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Txarly Brown, un giro radical gracias a un porro

Txarly Brown dándole a la ganja tras de la presentación de su libro en una opulenta librería barcelonesa.

Txarly Brown dándole a la ganja tras de la presentación de su libro en una opulenta librería barcelonesa.

Charlie Brown, el niño pelón y sufrido que nació del lápiz de Charles M. Schulz, es uno de los mayores iconos de la historieta mundial. Y aun así, es tan looser que, pese a protagonizar Peanuts, su perro lo supera en popularidad. Su creador dijo de este “adorable perdedor” que “es una caricatura de la persona media. La mayoría de nosotros estamos mucho más familiarizados con la derrota que con la victoria”. Con todo, Carlitos, como se lo rebautizó por estas latitudes, pese a su nerviosismo existencial, alcanza algunos logros a lo largo de las viñetas. Algo así le ocurre a Carles Closa, más conocido como Txarly Brown, quien acaba de publicar Grandes fracasos. Aventuras gráficas a la jamaicana 1989-2024. Un libro de memorabilia gráfica y personal que incardina un largo currículum de descalabros económicos con la victoria indiscutible de quien ha conseguido trabajar de lo que quiere, organizando conciertos, publicando discos y firmando portadas, carteles, ilustraciones y diseños para todos sus ídolos. Txarly Brown es, desde hace tres décadas y media, urbi et orbi, uno de los más exaltados agitadores del avispero musical skatalítico, electrónico y rumbero. Y todo “gracias a un porro”.

Charly Brown no es el único personaje de cómic y dibujos animados en el que se refleja Carles Closa, alias Txarly Brown. Él mismo se ha encargado de autocaricaturizar su figura espigada y su rostro gafudo, emboinado y perilludo como, por ejemplo, Averell, el más alto y bonachón de los hermanos Dalton. Siempre en compañía, por orden escalonado, de algunos miembros de sus indisociables Dr. Calypso (con Lord Xèriff como Joe Dalton), la seminal banda de ska catalana de quien Txarly fue uno de los vocalistas primigenios (hasta que una amiga, tras el segundo bolo, le rogó que lo dejase por vergüenza ajena), amén de responsable de su imagen. También como Mortadelo, de Mortadelo y Filemón, disfrazado para la ocasión de rude boy, junto a Juanska Selector de Rompetechos. Aunque, a juzgar por las memorias de este diseñador gráfico, ilustrador, DJ, promotor y musicólogo del subsuelo barcelonés y global, de encarnar Txarly Brown al personaje que F. Ibáñez peor dotó de sentido común, seguramente sería el protagonista de tebeos como La litrona... ¡Vaya mona!, El dopaje... ¡Qué potaje!, Un alijo algo canijo, L.S.D o la reciente (y póstuma) Hachís... ¡Salud!

Mortadelo disfrazado de Txarly Brown o Txarly Brown disfrazado de Mortadelo y cartel de una pinchada de Txarly Brown y Juanska Selector en Bella Bestia Afromuisc bar.

Mortadelo disfrazado de Txarly Brown o Txarly Brown disfrazado de Mortadelo y cartel de una pinchada de Txarly Brown y Juanska Selector en Bella Bestia Afromuisc bar.

Y lo digo porque, las mentadas desventuras de la pareja de agentes de la T.I.A, son comparables a las alucinantes y alucinógenas hazañas de este tipo que adoptó el apodo del dueño de Snoopy para mantener su anonimato al firmar, a finales de los años 80, informes para el F.B.I (o sea, Fuentes Bien Informadas, su fanzine, pionero de la escena skatalítica en este país). Tras más de tres décadas en todos los ajos imaginables, Carles Closa, aunque rechace colgarse medallas, es hoy un puntal, internacionalmente reconocido, de toda música enraizada en la isla de Jamaica y sus diásporas. Encima, apoyó la escena electrónica barcelonesa en los 90 y primeros dosmiles, y fue estudioso y defensor avant la lettre de la antes denostada rumba catalana. Todo eso es lo que explica, con la lengua bien depilada, en Grandes fracasos de Txarly Achilifunk Brown (Verso Libros, 2025). Y para indagar en la obra y milagros de este (en palabras de Carles Viñas) “artista del Renacimiento en el siglo equivocado”, nos citamos con él en la barra de uno de los pocos locales auténticos que resisten al invasor en pleno centro de Barcelona, donde la verborrea de Txarly mana como la cerveza de los tiradores. Tal com raja, que decimos por aquí.

