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Frank Matthews
Frank Matthews, más conocido en Nueva York como El César Negro, en una foto policial.

Frank Matthews fue algo así como el Martin Luther King de los traficantes de heroína en el Nueva York de los años sesenta y setenta. El César Negro, como le apodaban, fue uno de los primeros capos afroamericanos en destacar en un negocio dominado por la mafia italiana.

Hasta entonces, la gente de su raza desempeñaba labores de mula (transportistas) y camellos en las esquinas, pero Matthews logró hacerse un lugar entre las familias Lucchese y Genovese para inundar de heroína las calles de la costa este de Estados Unidos. En 1973 fue detenido y, tras pagar una fianza de trescientos veinticinco mil dólares, desapareció con su amante y veinte millones de dólares. Nadie los ha vuelto a ver desde entonces. Si vive tendría setenta y tres años.

Matthews nació en Durham, la capital de Carolina del Norte, en 1944. Huérfano de padre y madre, lo crió su tía Marcella, que estaba casada con un policía local. De niño experimentó la segregación racial que derivó en el movimiento de los derechos civiles en los años cincuenta y sesenta. A los catorce años tuvo su primer encuentro con la ley al ser detenido por robar pollos, según narra Ron Chepesiuk en su libro Black Caesar. Matthews nunca fue a la escuela y a los diecisiete años empezó la carrera de peluquero, aunque la dejó a la mitad y emigró a Filadelfia al cumplir los dieciocho. Trabajó cortando el pelo y en las apuestas del juego de números, una modalidad de lotería ilegal en la que se intenta acertar un número que publicarán los periódicos al día siguiente. Matthews llevaba el dinero y los números jugados entre los distintos puntos de apuesta. Esta actividad, controlada por el crimen organizado, gozaba de una enorme popularidad y era una importante fuente de ingresos.

A Nueva York llegó a los veinte años y continuó con las apuestas ilegales desde una peluquería. Había adquirido una masa muscular comparable a la de un jugador de la NFL y amplió su oferta de servicios para ser también cobrador de deudas. Eran los años sesenta y Estados Unidos experimentaba su primera epidemia de heroinómanos, de los cuales un cincuenta por ciento eran negros, según datos del BNDD (antecesor de la DEA). Además, la guerra de Vietnam disparó el consumo; se considera que un doce por ciento de los veteranos de guerra eran heroinómanos. Para 1969, las autoridades estimaban que había un millón de yonquis en las calles de Nueva York.

Los sesenta vieron también la explosión del movimiento de los derechos civiles, cuando se acabó la segregación y se permitió a los afroamericanos votar y los matrimonios interraciales. El mismo espíritu liberador se vivía en los bajos fondos. El negocio de la droga lo controlaban cinco familias de la Cosa Nostra (Gambino, Lucchese, Bonanno, Genovese y Colombo), y los afroamericanos hasta entonces trabajaban para la mafia trapicheando en las esquinas. Toda la heroína se producía en Turquía y llegaba en barco al puerto de Nueva York. El remitente era la Unión Corsa, que desde Marsella tenía el monopolio de heroína (una trama que inspiró la película The French Connection de 1972).

La mafia corsa le empezó a vender su producto a Matthews porque pagaba el treinta por ciento por adelantado. Aunque había otros narcos afroamericanos, Matthews fue el primero en encargarse de importar toneladas de heroína pura, cortarla y distribuirla en bolsitas en las calles y de lavar su dinero (en los casinos de Las Vegas). A pesar de tener veintipocos años, Matthews puso en marcha otra ruta de distribución a través de Venezuela, en donde tenía excelentes contactos, y empezó a importar cocaína –una droga que consumía con devoción–. En pocos años se convirtió en el mayor narcotraficante de todo Estados Unidos, con ingresos superiores a los de la Cosa Nostra.

El capo tenía imaginación; según su leyenda trajo un cargamento de ciento cincuenta millones de dólares camuflados en minas acuáticas de la segunda guerra mundial que se tiraban desde un barco y luego buzos de su organización los recuperaban en mitad de la noche. Matthews tenía dos granjas en Brooklyn, llamadas Ponderosa y OK Corral, en las que cuarenta trabajadoras en ropa interior y con mascarillas cortaban y empaquetaban heroína y cocaína las veinticuatro horas del día. Ambas localizaciones tenían muros reforzados de acero y metralletas en los cuatro costados por si hacían falta. Matthews estaba casado y tenía tres hijos con Barbara Hinton, quien también le ayudaba en el negocio, dado que había trabajado en una firma contable y era quien llevaba los libros de los trapicheos de su marido.

