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Bitácora aconsejable

Mis encuentros con la "soga de los muertos" y algunas recomendaciones

Era realmente fascinante esa mezcla de dureza y belleza, de hostilidad y atracción, donde todo era cambiante y nada era lo que parecía. Llegué, junto con otros tres compañeros, con la intención de rodar un documental en 16 mm sobre aquel mundo de transformaciones constantes en el que, mal que bien, aprendí a desenvolverme no sin algún que otro percance (picaduras de niguas y de chibacoas, parásitos y arácnidos con cierto peligro). Pero todo tenía su sentido cuando convivías con indígenas como los yanomamis,

Puede que mi fascinación por la selva amazónica, por la aventura y los territorios incógnitos e inexplorados, se deba en primer lugar a los libros. En cualquier caso, conocerla y recorrerla constituyó desde muy pronto un leitmotiv de mi vida. Así que cuando pude adentrarme en la selva, en 1986, lo hice a conciencia, durante muchos días. En esa ocasión fue la cuenca del Orinoco, que me atrapó como de adolescente me habían atrapado las páginas de Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier.

Era realmente fascinante esa mezcla de dureza y belleza, de hostilidad y atracción, donde todo era cambiante y nada era lo que parecía. Llegué, junto con otros tres compañeros, con la intención de rodar un documental en 16 mm sobre aquel mundo de transformaciones constantes en el que, mal que bien, aprendí a desenvolverme no sin algún que otro percance (picaduras de niguas y de chibacoas, parásitos y arácnidos con cierto peligro). Pero todo tenía su sentido cuando convivías con indígenas como los yanomamis, un pueblo de otra época histórica. Un mundo con sus propias pautas y que también tenía otro atractivo añadido: el yopo, una de las substancias que esnifaban por la nariz para realizar sus viajes, en un trance que duraba horas y al que tuve la suerte de asistir y participar. Aquella fue la primera vez, y debo reconocer que me costó probar aquella especie de rapé que te soplaban con una caña en las fosas nasales y que parecía taladrarte el cerebro. Aunque los efectos que producía aquel polvo verde grisáceo merecían la pena el esfuerzo (deformaciones de la visión, cambio de colores, países geométricos, hallazgo de relaciones insólitas entre las cosas, los seres, los colores y las formas), había otros efectos, como el descontrol físico, que no eran demasiado atractivos. Tiempo después me enteré de que la Anadenanthera peregrina (las semillas o habas negras del llamado tamarindo de teta, tostadas y majadas con cal y cenizas) tenía varios alcaloides, como la bufotenina (5-metoxilado DMT).

San Pedrito y ayahuasca: desierto y selva

Nunca conseguí acabar aquel documental, entre otras razones porque lo habíamos filmado a 18 fotogramas por segundo, en vez de los 24 preceptivos. Aquella experiencia frustrada influyó para que retomara el tema documental un año después, cuando surgió otra oportunidad en Perú. Al aterrizar en Lima tenía el firme propósito de conocer a chamanes, asistir a sus ritos y si era posible, con su permiso, grabarlos, esta vez en vídeo. Y llegué a Leopoldo Vilela, un chamán de cactus San Pedro (Echinopsis pachanoi) al que le expuse mi intención. Jamás había accedido a algo así, y tuvo que recurrir a los augurios: me echó las caracolas tres veces. En las tres el vaticinio fue favorable, y grabé el rito del cactus San Pedro, con entrevistas antes y después a los participantes, gente de profesiones liberales que había conocido en mi primera estancia peruana. Y allí me encontré con Jacques Mabit, un médico francés que estaba experimentando con substancias indígenas y que conocía a varios chamanes, con los que había sido iniciado en la ayahuasca, la “soga de los muertos” o “vino de los espíritus”. Al día siguiente, en Lima, y un día antes de coger el avión de vuelta a España, celebré con Jacques, el curandero indígena José Campos y otras personas la primera de mis sesiones de ayahuasca. En mi caso, esa experiencia y las siguientes supusieron algo trascendental.

