Narcohumanismo Entrevista a Eloy Fernández Porta y Núria Gómez Gabriel
Dance & Disco (2000) de Ana Laura Aláez.

Narcohumanismo, una estimulante exposición

Entrevista a Eloy Fernández Porta y Núria Gómez Gabriel
Este artículo se publicó originalmente en el número 293 de la revista Cáñamo España

La muestra colectiva “Narcohumanismo. Farmacia y estupefacientes en las prácticas artísticas actuales” se presenta como “una búsqueda sobre los mapas y las cartografías que trazan las drogas, las legales y las ilegales, las toleradas y las consumidas clandestinamente”, así como “las consecuencias que tienen a la hora de crear subjetividades, intimidades y formas diferentes de comunidad”. Un conjunto de obras de una docena larga de artistas que los comisarios Eloy Fernández Porta (Barcelona, 47 años) y Núria Gómez Gabriel (Barcelona, 35 años) enmarcan en un discurso que amplía y da un giro al término humanismo, señalando los vínculos que las sustancias tienen en nuestras vidas y en nuestro mundo.

Hablamos por escrito con Eloy y con Núria, pensando sobre las obras y los conceptos que se despliegan en esta estimulante exposición, que puede verse en el Bòlit, el centro de arte contemporáneo de Girona, hasta el 22 de mayo.

¿Qué queréis decir con la acuñación del término narcohumanismo?

Creemos que la cuestión del fármaco es indisociable de la pregunta acerca de las Humanidades en el siglo XXI. En la era digital el pensamiento humanístico se enfrenta con numerosos y sucesivos embates: la presión financiera, la tensión entre el archivo y el meme, las razonables críticas planteadas desde el posthumanismo, las ciberculturas y la biopolítica. Es precisamente desde las éticas y las estéticas de las corporalidades desde donde podemos desarrollar una renovación de sus postulados acorde a nuestros tiempos. Un humanismo farmaceo es el que se interna en los intersticios que abre, en el sujeto y en sus manifestaciones orales y escritas, la intervención del texto en tanto que desestabilizador estupefaciente y recodificador social. En Narcohumanismo hemos seguido la fecunda trayectoria de esta tradición alternativa, identificando, en las prácticas creativas actuales, las representaciones, experimentos, infecciones e hipótesis de la farmacea, así como sus éticas intoxicadas, sus estéticas no abstinentes y sus contrapolíticas del consumo farmacológico.

Si la idea es que el ser humano no se basta hoy en día para sobrevivir en un mundo ruidoso y exigente sin la ayuda de drogas, ¿no estamos olvidando que las sustancias psicodélicas, estimulantes, analgésicas y ansiolíticas nos han acompañado desde el comienzo de la humanidad haciéndonos la vida más llevadera?

Por lo pronto, la idea de que el individuo es incompleto y no se basta a sí mismo es platónica. Se trata del famoso tema de “la falta”, que puede entenderse como falta de amor o de conocimiento. Esa idea está en el origen del pensamiento occidental, y aquí puede trazarse una genealogía combinada en la cual la búsqueda del Otro o de Lo Otro se relaciona con el interés por las drogas. Aquí resulta muy reveladora la aportación derridiana, que habla de la importancia del suplemento –que no solo es un extra, sino que constituye la sustancia principal– y del fármaco, que es una medicina pero también un texto entendido como cura, como solución y, sobre todo, como posibilidad de ir más allá de los límites del yo.

¿Creéis que vivimos en una época donde los fármacos son más necesarios?

Puede que estemos atravesando una época donde la hiper-ingesta de algunos psicofármacos, como las benzodiacepinas, esté apuntando a un problema de salud pública acerca de la gestión del dolor y la medicalización de la vida cotidiana. Y puede que esto esté señalando la decadencia de la institución médica tal y como la hemos entendido hasta hoy. España, por ejemplo, es el país con más consumo de tranquilizantes del mundo entre mayores de 65 años, siendo los principales consumidores mujeres, y su uso suele ir más allá de sus indicaciones. Las benzodiacepinas se recetan para dormir mejor porque disminuyen la excitación neuronal, tienen un efecto antiepiléptico, ansiolítico, hipnótico y relajante muscular. Pareciera preferible tener a este sector de la población acallada y sin hacer ruido, aunque haya estudios que demuestren la relación entre la ingesta de psicofármacos con mayores niveles de demencia y reducción de agilidad. La pregunta es si existen otras formas de relación con el dolor individual y social más allá de poner una mano en la boca y que el grito explote dentro.