El libro Grandes fracasos. Aventuras gráficas a la jamaicana 1989-2024. de Carles Closa, aka Txarly Brown.

El libro Grandes fracasos. Aventuras gráficas a la jamaicana 1989-2024. de Carles Closa, aka Txarly Brown.

Tu libro lleva por subtítulo Aventuras gráficas a la jamaicana 1989-2024. Sin embargo, tu aventura empieza unos años antes, en 1986. La noche en que, junto a tu variopinta pandilla de colegas, unidos por “la afición a la fiesta, el hachís y el LSD”, vais a un concierto de Skatalà y se te ilumina el mundo.

Es un episodio fundamental, porque se trata del final de mi adolescencia. Y se podría resumir en que yo, en 3º de BUP, descubro el hachís, y a partir de entonces mi ideal de vida pasa a ser fumar porros todo el día. Me encanta. También descubro las tribus urbanas, la música, las movidas que ocurren en mi ciudad y empiezo a ir a todo, a volverme loco. Voy creciendo, ya tengo 17 o 18 años, y algo de poder adquisitivo para poder hacer mis cosas. Y las hago. Y todas se vertebran entorno a las drogas. No íbamos a conciertos porque fuéramos melómanos, no. Nos cocíamos y nos íbamos al Ateneu Popular de Nou Barris, que estaba a tomar por culo, y volvíamos andando al barrio Gótico, hasta la plaza del Pi, que eran como nueve kilómetros de distancia en plena noche. Imagina a siete tíos fumando y tripados, caminado por una ciudad desierta de los 80 en la que no había casi ni policía. Era como una aventura de Los Payasos de la Tele resumida en una noche. Y a veces acababa bien y otras en el calabozo o en la cárcel de jóvenes de la Trinitat, como me pasó a mí.

Pero tu vida daría pronto “un giro radical gracias a un porro”.

Sí. Después de casi un mes para reflexionar rodeado de delincuentes, ya sabía lo que no quería. Cambié de instituto en 1988 e intenté concentrarme en estudiar y alejarme un poco del consumo de estupefacientes y la vida vegetativa. El nuevo instituto, el Verdaguer (sito en Parque de la Ciutadella), tenía una bedel muy simpática, la Paca, que me conocía y sabía que dibujaba. Y yo en los ratos que no tenía clase bajaba y compartíamos un porro en un banco del parque. Ella tenía igual 20 años más que yo, pero era como una amiga, y un día me dijo: “Mi vecino de arriba es diseñador gráfico y necesita un becario, y tú dibujas de puta madre”… Al cabo de un mes ya era un profesional con un sueldo estratosférico para la época. Me tocó la lotería por fumarme un porro. Hasta ese momento no sabía qué hacer con mi vida.

Buen viaje, Carlitos

Jordi Manyà, Xeriff, Blacky, Sapo y Txarly de tour lisérgico en Perpignan (1998), en una foto de Luismi.

Jordi Manyà, Xeriff, Blacky, Sapo y Txarly de tour lisérgico en Perpignan (1998), en una foto de Luismi.

