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‘La sinrazón’ de Rosa Chacel

, Rosa  Chacel pintada por Andrés  Castellanos García para  la galería de retratos del  Ateneo de Madrid.

Rosa Chacel pintada por Andrés Castellanos García para la galería de retratos del Ateneo de Madrid.

Incluida por algunos historiadores dentro del grupo de Las Sinsombrero, su vida y su obra vuelven a la palestra con Íntima Atlántida, monumental biografía de Anna Caballé, y la publicación de sus Diarios en edición de Elena Medel. Desde Cáñamo repasamos el vínculo que la autora mantuvo con las drogas. 

La personalidad neurótica de Rosa Chacel

La joven Rosa Chacel.

La joven Rosa Chacel.

La sobrina nieta de José Zorrilla nació en Valladolid en junio de 1898. Primogénita de un matrimonio forzado por su embarazo, tuvo una infancia solitaria y una adolescencia atribulada que la marcó de por vida y recreará literariamente en algunas de sus obras, como la novela Memorias de Leticia Valle (1945). Desde temprana edad forjó su educación a base de lecturas y la formación que le procuraba su tía Teresina, que hacen de Rosa una niña aventajada que se mocea en el seno de una familia marcada por la precariedad económica. No en vano, su padre “odiaba el trabajo. Más que odiarlo lo rechazaba de forma satánica”. Quizá de él heredase esa inclinación a la incapacidad para cualquier actividad laboral continuada y el desarrollo de un “sablismo” de guante blanco que mantendrá durante toda su vida. 

Cuando apenas tiene doce años, la familia se traslada a Madrid, donde en 1917 se matriculará en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allí conoce a su futuro marido, el pintor extremeño Timoteo Pérez Rubio, con quien terminará casándose en 1922. La escritora amigó con la futura escenógrafa y diseñadora Victorina Durán, con quien frecuentó la biblioteca del Ateneo, por donde pasaban Sender, Benavente y Valle, que se convirtieron en compañeros de tertulia donde se aceptaba la presencia de mujeres, como la Granja del Henar o la Botillería de Pombo. Según la biógrafa Anna Caballé, estos primeros años de la vida de la futura escritora se revelarán cruciales en “la personalidad acaso neurótica de Chacel”, que vivirá “de la estimulante experiencia adquirida en sus primeros años” durante el resto de su extenso periplo vital. En sus Diarios podemos ver reflejadas muchas de estas neurosis, como llamar a su marido con el remoquete de “somormujo” y a su propio hijo como “onagro”, como significativa muestra. 

Alcohol, café, tabaco y anfetaminas 

Algunos fármacos que la ayudaron a escribir, como la Benzedrina, anfetamina que se vendió en su día como alivio para el catarro, o el Pervitín, metanfetamina famosa por el uso que le dieron los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Algunos fármacos que la ayudaron a escribir, como la Benzedrina, anfetamina que se vendió en su día como alivio para el catarro, o el Pervitín, metanfetamina famosa por el uso que le dieron los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Rosa acompaña a su marido Timoteo Pérez Rubio a la Academia de España en Roma, donde vivieron pensionados una temporada. Conocen Italia y algunas ciudades europeas, donde Timo comienza a granjearse una clientela a la que vender sus cuadros, que pinta por encargo. Muchos de ellos son desnudos femeninos, mujeres con las que mantiene romances. Será el hijo del matrimonio nacido en 1930 quien confesará años después que su padre “tuvo relaciones con todas las mujeres a las que pintó”, como en el caso de Blanca Chacel, hermana de Rosa, algo que supondrá un “hachazo en la vida de la escritora del que nunca llegó a recuperarse”. Es el comienzo de una relación tormentosa de infidelidades mutuas que llevan a Timo a pensar en el suicidio y a la escritora a caer en depresión y perder dieciocho kilos. 

"La escritora va a encontrar en el alcohol, el café, el tabaco, las anfetaminas y metanfetaminas el empuje para desarrollar su trabajo. Según se colige de la lectura de sus diarios, la escritora consumió anfetaminas durante un periodo mínimo contrastable de treinta y cinco años"

A su regreso a España, Pérez Rubio comienza a tomar cargos relevantes con el gobierno de La República y es nombrado responsable de la Junta Central del Tesoro Artístico, encargado de velar por la evacuación de las obras del Museo del Prado, que estaba siendo bombardeado por las tropas franquistas. Tras finalizar la guerra civil, el matrimonio se va a instalar en Brasil, con un trato distante. Pérez Rubio comenzará una etapa de empresario industrial, relegando la pintura y su matrimonio a un segundo plano al comenzar una relación con Lea Pentagna. Rosa Chacel volcará todos sus desvelos en crear una obra literaria. La novelista seguía dependiendo de su marido, ya que, según su hijo: “Mi madre no tenía ningún talento para mantenerse por sí misma”. 