Sujeto Benzo, un fanzine que se muestra en la exposición de Narcohumanismo, habla de todo esto.

Sí, en la obra de arte, que es a su vez un autorretrato médico titulado Sujeto Benzo: Procesos de autodisciplinamiento y resistencia farmacopornográfica, el artista precisamente nos habla del abuso de recetas de benzodiacepinas por parte de la institución médica frente a un “sufrimiento” asociado a las disposiciones de género. El fanzine que conforma el trabajo de Benzo, sin embargo, propone explorar los malestares colectivamente a través de un cuerpo textual alterado que convierte las patologías físicas y psíquicas en clave de interpretación social. De alguna forma, su obra, nos invita a desinsititucionalizar los conocimientos médicos y a reflexionar sobre posibles otras vías de la gestión del malestar.

Leyendo el texto de presentación no me queda claro en qué sentido las drogas están relacionadas con el concepto de deuda, ¿alguna pista?

El sistema neoliberal se ha ocupado de recordarnos por activa y pasiva que nunca somos suficiente (suficientemente eficientes, suficientemente capaces, suficientemente bellas, suficientemente jóvenes, suficientemente fértiles…). El crítico musical inglés Mark Fisher escribió muy bonito acerca de esta cuestión en un texto titulado Good For Nothing (Bueno Para Nada) publicado en 2014 en theoccupiedtimes.org. En este texto, Fisher se acerca a las formas de depresión a través de marcos que son impersonales y políticos más que individuales y “psicológicos”. La depresión sería “una desdeñada voz interior que te acusa de autoindulgencia: no estás deprimido, solamente te estás lamentando de ti mismo, debes tranquilizarte”. Por supuesto, no se trataría tanto de una “voz interior” como de una serie de fuerzas reales que tienen un particular interés en negar cualquier conexión entre depresión y política.

La etimología de narco remite a sustancias que provocan el sueño, que adormecen. Y el uso del término aplicado a los traficantes de drogas prohibidas, en el irracional contexto de la guerra contra las drogas, tiene una connotación negativa, criminal y sangrienta. Entiendo su uso con fines provocativos, pero la acuñación del término Narcohumanismo deja fuera la posibilidad de que el uso de drogas nos ayude a despertar y a crear, permítanme la ingenuidad, un mundo mejor, un mundo más humano, y una vida menos dolorosa y más consciente. ¿Qué opinan al respecto?

Entendemos esta objeción, desde luego. Por lo pronto, jugaremos la carta Donna Haraway y diremos que la noción misma de “humano” viene cargada con implicaciones de género, etnia y clase que, en la práctica, animalizan o deshumanizan a buena parte de la ciudadanía. Así las cosas, puede ser preferible ser, como ella propone, posthumano y, en algunos casos, como cantan los Throbbing Gristle, subhumano. Al elaborar ese término –¡en estado de sobriedad, debemos admitirlo!– nos gustaba la idea de hacer entrechocar la sobriedad y la magnificencia del término “humano” con una noción que puede parecer antagónica, oximorónica o incompatible. Hasta aquí la explicación malota del término. Vamos ahora con la buenista: creemos que el gesto ético y responsable en relación con las drogas no es la abstinencia o el control, sino la redistribución de informaciones, saberes, modos de relación y culturas afectivas que se han generado en torno a ellas y, en buena medida, gracias a ellas, y que han sido tradicionalmente invisibilizadas u ocultadas en el cajón de la heterodoxia. Es por eso que en la exposición abundan los proyectos que liberan esas informaciones, interpelando al espectador como un sujeto libre de tomar sus propias decisiones, y, si ello es posible, más consciente de las reglas y prohibiciones que, con frecuencia, las determinan.     

Capitalismo y otros experimentos

“Creemos que el gesto ético y responsable en relación con las drogas no es la abstinencia o el control, sino la redistribución de informaciones, saberes, modos de relación y culturas afectivas que se han generado en torno a ellas y, en buena medida, gracias a ellas, y que han sido tradicionalmente invisibilizadas u ocultadas en el cajón de la heterodoxia”

¿No está esta posibilidad de uso emancipador de las drogas poco presente en las obras de la exposición?