Acabó la sesión de madrugada y a las doce de la mañana cogí el avión para Madrid. Puedo decir que cuando aterricé en Barajas aún estaba volando, con un repaso a mi vida y mi infancia como no había hecho nunca y una serie de visiones y revelaciones que jamás olvidaré. Supongo que mi aspecto en el avión debía ser el de una persona extraña, que ni comió, apenas bebió agua y se tiró todo el viaje sin moverse del sitio y con el antifaz puesto para ahondar en las visiones (el sueño de las azafatas: un pasajero que no se movió en doce horas ni pidió nada). Naturalmente, llegué a España con una euforia tremenda (es lo que tienen las primeras sesiones, en las que la ayahuasca te hace espléndidos regalos) y recomendándosela como panacea universal a todos mis amigos y parientes. Con el tiempo comprendí que aquello era un error, y que con aquel afán proselitista, con aquellas desinteresadas recomendaciones, alimentaba un ego sutil del que piensa que ha visto y sentido la verdad y que eso le da ventaja frente al resto de las criaturas. La ayahuasca no te da la clave, aunque te regale pistas. Es el dedo que señala la luna, no la luna.

Pablo Amaringo, tras dejar el chamanismo, desarrolló una pintura en la que se reflejan las visiones de la ayahuasca
Pablo Amaringo, tras dejar el chamanismo, desarrolló una pintura en la que se reflejan las visiones de la ayahuasca

Semilla de una novela

Fruto de aquel primer deslumbramiento con “la soga de los muertos” nació mi primera novela, La madre de la voz en el oído, título que tomé prestado de uno de los libros que por entonces devoraba: Las tres mitades de Ino Moxo, de César Calvo. Se refería, por supuesto, a la ayahuasca y a todo lo que te descubre: la madre naturaleza hablándote al oído sobre las cosas importantes en la vida. En la novela recuperaba pasajes de mi infancia que no había resuelto hasta entonces. Antes y después de la novela seguí viajando a la Amazonía, sobre todo peruana, a la zona de Tarapoto, Iquitos y Pucallpa. Con Jacques Mabit realicé viajes míticos, como cuando visitamos a don Aquilino Yuqandama, reputado chamán de Yazuta, en lo más profundo del corazón verde. Viví el nacimiento de su centro Takiwasi o “La Casa que Canta”, que utilizaba el saber ancestral de los chamanes de la zona y el uso de substancias de poder para la curación. En este caso, de gente con adicciones (la zona cercana era y es productora de pasta base para los narcos).

Poco a poco fui ampliando mi conocimiento sobre las substancias de poder y sus rituales de curación. No solo la ayahuasca, sino el San Pedrito y los psilocibes. Conocí a la gente del Santo Daime, en Brasil y España –cuyos rituales e himnarios siguen sin convencerme–, hice documentales en que se abordaba el tema de la ayahuasca y, hace trece años, me embarqué en un viaje de cuatro meses por toda la cuenca amazónica. Recorrí el Amazonas prácticamente desde su nacimiento hasta su desembocadura, utilizando medios locales, a través de cuatro países (Ecuador, Perú, Colombia y Brasil), periplo que alumbró un nuevo libro: La serpiente líquida, mitos, ritos y chamanes de la Amazonia. En ese viaje visité e hice sesiones con Mateo, un chamán shipibo del poblado de San Francisco, cerca de Pucallpa; con don Sabino, chamán quechua canelo de Sarayacu, en Ecuador; con chamanes de Tarapoto como Jorge González, que había sido rector de la universidad del departamento de San Martín. Y, en fin, pude cumplir un sueño largamente acariciado de viajar por ese universo selvático.

Una entrevista que me impresionó fue la de Pablo Amaringo, pintor selvático que, tras años ejerciendo como chamán, había abandonado la práctica de la curación. Tal y como confesaba, los chamanes amazónicos son diferentes a los de cualquier parte del mundo, tienen como ley que hay que matar al chamán enemigo para seguir sobreviviendo, y él, como respetaba la vida de todos, se retiró. “Me había ganado enemigos gratuitos, curaba a la gente a la que habían hecho mal sin cobrar nada. Los hechiceros y los brujos vinieron contra mí, me atacaron y casi me matan. Me salvó otro chamán muy fuerte, me levantó y me dijo: mátalos, si no ellos te van a matar a ti. Así que lo dejé por completo, me salí del chamanismo y desde entonces no he tomado ayahuasca ni una sola vez”.

