Estamos trabajando en una nueva versión de Cáñamo. ¡Disculpa las molestias!

Gerónimo

A veces se desarrollan de forma espontánea algunas tertulias más que interesantes dentro de nuestro club. Somos muy afortunados porque personas muy relevantes del ámbito de la cultura, el cine, el teatro, profesionales altamente cualificados y personas con trayectorias vitales increíbles son partícipes de nuestro proyecto y a menudo la casualidad hace que nos encontremos en la asociación y, sin más, compartiendo unos buenos cigarros de marihuana, le demos vueltas a las cosas.

Siempre hemos sido conscientes de que la fuerza de nuestro proyecto no radicaba en la cantidad de socios, de dinero o de marihuana, sino en la calidad humana y el compromiso de los que formamos parte del proyecto. No es fácil ser socio nuestro, al fin y al cabo se trata de un club privado de consumidores de cannabis.

Un día, mientras estábamos una socia y yo comentando sobre el club y hablando de paso de la vida y el universo, noté mi boca seca y me fui a sacar una botella de agua de la máquina expendedora. Al llegar a ella me di cuenta de que estaba pisando algo y, cuando miré, me encontré con una mierda de perro. Puesto que esta socia viene siempre con su perro a la asociación, pensé sin más que la mierda era de su perro:

–¡Joder!, tu perro se ha cagado. –Ella se levantó y vino a ver.

–No puede ser de mi perro, esta mierda es tan grande como él.

La verdad es que no correspondía el tamaño de esa mierda con el tamaño del perro. Sin embargo, de alguna forma, la socia se sintió responsable y fue a recogerla.

–Espera, que tengo una idea –le dije.

Así que cogimos la mierda, la metimos en una bolsa de autocierre transparente, la aplanamos, le dimos forma, y la verdad es que nos quedó igualita que una postura de hachís.

Para no confundirnos, en la bolsa pusimos la palabra shit –‘mierda’, en inglés–, y la dejamos en el almacén del club, donde guardamos todo el cannabis y la documentación de la asociación bajo llave.

A estas alturas de la película la policía ya había entrado una vez: nos habían incautado, detenido y puesto a disposición judicial. Y no había pasado ni un mes, y otra vez volvíamos a tener en las puertas de nuestra sede social a la policía incautando a los socios al salir y cacheando y amedrentando a algunos socios al entrar.

En este toma y daca estábamos, cuando de nuevo y de forma ilegal –sin nuestro permiso y sin una autorización judicial– volvieron a entrar en nuestra sede social. Aprovecharon que un socio abría la puerta, lo agarraron entre dos, lo pusieron contra la pared y de repente me encontré con nueve policías de paisano dentro del club.

Pese a sus caras de mala hostia, intenté calmarles. Lo primero que hice fue darles las gracias por el trato tan amable, profesional y correcto que estaban dando a todos los socios, y lo segundo ofrecerles un café, un té, un agua, algún refresco… Intentando ser cortés con nuestros autoinvitados estaba, cuando apareció el inspector jefe de la comisaria.

–¿Qué pasa?, ¿que no vas a parar con todo esto?, ¿no te es suficiente con la detención del otro día?

–Jefe, ya sabe que solo pararemos cuando tengamos una orden de cierre judicial, pídala al juzgado de guardia y salimos de dudas.

–No, si ya lo hemos hecho…

–¿Y?

[Silencio.]

–Bueno, déjate de historias y vamos con esto, que ya sabes cómo va.

Metimos la mierda en una bolsa de autocierre transparente, la aplanamos, le dimos forma, y la verdad es que nos quedó igualita que una postura de hachís

Se pusieron a pesar delante de mí el cannabis que había en la asociación y levantaron atestado de todo, incluidas hasta las cajas de papelillos. En ese momento llevábamos casi año y medio abiertos y no éramos más de 123 socios netos. Lo que incautaron fueron 276 gramos de marihuana y todos los restos de palitos y hojas, que para nosotros son un desecho pero para ellos, material que sumar a la imputación.

Pues ahí estábamos el inspector jefe y yo liados con el atestado, yo detrás de una barra que tenemos y él frente a mí, de espaldas a sus compañeros, cuando se unieron otros cuatro policías más, estos ya de uniforme. De repente, uno de ellos pregunta:

–Oye, esto de la marihuana y el hachís, ¿es lo mismo?

En esto el jefe levanta la cabeza y solo mirándome a mí pone una cara de desesperación y la menea de una lado a otro, como pensando: “menudo membrillo”. Yo le devuelvo la mirada y le pregunto:

–Jefe, ¿me deja ilustrar a los chicos?

Y este mueve afirmativamente la cabeza. Así que me cojo un póster de una Critical+ y lo extiendo encima de la barra y les digo, venid para acá, y les empiezo a explicar: cuál es la genética de la planta, de qué grupo y familia procede, la diferencia entre machos y hembras, qué es un tricoma, cómo se extraen, cuál es la historia del cannabis y el hombre. Les pongo ejemplos de prohibiciones, como con el café en Persia y Rusia en el 1800 o el alcohol en Estados Unidos a comienzos del 1900. Y les hago ver la sinrazón de esta guerra.

En un punto de mi exposición, un policía que estaba registrando el almacén de arriba abajo, vino hacia mí abriéndose paso a codazos. Al llegar a la barra, estrelló contra el póster la bolsa que traía preguntando a voz en grito:

–¿Qué es esto?

Como sabía lo que era, sin dejar de mirarle a los ojos, cogí la bolsa y la desplegué en alto, para que sus compañeros la pudieran ver.

–Mierda, es mierda, ¿no ves lo que pone? Pone shit, que es mierda en inglés.

–¿Y qué hace ahí dentro? –me gritó.

–Porque estoy hasta los cojones –le respondí yo dando un puñetazo en la barra– de que los socios con perro vengan aquí y se caguen. Así que cada vez que viene uno, la saco y le pregunto: “¿Es tuya?”.

La carcajada fue monumental, y al policía no le quedó otra que arrojarla a la papelera con todas sus fuerzas.

En la siguiente detención, otro agente encontró la misma bolsa en el mismo sitio, y cuando salió del almacén a preguntarme qué era, otro compañero en tono burlón le dijo: ”¡Ábrela! ¡Ábrela!”.

En nuestro club tenemos la costumbre, instaurada de forma espontánea, de que a todos nuestros detenidos se les lleva la cena por parte de la asociación. A veces nos dejan pasarla y otras no. Esa vez los policías que custodiaban los calabozos dejaron pasar la cena, así que esa noche me comí una hamburguesa con unas patatas en la celda de castigo de los calabozos. No me habían puesto ahí por lo de la mierda, sino para que el resto de los detenidos por otros delitos no protestaran por la deferencia que habían tenido conmigo.

A pesar del frío espantoso de aquella celda me sentí muy reconfortado. La media sonrisa me duró puesta casi los dos días y medio que estuve detenido. Ni que decir tiene que cuando salí de los calabozos, al día siguiente, volvimos a abrir el club.