Discreción

Matthews no creía en la discreción. Cuando alcanzó el éxito se convirtió en una especie de predecesor de Scarface. Vestía abrigos de Mink blancos, zapatos de plataforma y abundante joyería. Conducía un Cadillac dorado a toda velocidad por las calles de Brooklyn sin respetar las señales de tráfico. También le gustaba la fiesta, como a todo veinteañero, y pasaba sus noches rodeado de mujeres y de farlopa. Tenía un puñado de apartamentos por la ciudad que utilizaba como picaderos en diversos puntos de Nueva York. Regalaba puñados de dinero por la calle y una vez al año daba un Cadillac con todos los papeles en regla. En 1971 se mudó a una mansión que edificó en el exclusivo barrio de Todt Hill, en Staten Island. No encajaba para nada, esta zona era el hogar predilecto de millonarios y de los capos de la Cosa Nostra (el capo Tommy Lucchese vivía en la casa de enfrente).

Para cuando se mudó a Staten Island, la policía ya estaba tras sus pasos. Increíblemente, hasta 1970 la policía solo sabía de él que a los catorce años había robado unos pollos en Durham y que el juez le había perdonado por su edad. Uno de sus vecinos en Brooklyn, un policía llamado Joe Kowalski, sospechó al ver cómo actuaba su vecino y supo ver lo evidente: que era narco. Lo observó durante meses, anotó las matrículas de los coches de lujo que lo visitaban (de reconocidos capos) y elaboró un informe para sus jefes. Matthews se convirtió así en el objetivo principal del Buró de Narcóticos y Drogas Peligrosas (BNDD). Y con apenas veintiséis años.

Las autoridades necesitaban evidencias para el juicio, así que empezaron a pinchar sus teléfonos y a seguirlo durante meses. Matthews lo sabía pero le daba igual. Viajaba a toda velocidad en su coche con kilos de heroína en el maletero mientras los agentes le intentaban seguir el paso. Su suerte estaba por cambiar. En el otoño de 1972, la DEA hizo una redada en el OK Corral y decomisó veinticinco millones de dólares de mercancía. En enero de 1973, Matthews fue finalmente detenido en Las Vegas en compañía de su amante, Cheryl Brown. El juez le puso una fianza de cinco millones de dólares (una de las más altas hasta ese momento), y Matthews pasó los siguientes dos meses preso, hasta que logró que la redujeran a trescientos veinticinco mil dólares, que pagó al día siguiente. Retomó su negocio, pero con dificultades. Ya no operaba en el anonimato y se aproximaba una audiencia para determinar si seguía libre.

No se presentó, y en julio de 1973 desapareció con Cheryl Brown y, supuestamente, veinte millones de dólares. Nadie lo ha vuelto a ver. Durante años estuvo en la lista de los fugitivos más buscados, y la DEA recibió noticias de que lo habían avistado en más de cincuenta países (como las Bahamas, Argelia o Paraguay), además de en decenas de ciudades estadounidenses. Nunca volvió por su esposa y tres hijos, quienes fueron vigilados por la policía durante décadas. Hay quien dice que lo mandó matar la Cosa Nostra, pero de momento su cadáver no ha aparecido.

La reunión de Atlanta

Atlanta

En 1971, cuando estaba en la cúspide, Matthews convocó a los principales narcos afroamericanos e hispanos a una reunión en Atlanta. Acudieron, entre otros, Frank Lucas, quien traía la heroína desde Tailandia en los ataúdes de los soldados estadounidenses que luchaban en Vietnam. Matthews convocó esta cumbre para buscar maneras de mejorar la distribución de heroína sin depender de la Cosa Nostra y de los corsos, que consideraba les cobraban precios exorbitados.

Matthews también aprovechó la reunión –vigilada de cerca por la recién creada DEA– para conminarles a traficar con cocaína, un producto nuevo, que no controlaban los italianos y del que empezaba a haber mucho. A raíz de esa reunión y de otras posteriores nació el Consejo, que aglutinaba a siete de los principales traficantes afroamericanos y que encabezó Nicky Barnes hasta su detención en 1978. En los ochenta, cuando apareció el crac, las cordiales relaciones entre capos se acabaron y empezó la guerra.

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