El regreso del monopolio feroz

El regreso del Monopolio Feroz

Es recurrente entre amplios sectores del mundillo cannábico la preocupación por el establecimiento de monopolios tras una eventual regulación. Ya me ocupé de esto en ¿Quién teme al monopolio feroz? (Cáñamo 190, Octubre 2013), pero algunos acontecimientos más o menos recientes me obligan a volver sobre el tema.

Sin salir de España, una mención en el programa electoral de Ciudadanos a “la regulación por parte del Estado de la producción y distribución del cannabis y sus derivados” llevaba al community manager tuitero de Podemos Cannábico a sacar arriesgadísimas conclusiones: “Si huele a monopolio, sabe a monopolio, forma de monopolio y no defiende derechos... es sin duda de Ciudadanos”. Podríamos atribuir tan interesada confusión al analfabetismo funcional de este CM o a una campaña electoral que se ha caracterizado por la suciedad y la bajeza, pero tampoco habría que dar demasiada importancia a algo tan trivial.

Más fuste tendría el caso del referéndum de noviembre de 2015 en Ohio, donde un grupo de diez empresarios intentaron repartirse el pastel cannábico en régimen de oligopolio y fracasaron estrepitosamente, fuera por Buddie, su espantosa mascota, por el electorado de un estado particularmente conservador, por la reacción de los activistas cannábicos o por una combinación de las tres cosas. Aparte del nombre elegido por el contubernio, Responsible Ohio, en este caso llamaba la atención la transparente desfachatez del plan maligno, un rotundo sopapo a la mentalidad conspirativa y a su obsesión con el secreto, siempre desvelado por los incansables buscadores de la verdad.

Sin salir de EE UU, y por las mismas fechas, las autoridades de Denver (Colorado) se vieron obligadas a retirar una moratoria de dos años que habría impedido la apertura de nuevos dispensarios de cannabis medicinal durante ese período. No habría sido esta una restricción menor para un modelo que algunos despistados presentan como ejemplo de “capitalismo salvaje” y que se suele contraponer al no-tan-fantástico modelo uruguayo impulsado por José Mujica. Un modelo que, este sí, ha entregado a dos empresas, Iccorp y Simbiosys, el monopolio del cannabis medicinal, única alternativa al mercado negro para quienes no cultiven por su cuenta o como socios de un CSC y que, dos años después de su aprobación, aún no ha despachado un solo gramo de marihuana; sin olvidar que este sistema no empezará a funcionar hasta abril de 2016, cuando decenas de miles de enfermos imaginarios creados por la ley podrán abastecerse en las farmacias que lo dispensen –muchas se resisten a ello como gato panza arriba–.

Lo cierto es que quienes se empeñan en ver monopolios ilusorios y en ciernes por todas partes (tabaqueras, farmacéuticas, agribusiness…) no parecen fijarse mucho en los realmente existentes, y entre ellos destaca por méritos propios el que ostenta Ben Dronkers con el Bedrocan en Holanda desde 2001 y, parcialmente, en Canadá, donde se ha fusionado con la compañía local Tweed para suministrar hasta 6.000 kg. anuales de cannabis medicinal. Hasta ahora, Dronkers y sus socios se han venido aprovechando del cerrojazo impuesto en 2013 por el anterior gobierno canadiense a la producción de cannabis terapéutico, cuando se restringió severamente el cultivo privado al tiempo que se favorecía a un selecto grupo de veintiséis compañías licenciadas. Es muy probable que la victoria de Justin Trudeau en las elecciones del pasado mes de octubre traiga consigo un levantamiento de estas restricciones y la superación del “solo medicinal” vigente hasta ahora, pero Canopy Growth Corporation, que así se llama este consorcio multinacional, disfruta ya de una envidiable posición de partida que sin duda aprovechará cuando el Partido Liberal canadiense deje de deshojar la margarita (o el cogollo).

Nada más lejos de mi intención que pintar al fundador de Sensi Seeds como un codicioso capitalista obsesionado con el control absoluto del mercado mundial de la marihuana, pero todos estos movimientos merecerían un poco más de atención por parte de los que ven gigantes donde solo hay molinos y que, cuando aparece un gigante de verdad, sufren un repentino ataque de ceguera selectiva.

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