“No éramos los más avanzados del mundo, solo teníamos las mejores drogas de diseño del mundo, y encima un circuito cojonudo por el que se movía mucha gente”

Una vida, y en consecuencia unas memorias, que prosiguió plagada de anécdotas chistosas relacionadas con las drogas, como aquella excursión a Perpiñán en la que saliste volando de una moto en pleno subidón de ácido…

Uff, sí. Antes de que existiera Dr. Calypso, viajamos algunos amigos y futuros miembros del grupo (Xerif, Luismi, Jordi Manyà, Blacky, Sapo y yo) en Vespa hasta Perpiñán, donde nos dedicamos a tomar secantes y esparcir el caos durante varios días por la costa francesa. Yo iba de paquete de Luismi, mi mente daba vueltas y estaba obsesionado con no caerme. Me agarraba tan fuerte al colín de la moto que pensaba “si me caigo, se cae la moto conmigo”. Pues tuvimos un reventón, chocamos contra una furgoneta que estaba a nuestro lado, vi pasar a Luismi por debajo de mí y caímos los dos al suelo… Y el Luismi: “Hem punxat! Hem punxat!”, y yo: “Que no m’he penjat! Que anava agafat!” (“¡Hemos pinchado! ¡Hemos pinchado!”, “¡Que no me he colgado, que iba bien agarrado!”). Fue bastante ridículo, porque detrás iban en coche los demás descojonándose de la risa. Y yo me subí al coche, pero no quería quitarme el casco, porque pensaba que me había roto la cabeza y tenía la paranoia de que si me lo quitaba se me abriría la cabeza como un huevo, y me lo dejé puesto el resto del viaje… Este tipo de mierdas pasaban mucho y eran muy divertidas. Y lo fueron, básicamente, porque sobreviví.

Entrada para un concierto de Dr. Calypso en la sala KGB (1990), cuando el  aprendizaje de Txarly como “diseñador formal” empieza a dar frutos. Póster para  f iesta en la sala Apolo (1998). Y boceto inédito para poster del concierto que ofreció  la mítica banda ska estadounidense The Toasters en Barcelona en 1992

Entrada para un concierto de Dr. Calypso en la sala KGB (1990), cuando el aprendizaje de Txarly como “diseñador formal” empieza a dar frutos. Póster para fiesta en la sala Apolo (1998). Y boceto inédito para poster del concierto que ofreció la mítica banda ska estadounidense The Toasters en Barcelona en 1992.

¿Alguna que se haya quedado en el tintero?

Fuimos todos al mítico concierto “Nicaragua Rock”, en el Palau d’Esports. Antes quedamos en la Plaza del Rey, nos fumamos unos porros, nos bebimos unas Xibecas, fuimos a pie hasta el lugar y compartimos unos tripis. Y al poco de entrar, perdí a la pandilla. Y de repente, en medio del concierto de Kortatu o no sé quién coño, comencé a oír por megafonía la voz de mi padre (que había muerto unos años antes), llamándome “Carles Closa, fill del meu cor…” y diciéndome unas frases que se entrelazaban entre ellas y que yo empecé a repetir y repetir como un mantra. Hasta que me dio el agobio y me fui a los lavabos. Un amigo me rescató nadando (te puedes imaginar como estaba todo de meados), pero yo seguí en bucle hasta al cabo de tres horas, cuando, de golpe y porrazo, estoy en Sant Felip Neri rodeado de mis colegas. Y yo “¿No estábamos en un concierto?”… “Hostia Txarly, te sientan fatal los tripis, llevas tres horas con el puto mantra de tu padre”. A pesar de todo, mi adolescencia fue ultradivertida. Pero era conveniente no perder a tus amigos.

¿Algún episodio reciente?

Para mí las drogas son un catalizador lúdico. Es la chispa que prende el fuego, pero luego no son tan necesarias… De lunes a viernes no pienso en ellas, porque no las necesito para nada. Si tuviera un curro en el que utilizase menos el cerebro, ya te digo yo que me pasaría el día fumando porros. Pero, para lo que hago, necesito tener la mente despierta. Eso sí, en cuanto me dicen “tiempo libre”, pues dame de todo. Hace un par de meses, en septiembre, me vine arriba y fui a un festival en el barrio de Horta, y los técnicos de sonido: “Txarly, ¿quieres unas caladas?”. Le di un par de caldas y me sentó súper bien, y luego me dijeron: “Mira, te dejamos aquí el bote, si quieres ve haciendo…”. Y pensé, “pues me está sentando de puta madre, voy a seguir con esta mierda”. Lo siguiente fue que me hablaba la gente y yo “Creo que me está dando un blancazo… ¿estoy blanco?”. “Sí”. “¡Pues rápido, a por Coca-Cola y pizza!”. Me recuperé en 15 minutos. Yo a mi crío le he recomendado toda la vida: drógate todo lo que quieras, pero procura tener siempre al lado a alguien que sepa guiarte.

