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El eco de las plantas

El eco de las plantas
Ilustración: Criastian Robles

Las elecciones generales de 1996 fueron muy reñidas. El PSOE, ya en aquellos tiempos muy desgastado por la corrupción y las malas artes, fue derrotado, y el PP, apoyado por CIU, CC y PNV, se hizo con el gobierno. La sociedad continuó sumergiéndose en un sopor, nunca disipado, que invitaba a los espíritus inquietos a buscar formas más o menos comprometidas de rebeldía.

No mantuve contacto con el activismo cannábico, entendido como forma organizada del conjunto de consumidores, hasta que en 1997 conocí a un grupo de personas que impulsaba la creación de la revista Cáñamo. Actuaba desde las bases, primero comprando hachís en las calles del Barrio Chino y desde principios de los noventa cultivando en el huerto. En aquel tiempo, las semillas se regalaban, alguien tenía una mexicana, una africana… A partir del segundo año empezaban a proporcionar unas buenas plantas y, en muchos círculos, la marihuana se intercambiaba o regalaba; muchos eran los que opinaban que la hierba, y aún menos sus semillas, no podían ser objeto de comercio. La mata crecía y crecía; cada tarde arrancábamos unas hojitas, que metíamos en el horno y luego fumábamos y nos colocábamos, algo que hoy cuesta creer. ¿Sería un efecto placebo?

En fin, desde mi punto de vista, son activistas las decenas de miles de consumidores y, también, ese amplio segmento de la sociedad que desde hace decenios ha sabido mantenerse tolerante a pesar de los infundios vertidos sobre el cannabis, ya sea por ignorancia o por mala intención.

Pese a mi actitud un tanto individualista, admiro mucho el trabajo realizado por ARSEC y algunas de las otras organizaciones que siguieron, más tarde, su ejemplo, y siento un fuerte aprecio por aquellos de sus componentes con los que he tenido la oportunidad de mantener una relación más estrecha.

Cáñamo rápidamente fue convirtiéndose en la referencia del mundo del cannabis y ARSEC acabó disolviéndose, un hecho, a mi entender, también admirable. Si toda organización que ha cumplido sus fines siguiera ese ejemplo, otro gallo cantaría…; tal vez, un gallo negro.

En el momento de la aparición de la revista, un tanto inquietos por nuestro incierto destino, que no solo dependía de la buena aceptación de los lectores sino también de la reacción de las autoridades, buscamos alguna forma de credibilidad institucional y solicitamos la incorporación, en calidad de La Revista de la Cultura del Cannabis, a la Asociación de Editores de Revistas Culturales de España (ARCE). Fuimos rechazados con el argumento de que la cultura del cannabis no existía, y eso que se trata de una cultura milenaria, que, por otra parte, ha constituido una fuente de preocupaciones para las autoridades por su rebeldía e inconformismo.

La redacción de Cáñamo se instaló provisionalmente en mi oficina, en un edifico en el que también estaban unas dependencias de la Generalitat. Cada mañana el conserje me abroncaba por el olor a marihuana en la escalera, el desfile de personas poco convencionales y las quejas de algunos funcionarios. Como el talante catalán suele ser negociador, nunca pasó nada malo.

Conseguimos un distribuidor para la revista, algo que para los editores independientes resulta un auténtico quebradero de cabeza. Es curioso que estando reconocida la libertad de expresión se vea, en la práctica, limitada por las decisiones de empresas privadas. Años después la distribuidora quebró y dejó de pagarnos una cuantiosa cantidad de dinero, pero como habíamos sido prudentes en lo económico pudimos soportarlo. Por desgracia, varias cabeceras independientes no pudieron superarlo y desaparecieron.

Al cabo de algún tiempo importamos de Alemania unas cervezas de cannabis, bueno, no exactamente cerveza, ya que los alemanes no admiten esa denominación debido a la incorporación de elementos ajenos a la ortodoxia cervecera. Enterada la Guardia Civil de nuestras actividades, procedieron a entrar a punto de metralleta en los locales del distribuidor que la almacenaba y dieron un susto de muerte a quienes se hallaban presentes; las botellas quedaron precintadas durante un tiempo hasta que el juez comprobó la no psicoactividad del producto.