Para nada. La exposición precisamente plantea la apropiación y experimentación individual y colectiva con los usos emancipadores de las sustancias. Quizás una de las obras con las que más se hace patente este espíritu sea Open the Pill_Mi enfermedad es una creación artística [Proyecto Trans*Plant] de Quimera Rosa. Un proyecto basado en una transición humana a planta, cuyo principal deseo motor ha sido una intravenosa de clorofila, en la que Quimera Rosa experimenta con un protocolo biomédico de la Terapia Fotodinámica (PDT), una técnica aplicada habitualmente en los tratamientos de cáncer localizados y otras enfermedades cutáneas, mediante un proceso de aplicación de una sustancia fotosensible y luz sobre la zona afectada. Su práctica bio-hacker consiste, pues, en la elaboración de protocolos y herramientas DIY/DIWO para abrir los usos de la terapia fotodinámica (*PDT) a colectivos no especializados, para producir cambios de subjetividad y deconstruir las narrativas que conciben el cuerpo como una unidad. El objetivo de su investigación auto-experimental es abrir la “caja negra”, como dicen los hackers, o abrir la píldora (Open The Pill) como decían los activistas afectados por el SIDA. Se trata también de generar conocimientos que rompan con los tabúes relacionados con el cuerpo enfermo. Un cuerpo siempre es un cuerpo enfermo y, al considerar la enfermedad como parte de la vida misma, esta puede ser utilizada como herramienta creativa para deconstruir los procesos de normalización producidos por medio de la noción de cuerpo sano. Así mismo, la familiaridad de Quimera Rosa con las prácticas BDSM y los entornos postporno podrían explicar también su interés en una gestión colectiva del virus de transmisión sexual, así como la ausencia de prejuicios y aprensión a la hora de poner el cuerpo en la mesa de experimentación.

En la ponencia de Núria, La Zona Rainbow, que ha formado parte del programa de actividades de la exposición, se cita el Comunismo Ácido de Mark Fisher y el Socialismo Lisérgico de Jeremy Gilbert, como formas de lucha basadas en la solidaridad, el goce colectivo y el bien común, planteamientos que recuperan la tradición de los psiconautas de los sesenta y ofrecen alternativas al neoliberalismo y la sociedad de consumo. Sin embargo, ¿no creen que hablar de las drogas, legales o ilegales, con fines ideológicos acaba resultando confuso? Tanto si hablamos de neoliberalismo como de comunismo aplicado a las drogas se reduce la experiencia que procuran, se acaba además bendiciendo a unas y maldiciendo a otras (por ser más revolucionarias o por ser más adormecedoras) y finalmente se recorta la libertad del usuario queriendo dirigir su práctica según el dogma de turno.

En absoluto, lo que plantea la tesis de Comunismo Ácido es precisamente la abolición del discurso de la Guerra contra las drogas como el “marco mental”, el cambio de subjetividad general reorientado hacia el individualismo posesivo, que Thatcher y Reagan asentaron en los ochenta cuando llevaron el neoliberalismo al poder. Precisamente, Mark Fisher utiliza la referencia al “ácido” como metáfora para pensar en aquello que escapa a los usos ideológicos y las narcoeconomías globalizadas. El Comunismo Ácido sería “el fantasma de un mundo que podía ser libre”, y su mirada retroutópica hacia las comunidades psiconautas de los sesenta señalaría, precisamente, la necesidad de liberar las sustancias de ciertas formas de control y opresión social, y con ello recuperar el intercambio de herramientas y conocimientos que nos puedan servir en la construcción de nuevos protocolos para una mayor emancipación individual y colectiva. Desde esta perspectiva, las técnicas de transformación personal como el yoga, la meditación o incluso la toma de sustancias psicotrópicas (en teoría) podrían tener algún tipo de potencial radical si están vinculadas a una cultura “más amplia” que cuestione la cultura capitalista y se organice estética y políticamente en su contra. De igual manera, señala Gilbert, estas mismas técnicas podrían convertirse con facilidad en distracciones banales, formas que permiten a los individuos tolerar niveles cada vez más intensos de explotación y alienación, sin llegar nunca a resolver la raíz del problema. Entonces, partimos de la base de que las “tecnologías del yo”, por emplear el término de Michel Foucault, no tienen ningún significado político inherente. Y este es precisamente el marco mental del renacimiento psicodélico actual: “desde una perspectiva ética y política, la pregunta hoy sería si se pueden emplear estas tecnologías, y cómo hacerlo, para elevar la conciencia política, poner en cuestión premisas arraigadas en la cultura capitalista y superar el individualismo de la subjetividad neoliberal con el objetivo de crear colectividades potentes y creativas” (Gilbert).