Arriba, Sapo, Oriol Flo, Blacky, Mónica, Luismi, Xeriff y Edgar Geli la noche del estreno oficial de Dr. Calypso en un local alquilado en la carretera de Sant Boi (1989). Logo para el  60 aniversario de The Skatalites. Sobre estas líneas, tarjetas para la mítica marca de camisetas Uptight 65. A la derecha, evolución del logo-mascota de Skatalà, banda pionera en  tocar música jamaicana en la península, a partir de un dibujo de uno de sus dos cantantes, Quique Gallart, inspirado en las tiras de Andy Capp.

Arriba, Sapo, Oriol Flo, Blacky, Mónica, Luismi, Xeriff y Edgar Geli la noche del estreno oficial de Dr. Calypso en un local alquilado en la carretera de Sant Boi (1989). Logo para el 60 aniversario de The Skatalites. Sobre estas líneas, tarjetas para la mítica marca de camisetas Uptight 65. A la derecha, evolución del logo-mascota de Skatalà, banda pionera en tocar música jamaicana en la península, a partir de un dibujo de uno de sus dos cantantes, Quique Gallart, inspirado en las tiras de Andy Capp.

Hablas de tu carrera como una sucesión de “grandes fracasos”. Sin embargo, también dices que (en la etapa de Utight 65) “trabajar era una fiesta”. Eso, en mi opinión, se acerca bastante a la idea de éxito.

Como te contaba, yo era una puta bala perdida, y la única habilidad que tenía era la manual, la de dibujar un poco bien y tener destreza con las manualidades. Fue una carambola que pudiera dedicarme a ello profesionalmente. Hablo de colección de fracasos porque soy muy consciente de que, si en vez de haberme dedicado a un mundo que vive en constantes penurias como es el de la música, mis ahorros y mi patrimonio serían otros. Yo trabajaba para Bassat, para grandes marcas, tenía contactos… podría haber sido director de arte en alguna agencia de publicidad. Pero siempre he sido un puto punk y pensaba “me sudáis la polla, yo no voy a reírle los chistes a nadie”. ¿Hubiera sido un triunfo tener ahora un yate y un casoplón? No lo sé. Lo que mucha gente admira como un logro, para mí no lo es. Mi éxito es mi colección de fracasos: el haber hecho lo que me ha salido de la chorra durante los últimos 35 años. Yo soy un yonqui de mi curro y me levanto cada día para ir a diseñar como si fuera el último día de mi vida, porque me encanta. Me divierte crear obras gráficas. ¿Que el 90 % de mis clientes no pueden ni pagar el alquiler? Pues tengo la suerte de tener un buen cliente que puede mantenerme para hacer todas esas mierdas. Y el día que no lo tenga, pues me tendré que espabilar, como he hecho toda la puta vida.

Diferentes trabajos para los 4 Caps.

Diferentes trabajos para los 4 Caps.

¿De dónde sale la idea o la necesidad de escribir esta suerte de memorias en las que repasas tu legado gráfico vinculado a la escena jamaicana?