La escritora va a encontrar en el alcohol, el café, el tabaco, las anfetaminas y metanfetaminas el empuje para desarrollar su trabajo. Comenzará a escribir gran parte de su producción a base de Benzedrina, dexedrina, Optalidón, Pervitín y Reactivan. Según se colige de la lectura de sus diarios, la escritora consumió anfetaminas durante un periodo mínimo contrastable de treinta y cinco años. En materia alcohólica solía alternar cerveza, sangría, vino, champagne, cachaça, jerez González Byass, Pipermint, Cinzano y ginebra para los cubalibres (con debilidad por la marca Gordon’s, que mezclaba con cola-cola, tónica o soda), aunque sentía predilección por el whisky solo, sin hacerle ascos al orujo y el anís. La gran cantidad de referencias que, en este sentido, encontramos en sus Diarios hacen que la ausencia total a este respecto en La obra novelística de Rosa Chacel (1986; tesis doctoral de Ana Rodríguez Fernández sobre la escritora, cercana a las mil páginas) sea clamorosa.

Rosa Chacel

Entre las obras de ficción de Rosa Chacel destacan las novelas Memorias de Leticia Valle (1945) y La sinrazón (1961). Las 1112 páginas de sus Diarios (2025) han sido editados por Elena Medel, y su biografía, Íntima Atlántida (2025), la ha escrito Anna Caballé.

“Cine por la tarde y Benzedrina por la noche”

‘La sinrazón’, de Rosa Chacel

“Voy a tomarme una dexedrina para ver si escribo unas cuantas cartas”

La escritora ligó su creatividad literaria al empuje que le proporcionaban las anfetaminas. Bajo este impulso redactó casi toda su obra, incluida La sinrazón (1961), quizá uno de sus mejores libros. Las alusiones a su consumo anfetamínico y metanfetamínico en sus Diarios son continuas y explícitas: “No puedo ponerme a trabajar sobre este cuaderno como en una novela, a fuerza de Benzedrina, aguantando el cansancio hasta cubrir seis horas de trabajo y un determinado número de páginas”. También las utilizaba para llevar al día su correspondencia: “Voy a tomarme una dexedrina para ver si escribo unas cuantas cartas”. En el mismo sentido anota: “Por fin me decidí a escribir cartas. He despachado ya seis y me quedan todavía más de diez, forzosas. Tomé la resolución a que apelo en los casos extremos. Cuando decidí ponerme a arreglar el libro Guggen [obra que tenía que entregar para cobrar la beca Guggenheim que le habían concedido] me sentí tan sin fuerzas y sin posibilidad de concentración, que decidí pedir a Loewenstein algo semejante a la Benzedrina. Me recetó unas pildoritas bastante buenas, que me resolvieron el problema. Como aquí no dan nada en las farmacias sin receta, hizo la receta para dos frasquitos de doce comprimidos cada uno y con el primero tuve suficiente para echar a andar porque, como siempre, el principio es lo que me cuesta más trabajo: luego, la cosa misma me arrastra. Total, como conservaba el segundo frasquito, decidí tomarme una pildorita cada noche, hasta que despaché todas las cartas”. 

Para despachar su correspondencia utilizaba también metanfetamina: “Me tomaré un Pervitín y escribiré cartas”. Pese a su carácter opaco, en ocasiones no puede negar la realidad: “Tome una Benzedrina y se me ocurrieron cosas tan maravillosas que después de escribirlas, helas!, tengo que tirarlas. Me cuesta trabajo creer que se produzca una alucinación intelectual a causa de una de esas cosas, pero creo que lo he comprobado”. Hasta tal punto parece que las tenía integradas en su cotidiano que podemos leer en su diario anotaciones como: “Entretanto, cine por la tarde y Benzedrina por la noche”. 

“Tengo que hablar de las drogas” 

Rosa Chacel

A veces mezclaba los estimulantes con café, lo que le acarreó algunos sobresaltos de salud: “Ayer me propuse no trabajar porque el lunes había trabajado excesivamente; había tomado demasiado café con píldora –Reactivan– y tardé mucho en poder dormirme, con el corazón algo agitado”. Una reacción normal después de largos periodos de consumo: “Me he pasado años y años durmiendo cuatro o cinco horas; a las nueve, cuando terminaban mis actividades caseras, me ponía a trabajar, a base de café, Reactivan y pipa”. Una octogenaria escritora seguía empujando sus palabras mediante la química y se queja en sus Diarios de que no puede dormir la siesta como le gustaría: “Creo que es a causa del Reactivan, qué se le va a hacer, el resultado es tan extraordinario que no puedo prescindir de ello. […] El Reactivan impide el sueño por unas seis o siete horas, luego se pasa y no deja huella ni cansancio. Tengo que hablar de las drogas, porque, cuando se trata con las permitidas, se las puede estudiar bien objetivamente. Pero tengo que hablar de tantas otras cosas que no sé cómo administrar el tiempo”. Algo que terminaba por supeditar a la química: “Ayer apenas trabajé, ahora mismo voy a ponerme –mediante pildorita, como en mis buenos tiempos– porque no puedo dejar pasar el tiempo”. Un consumo que llegó a perturbarla: “Más vale descansar un poco, darle cierta perspectiva y no tomar Reactivan, café, pipa... todos los alucinógenos que me hacen ver visiones, es decir, encontrar bien lo que está mal”. 

