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Hipérboles fosforescentes con patada voladora

Entrevista con Victor Puchalski

Entrevista con Victor Puchalski

Victor Puchalski (Catarroja, 1986) ha irrumpido en el dojo del cómic autóctono, repartiendo furia y metáforas, pollas como barras de pan y talento desatado. Su novela gráfica Enter the Kann fue seleccionada entre los veinte mejores cómics del mundo por la revista estadounidense Entropy, abriéndole las puertas del mercado norteamericano. Ahora publica La balada de Jolene Blackcountry y nos dedica unas horas de conversación acerca de sus cuitas y su desbocado universo.

En menos de un año ha pasado de que su obra fuera retirada de las exposiciones del Saló del Còmic de Barcelona por obscena, a ser nominado en este mismo evento como autor revelación. Charlamos con él sobre sus procesos e influencias para tratar de entender cómo consigue maridar violencia descarnada con intimismo, ukiyo-e con catálogos de figuritas de acción y honestidad brutal con vacile extremo.

Viendo tus tebeos parece que has metido muchas horas en salas de recreativos.

Muchas. Hace la tira de años había un salón recreativo aquí, y un cine... Yo tuve una “ventaja”: mis colegas eran mayores que yo, eso facilitó la entrada a mogollón de basura de la que mola: echar tardes en los recreativos, pelis que la gente de mi edad ni sabía que existían... Después de eso ya empezó mi recorrido por las consolas. Nos juntábamos a machacar botones en la habitación de unos coleguis que eran hermanos. Un tiempo después estos chicos, que eran mis mejores amigos, la palmaron.

Vaya. También da sensación de que ha habido mucho parque y un poquito de hostias.

Mucha placeta y mucho hacerse el chulo. No me aportaba una mierda... A esa edad de una ñespla le cambiaba la cara a quien me los tocase mucho. Creo que la peña pensaba que estaba tarao, mis mejores colegas estaban muertos y yo era un crío gordo que quería quemar el puto colegio... Así que mi madre, en cierta forma, me recordó de dónde venía yo, de las pelis, del VHS, de leer y todas estas cosas, los tebeos y el dibujo.

Victor Puchalski
Victor Puchalski, con su particular movimiento de cejas. Foto: Jaume Martí.

Y de juegos de rol, ¿nada?

Algo hubo. A esta cuadrilla de consoleros nos dio por probar el rollo Atmosfear, no se prolongó mucho. Esa estética siempre me había molado, por las pelis y porque mi padre era un auténtico freak de la ciencia ficción.

Hablando de tu padre, cuenta cómo contactaste con la sci-fi y los tebeos de Tintín.

Cuando mi padre se enteró de que la biblioteca de un pueblo cercano estaba tirando libros y cómics, para allá que nos fuimos. Al llegar, había unos contenedores delante de la biblioteca, mi padre me tiró allí dentro para que sacase todo el pus municipal que había allí. Luego en casa ya hacíamos inventario, y fue allí donde descubrí los libro-juegos rollo roleros. Otra puerta que se abría. Allí también conocí a Tintín..., en un basurero.

Supongo que tu formación incluye lecturas sesudas porque tus tebeos, además de macarreo y vida real, vuelan alto.

Pese a que parece que se pierda un poco entre tanta polla y tanto color chillón, me gusta hablar de algo. Otra cosa es cómo elijo hacerlo, el subtexto que está detrás. Si quiero hablar de algo humano, sentimental, universal, temas que cualquiera pueda experimentar, paso de hacerlo con mi abuela y su vecina como protagonistas. No me interesa una mierda, esa no es mi “tradición”. No es mi escuela. Mi escuela es el anime, el VHS, Conan, Carpenter, la image de los noventa y cosas de ese palo, más que lecturas sesudas.

Para muchos tu nombre empezó a sonar cuando censuraron en el Saló del Còmic de Barcelona tu poema gráfico sobre Tom de Finlandia, ¿Fueron las esvásticas, las pollas o la mezcla de ellas?

Siempre tuve esa duda, de si fue más por las pollas gordas o por la esvástica o porque la esvástica estuviese hecha de pollas gordas. Tampoco es que me quedase con el regomello de respuesta. Però bé, xe, lo que digo, que todo bien, vendí esos originales, que acabaron pagándole un aire acondicionado a mi madre en pleno verano valenciano.

¿Dibujar un tebeo tan loco como Enter the Kann, de casi trescientas páginas en seis meses, debe de ser un híbrido entre estar secuestrado y fumar a lo loco?

Qué va, qué va... una gozada. Hubo ahí sangre, sudor y lágrimas, y lo pasé mal en muchos momentos, fue una pasada. Era muy consciente de a dónde iba y a lo que iba, y sobre todo de la oportunidad que tenía. Crecí de la hostia.

Kann

Fumas buscando respuestas, desbloquear piezas de guión y tal… O simplemente fumas, y ¡zas!, se abren.

Lo hago para conectar. Sin previsión de nada. Pelis, cómics, música. Siempre en casa. Nada de inspiraciones jipis o cosas de esas. Es más otra forma de encontrar en cada bloque de cosas el hallazgo, teorizar, pasearme por el subtexto. Te puedes traer cosas de vuelta, pero no será nada evidente.

Cuando se habla de Kann, un tema recurrente son las pollas y los músculos, pero ¿las venas? Todo lleno de venas, creo que alguna vez he llegado a ver venas en las venas.

