedicaba a todo tipo de encargos relacionados con la pintura y el dibujo. Hubo una época en que ganaba bastante dibujando imágenes de cristos y vírgenes de la Semana Santa sevillana, y un profesor de Plástica que vio mis trabajos me dijo que debía plantearme hacer Bellas Artes. Y así me llevé unos cinco años pasando por delante de la Facultad de Sevilla y soñando con pertenecer a ese mundo. Cuando aprobé el examen de ingreso no podía imaginarme que cinco años después me ahogaría tanto ese sitio, aunque ahora en la distancia me alegro muchísimo de haber tenido acceso al mundo universitario.

La Universidad, como todas las cosas importantes de esta vida, es un arma de doble filo.

Sí, me quedan muchísimas amistades, algunos y algunas de ellas compañeros de trabajo, y puedo decir que me lo pasé de puta madre en las fiestas y con aquella vida que llevábamos… En ese tiempo empecé a fumar y hasta ahora.

Los porros en la facultad son tan necesarios como el sentido crítico. ¿Cuáles son tus referentes y períodos favoritos?

Es muy difícil elegir un periodo de la historia del arte. Me gusta todo y tengo fe en el arte, tanto en la prehistoria como en el romanticismo. Es verdad que vengo desde hace años reflexionando sobre lo que se ha venido a llamar Barroco y tengo muchos referentes en mi obra que pertenecen a esta época, tanto teóricos como a nivel formal. Desde hace un año me interesa mucho el siglo xix; creo que venimos de ahí, tenemos mucho más en común con Ingres y Hegel de lo que pensamos o creemos.

Entiendo el sarcasmo como revulsivo cultural, ¿cómo lo utilizas tú en tu obra?

He tenido momentos en los que el sarcasmo y el humor me han ayudado a desahogarme de ciertas frustraciones personales o de situaciones que veía a mi alrededor. Creo que a todos los relatos les viene bien algo de ironía, aunque me cansa que se haga humor siempre con lo mismo, y desde hace unos años no soporto el humor machista. Me repele, creo que se ha convertido en tabú en mi cabeza; no sé, quizá es que veo que es muy difícil dar pasos hacia delante, reconocer que vivimos en una sociedad donde el patriarcado se mete hasta el puto último rincón, y esto me afecta.

Juicio de interés variable
Juicio de interés variable

A la hora de trabajar, me gustaría que me hablases del contexto de tu taller, de la música que escuchas mientras pintas.

Desde los corales de Bach que he escuchado hoy, hasta Devo. Discos de Agujetas o La Niña de los Peines mezclados con Niño de Elche y Rocío Márquez. También música electrónica de los setenta y Cristóbal de Morales. En fin, me cabe el Titanic y puede que tenga más de dos mil discos en mi ordenador.

¿Crees que influye el cannabis en tu proceso creativo?, ¿tal vez en el humor o en el sarcasmo que destilas?

Sí, sí que influye. Hace ya más de cinco o seis años que soy un fumador solitario. No lo hago cuando estoy con gente, lo uso para concentrarme, y creo que la cabeza me rige mucho mejor. He bajado mucho la cantidad de hachís que consumo, de hecho últimamente veinte euros me suelen durar dos meses. Fumo cañitas, cañitas, pero se hace imprescindible para concentrarme cuando entro en el estudio. Quizás su influencia se note más a nivel formal, en el uso de los colores o el tratamiento del dibujo.

¿Has tenido algún problema por “ridiculizar” nazarenos en Andalucía?

No, que va, yo destilo muchísimo el humor. Una de mis reglas básicas es reírme de mí mismo, apenas critico nada que no me lo pudiese criticar a mí. Y como de pequeño he sido capillita, tengo claro los límites que me gusta traspasar y los que no.

¿Cómo ves la situación del arte contemporáneo en España?

Bastante difícil. Cuando uno empieza sabe que la piscina está vacía, y aun así el amor lo lleva a intentarlo. Yo por ahora estoy teniendo suerte y vivo de mi trabajo, pero he sido desde camarero hasta taxista, y he pasado por miles de ocupaciones que me permitieran seguir pintando. Y no quiero obviar que si me he mantenido vivo en esto, hasta que empecé a funcionar, es gracias a mi mujer, que con su sueldo fijo nos ha dado la seguridad para tirar hacia adelante. Además, existen todavía unos prejuicios insuperables hacía el comercio de arte en nuestro país; la inversión pública se ha ido a la mierda y la privada no da para más. Pienso que hace falta crear costumbre de coleccionista e incentivar los planes de cultura públicos y dejarse del rollo de que el arte es para los ricos, ya que el nivel artístico de España es tan interesante como en cualquier sitio, y aquí parece ser más difícil dedicarse a esto.

¿Alguna anécdota divertida del mundo del arte?

Fuera bromas, podría contarte doscientas. Lo que más me sigue sorprendiendo de esto es poder conocer, incluso entablar amistad, con gente a la que has estudiado y admirado. La última fue cuando le regalé a Michaël Borremans un catálogo de mi obra y él se quedó un buen rato ojeándolo, e incluso se lo pasó a su galerista belga que estaba allí. Me puse muy tenso, él lo volvió a ojear y me dijo: “You are a good painter”. Y a mí no se me ocurrió otra cosa que contestarle “¡A good painter you!”, así, con mi acento andaluz como para recalcar mi admiración.

Despertar de la razón
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¿Democracia real ya?
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Deleite
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