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Por este artículo seré juzgado. Sí, juzgado. No digo criticado. Digo juzgado. Lo sé a ciencia cierta. Llegará el día en que, cuando estas líneas caigan en manos de mis posibles futuros lectores, lo que exclamarán al leerlas no serán los habituales exabruptos en plan “puto bodrio” o “cómo se nota que lo ha escrito en un par de horas”.

No, ese día lo que dirán, auténticamente horrorizados, será “¡¡¡qué grandísimo hijo de… (y aquí pongan ustedes lo que más disgusten: Dios, Judas, Gran Bretaña…)!!!”. Ese día se les pondrán los pelos de punta. Me considerarán un ser despreciable. Me odiarán. Y es que, apreciados colegas, queridísimas amigas, ese día sabrán lo que alegremente hice hace apenas una semanita: fumarme la cola de un escorpión.

Que “¿y qué pasa?”. Que “¿y a qué viene tanto drama?”

Pues pasa que los animales también tienen sus derechos.

Pasa que, aquí en Europa, a finales del siglo xviii había zoos humanos en los que familias enteras de personas nacidas en países lejanos eran mostradas al público como curiosidad y entretenimiento. Pasa que mientras que por aquel entonces la peña les tiraba cacahuetes y se descojonaba en su cara por las pintas que llevaban, hoy nos basta con ver una sola fotografía de aquellas gentes enjauladas para sentir el más profundo dolor y la más absoluta vergüenza.

Pasa que estamos en el año 2016 y que –felizmente– las cabalgatas de los Reyes ahora se celebran con dj y sin camellos. Pasa que en octubre del 2015 la jueza argentina Elena Liberatori declaró a la orangutana Sandra “persona no humana”, reconociéndole, de este modo, su derecho a la vida y a la libertad (¡Juro que amo a esa jueza! / ¡Holy molly, jamás pensé que podría llegar a decir algo así de una magistrada!).

Pasa que, afortunadamente, con el tiempo las sensibilidades se van puliendo; y lo que hoy es para los monos y los camellos, mañana será para los pollos y los cerdos, los boquerones y los mirlos, y algún día también para los insectos.

Pasa que los animales no son cosas.

Y pasa que yo me he fumado uno.

¿Lo pilláis de una puta vez? ¿Entendéis ahora por qué seré juzgado y vilipendiado? Claro que lo pilláis, lo noto en vuestra mirada: vosotros mismos me estáis empezando a ver como un capullo. Vosotros mismos ya me estáis juzgando.

¡¡¡Fariseos!!!

Yo os digo: aquel de vosotros que esté libre de pecado, que me arroje la primera piedra.

Y ojo también con lo que os anuncio: bienaventurados los que no tengan reparos en comer escorpiones porque ellos heredarán la Tierra (y bienaventurados quienes los fuman, porque de ellos es el Reino de los Cielos). Y ahora, por si a los misericordiosos y a los de limpio corazón no les hubiese quedado todo claro, pasaré a desglosar el salmo en cuatro puntos:

1. Los insectos son una de las formas de vida más numerosas del planeta. 2. Los insectos producen proteínas a un ritmo muy superior al de los demás animales (hasta veinte veces más productivos que una vaca, oigan). 3. La asfixiante sobrepoblación que se avecina hará que a medio plazo resulte materialmente imposible que haya brócoli para todos. 4. Por muy encomiable que resulte ser vegano, los hijos de vuestras hijas comerán larvas, orugas, saltamontes, grillos, escorpiones…

Lo sé: la argumentación no es del todo mala, pero las fotos no ayudan para que convenzan a nadie. Sí, sé lo que estáis pensando: “Que sí, tío, que vale, que te lo comas, que te lo fumes, lo que quieras, pero… ¿Era necesario hacer esa carnicería con el bicharraco?”.

