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Peta Zetas

Caramelos

Eduardo Hidalgo

Si naciste en los setenta y viviste la infancia o la prepubertad en los ochenta, a buen seguro que recordarás que, por aquel entonces, el epicentro del tráfico matinal de sustancias psicoactivas no era el after sino la puerta del cole.

Eso es, al menos, lo que daba a entender el mantra de la época, léanse: las sentidas advertencias de nuestros progenitores sobre los peligrosos caramelos con droga regalados por extraños en las inmediaciones de los centros escolares. Con todo, si tenías dos lonchas de frente recordarás también que esa fue, precisamente, la primera confabulación conspiranoica que se tragaban tus padres pero no tú. Hasta entonces había colado lo de los Reyes Magos, lo de Pape Noel y hasta lo del Ratoncito Pérez, pero esta última batallita supuso un punto de inflexión en tanto en cuanto nuestra experiencia directa la contradecía cada vez que teníamos que pagar por las “pastillas de leche de burra” y los Bang Bang. Sí, pagar… Nosotros. ¡Esta vez no había regalos!

Ya nada volvió a ser igual. Fuimos arrojados de golpe y porrazo del regazo de mamá. Supimos que no tenía ni puta idea de nada. Nos hicimos adultos. Tuvimos que buscarnos la vida. Ahora si queríamos algo no habría seres imaginarios que nos lo regalasen. Ahora teníamos que pagarlo con el dinero mangado del bolso de nuestras madres (porque, no nos engañemos, con la vuelta del pan nadie ha podido jamás mantener un vicio).

Eso nos frustró en lo más profundo. Tanto que, llegada la adolescencia, pusimos todo el empeño en cumplir nuestros sueños rotos. ¡Queríamos drogas por la mañana! Y las queríamos con aspecto de caramelos. Y entonces, vio Dios que esto era bueno y creó los afters, las pastis y la Ruta del Bakalao. De modo que, por fin, pudimos disfrutar de las matinés como nunca lo pudimos hacer a la puerta del colegio.

Y sin embargo…, tal vez mamá tenía razón. Y lo más inquietante es que, tal vez, nuestros hijos lo sepan. Entra, si no, en YouTube y escribe sniffing smarties o smoking smarties. ¡Fliparás! Verás decenas, centenares de chavales fumando y esnifando… ¡Pastillas de leche de burra! Sí, tío, has leído bien: pastillas de leche de burra, porque eso es lo que son –en versión gringa– los smarties.

No tengo más que decir, mi drongko: puede que estemos ante el mismísimo paraíso perdido. Esto tengo que probarlo pero que ya (y también Peta Zetas por la tocha, que siempre me ha picado la curiosidad).

Raya de peta zetas

Método para fumar: se machacan las pastillas en su envoltorio y luego se absorbe el polvo por uno de los extremos del paquetito. Hay que hacerlo a lo Clinton, sin tragárselo, para luego poder expulsarlo como si fuese humo (aunque buena parte se te quedará en la boca).

Procedimiento para esnifar: se… bueno. ¡Qué coño!, que no sois nuevos. Resultado: sinceramente, las rallas y las caladas más dulces y enternecedoras de mi larga trayectoria drogueril. ¡Tan ricas…! Y las de Peta Zetas no dejan de tener su puntillo psicotrónico-burbujeante. Pero colocar, tanto como colocar… No, no me han colocado.

Aun así, ¿no será porque yo ya he sido expulsado del paraíso? Porque, vamos a ver: cuando me tomo un Cola-cao no noto ningún subidón, sin embargo, ¿qué pasa cuando a última hora del día le das un Caticao a un niño que está casi a punto de desfallecer después de haber tenido una actividad frenética y delirante durante todo el día? Cualquiera que tenga hijos lo sabe bien: se pondrá como una moto. Será como si se hubiese metido un chute de meth y el enésimo tripi del día. ¿Qué no esperar, pues, de los efectos de una pastillaca de azúcar industrial machacada y administrada vía esnifada o inhalada en polvo por la boca? Pues eso, más de lo mismo: subidón, subidón, subidón.

Y si no les sube en el momento, ya lo hará más tarde. Cuando, tras haberse grabado con el móvil, suban el vídeo a YouTube y se lleven 500 likes… Eso, payo, les lleva al éxtasis, créeme.

Fotos: Alberto Flores