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Pristina es mucho más que sus muertos

La clase dirigente kosovar se aferra al poder aludiendo a las gestas y los sacrificios de la guerra, pero hay un Kosovo inquieto, creativo y librepensador con otros horizontes y referencias.

 

Las patrias se crean con sangre y la sangre impone siempre su jerarquía. Es difícil olvidarlo en Kosovo: paseando por el centro de Pristina o conduciendo por las carreteras más remotas y montañosas del país. Todo son mártires, héroes y víctimas, “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. A Rafael Sánchez Ferlosio le hubiera interesado este lugar levantado con créditos de muertes pasadas. Los que mandan, está claro, son los acreedores de tanto cadáver. Casi en cada calle, en cada plaza, en cada arcén, un recordatorio en forma de placa, estatua o monumento: nos debéis tanto por la sangre que derramamos…

En primer lugar y antes que nada, nos debéis silencio y sumisión –ellos lo llaman respeto–. “La revolución, como siempre ocurre, ha devorado a sus hijos”, constata el sociólogo e historiador Shkëlzen Gashi, un intelectual liberal e independiente marginado de los circuitos oficiales por atreverse a cuestionar la obligatoria pleitesía a los héroes y a los caídos en la guerra de hace más de un cuarto de siglo. Los combatientes de la guerrilla independentista del UCK –Ushtria Çlirimtare e Kosovës, o Ejército de Liberación de Kosovo–, cuya legitimidad nadie aquí cuestiona, emprendieron un combate contra la opresión que sufrían los albaneses a manos de los serbios, pero luego aprovecharon la fuerza de las armas y el apoyo de la OTAN para apropiarse de todas las instituciones y las escasas riquezas del país. En 2008 nacía el que hoy es el segundo Estado más joven del mundo como una finca acaudillada por una élite de excombatientes y sus respectivas redes clientelares.

Estampa de la vida en Pristina.

Estampa de la vida en Pristina.

Unos bloques de edificios en Pristina.

Unos bloques de edificios en Pristina.

Me encuentro con Gashi una mañana de nieve en una cafetería de Ulpiane, el distrito estudiantil de la capital. Kosovo tiene la población más joven de Europa –más de un 70% de sus habitantes es menor de 35 años– y la parte más despierta y activa de esa juventud se mueve por las manzanas de alrededor. Del mismo modo que el barrio universitario fue en los 80 y 90 epicentro de las protestas contra el dominio serbio, hoy esas mismas calles son un hervidero creativo que aspira a emanciparse del espíritu sacrificial y la obediencia marcial de sus mayores. 

En el parque que ocupa el corazón del campus, uno de los pocos espacios verdes de la ciudad entre las facultades de económicas y filología, se levanta un edificio inconcluso y abandonado que es una metáfora de tantas cosas en este país. A la iglesia ortodoxa que el régimen de Milosevic quiso plantar como una bandera de conquista en el distrito rebelde se la comen las ortigas por abajo y bandadas de cuervos reposan sobre las cúpulas de cemento desnudo. Sería un buen lugar para celebrar conciertos de post-punk y fiestas de música electrónica. Lleva casi treinta años cerrada y nadie se atreve a demolerla: los equilibrios son aquí muy frágiles.

¿Guerrilla o narcotráfico?

Pristina es mucho más que sus muertos

Una estatua en Prizren homenajea a los guerrilleros del UCK.

“La revolución, como siempre ocurre, ha devorado a sus hijos”, constata el sociólogo e historiador Shkëlzen Gashi.

Al UCK se le ha acusado de casi todo en los últimos veinticinco años, y la verdad es que no por nada: de matar inocentes, de torturar prisioneros, de liquidar disidentes, de traficar con órganos, de corruptos y narcotraficantes. Los vínculos entre algunos elementos de la guerrilla y el crimen organizado en Albania y otros países europeos –sobre todo Suiza y Alemania– son un rumor recurrente con cierto respaldo fáctico, aunque nunca investigado de forma concluyente. ¿Los adustos y sacrificados combatientes patriotas eran en realidad una banda mafiosa, o solo se trata de propaganda serbia para desacreditar al enemigo?

Gazmend Syla, vicepresidente de la asociación nacional de veteranos del UCK y exdiputado de la Alianza para el Futuro de Kosovo, por supuesto, apunta a la segunda hipótesis. Nos vemos un domingo en Peja, una ciudad al oeste del país que fue durante la guerra uno de los principales bastiones del grupo armado. Charlamos animados por un par de vasos de rakia en la sede local de la agrupación, convenientemente decorada con toda la mitología y el martirologio de la liberación nacional: desde los héroes de la resistencia antiotomana hasta los vecinos de Peja que quedaron inválidos durante la guerra. Ninguna de esas acusaciones es cierta, me garantiza, y relata los enormes sufrimientos que padecieron antes y durante el conflicto.

El río Bistrica a su paso por Prizren.

El río Bistrica a su paso por Prizren.

Pristina es mucho más que sus muertos

Una iglesia ortodoxa levantada en el corazón del barrio universitario de Pristina y que nunca llegó a terminarse.

Kosovo es ahora un país mucho más libre que hace dos décadas, y es así gracias a los artistas que se atrevieron a ir un paso más allá, a poner a prueba los tabúes y a blasfemar en el templo.

Pero resulta difícil negar la implicación de la guerrilla en el tráfico de heroína, como ya indicaban algunos informes a mediados de los 90. Un estudio del Observatorio Geopolítico de las Drogas (OGD) señalaba a los albanokosovares como los principales actores del mercado en Europa. Desde los campos de amapola de Asia Central hasta los centros de refinamiento en Turquía, Bulgaria y Rumanía; y de ahí hasta Kosovo para salir hacia Italia desde los puertos albaneses en el Adriático. El documento de la OGD hablaba de las “implicaciones estratégicas” de ese negocio y de su capacidad para desestabilizar la zona.