De una crisis. En abril del 2024 mi hijo cumplió 19 años, y yo noté que ya no me necesitaba para nada. El famoso síndrome del nido vacío. De repente me sobraban seis horas al día. Ya no tenía que acompañarlo al rugby, a clarinete, a fútbol, hacerle la cena… Además, me ha salido un tío que estudia, que tiene novia, va al gimnasio, trabaja. ¿En qué he fallado? Él me dice, “es que no quiero ser un looser como tú”. Fantástico. Espero que un día me jubile. Y esa crisis, sumada a la consciencia de que tengo ya 50.000 años y he hecho todo lo que quería hacer, pues pensé, voy a escribir un libro para contarle a mi crío lo que he hecho en los últimos 35 años, pero algo que no sea un puto caos ni unas memorias divagantes. Yo siempre he apuntado las cosas y lo he tenido todo muy ordenadito, así que parcelé mis recuerdos y mi obra empezando por el segmento ska. En los últimos tiempos he vuelto a la música jamaicana tras de 18 años metido en la rumba, de donde acabé hasta los cojones, y previamente otros tantos metido en la electrónica, de donde también acabé hasta los cojones. Simplemente pensé en eso: en mi crío preguntándose, dentro de 10 o 20 años, cuando yo haya muerto, ¿qué hacía este hijo de puta? A mí me hubiese encantado leer un libro escrito por mi padre, porque lo perdí muy joven. 

Experimentos con humanos

Txarly Brown, un giro radical gracias a un porro
Diferentes artworks para Achilifunk Sound System, proyecto impulsado por Txarly para explorar las conexiones entre la rumba catalana y la música jamaicana.

Diferentes artworks para Achilifunk Sound System, proyecto impulsado por Txarly para explorar las conexiones entre la rumba catalana y la música jamaicana.

Has sido uno de los principales impulsores de la música afrocaribeña, sea montando conciertos, pinchando o realizando gráficas para Laurel Aitken, Toots & The Maytals, Prince Buster, The Skatalites, Desmond Dekker y un largo etcétera. Y la música jamaicana es indisociable de la marihuana. ¿Podrías explayarte un poco con la relevancia del cánnabis en la escena? 

“Estuve cinco años pinchando en una asociación cannábica, y experimentaba con los humanos. Pinchaba con el ordenador y ponía bucles de caballos por la montaña unidos a un loop de una intro de música clásica; y lo dejaba como veinte minutos”

Es la pregunta que esperaba que me hicieras. Como sabes, la escena jamaicana es muy amplia: ska, rocksteady, reggae, dancehall, etcétera, y todo con sus subescenas y subpúblicos que solo se entremezclan puntualmente. Yo me puedo ir a un bosque a escuchar a unos chiflados poniendo dub a toda castaña, fumando porros de palmo, y encontraré a colegas; y me puedo ir a un concierto de ska con niños rapados y vestidos con camisas de cuadros y también me encontraré a colegas. En ambos ambientes me sentiré cómodo, porque estaré disfrutando de una música que tiene un nexo común que me flipa: Jamaica. Introducir la variable drogas en ese concepto significa hablar de bpm. Por debajo del ritmo cardíaco, es decir, por debajo de 90 bpm, todo es reggae. Los que fuman porros son gente que está normal o tranquila. Si tiramos hacia arriba, por ejemplo el ska, encontramos a gente que está alterada, y que para llegar a esos estados de alteración, a ese ritmo cardíaco que te permite entender esa música, ha recurrido a algo más. La cerveza quizá te puede hacer llegar a ese punto, pero seguramente necesitarás algún que otro aliciente. El entusiasmo, desde luego, es uno de ellos. O meterte alguna droga química que te acelere. No quiero decir que el ska vaya a 120 bpm porque en los 60 todos en la isla fueran hasta las cejas de anfetaminas o farlopa. No. De hecho, la recesión del ska al rocksteady, posiblemente sí fuera a causa de la marihuana. Pero la aceleración nació, simplemente, del entusiasmo y la excitación de unos jóvenes que querían bailar como locos y sudar. El ska, el rhythm’n’blues y toda esa música que va a toda castaña viene de un estado de alteración natural, sin drogas. Pero luego las drogas ayudan a condicionar esos estados de ánimo, a posteriori. La implantación del cannabis en el mundo de la música jamaicana se entiende por los bpm, y por los estados a los que te llevan esos ritmos cardíacos. Certifico que para entender el dub tienes que fumar marihuana: no se puede entender de otra manera. Tienes que ser muy melómano para, en tu casa y a pie plano, ponerte un disco de dub y entrar en un puto loop que se va repitiendo y flotando por el espacio con microvariaciones. Ahí solo entras si te fumas veinte porros. Esto no lo cuento en el libro, pero estuve cinco años pinchando en una asociación cannábica, y experimentaba con los humanos. Pinchaba con el ordenador y ponía bucles de caballos por la montaña unidos a un loop de un tramo de una intro de música clásica; y lo dejaba como veinte minutos. Y me fijaba en la gente, que iban fumadísimos. Todos se me quedaban mirando y asentían o levantaban el pulgar. Les estaba proporcionando un relax adecuado a su ritmo cardíaco que les hacía sentir confortables.