La Guerra contra las drogas ha interrumpido y mediatizado la comunicación entre iniciados y neófitos, y aquí el arte (sin obligación de ser didáctico) puede desempeñar un papel clave, al menos en la necesaria trasmisión de la experiencia. De hecho, ya lo hace, luchando en algunos casos contra el estigma, alertando de los peligros, etc., pero las artes plásticas no suelen ser muy comprometidas al respecto. Se ven más drogas en series de televisión que en obras de arte, ¿o estoy equivocado? Siempre me he preguntado por qué mis amigos pintores y los artistas plásticos que conozco, no representan jamás el asunto de las drogas en sus obras, con lo aficionados que son al uso de sustancias. Creo que no es privativo de mis conocidos ni del gremio de los artistas, pero ¿por qué esta hipocresía en ámbitos como la creación donde se supone que la libertad es consustancial al oficio?

Es posible que esta observación que haces se deba, principalmente, a las circunstancias de difusión de cada uno de esos géneros. Las series que tratan esos temas, como, pongo por caso Euphoria o, más recientemente, Industry, tienen una difusión mediática mucho mayor que las exposiciones más populares. En cuanto a la frecuencia con que aparece un tema en un género determinado, el hecho de que la comida tenga una presencia mucho mayor en la vida cotidiana que en las producciones creativas (incluidas las series) no indica que los creadores autocensuren sus hábitos alimenticios, sino que éstos les parecen un elemento secundario en el relato que quieren contar. Luego, es importante hablar de los tratamientos simbólicos, alegóricos o indirectos de la experiencia intoxicada; el vídeo de los Rapapawn con el que empieza la expo puede ser un buen ejemplo de ello, en tanto que reproduce “posibles efectos inducidos”, y no actos de consumo específicos. Quizá sería útil añadir que en toda la línea creativa que parte de las ciberculturas, digamos desde el cyberpunk en adelante, las drogas son, con mucha frecuencia, un tema implícito y, en menos casos, un tema manifiesto; por ejemplo, la clásica antología Mirrorshades se puede leer como una compilación sobre estados alterados. Y esta tradición tiene una forma contemporánea en el magma creativo ciberfeminista, que está cobrando una difusión considerable, aunque no pueda competir con las series… ¡por ahora!

El museo ácido

La instalación Inter(h)zona del artista visual Óscar Martín se plantea trasladar a la sala expositiva la experiencia de un ácido. Núria, ¿puedes explicar la gestación de esta obra?

Muy resumidamente, la instalación Inter(h)zona del artista visual Óscar Martín es una obra de nueva creación, realizada en colaboración con el programador Sebastián Jara Bunster, en respuesta a nuestra pregunta curatorial acerca del museo ácido, lisérgico. A partir de esta premisa y en relación a trabajos anteriores, el artista inicia un proceso de investigación y experimentación site specific sobre las potencialidades subperceptivas de la música binaural y las frecuencias sonoras lumínicas, así como sus efectos en la subjetividad de las visitantes de la muestra. Inter(h)zona se conforma por una composición de luz y de sonido de una duración de dos horas y 8 frecuencias que afectan mus sutilmente en la percepción somática de las obras expuestas. Estas frecuencias están programadas para estimular la producción de endorfina y serotonina o producir masajes viscerales y alteraciones visuales afrodisíacas. La instalación sería un ambiente –o anti-Muzak, por emplear el término original que hemos tomado de la película ciberpunk Decoder de 1984–, y procura una experiencia de percepción háptica y que afecta el sistema nervioso global: un catalizador hacia estados no ordenados de conciencia que nos devolvieran el cuerpo arrancado hace décadas por la ideología clínica del “White Cube” propia de los museos y centros de arte contemporáneo.