¿Necesario? “Necesario”, ¿decís? Vamos a ver, que me parece que os estáis precipitando. Ese cándido insecto dorado no era un simple escorpión de andar por casa. Era un Leiurus quinquestriatus, el escorpión más peligroso del mundo. ¿Puede alguien decirme cómo cojones ponerle el cascabel al gato sin llevarse un zarpazo letal? Que desde el sillón de casa todos somos muy valientes, pulcros y respetuosos, pero os quisiera haber visto ahí. Joder, que éramos tres mendas armados con cuchillos, pinzas, zapatillas y morteros y al sacarlo del bote parecíamos nenazas histéricas cagadas de miedo. Una vez fuera del táper en el que vino, era él o nosotros. Y, creedme, había que actuar rápido. En fin, que lo que en las fotos puede parecer un gratuito frenesí sanguinario en el ruedo no fue más que un arranque de instintiva lucha por la supervivencia. Y la ganamos nosotros, así de sencillo.

“Venga, vale, aceptamos matanza como animal de compañía pero, la cuestión es… ¿Por qué? Why? Why? Why?”.

Ay, ay, ay… Veo que no os habéis leído Hedonismo sostenible. Por el cuarto impulso, por eso lo fumé. Por las ganas de sentir algo distinto, de cambiar mi estado mental, de estar y de encontrarme en el mundo de una forma diferente a como estaba antes de fumarlo. Un impulso tan potente y universal como el que nos lleva a comer o a tener relaciones sexuales. El mismo, sin ir más lejos, que el que a otros les lleva a fumar porros.

Y miren, yo porros no fumo, pero a un bombardeo me apunto sin pensármelo. Así que, cuando mi buen amigo Javier Marín me llamó por teléfono para contarme que había visto en la tele cómo un menda se colocaba fumando colas de escorpiones, supe lo que tenía que hacer: me adentré en las profundidades de Internet, localicé a unos aracnófilos que criaban los escorpiones más venenosos del mundo, les conté una milonga para que me cedieran uno, me lo cedieron y… lo descuarticé.

A continuación guardé la cola durante unos días y una vez que estuvo seca la pulvericé, la mezclé con tabaco y me la fumé. Inmediatamente me llamó la atención su marcado sabor a gambas a la plancha. No, no era sabor, era olor. No, era sabor. No. No era ni una cosa ni la otra y era las dos a la vez: el olor a gamba en el gusto y su sabor en el olfato. Pura sinestesia… Después pude percibir un ligero y breve pitido de oídos, pero no un pitido cualquiera sino ese tipo de pitido que sobreviene cuando algunas drogas te están pegando todo el cebollazo (la ketamina intramuscular, por ejemplo, con su ruido metálico, industrial, punzante…, o la cocaína endovenosa, mucho más sinfónica y placentera al oído). El caso es que, cuando me quise dar cuenta, ya me había ventilado el cigarrillo envenenado. La verdad es que me sentía ligeramente estimulado y eufórico. Llamé a un colega, le solté una chapa a bocajarro, le hice una serie de promesas ya incumplidas, colgué y me fui al bar. Ese día solo había tomado dos copas de vino y un whisky con Coca-Cola. El camarero me dijo que, siendo así, el escorpión me había hecho efecto. Sin embargo, a esas alturas yo ya lo ponía en duda; y antes de que cantara el gallo ya lo había negado tres veces más. Es decir, que salí de casa pensando que algo me había hecho y volví opinando lo contrario.

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Pero, ¿coloca o no coloca?

Por muy extraño que parezca, lo cierto es que puede resultar bastante difícil determinar si tal o cual sustancia aporta o no efectos psicoactivos cuando se carece casi absolutamente de cualquier referente sobre ellos, más aún cuando se consume una dosis única y probablemente baja (como podría ser el caso). Hay escuelas psicológicas que dedican largas y sesudas tesis a este fenómeno, pero no se apuren, que nosotros contamos con dos ejemplos tomados de la vida real que lo ilustran y reflejan a la perfección.

1. Curiosamente, unos pocos días antes de que me fumara el escorpión, un amigo me dio dos comprimidos de Stilnox© (un hipnótico inductor del sueño que personalmente nunca había probado). Me dijo que tomara medio y no más de dos copas. Tomé uno y seis copas. No noté absolutamente nada. En caso de haber estado testando sus posibles efectos psicoactivos hubiese concluido que no los tenía, cuando es evidente que los tiene (como poco después tuve la ocasión de comprobar cuando, estando en otro contexto que no les voy a contar, me administré medio comprimido vía sublingual y caí esnukao durante cinco horas).