Pablo Amaringo pintaba paisajes amazónicos, las costumbres de su gente, y en los años ochenta conoció a varios antropólogos que le propusieron que pintara las visiones que había tenido con la ayahuasca. De ahí nació un hermoso libro, Ayahuasca Visions, publicado por la Universidad de Berkeley, con texto del antropólogo colombiano Luis Eduardo Luna y unas pinturas de Amaringo sorprendentes por su fuerza y colorido. Él solo pintaba cosas que había visto y vivido, con sus legiones de criaturas y espíritus de plantas y animales. Cada vez más consagrado, creó la escuela de pintura amazónica Usko-Ayar en junio de 1988, que es donde lo entrevisté, años antes de que muriera y se transformara en alguna de aquellas criaturas que tan primorosamente pintaba.

Uso y abuso

Creo que he viajado lo suficiente, dentro y fuera, para tener una perspectiva de la realidad actual de la ayahuasca –y otras substancias– en sus diferentes facetas. Hay cosas que me preocupan del uso de las substancias enteogénicas.

Hace poco, un amigo me contaba cómo estaba el asunto en Iquitos (Perú). Si ya la última vez que fui había cerca de un centenar de chamanes censados y algunas agencias de turismo de aventura incluían una sesión de ayahuasca en sus folletos con chamán local, lo de ahora no tiene parangón. Ganchos profesionales se sitúan en los principales puntos turísticos y ofrecen la sesión a cualquier gringo, de forma indiscriminada. Ya hay una corriente de buscadores occidentales, que va únicamente a eso, y las sesiones, sean o no con verdaderos chamanes, cuestan de 100 a 150 dólares. Un filón para gente con pocos escrúpulos. Las consecuencias negativas no han hecho más que empezar. Gente que se siente estafada, cayendo en ceremonias absurdas con gente que da cualquier brebaje, seudochamanes con un control nulo sobre los posibles efectos en las personas y los daños que pueden aparecer después. En fin, un despropósito. Todos somos buscadores y todos tenemos derecho a los beneficiosos efectos de las plantas, incluso a aquellos usos seculares y lúdicos –la ayahuasca permite un grado de comunicación íntimo con todas las criaturas–, pero la moda puede acabar o restringir un conocimiento ancestral y tremendamente sutil y delicado.

Por la experiencia de todos estos años, considero que cualquier sesión con una droga enteogénica como la ayahuasca tiene tres elementos fundamentales que influyen en el resultado. En primer lugar está la substancia y cómo ha sido elaborada, la proporción de liana (Banisteriopsis caapi) y hoja (Psychotria viridis), es decir, armina y armalina, y sobre todo, DMT (dimetiltriptamina). En segundo lugar está el chamán y su ritual, fundamental a la hora de conducir bien una sesión, abordar y solucionar los problemas que puedan surgir. Y por último está la compañía del resto de los participantes. Para que un chamán, o curandero, pueda conducir con garantías de éxito cualquier ritual con plantas, cualquier limpieza, trabajo o sanación, tiene que tener una experiencia mínima de quince años, en los que haya realizado numerosas dietas y retiros, haya probado todos y cada uno de los palos vegetales y conozca perfectamente sus efectos. A su vez, en estos años de formación, el chamán perfecciona sus técnicas para conducir la sesión, sean musicales, con el uso de instrumentos como maracas, flautas, caracolas, sonajeros de hoja, o sean de palabra, con los cantos conocidos como icaros. Hay que poseer los recursos necesarios para atajar un brote sicótico y, sobre todo, detectarlo si es posible antes de que vaya a suceder. He visto de todo en muchas sesiones con muchos grupos y guías a lo largo de estos años. La selección de participantes es fundamental para el desarrollo de cualquier trabajo.

Hoy en día es posible participar en sesiones de ayahuasca no solo en España, sino en Europa, con determinada frecuencia. Prácticamente en las grandes ciudades existe la posibilidad de tomarla casi cada fin de semana. Lo que suponía un descubrimiento gradual, con su dosis de misterio, con su esfuerzo, con su viaje a la selva, se ha convertido en un viaje a la medida, mercantilizado y con un precio reglado, una industria que a algunos les permite vivir e incluso darse cierto lustre. Recientemente ha surgido la polémica sobre la organización Ayahuasca Internacional, a la que se ha acusado de ser una especie de secta que solo busca dinero. Abridores de puertas podemos ser muchos, porque es lo más fácil, pero ser verdaderos chamanes es mucho más complicado y requiere un tiempo de dedicación y aprendizaje en la vida: no se encuentran estos guías tan fácilmente.

