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William S. Burroughs Jr.

El hijo maldito de El almuerzo desnudo

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“No te detengas, Billy, algo se mueve / estamos zapateando por ti”.
“Peyote Billy”, de Anne Waldman (fragmento de magia compasiva por la vida de William S. Burroughs Jr.)

Joan era una joven estudiante de periodismo, amiga de Kerouac (la Jane de Los subterráneos y de En el camino). William se había mutilado la mano, había trabajado de exterminador en Chicago y había sido arrestado por falsificar recetas de narcóticos.

Noches con música de Charlie Parker y Theolonious Monk en el West End Bar y en el 419 de la calle 115 Oeste, en pleno Upper West Side de Nueva York, el apartamento de Joan y punto de encuentro de la generación beat. Gente abatida. Ahora vivían en Texas. Se habían casado. Cultivaban marihuana. Ella inhalaba bencedrina, él se chutaba heroína y ambos bebían como cosacos. Sexo, poco y malo. Varios episodios psicóticos. Ella tenía una hija de un matrimonio anterior, se llamaba Julie, “diminuta bailarina desnuda […] repleta de sonrisas”. Luego nació Billy (1947), y a los dos años se fueron todos a México, huyendo de la ley (algo a propósito de unas cartas interceptadas por la policía de Nueva Orleans en las que Burroughs habla con Ginsberg de un cargamento de marihuana).

Y así llegamos a la mañana en que el D.F. amanece con el titular: “Quiso demostrar su puntería y mató a su mujer”. Fue la noche del 6 de septiembre de 1951, en casa de John Healey. Llevaban toda la tarde de juerga en el Ship Ahoy (bar mencionado en Yonqui y en Marica, en el 122 de la calle Monterrey) y, cuando les echaron, John propuso continuar la fiesta en su casa. Burroughs tenía una Star calibre 380 y quiso demostrar su célebre puntería jugando a Guillermo Tell con su mujer. Llevaba disparando desde los ocho años. Unos dicen que falló, otros que dio en el blanco. Ginsberg llegó a sugerir que Joan corrigió su postura para ir al encuentro de la bala. Quería morir. Por su parte, Billy contaría que fue testigo de todo. Estaba al lado de su madre y sus sesos le salpicaron la cara. Pero Burroughs siempre dijo que se lo inventó. Que él y Julie estaban en el apartamento de unos amigos. Como si el hecho de haber estado o no cambiase en algo las cosas. Él la mató. Punto.

Tras el “incidente”, Burroughs fue condenado a un año por “imprudencia criminal”. A los trece días se dio a la fuga y se marchó a las selvas del sur en busca de la ayahuasca. De Julie nunca se volvió a saber (suerte para ella). A Billy lo mandaron con sus abuelos a St. Louis. Quedó un nicho olvidado en México, cerca del metro Tacuba, en el que aún hoy puede leerse: “Joan Vollmer Burroughs, Loudonville, New York, 1923, México D. F. Sept. 1951”.

W Burroughs

Billy leyó a Ginsberg, a Corso a su padre y a Kerouac como si acabase de perder un barco: "Y había una fiesta a bordo; podía oír la música mientras se alejaba"

En la introducción a Marica, Burroughs confiesa que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan: “La muerte de Joan me puso en contacto con el Invasor, con el Espíritu Feo, y me embarcó en una lucha de toda la vida, en la que no he tenido más remedio que buscar la salida escribiendo”. Billy, en Maldito desde la cuna (obra póstuma, compilada por David Ohle, y recién traducida al español), nada más empezar, rememora en una cita una vaga escena familiar y el modo en que, después, todo se desmoronó: “[…] un agujero de bala en su cabeza, padre pálido, mano temblorosa mientras prende la bolita de algodón en la parte trasera de un barquito de juguete en una fuente de Ciudad de México. El barquito traza círculos delirantes mientras los álamos se estremecen y nuestros destinos independientes quedan cercenados, él al opio y a la fama, cargando con la culpa y la vergüenza. Y yo, el hijo destrozado de El almuerzo desnudo, a las playas doradas y a las promesas de éxito”. Aunque muy poca playa dorada y muy poca promesa de éxito. Apartamentos sucios, eso sí, reformatorios, baretos, quirófanos, clínicas de desintoxicación y un par de novelas publicadas (Speed y Kentucky Ham), que todo el mundo, por agravio comparativo, probablemente sin leerlas, calificó de malas (no lo son). Billy leyó a Ginsberg (su padrino), a Corso, a su padre y a Kerouac con una contradictoria sensación de déjà vu. Como si acabase de perder un barco. “Y había una fiesta a bordo; podía oír la música mientras se alejaba”. Sus treinta y cuatro años de vida caben en un párrafo sin literatura de un informe médico. Es “el señor A” que aparece en un artículo del American Journal of Psychiatry de agosto de 1979: “El señor A, varón alcohólico de treinta años, ha llevado una vida caótica desde que su madre murió a la edad de veintiocho años cuando él tenía cuatro. Su padre solo estuvo disponible de un modo esporádico y la relación del señor A con él ha sido inconsistente. El alcoholismo del señor A resultó en una enfermedad hepática irreversible para la que el único tratamiento pareció ser un trasplante de hígado”. Y eso cuando los trasplantes de hígado aún eran quimeras… “Creo que los libros de Billy son muy, muy buenos –afirma John Waters en el documental William S. Burroughs, The Man Within–. Tenía muchísimo talento. Pero cuando lees ese último libro, Maldito desde la cuna, y descubres esa vida herida tan terrible… Así que si lo que me estás preguntando es si William fue un buen padre, la respuesta es muy simple: No”.