En las fotografías de Luis Molina-Pantín sobre edificios construidos por los narcotraficantes vemos el impacto de la Guerra contra las drogas en el paisaje de la ciudad de Cali, ¿cómo es esa narcoarquitectura?

La fotografía de Luis Molina-Pantín encapsula objetos y arquitecturas para hablarnos de la cultura que los ha creado y acercarnos al concepto que “el hombre” tiene sobre sí mismo a través de sus construcciones. Su serie de fotografías es una droga, una representación que revela el documento de la magia de la mímesis y que, en su sentido más platónico, acontece un fármaco, una fórmula que altera la realidad observada. Su trabajo en la serie que presenta en la exposición titulada Las Narcoarquitecturas y sus contribuciones a la comunidad: Cali 2004-2005 es lo que el poeta venezolano Luis Pérez Oramas describió como una “farmacia del paisaje”, una epidermis somnolienta que nos muestra que todo paisaje es una inscripción figurativa de algo previamente soñado –o incluso alucinado– y sometido a representación, inscrito y transformado en una mirada convencional por un tipo de impulso visual generador de artificio narcótico. La fantasía inspirada en el Taj Mahal para la cual trabajó el creador del Parque Jaime Duque, en las afueras de Bogotá, o las fotografías clandestinas de la casa de José Santacruz, cofundador del cártel de Cali, que hizo replicar la arquitectura de un club exclusivo al cual no lo dejaron entrar, acompañadas del Club Colombia original, son algunos de los paisajes que Pantín nos presenta para documentar el concepto de narcoestética: la comunión del lujo y la seguridad, de la ostentación y el ocultamiento, en la construcción de una serie de edificios que surgen y se deterioran a una velocidad tan vertiginosa como la de las fortunas que los financiaron.

El artista gallego Jacobo Bugarín también presenta en la exposición un conjunto de fotografías de edificios levantados por los narcos, pero en Galicia.

La aproximación del artista Jacobo Bugarín a las narcoarquitecturas de Galicia se pregunta acerca de las psicogeografías emergentes del conflicto geopolítico circunscrito al tráfico de drogas del territorio. El territorio liminar, la frontera, la vegetación, los símbolos, la escala de las cosas que nos rodean y la seguridad son algunas de las cuestiones que el artista invoca para reflexionar sobre cómo el miedo verso las arquitecturas del poder alteran la percepción humana de nuestro hábitat y la distinción entre el interior y exterior del hogar, generando un tejido social determinado. Según Bugarín, “hacer público aquello privado, acotar y medir una construcción, evidencia los mecanismos de legitimación que la sociedad usa para reafirmar su propia identidad y la de las redes interpersonales que la posibilitan”. Esta realidad la vemos aflorar en la voz de testigos como el de Carmen Avendaño, presidenta y coordinadora de la Fundación Érguete-Integración y pionera en la lucha integral contra las redes regionales de narcotráfico.

Hay también en Say Yes!, la obra de Julia Montilla, una representación de la ciudad hecha con blísteres. Un buen retrato de hasta dónde llega la medicalización de la vida cotidiana en el mundo contemporáneo.

La obra de Montilla se desarrolló por primera vez en Zaragoza, en el marco del Centro de Día La Romareda, y en su primera versión fue realizada con cajas de medicamentos aportadas por la institución médica. Luego, a lo largo del proceso de trabajo, hemos podido constatar que a día de hoy resulta muy difícil, casi imposible, conseguir ese material de las instituciones, lo mismo da que sean púbicas o privadas, y sin menoscabo de que las medicinas estén caducadas. Así pues, el proyecto incorpora un elemento de crítica institucional en el que el podemos comprobar la privatización y “secuestro” del material médico, que solo puede ser “liberado” a través de protocolos internos, que en muchos casos resultan discutibles o arbitrarios. Un segundo elemento que distingue Say Yes! de otras aproximaciones al tema es la manera en que aborda la espacialización de los fármacos, su capacidad para crear espacio compartido y el lugar central que ocupan en la vida laboral y en la dinámica de producción in extenso. La obra dialoga con otros proyectos que, en la misma sala, tratan sobre localizaciones geográficas de la droga, si bien está asimismo relacionada con una tipología de sitios definidos a partir del consumo. Así como Montilla se refiere a la experiencia metropolitana, en cambio Joan Pallé, en su monumento a la pastilla de éxtasis, evoca las raves de su adolescencia en los bosques de las afueras de Lleida.