Durante la presentación del libro en la librería Sonora de Barcelona comentaste que el cómic de línea chunga hablaba demasiado de drogas para tu gusto, citando los tebeos de Bruguera como tu principal inspiración.

Selfie de Txarly en un ascensor.

Selfie de Txarly en un ascensor.

Lo que no me gustaba era que la heroína estuviese tan presente en esos cómics. Lo mío es la línea clara, el tebeo 80 de escuela Bruguera. Las líneas se cierran y todo es perfecto y los colores están donde tienen que estar. Me crié con El Víbora, Metal Hurlant, el nuevo cómic europeo, Milo Manara, Liberatore y todos estos dibujantes con una técnica y una habilidad increíble, pero cuyo discurso y humor iban en otra dirección a mi sensibilidad. Mortadelo y Filemón es como Muchachada Nui: un humor para el que, muchas veces, creo que es necesario ir fumado para que te hagan gracia sus chistes… Y a mí me parecen divertidísimos. Lo mismo me ocurre con algunos dibujos animados que miraba con mi crío, como Gumball o Hora de Aventuras. Los ves y piensas: ¡Aquí algún guionista ha consumido mucho LSD! Aunque también conozco a peña que no ha bebido ni fumado en su puta vida y tienen una puta fantasía desbordada, pero de esos hay pocos.

¿Piensas continuar tus memorias en el futuro hablando de otras escenas musicales? ¿En qué andas metido?

Este libro me salvó de una crisis existencial. Tengo otro en imprenta, un fanbook de Dr. Calypso. Y el siguiente ya veremos. Tengo ganas de escribir sobre la escena de la música electrónica en Barcelona en los 90 y dosmiles, cuando la ciudad estaba en la cúspide mundial de esos sonidos. Me gustaría saber por qué, casualmente, solo tres personas se han hecho millonarias, mientras, el resto de los que empezaron, no es que estén metiéndose fentanilo en la calle, pero casi. Quiero desarrollar esa historia para saber qué hicimos bien y qué hicimos mal; y por qué siendo la capital cultural europea de la música electrónica, Barcelona ha acabado siendo lo que es hoy: una puta discoteca para guiris y expats y otra gente que tiene más pasta que nosotros. Se veía venir desde el momento en que a uno de aquí le pagaban una décima parte que a otro allá, y solo porque ese otro venía desde Manchester a poner unos discos de mierda que también tenía el de aquí. ¿Por qué? ¿Porque hacía vender más tickets? Que va, el que hacía vender más tickets era el camello… Eso era lo que movía la pasta y de lo que vivía mucha gente. No éramos los más avanzados del mundo, solo teníamos las mejores drogas de diseño del mundo, y encima un circuito cojonudo por el que se movía mucha gente. Lo escribiré por diversión, por ver cuántas pulgas salen si levantamos esa alfombra.

Ilustración para el poster 20 aniversario de Dr. Calypso.

Ilustración para el poster 20 aniversario de Dr. Calypso.

Flyers de las fiestas Black Magic Sounds celebradas en la sala New York.

Algunos flyers de las fiestas Black Magic Sounds celebradas en la sala New York. 

Txarly Brown, un giro radical gracias a un porro
Txarly Brown, un giro radical gracias a un porro

 

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #335

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