El mismo fabricante de la cerveza, un uruguayo residente en Alemania, produjo, quizás un tanto desatinadamente, unas piruletas de cannabis que distribuyó, en este caso sin nuestra participación, en algunos lugares de España.

Era el año 2002 cuando la prensa publicaba: “Sanidad se incauta de 380 piruletas con cannabis. El fabricante alega que las golosinas están hechas de cannabis legal”. “Fuentes policiales subrayan que quienes defienden la legalización de la marihuana tratan de disfrazar en caramelos, galletas o pasteles una droga ilegal (…) ello favorece el aumento del consumo de una sustancia cuya comercialización tienen la obligación de impedir las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado”.

En 2003 el ministro del Interior, Ángel Acebes, pretendía sancionar los contenidos que retratasen de modo positivo u objetivo las drogas. Nos veíamos ya aruinados a fuerza de multas y abocados al cierre de la publicación. El PP perdió las elecciones y nos salvamos por los pelos.

Hablando de cuerpos de seguridad, en aquella misma época no era infrecuente que tras la detención de algún traficante se publicaran fotos en la prensa en las que podían verse el alijo, instrumentos diversos y una revista Cáñamo. No era una publicidad del todo bienvenida, pero que hablen de nosotros nunca está del todo mal.

Durante aquellos años nuestra difusión de las propiedades terapéuticas del cannabis tampoco era muy bien vista. En el 2003, Gonzalo Robles, delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, trataba de desenmascarar lo que denominaba “ceremonias de confusión”: “Hay que denunciar a los que tratan de confundir y lanzan un mensaje como que un porro es beneficioso para la salud, esto es incuestionable”; “Que el THC (…) contenga propiedades médicas está por ver”; “Primero hay que demostrarlo, y si es así, la industria lo extraerá y fabricará medicamentos” (…) “El porro es el gran desconocido entre los jóvenes y está rodeado de un montón de tópicos, pero hay que tener mucho cuidado, pues contiene sustancias psicoactivas”.

En el 2003, el ministro del Interior, Ángel Acebes, trabajaba en un embrión de lo que hoy es la “ley mordaza”. Pretendía sancionar por vía administrativa los contenidos de canciones, libros, prensa, etc., que trataran de modo positivo u objetivo las drogas. Lo que los jueces consideraban lícito en contra de la opinión del Gobierno podría ser sancionado mediante multas.

Preguntado sobre este tema, Gonzalo Robles decía: “Hay que ir a la fiscalización de las semillas, a todo lo que significa cultivo, lo que significa el fomento de la cultura, la apología del consumo”. El periodista le indicaba que los juristas señalan que al no ser delito el consumo no es susceptible de ser sancionada su apología… “Por eso estoy diciendo que se trata de un tema delicado”.

Nos veíamos ya arruinados a fuerza de multas y abocados al cierre final de la publicación. El PP perdió las elecciones y nos salvamos por los pelos.

Cuando se fundó la revista, las autoridades mundiales todavía aspiraban a alcanzar la quimera de un mundo sin drogas, para lo que se planteaban, entre otras cosas, la erradicación del planeta de todas las plantas psicoactivas.

Como hacía algún tiempo que estábamos pensado en regalar semillas y ante la anunciada pronta desaparición del cannabis de la faz de la Tierra, decidimos orientar la cuestión hacia la creación de bancos de semillas personales destinados a la preservación de la especie.

Incluso planteamos una consulta a las autoridades competentes acerca de la legalidad de un regalo como ese para que nuestros lectores interesados pudieran conservar o tener como recuerdo semillas de cannabis de unas genéticas de próxima extinción. Aclaramos en nuestra consulta que se trataba de semillas de colección y que pensábamos advertir sobre las consecuencias legales de su cultivo. Pese a nuestra insistencia, no hubo respuesta. Finalmente, llamé al ministerio, no recuerdo a cuál, y me dijeron: “¿Usted piensa que vamos a creer lo que nos cuentan? Nunca les vamos a responder”.

Apretamos los dientes y seguimos adelante… Hasta hoy.

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