[Risas] Bueno, tiene fácil respuesta: me flipan. Y me eran muy útiles. Me da un poquín la risa cuando veo que alguien las dibuja muy en serio en plan...: la Meca de la anatomía muscular venosa. Para mí es medio en coña; me son útiles, como comentaba antes, a nivel simbólico, te lleva automáticamente a entender lo hiperbólica que es esa ficción. Si dibujo con esa exageración es más posible que se entienda mejor lo que quiero contar. Es algo lioso porque me expreso como alguien con el cerebro lleno de esas venas gordas, pero, en resumen, hacer algo tan exagerado, tan evidente, se transforma en “lo antisimple”. Cuando menos te das cuenta ya estás más paseando por el mensaje a través del símbolo, más que fijándote en el símbolo en sí.

Tu estilo gráfico cambia constantemente, ¿de dónde viene eso?

Son todo puertas, herramientas, recursos... Y ahí están, para que se pueda entrar. También es un hecho que estamos en un terreno artístico, y personalmente me apetece concederle su importancia. En Enter the Kann, por ejemplo, una de las cosas que más me han dicho es que es un tebeo que se puede mirar mucho, disfrutar de los “paseos”.

Y vas de la perfección absoluta en las páginas que aspiran a ello, a la torpeza extrema en las páginas más mongolas.

Bueno, en realidad, yo intento hacerlo lo mejor que puedo... O lo peor. Mentiría si no dijera que me resultan todos igual de difíciles. La verdad es que aunque hay gente que no se lo cree, a mí dibujar me cuesta de la hostia.

Cuando la palmaron mis colegas mi madre me pilló por banda y me puso a dibujar para que no me “amebara” demasiado. A mí lo que me gustaba era inventarme historias. A dibujar tuve que aprender.

La polla de Kann es una cosa omnipresente. ¿Tu personaje despierta expectativas sobre la herramienta de su autor?, ¿lo del vigor sexual nos tiene obsesionados?

A mí, así en principio, no. Lo de la polla de Kann, pues lo mismo que antes; símbolo, exageración y representación. Kann es una hipérbole. En mi caso, ni tengo la polla como Kann ni tengo ningún complejo por no tenerla como él.

Enter the Kann

En un principio tuviste muchos seguidores de tu universo de pollones: ¿se han decepcionado al ver que la cosa no daba para paja, que era más, digamos, metafísica?

Pues juraría que los he ido ganando. Diría más, las he ido ganando. Creo que la onda en la que vibra Kann ha atraído a un público más diverso del esperado. Mi idea no era fabricar la máquina fabricachurros perfecta para que los adictos a los churros viniesen a decirme lo buenos que están. Como todo lo que hago, está lleno de honestidad por todos los lados. Luego cada cual hace su lectura. Con eso estoy muy contento. Un gay que te dice que ya era hora de que algo con un componente homosexual a tantos niveles tuviese una consistencia como obra, o una tía comenta que le flipa toda la sexualidad que hay en Kann sin ser un festival de porno barato, pues te alegras. Luego seguro que hay gente que se ha bajado del carro al ver que no es un “pim-pam, pos te mato, aaahh, muere”... Pero, mira, he hecho lo que he querido de la mejor forma que he sabido.

En una entrevista en Radio 3, definías Kann como una peli de Carradine escrita por Jodorowsky.

Es una descripción de un colega, un tanto rápida, pero que ayudaba mucho a captar la esencia de Enter the Kann. La frase era, “Kann es como el Dark Knight del kung-fu de Carradine escrito/dirigido por Jodorowsky”. Tres historias que me chiflan y de las que tengo una influencia brutal.

En tus tebeos, de alguna manera, parece que quisieras recordarle a la gente que están vivos, que esto es lo que hay y que el que tenga que hacer algo ya está tardando.

Creo en el poder transformador de la ficción. Kann tiene mucho de eso para quien sepa bucear por todo ese subtexto. “La balada de Jolene Blackcountry” se basa enteramente en eso, es su función total. No es una “cohellada”. Paso de disparos positivistas, de coachings y hostias. Es un “no te duermas y espabila” a muchos niveles. Es antisistemas establecidos (parejas, vida adulta, socialcosasmierdas...), pero claro, si lo lees con el chip de 2 Fast 2 Furious, pues, estamos cantando pero nadie baila.

La balada de Jolene Blackcountry

Imagino que estos tebeos, además de recordarnos a los demás la importancia de estar despiertos, te lo recordarán también a ti mismo e inevitablemente te llevarán a apartar algunas cosas de tu vida e incluir otras.

Quizás más que a apartar e incluir, a tratarlo todo como si de un inventario de videojuego se tratase, creo que yo mismo, haciendo estos tebeos, buscando y encontrando las fórmulas para contar lo que me interesa, encuentro cada vez más el tipo de persona que soy y quiero ser. En Kann había mucho de eso. En La Balada de Jolene Blackcountry ya es apoteósico. El mensaje como símbolo en sí mismo. Un mantra.

¿Qué vas a hacer este fin de semana?

Los viernes quedo con mi hermano para cenar, estar de xarreta, contarnos la semana, echar unas caladas y escuchar música. Si hay algún plan interesante el sábado, pues me apunto. Desde que me puse a full con los tebeos salgo menos, perdí una temporada el interés de ir a full de fiestaca y estas hostias, además, dejé el alcohol y me pasé al Vichy.

Kann & The Heavymetalords of War
  • Kann & The Heavymetalords of War (2016) presenta el mundo paralelo de Tierra 2666, al Dios de la lucha libre y al resto de los personajes clave de esta saga. 2,95 €
  • Enter the Kann (2016) desvela las claves del kung-fu oscuro, de la vida, en definitiva, a través de un tebeo de estética sofisticada y narración anticonvencional. 22 €
  • La balada de Jolene Blackcountry (2017) es un cómic sobre realidades alternativas serigrafiado en negro y tinta fotoluminiscente. Una lectura a luz del día que cobra pleno sentido en la oscuridad. 15,95 €

Todos ellos publicados por Autsaider Cómics.

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