‘Los brotes negros’

“En algunos ámbitos de la izquierda política se ha generalizado un discurso anticientífico, voluntarista y ‘camarada-no-te-drogues’ que critica por defecto a quien toma psicofármacos sin detenerse a considerar si los puede necesitar tanto como un diabético necesita la insulina”

Eloy, en el libro que acabas de publicar, Los brotes negros. En los picos de ansiedad, explicas muy bien la condición del sujeto contemporáneo: “A nuestros cuerpos se les pide que sean disciplinados de día y exaltados de noche […] La ansiedad es el síntoma de la presión que genera este doble mandato”. Así las cosas, ¿cómo podemos escapar de esta doble condena?

En última instancia no creo que podamos escapar a ella porque los imperativos de productividad, y los ritmos físicos determinados por ellos, están profundamente interiorizados. Hemos aceptado que nuestra identidad se define por los resultados de nuestro trabajo, como aceptamos también que, de noche, debemos ser productores y receptores de afectos íntimos, vínculos intensos y emociones pasionales. En ambos casos, de día y de noche, nos definimos como seres hipervinculares –“yo soy yo y mis vínculos”–, hasta el punto de que la diferencia entre lazos profesionales y conexiones afectivas queda, en última instancia, diluida en una lógica relacional imperativa que recorre todos nuestros comportamientos y reduce o incluso anula la noción misma de “individuo”. De entre los numerosos documentales que se han realizado acerca de la crisis de la oxicodona en Estados Unidos –en particular en el llamado Cinturón del Óxido– hay uno especialmente revelador que muestra cómo “la familia que se chuta unida permanece unida”: la madre, las hijas, los nietos, todo el mundo se pica, compran la droga juntos, se van a visitar sucesivamente a la cárcel, y mantienen relaciones funcionales y cercanas, principalmente porque sus hábitos de consumo lo hacen posible. Es, en realidad, la versión actual de las antiguas películas sobre el núcleo familiar estilo Frank Capra, solo que aquí ha aparecido un nuevo miembro que es la corporación farmacéutica Pudue Pharma, el miembro invisible pero decisivo de la saga. 

La censura moral hacia las drogas se adapta a toda clase de discursos. Muchos consumidores de drogas ilegales jamás prueban un fármaco despachado en una farmacia. Existen también los amantes de lo natural que desconfían de toda síntesis química. Y en el movimiento de lo que han llamado el renacimiento psicodélico se lucha por la despenalización y regulación de los psicodélicos, pero los opiáceos o la cocaína siguen siendo malditos. En Los brotes negros, se critica la “clásica superstición de izquierdas hacia los antidepresivos”, ¿por qué esta incomprensión hacia la depresión y su tratamiento?

De entrada, tengo que señalar que conozco más de cerca las supersticiones de la izquierda que las de la derecha, y me parecen más preocupantes, quizá porque las otras siempre las había dado por supuestas. Hablo de “superstición” porque en algunos ámbitos de la izquierda política se ha generalizado un discurso anticientífico, voluntarista y “camarada-no-te-drogues” que critica por defecto a quien toma psicofármacos sin detenerse a considerar si los puede necesitar tanto como un diabético necesita la insulina. Este discurso tiene tres ejes. En primer lugar, el menosprecio por las perspectivas que proceden de la neurología, que en muchos ámbitos es rechazada por considerarse un área de conocimiento que ofrece perspectivas “trágicas”, como que una parte de lo que nos ocurre está escrita en nuestros genes. En segundo lugar, una ética de la militancia y la austeridad, fundada en el cristianismo franciscano, que postula una “mente sana en un cuerpo rojiverde”: un delirio político tan dañino como los delirios de la cultura de gimnasio intensiva. Por último, una comprensión muy parcial del término “capitalismo”, que pasa por alto que numerosas reivindicaciones y movimientos tuvieron su origen en el sistema de mercado y solo tienen sentido en él, como ocurre con las legítimas reivindicaciones sobre la brecha salarial de género.  

