La encuesta EDADES 2024 señala que el 27,4 % de la población española de 15 a 64 años había utilizado tranquilizantes o somníferos, con o sin receta, alguna vez en su vida. Un 12 % declaró haberlos consumido durante el último año, un 8 % en el último mes y un 4,5 % diariamente siendo especialmente alta entre las mujeres yel consumo aumenta con la edad.
En este contexto, el consumo sin receta es menor ya que según los datos del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, el uso de hipnosedantes sin prescripción médica durante el último año se situó en el 1,8 %.
Es precisamente en ese espacio entre medicamento, automedicación y uso recreativo donde el trap resulta culturalmente revelador, según propone una investigación periodística publicada por lasDrogas.info. Esa lectura encaja con un estudio de Raúl Rey-Gayoso y Carlos Diz sobre el desarrollo del trap en España, publicado en 2021 en AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana, que entiende el género como una expresión cultural vinculada a las transformaciones sociales posteriores a la crisis económica de 2008.
El artículo, elaborado por investigadores vinculados al ámbito de la antropología social y cultural, examina cómo el género se consolidó entre jóvenes afectados por el desempleo, la precariedad y unas expectativas de futuro cada vez más estrechas.
En ese escenario, nombres comerciales como Trankimazin o Rivotril comenzaron a aparecer asociados no solo a la fiesta o al estatus, sino también al insomnio, la ansiedad, la desconexión y el sufrimiento emocional.
El análisis publicado por lasDrogas.info recorre esa evolución y advierte caer en la lectura simplista, ya que el trap es un género heterogéneo y sus letras no demuestran que los artistas o seguidores tengan necesariamente mayores problemas de consumo.
También conviene distinguir entre los riesgos de estas sustancias y los discursos que las representan. Las benzodiacepinas pueden producir tolerancia y dependencia, especialmente con usos prolongados, pero criminalizar una escena musical no explica por qué esos medicamentos están disponibles ni por qué algunas personas buscan en ellos alivio o evasión. Al respecto, en Cáñamo ya hemos abordado otras investigaciones relacionadas con benzodiacepinas.
El trap funciona en este marco mejor como espejo que como causa. Que una generación incorporara psicofármacos a sus canciones habla de las sustancias presentes en su entorno, pero también de cómo comenzó a narrar la ansiedad, el cansancio y la necesidad de desconectar. Por lo mismo, una perspectiva de reducción de daños exige atender ambas cosas sin convertir la cultura juvenil en un nuevo culpable.