Speed
Kentucky Ham

Un hombre al final de un pasillo, cerrando una puerta, envuelto en una nube de humo de cigarrillo. Poco más que eso fue Burroughs para su hijo hasta que cumplió los dieciséis. Entre 1951 y 1961 solo se vieron tres veces. Sus abuelos le convencieron de que su padre era un explorador; y era verdad que por entonces andaba inmerso en la búsqueda del yagé: “28 de febrero de 1953. Hotel Niza, Pasto. Querido Allen: Voy de regreso a Bogotá sin haber conseguido nada. Me han timado los chamanes (el más incorregible borracho, mentiroso y vago del pueblo suele ser el chamán), me han metido en la cárcel y me ha dado el palo un buscavidas local. […] Finalmente caí víctima de la malaria […]”. No obstante, cuando Billy cumplió los dieciséis, Burroughs hizo un último intento de amor paternal y se lo llevó a Tánger. Mala idea: nada más llegar, dos o tres amigos intentaron follárselo. Tánger, mito y paraíso perdido. No es de extrañar que Mohamed Chukri acabase detestando a toda aquella lamentable legión de escritores anglosajones (Paul Bowles, Truman Capote, Gore Vidal, Tennessee Williams, Allen Ginsberg…) que recabaron en la ciudad en busca de su mágico exotismo: “Todo aquel que llega a Tánger quiere ser su rey Shahriar y convertir a la ciudad en su Sherezade”. Básicamente un burdel: jovencitos dispuestos a dejarse encular por un plato de sopa y droga muy barata y accesible. Chukri recuerda a Burroughs en Tánger “como uno de esos personajes de western que llega a una ciudad en la que es forastero”. Detestaba a los tangerinos, no se fiaba de ellos, nunca salía de casa sin su navaja o su pistola. Escribía El almuerzo desnudo en la azotea, como un poseído (“había un acumulador de orgón en el pasillo de arriba en el que mi padre se sentaba varias horas seguidas fumando kif para luego salir corriendo y atacar su máquina de escribir sin previo aviso”). Y Billy dejado a su suerte. “Me dediqué a vagar por los acantilados con mi pipa y cien gramos de hierba sin adulterar […] Me sentaba en los árboles que crecían en los acantilados y fumaba hasta que me sentía incapaz de volver a subir. Esperaba un rato y luego caminaba por las callejuelas […]. Iba a los cafés, al cine, a las playas, pero no pude llegar a entender lo que iba mal hasta que una noche Ian vino a mi habitación y me dijo que lo que me pasaba es que deseaba irme a casa”.

Luego ya todo fue caída, reproches y distancia. Jamás volvería a recuperarse la conmovedora intimidad que detectó Ginsberg cuando el niño era apenas un bebé. “Vino Bill y se sentó a su lado, lo miró y el crío lo miró a él con una expresión muy seria, los dos allí mirándose, comunicándose de un modo de lo más normal e íntimo […] la calma con que Bill se asomó a los ojos de su hijo y la tremenda confianza con que su hijo le devolvió la mirada […]. Todo tan sublime y tranquilo. Me asombró ver a Bill tan sosegado. Sobre todo me resultó asombroso ver a Bill intimando tanto con alguien”. Esa intimidad la reservaría Burroughs después solo para sus gatos. Y elaboraría toda una teoría para justificar su desapego. En El trabajo le dice a Daniel Odier que la familia es uno de los principales obstáculos para el progreso humano. Hay que quitarles a los padres biológicos los niños en cuanto nacen y criarlos en guarderías estatales. Sin familia. En ese rechazo a la familia hay “gato encerrado”. The Cat Inside comienza diciendo: “Estoy preparando el equipaje para hacer una visita relámpago a Nueva York y hablar con Brion [Gysin] sobre mi libro de gatos. En el salón donde dejo los gatos, Calico Jane está amamantando un gatito negro. Cojo mi maleta. Parece pesada. Miro en su interior y veo sus otros cuatro gatitos. ‘Cuida bien de mis bebés. Llévalos siempre contigo adondequiera que vayas”. Cierto crítico apuntó en Harper’s Bazaar que los gatos cambiaron la vida de Burroughs: “Son sus guías psíquicos y le han ayudado a sacar al niño herido que lleva dentro”. Resulta inevitable pensar que ese niño es otro. Otro que está muy lejos, matándose por las carreteras estadounidenses. Un niño que le escribe a menudo para pedirle ayuda y dinero (en El trabajo, Burroughs se lamenta frente a Odier: “Lo que realmente mantiene a los hijos atados a sus padres es la dependencia económica, y hay que acabar con ella”). Billy, al final, se había convertido en una lacra. No levantaba cabeza, seguía obstinado en destruirse (como su madre). Incluso llega a escribirle una patética carta a Bukowski. Su vida es esa carta. Una carta que no llega. “Parece que soy una especie de inadaptado en el entorno maligno de Burroughs, con mi falta de interés por las armas y el caos, desconcertantemente (para ellos) acompañado de mi peligrosa obsesión por las mujeres. […] Espero recibir noticias tuyas. Sería la hostia recibir correo de una persona a la que admiro tanto (no te ofendas). Mis mejores deseos para ti y para los tuyos; y ya que estás, manda dinero. P.S. No te preocupes. Nunca llegaré a mandarte esta carta”.

Al final parece ser que su padre nunca le perdonó el error de no haber sido un gato.

Maldito desde la cuna

William S. Burroughs Jr.
Maldito desde la cuna. Dirty Works, 2014. 

Ilustración de Cristóbal Fortúnez.

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