De lo que se habla mucho hoy es de la crisis de los psicofármacos, de sus incómodos efectos secundarios y de su eficacia relativa. Las expectativas excesivas que levantaron hace medio siglo se han visto frustradas y en la necesidad de nuevos tratamientos retornan ahora los psicodélicos. Es sin duda un debate complejo, en Los brotes negros te retratas, Eloy, como alguien que no para de probar distintos psicofármacos y ansiolíticos, dando la impresión de que nunca llegas a dar con la medicación adecuada para tus dolencias, ¿es así?

Pues sí, y en mi caso el asunto se complicaba porque cursaba una combinación de trastorno de ansiedad con trastorno de los ritmos circadianos, o sea que había que encontrar una combinación de fármacos que diera con el punto medio entre el on y el off. Pruebas el Rexer, y ves que funciona, pero solo temporalmente. Pruebas el Rubifén y te dan unos episodios de ira fuertes, eso además del cristo que te montan en cada farmacia, porque es el medicamento del que se falsifican más recetas, y te encuentras con farmacéuticos que se niegan a dártelo o te acusan de llevar una receta falsa. Las fases de transición de una medicación a otra pueden ser bastante duras; hasta que el cuerpo se acostumbra lo tienes muy desarreglado. Durante una fase vi que me funcionaba suficientemente una combinación de Neurontin, Anafranil, Orfidal y melatonina, todo ello tomado en microdosis, pero, claro, al precio de tener somnolencia diurna y no poder hacer nada a partir de las nueve de la noche. No estaba sobremedicado, porque al ser delgado me bastaba con tomar dosis pequeñas para que hicieran efecto, pero sí sentía todo el rato que era un sujeto experimental, o un cobaya en una caja, y los otros tratamientos ayudan pero no pueden alterar la disposición neurológica, que en muchos casos es el problema de base. 

Uno de los pocos momentos de alegría farmacológica en Los brotes negros se produce cuando cuentas tu experiencia con el Tadalafilo. Creo que no se ha pensado suficiente sobre las consecuencias profundas para la masculinidad que implican el descubrimiento de la Viagra y del Cialis, ¿en qué medida crees que su aparición nos libera o nos encadena a lo que se espera sexualmente de los hombres?

Buena parte de los fármacos que tenía que tomar, y algunos otros que tomé antes, como el Prozac, afectan a la libido, y si eso se añade a un temperamento hiposexual, como es el mío –y el de bastantes tíos que conozco: es una realidad que se comenta poco– te anula sexualmente. Ahí la solución por defecto es el Tadalafilo, que me provocaba dolores de cabeza y, desde luego, entraba en conflicto con la medicación contra la ansiedad, pero funcionar, funcionaba. Sí me pareció importante hablar de este medicamento porque en lo que leí sobre el asunto todo se centraba en la Viagra, que ya no es la última palabra en este tipo de tratamientos. El Tadalafilo, que, a diferencia de la Viagra, hay que tomarlo a diario y no provoca erecciones inmediatas, restituye la capacidad erógena y, por tanto, te hace sentir que has recuperado la masculinidad perdida. No obstante, el sentimiento de insuficiencia, esa “impotencia estructural” de la que habla Hermann Broch, no desaparece sino que es sustituido por otro: la certeza de necesitar una prótesis, o de ser un hombre-gracias-a-la-pastilla. Y es curioso, porque nuestra existencia ya es totalmente prostética (los móviles, los portátiles y cualquier otra extensión indispensable de nuestros cuerpos) pero, aun con eso, no hemos acabado de mentalizarnos de esta condición cyborg y añoramos una “autosuficiencia humana” que, de hecho, nunca existió, es una invención retrospectiva.

Drogas para ser productivos, para dormir, para rendir sexualmente, para bailar, para olvidar el yo o para reforzarlo… La vida sola parece no bastar, hasta muchos nos drogamos para disfrutar más vivamente de las exposiciones de arte. Por cierto, y con esto ya termino, ¿cómo está siendo la recepción de esta muestra?

La verdad es que es muy bonito ver como los distintos diálogos que la muestra plantea se expanden más allá de sus paredes. También es curioso y sintomático que al hacerlo levante pasiones acerca de las problemáticas que plantea. Suponemos que esto es debido a que la muestra se acerca a sus visitantes a través de los poros de la piel y las memorias vivenciales. En cualquier caso, lo interesante ahora es ver qué hacemos con este debate, pensar cómo podemos darle continuidad y que nos sirva como un aprendizaje colectivo para repensar los hábitos asociados al bienestar.

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