En la práctica, el insomnio crónico empuja a muchas personas a usar hipnóticos, ansiolíticos y rutinas que se sostienen por costumbre más que por evidencia. Por eso resulta relevante el ensayo publicado en Sleep Medicine: X donde se puso a prueba un diseño de grupos paralelos durante cuatro semanas. El estudio comparó tres estrategias: el preparado herbal tailandés Suk-Sai-Yat, el aceite de Cannabis sativa denominado “Deja formula” y lorazepam, una benzodiacepina aún frecuente en el manejo sintomático del sueño.
La variable principal fue el Pittsburgh Sleep Quality Index (PSQI), uno de los instrumentos más usados para estimar calidad del sueño desde la experiencia del paciente. Al finalizar el periodo de intervención, los puntajes mejoraron de forma significativa en las tres ramas, sin diferencias relevantes entre ellas: Suk-Sai-Yat pasó de 12,3 a 6,6; el aceite de cannabis, de 13,6 a 3,68; y lorazepam, de 14,4 a 5,8. En otras palabras, las dos terapias integrativas alcanzaron un rendimiento comparable al fármaco de referencia para el síntoma central.
El ensayo también miró más allá de la noche. Para captar cambios en la vida cotidiana, el equipo aplicó herramientas para medir la calidad de vida ampliamente empleadas en investigación clínica. Allí se pudo constatar que las mejoras fueron significativas en los grupos de terapia integrativa, un indicio de que el impacto percibido podría tocar dimensiones funcionales o de bienestar que no siempre quedan reflejadas en una escala estrictamente “del sueño”.
En seguridad, se reportaron eventos adversos leves en los tres grupos, lo que refuerza una lectura de tolerabilidad en el corto plazo. Pero el propio diseño –muestra acotada y apenas cuatro semanas– deja preguntas con respecto al uso sostenido, la aparición de tolerancia, las recaídas y la interacción con otros tratamientos. En ese punto, el contraste con lorazepam no es menor, porque las benzodiacepinas están asociadas a riesgos de sedación, dependencia e interacciones con depresores del sistema nervioso.
Más que una “victoria” del cannabis frente al insomnio crónico, el ensayo funciona como recordatorio que cuando una práctica se somete a evaluación clínica, puede demostrar eficacia comparable –o quedar en evidencia– frente al estándar farmacológico. El siguiente paso debería pauntar a replicar, con seguimiento más largo, criterios claros de dosis y perfiles de pacientes, para saber si estas alternativas sostienen su beneficio cuando el insomnio deja de ser una urgencia y se revela como un problema crónico.