2. Más curiosamente aún pero igualmente cierto y real es que, varios días después de haberme fumado el escorpión, estando tumbado en la cama y costándome conciliar el sueño, experimenté toda una serie de alteraciones de la percepción, de la consciencia y del pensamiento (luces celestiales con los ojos cerrados; levitar, flotar y zozobrar sobre la línea de flote del edredón nórdico; ralladas mentales y metamentales de diverso calado y gravedad) que sin ninguna duda cabría calificar como psiquedélicas y que, de haber estado testando los efectos psicoactivos de los garbanzos con wasabi, impepinablemente habría concluido que los tenían. Sin embargo, ni había tomado garbanzos ni estaba testando ni gozando ninguna otra cosa. De hecho, tal vez solo fuera eso, quiero decir, eso que podríamos llamar la “sobriedad ebria”. Conceptual y fenomenológicamente muy distinta de la “ebriedad sobria” grecorromana. En el sentido de que, si la segunda, en palabras de Escohotado, vendría a ser aquella que “se navega con elegancia” y que “faculta para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades”; la primera consistiría en la sensación de extrañeza, desrealización y despersonalización que algunos llegan a sentir en las rarísimas ocasiones en que no están intoxicados.

En fin, no creo necesarias mayores aclaraciones. Sea como fuere, la cuestión es que en base a la experiencia que me ha aportado este único bioensayo soy incapaz de determinar si las colas de escorpión fumadas son o no psicoactivas. Algo me dice que sí (ese pitidito, esa ligera euforia), que no es como fumar hebras de plátano (a fin de cuentas, estas carecen del explosivo combo de neurotoxinas con el que va cargado el veneno de escorpión), pero al mismo tiempo todo fue tan sutil y breve que perfectamente podría haber sido fruto de la sugestión. A falta y a la espera de poder realizar un estudio doble ciego (sí, claro, me refiero a fumar el doble, al menos, ¿a qué, si no, iba a referirme?), para cerrar este artículo no me queda más que remitirme a los datos y a las experiencias de otros investigadores.

Experiencias ajenas

Si descartamos las chorradas de Urban Tarzan, los vídeos de los cuatro pánfilos de turno de YouTube y los artículos de prensa –siempre de dudosa credibilidad– de la otra parte del mundo, resulta que solo nos quedan un par de testimonios fiables.

El primero, de Varghese et al., del Departamento de Psiquiatría del Instituto de Ciencias Médicas de Nueva Delhi, que citan el caso de un hombre de sesenta años con una historia de treinta y cinco años de dependencia a la heroína y sin alteraciones psiquiátricas de otro tipo que, en la evaluación clínica al ser admitido a tratamiento, dice que en muchas ocasiones en que no tiene acceso a la heroína usa escorpiones, haciendo que le piquen en la mano. Dice experimentar, entonces, un flash instantáneo, más potente que el de la diacetilmorfina y que le mantiene relajado durante unas seis horas.

El segundo testimonio es el de David McDonald, un sociólogo que trabajó durante años como asesor de reducción de la demanda para el programa de control de drogas de la ONU en Afganistán y que relató su opinión de lo visto y de lo vivido durante aquellos años en un libro de esclarecedor título: Drugs in Afghanistan: Opium, Outlaws and Scorpion Tales (‘Drogas en Afganistán: opio, forajidos y cuentos de escorpiones’, nótese que en el título original, el autor hace un juego de palabras entre colas –tails– y cuentos –tales–, en tanto en cuanto ambas se pronuncian igual). Esto es lo que en él podemos leer:

“El Mullah Abdul Akhundzada nos contó que muchos muyahidines eran pagados o recompensados con hachís por su lucha en el campo de batalla. Frecuentemente lo consumían antes de ir al frente. Cuando no había hachís, Akhundzada nos dijo que algunos de ellos cogían escorpiones, les cortaban la cola, las dejaban secar y se las fumaban: ‘Lo he visto con mis propios ojos”.

“Su gráfica descripción del uso de colas de escorpión como sustituto del hachís nos condujo a mis colegas y a mí a buscar, durante los tres años siguientes, afganos que las hubiesen usado con tales fines.”