Chacel y la marihuana 

Rosa Chacel de joven y  de vieja, acompañada de  Octavio Paz.

Rosa Chacel de joven y de vieja, acompañada de Octavio Paz.

La novelista vallisoletana también fue fumadora circunstancial de marihuana. En sus Diarios anota el 22 de abril de 1955 su experiencia inicial: “No querría dejar de decir algo de mi experiencia de la maconha... ¡El cáñamo indio, tan ensalzado por Baudelaire! Había prometido a Vito [Pentagna] hacer la prueba –la curiosidad por esos experimentos era la coqueluche del momento– y, al fin, una noche en Valença fumé un cigarrillo y mi propósito de ver lo que había en la leyenda era tal que logré aspirar el humo. […] Total, como el primero no me hizo efecto, masqué un poco... y esto me trajo el recuerdo de algo muy conocido: el de los cañamones que yo comía a puñados, de pequeña. En fin, fumé el segundo y el tercero, fumados con todas las de la ley... Al fin empecé a sentir una sensación como de presión o de hormigueo en la pantorrilla izquierda. Se lo comuniqué a Vito y creyó que trataba de ridiculizarlo para destruir su interés, pero el resultado de mi experiencia era aquel y nada más. […] Al fin, tambaleándome, con una cara de contrariedad que no podía disimular, me fui a mi cuarto y dormí diez o doce horas. Eso fue todo”. Parece que la escritora, otra vez, no cuenta toda la verdad. Por distintos testimonios sabemos que siguió fumando cannabis. José María Escofet –responsable de comunicación de la editorial Bruguera– contó: “Fumaba hierba en unas pequeñas pipas artesanas”, ya que como ella misma le confiesa: “Prefería la hierba al tabaco”. Será su íntima amiga Lolo Rico (la famosa realizadora de La bola de cristal) quien también cuente en sus memorias: “En las fiestas y reuniones, si tenía confianza, era raro verla sin un cubata entre las manos o, con sus casi noventa años, encendiendo un canuto, que apagaba pronto porque, según ella, ni le hacía efecto ni le sabía a nada”. Entre su primera experiencia y el testimonio de Rico median más de treinta años.

“Probaré los dos” 

Rosa Chacel

La escritora fue durante casi toda su vida una mujer que disfrutaba con la comida como remedio contra la ansiedad. Esta conducta compulsiva intentaba contrarrestarla con regímenes severos que no solían durar. Chacel mantenía en su domicilio hábitos frugales por una consabida desazón a las labores domésticas, pero solía explayarse cuando era invitada a alguna comida de manteles exquisitos. Escofet recuerda que, con ochenta y tres años, cuando iba a presentar sus libros “se tomaba cinco o seis güisquicitos entre las siete y las diez de la noche”. Los comensales con los que compartía mesa quedaban asombrados por sus comilonas. Gonzalo Santonja recordaba: “En el 91 la invité a dar una conferencia en Segovia. Después fuimos a cenar. Pensé que sería una cena frugal, dada su avanzada edad [noventa y tres años], pero, en todo caso, la llevé a uno de los lugares más conocidos de la ciudad. El propietario del restaurante nos advirtió que tenía dos platos consistentes que ofrecernos […]: cochinillo y cordero asado. ‘Probaré los dos’, respondió Chacel. Bebió vino, tomó un arroz con leche de postre y todavía tuvo agallas para pedir después un puro y una copa de orujo”. 

Nahir Gutiérrez –responsable de la promoción del libro de Chacel Poesía 1931-1991 (1992)– refrenda: “Cenamos en el restaurante Siete Puertas después de la presentación. Cenó como podía hacerlo un camionero […]”. Después, una nonagenaria Chacel, “pidió una copa de anís”. También Lolo Rico escribe en el mismo sentido: “Recuerdo que, tras una de esas juergas que duraban hasta la madrugada, le pregunté a Fernanda [Monasterio. Médico psicosomático] cómo era posible que Rosa resistiera tantos excesos. Su respuesta ha quedado grabada en mi memoria porque me convenció: “Lolo, solo envejece quien quiere. Solo se muere quien quiere”. Finalmente, Rosa Chacel fallecería en el verano de 1994 tras una ingesta masiva de aspirinas que tomó sin precaución, recomendada por esta médico precisamente, que devino en hemorragia gástrica y le condujo al hospital. Murió a los pocos días. 

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #335

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