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MDMA ATA
Ilustración de ATA

Se publica a finales de mayo el esperado informe 2016 del Observatorio Europeo de las Drogas y Toxicomanías (OEDT/EMCDDA), y no tardan en aparecer los titulares de costumbre: El consumo de éxtasis repunta en Europa de la mano de los más jóvenes (EFE), El éxtasis vuelve a ganar popularidad en Europa (20 Minutos), Alerta de un aumento del consumo de metanfetaminas (¿?) como el éxtasis (Europa Press), El éxtasis es el estimulante predilecto del joven europeo (El País), etc. Fantástico. Vayan desempolvando el uniforme de bakala y corran a la macrodiscoteca más cercana para una interminable sesión maquinera… Pero no tan rápido.

Es innegable que hay un resurgimiento de la MDMA, especialmente después de la atroz sequía de 2008-10, pero, como dejó dicho Fraga Iribarne: “Spain is different”. No es que el Plan Nacional sobre Drogas sea muy locuaz a la hora de anunciar descensos en el consumo de tal o cual droga –los preventólogos son particularmente adictos al alarmismo y el “no hay que bajar la guardia” es uno de sus mantras favoritos–, pero esta información suele estar disponible para todo el mundo y, precisamente, en la Encuesta Estudes 2014-2015, dada a conocer el pasado mes de febrero, se mencionaban importantes reducciones en el consumo adolescente de diversas sustancias, entre las que destacaba… la MDMA: nada menos que cerca de la sexta parte de consumidores anuales que en el año 2000 (del 5,2% al 0,9%), la cifra más baja de la serie histórica, acompañada de descensos similares en el consumo de anfetaminas, alucinógenos e inhalantes. En suma, un acontecimiento que habría merecido titulares a varias columnas o un generoso espacio en los informativos de televisión, y que, por contra, pasó sin pena ni gloria. Es lo que tiene soportar a un conglomerado de grupos de comunicación que, al menos en lo que a drogas se refiere, consideran mucho más relevante que un perro muerda a un hombre que lo contrario. Pero dejemos a estos perros, tan parecidos en su abyección al de la voz de su amo, y hablemos de la MDMA y de su situación actual.

Lo más destacable sería el aumento generalizado de la riqueza y la potencia en las presentaciones de la feniletilamina, bautizada como “éxtasis” por el exsacerdote Michael Clegg –quien, tras colgar los hábitos, se convertiría en uno de los mayores traficantes de la época heroica y previa a su prohibición–. Son varios los factores que han propiciado el actual auge de este psicoactivo, y dos estudios recientes, el uno del propio OEDT/EMCDDA y el otro del Instituto Trimbos holandés, informaban sobre ellos con todo lujo de detalles. Se podría decir que estamos ante una tormenta perfecta que incluiría el uso de nuevos precursores químicos, no sometidos a control internacional y ajenos a fuentes vegetales (como el glicidato de PMK, que se podría considerar como un preprecursor); la diversificación y la especialización de los grupos que se dedican a la síntesis, anteriormente circunscritos a los Países Bajos y actualmente mucho más cosmopolitas (españoles, checos, alemanes…); nuevas, más asequibles y más eficaces máquinas para fabricar pastillas; laboratorios móviles y de un solo uso; venta directa del químico casero al cliente final –a través de la Dark Web, que, en no pocos casos, elude el paso de fronteras–; fabricación bajo demanda, en ocasiones para algún evento específico… La lista es interminable. No es de extrañar que los precios del producto estén por los suelos: en Holanda, y según Trimbos, el precio medio del gramo de cristal asciende a 20 euros, mientras que las superpastillas rondan los 4 euros; y si nos vamos a su pureza media, esta ha pasado de los 80 mg en el 2005 a los actuales 150 mg, con un contenido de 293 mg en la pastilla más potente enviada para su análisis. Hace ya bastantes años que los estupefacientes salen más económicos que el alcohol, pero esto no tiene precedentes –y si nos vamos al mercado de las nuevas sustancias psicoactivas, algunas de ellas con un coste de unos pocos céntimos por dosis, ya es el acabose.

MDMA
Ilustración de ATA

En un mercado regulado, los gobiernos podrían imponer una serie de normas a los fabricantes, tales como pastillas blancas en envases poco llamativos, con partefácil, de entre 60 y 80 miligramos de principio activo, con su prospecto y su PVP mínimo. Pero nada de esto es factible en el mercado actual, así que la gran riqueza de las superpastis, sumada al desconocimiento de su contenido exacto, está causando no pocos estragos, y ya son varias las adolescentes británicas que, con cierta frecuencia, han caído fulminadas para no volver a levantarse, a menudo en la que iba a ser su primera experiencia y pasó a convertirse en la última. Estas muertes absurdas y otras –como las cinco que se produjeron de una tacada en una fiesta Time Warp en Argentina el pasado mes de abril– suelen dar pie a lamentaciones hipócritas por parte de un ejército de plañideras que, lejos de tomar nota y de abogar por la aplicación de medidas elementales de salud pública, como las vigentes en un puñado de países civilizados (entre ellos, el nuestro), se usan como aviso para navegantes y con ánimo disuasorio. Pero nadie ve más lejana la muerte que un adolescente, y la pretendida disuasión se queda en nada para los más lanzados. La moralina nunca fue eficaz para prevenir el sexo, y tampoco lo será nunca en el caso de las drogas. La gestión de placeres y riesgos en espacios de fiesta empezó a tomarse en serio en España a raíz del trágico caso del Martín Carpena, allá por el 2002, y si en algo no han errado nuestras autoridades sanitarias es en el apoyo que han prestado a asociaciones como Energy Control y Ai Laket!!, labor avalada por importantes premios nacionales (el Reina Sofía) y europeos (Pompidou). Pero siempre deberíamos tener presente que la reducción de daños se refiere principalmente a los causados por la prohibición, más que por las sustancias, y es mucho más lo que se podría hacer en este ámbito sin perjuicio de seguir avanzando hacia la imprescindible regulación.

Volviendo a la criatura apadrinada por Shulgin, la MDMA ha experimentado infinidad de mutaciones, a pesar de ser siempre la misma e inmutable molécula: de la new age en su etapa terapéutica clandestina, a los garitos hip de Boston y Texas; de los clubs gais en los estertores de la disco music, a las playas de Ibiza y Valencia; de estas, a los clubs de Manchester y al segundo Verano del Amor, con el retorno de Smiley y las leyes anti-rave; de la Rebelión en las Islas a su regreso a Estados Unidos… Lo último ha sido su transmutación en Molly, en gran parte asociada a la EDM, y su entrada triunfal en la cultura del rap y en los guetos. Es imposible predecir si el auge actual durará mucho, pero es indudable que el éxtasis ha venido para quedarse. Tómenlo o déjenlo, pero vayan acostumbrándose a convivir con él, porque le queda cuerda para rato.

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