“Desde que el Mullah Akhundzada mencionase por primera vez en 1999 el uso de escorpiones como drogas, hemos venido a comprender que en Afganistán los escorpiones son, de hecho, consumidos por sus propiedades psicoactivas. Durante el trabajo de campo en Azro, distrito de la provincia de Logar, en el año 2000, se informó de más de cien personas que fumaban colas de escorpiones secas en chillums o en cigarrillos. Informes similares se recibieron del distrito de Hesarak, en la provincia de Nangarhar”.

“Los tártaros de Bamiyan informaron a mi amigo de que el escorpión es aplastado entre dos piedras y se le deja secar. Luego, la parte principal de la cola, incluyendo el aguijón, es convertida en polvo, mezclada con tabaco y/o hachís y fumada. Uno de aquellos tártaros dijo que cuando fumaba colas de escorpión se mantenía intoxicado durante más tiempo que cuando solo fumaba hachís. Otro dijo que fumar escorpiones le mantenía despierto por la noche, de modo que podía participar en incursiones y escaramuzas nocturnas. Otro le dijo que producía severos dolores de cabeza”.

“En febrero del 2003, el UNODC empezó un trabajo de campo en Kabul para recoger datos de informantes clave y usuarios de drogas acerca de la naturaleza y extensión del problema del uso de drogas en la ciudad. Doce trabajadores fueron reclutados y formados al efecto. Al final de la primera semana, uno de los entrevistadores mencionó que había estado hablando con un usuario de heroína que fumaba colas de escorpión. Al día siguiente fui a hablar con este hombre para recabar más información. Me contó que en 1991, cuando tenía treinta y seis años, estuvo destinado en Kunar como soldado, consistiendo su trabajo en recoger piedras para construir una carretera. Los aldeanos locales, así como otros soldados, le dijeron que se podían fumar las colas de los escorpiones que encontraba bajo las rocas. Las colas secas se pulverizaban, se mezclaban con hachís, se introducían en un chillum, al que finalmente se le añadía un poco de opio, y se fumaban. Los aldeanos le dijeron que si fumaba escorpiones se mantendría intoxicado durante una semana. Cuando le pregunté si ese fue el efecto, dijo que no, que solo estuvo intoxicado tres días. Durante ese tiempo le costaba mantener los ojos abiertos, estaba continuamente cabeceando y tenía muchas alucinaciones visuales. Contó que había fumado escorpiones entre veinte y treinta veces”.

“En octubre del 2003 un amigo se topó en Peshawar con un hombre de treinta y cinco años que afirmaba haber consumido colas de escorpión de forma regular desde la edad de doce años. El hombre fue acompañado a una tienda donde compró dos escorpiones secos por 10 rupias (0,20 dólares) cada uno. Los convirtió en polvo y se los lio en un cigarrillo con tabaco. El efecto fue instantáneo: la cara y los ojos del hombre se pusieron muy rojos –más que los de un fumador de hachís, según mi amigo–. También parecía muy intoxicado pero despierto y alerta, aunque se tropezó y cayó al suelo cuando intentó levantarse desde su posición de sentado. Como pescador que ha trabajado en embarcaciones fuera de Karachi, había sido arrestado y encarcelado en varios países por pesca ilegal, incluyendo Sri Lanka, Somalia y Omán. En las muchas prisiones en las que había estado, fumar colas de escorpión era ‘bastante común’, en tanto en cuanto no había otras sustancias psicoactivas disponibles”.

“Más tarde encontré en Peshawar a otro hombre que había fumado escorpiones, pero los verdes en lugar de los negros. Dijo que el efecto era básicamente como el hachís, pero que le hacía sentir muy fuerte, de modo que le era más fácil cumplir con su pesado trabajo. Es posible que distintos tipos de escorpión tengan distintos venenos y propiedades intoxicantes diferentes, pero que yo sepa esto aún no ha sido investigado”.

“Aparte de Afganistán, el único caso documentado que conozco de uso de colas de escorpión por sus propiedades psicoactivas proviene de India. Como parte de su tesis universitaria, el investigador Molly Charles entrevistó a shadus que usaban sustancias psicoactivas en su búsqueda espiritual. Charles menciona como los shadus más experimentados fuman mahachillum en los que se mezclan cannabis, opio, datura y escorpiones secos”.

Eso es todo lo que podemos contarles. Ahora, juzguen ustedes mismos

Fotografía: Alberto Flores

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