Luego, con el fin de la guerra y las rutas aseguradas, el know how de las organizaciones y la ausencia de instituciones estables, la cocaína y el cannabis sirvieron para engordar aún más el negocio. En Serbia se piensan que los porros que fuman allí se cosechan en Kosovo –“We are smoking Kosovo”; me dijo un tipo hace unos meses en Belgrado–, pero es poco probable que sea cierto. El clima áspero y deslucido del país no es nada propicio para el cultivo, como sí lo son las soleadas y fértiles montañas del sur de Albania. 

Pristina sin fumar

Shkëlzen Gashies un intelectual liberal e independiente marginado de los circuitos oficiales por cuestionar la obligatoria pleitesía a los héroes y a los caídos en la guerra.

Shkëlzen Gashies un intelectual liberal e independiente marginado de los circuitos oficiales por cuestionar la obligatoria pleitesía a los héroes y a los caídos en la guerra.

Me pregunto dónde se habrá metido toda esa cosecha, cuántos de esos kilos cultivados a la orilla del Mediterráneo han llegado hasta los bolsillos de los estudiantes que caminan abrigados entre el gris brutalista de esta ciudad. Si tengo que fiarme de mi olfato, cero. Cero también si me baso en mis discretas preguntas a varios grupitos en el campus y en los bares cercanos. En Kosovo es ilegal el cultivo, venta o posesión de cannabis, sea con fines terapéuticos o recreativos. Nadie tiene, nadie sabe, supongo que pocos se fían.

En cualquier caso, un español recién llegado tiene muchas más cosas que hacer en Pristina si se queda sin fumar. Una de las mejores es quedar a tomar café con el novelista, traductor políglota e hispanófilo Elvi Sidheri. Elvi aprendió nuestra lengua ejerciendo como intérprete de los cascos azules españoles durante la guerra, y la perfeccionó en sus seis años trabajando de barman en los peores antros de Malasaña. Ahora quizás sea el principal embajador de nuestra literatura en Kosovo, Albania y Macedonia. Solo en los últimos meses ha traducido al albanés La rebelión de las masas, una antología de Juan Ramón Jiménez, los cuentos de César Vallejo y algunos ensayos de George Santayana.

Gazmend Syla en   la sede de excombatientes del UCK en Peja.

Gazmend Syla en la sede de excombatientes del UCK en Peja.

¿Los adustos y sacrificados combatientes patriotas eran en realidad una banda mafiosa, o solo se trata de propaganda serbia para desacreditar al enemigo?

Hay una máxima que vengo comprobando en todos mis viajes a los Balcanes: la historia familiar de casi cualquier persona en la región podría convertirse en una novela a la altura de Los Buddenbrook o de Cien años de soledad. “Es muy difícil no ser escritor en los Balcanes”, me cuenta después de narrarme las peripecias de su padre como diplomático de Enver Hoxha y las historia de su familia materna, prósperos comerciantes originarios de la muy sefardita ciudad de Salónica. El propio Elvi es un ejemplo de ese carácter híbrido y contradictorio que hace tan apasionante esta parte del mundo: albanés por nacionalidad pero ortodoxo por religión, sus opiniones siempre bien informadas y su vida a caballo entre varios países hacen de él un interlocutor ideal para intentar entender lo que sucede aquí. Pero solo intentarlo: aspirar a entenderlo conduce al fracaso.

Elvi es uno de los poquísimos albaneses que no fuma, como tampoco lo hace Jeton Neziraj, dramaturgo, columnista y director de la compañía de teatro Qendra Multimedia. Con sus obras, que combinan el absurdo de Beckett con la potencia crítica de Mayorga, Neziraj se ha convertido en una de las voces más libres –y censuradas, y acosadas– de Kosovo. “Pero ha merecido la pena”, me dice satisfecho en una sobremesa también regada con rakia. El suyo es ahora un país mucho más libre que hace dos décadas, y es así gracias a los artistas que, como él, se atrevieron a ir un paso más allá, a poner a prueba los tabúes y a blasfemar en el templo. 

El traductor y novelista Elvi Sidheri frente al monasterio ortodoxo de Gracanica.

El traductor y novelista Elvi Sidheri frente al monasterio ortodoxo de Gracanica.

El pequeño teatro que regenta es literalmente un espacio underground: hay que bajar un largo tramo de escaleras para llegar a la cafetería que hace de antesala, y de ahí acceder al patio de butacas. El día que lo visito ensayan en la sala varios actores sudafricanos, que ultiman junto a una compañía kosovar una obra en torno a la reconciliación, el perdón y el olvido. Esa noche salgo a beber con algunos de ellos, todos negros, y comparten sus recuerdos de infancia bajo el apartheid. 

La noche en Pristina, como en una ciudad europea cualquiera, aunque no está del todo claro que esta lo sea, permite distintos ambientes y tonalidades. Hay salas de modernos con música minimalista, pubs irlandeses, garitos para conciertos de hardcore, jams de jazz y cafés literarios –merece visita y apoyo el que abrieron hace unos meses las periodistas de Kosovo 2.0, una soberbia revista de periodismo narrativo independiente–. Los actores sudafricanos me citan sin embargo en un pub abarrotado y pretencioso, con lámparas de araña y butacas de terciopelo granate. Creo que era el menos arreglado de la sala, pero no me importó: al poco de llegar, una mujer se puso a cantar entre las mesas con esa dulce nostalgia eslava que solo invita a seguir bebiendo. Yo no tenía que ensayar a las ocho de la mañana del día siguiente. 

Estampas de la vida en Pristina.

Estampas de la vida en Pristina.

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #335

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