A este respecto, aunque no sé si creer en la justicia poética, sí que pienso que no queda impune el abuso por parte del que lo hace. Tarde o temprano hay consecuencias, y no me refiero a las penales o legales. La substancia acaba pasando factura. No se puede comerciar y abusar de algo que proporciona más conciencia, pero que en el fondo es una herramienta de poder. Bien utilizado es algo positivo y formidable, un autoanálisis con ausencia del ego y con humor, y puede ser trascendental en la experiencia de la vida, en este viaje maravilloso, porque la ayahuasca, y esto lo sabe cualquiera que la haya probado varias veces, eres tú mismo. Sin careta, viendo con distancia el andamiaje. Mal utilizada, cayendo en la parte oscura del poder y manipulación de las personas, la experiencia puede ser nefasta y acarrear daños síquicos.

Con Jorge González, chamán y exrector de la universidad de san Martín, en Tarapoto (Perú), con un trozo de liana
Con Jorge González, chamán y exrector de la universidad de san Martín, en Tarapoto (Perú), con un trozo de liana

Código ético

Varias entidades y organizaciones han formado la Plantaforma para la Defensa de la Ayahuasca (PDA), y el 23 de noviembre de 2009 aprobaron un código ético para el buen uso de la planta (www.plantaforma.org/codigo-etico). Creo que es un razonamiento serio y que merece ser difundido.

Entre las recomendaciones más importantes, además de que la ayahuasca no debe ofrecerse como la panacea de nada, figuran la de realizar una entrevista previa a los participantes con el objetivo de informar de los posibles efectos, de la forma y duración de la sesión y de la composición de la substancia que se tomará. Se recomienda que los participantes firmen un consentimiento informado, así como hacer un seguimiento posterior.

En cuanto a los vetos, el código ético considera que debe ser prohibida la participación a personas incapacitadas mentalmente por algún tipo de trastorno severo, con medicación incompatible, que vienen sin información o la rechazan. Asimismo, no se permite la venta, el tráfico, comercialización o especulación de ningún tipo con la ayahuasca. Las contribuciones económicas deben sufragar los gastos propios originados por la celebración de las sesiones, así como ayudar a los pueblos indígenas, tradiciones y líneas religiosas o corrientes científicas en el mantenimiento de sus estructuras.

Las organizaciones y entidades que organicen sesiones con ayahuasca tienen el compromiso de comportarse y expresarse conforme a las leyes vigentes o trabajando para su modificación en función de la armonización con la Declaración Universal de Derechos Humanos, en lo relativo a la libertad de conciencia y libertad religiosa, procurando siempre que sus acciones no perjudiquen al resto.

Se asume el compromiso de no practicar proselitismo ni hacer alardes publicitarios sobre las sesiones ni el consumo, aunque todos los interesados tienen derecho a recibir la información de forma saludable y positiva.

Cualquier persona que guíe una sesión con ayahuasca debe tener la correspondiente autorización de los responsables de su línea de trabajo. En caso de que no pertenezca a ninguna línea de trabajo reconocida, debe informarse de ello a los participantes.

La persona que guíe una sesión con ayahuasca estará obligada a hacerlo con rectitud y ética: orientándose exclusivamente al desarrollo propio de los que asisten a la sesión, de su grupo, de su entorno y para el bien de la humanidad; absteniéndose absolutamente de causar de forma voluntaria cualquier tipo de mal a nadie, respetando la integridad sexual, física y emocional de los participantes, no tratando de sonsacar dinero o influencias durante la sesión y tratando toda la información personal de los asistentes de forma confidencial.

Creo que menos no se puede pedir. Para que el viaje sea placentero, seguro y provechoso.

He vivido experiencias increíbles en estos años con la ayahuasca, aunque ahora no hago sesiones sino muy de vez en cuando. Cualquiera que la conoce sabe que es algo inefable, de una energía muy poderosa. En la selva, he visto cómo los búhos que se colaban en mis visiones venían luego, reales y fantásticos, a posarse enfrente, en una rama. He visto arañas en las visiones que al acabar la sesión se han materializado en una pared del fondo. Aquí, en España, he visto como, en el campo, una tormenta nos rodeaba y llovía por doquier salvo en el círculo donde se celebraba la sesión. Y he oído aullar a decenas de perros cercanos al lugar del ritual sin motivo aparente. Ocurren cosas, sin duda. Y como me decía Aquilino Yuqandama, el chamán que fui a visitar en Yazuta y durante un tiempo –ya fallecido– se me aparecía en las sesiones: “Esta es la televisión de la selva. No lo olvides, más que la ayahuasca, es la vida la que es mágica”.

Estoy de acuerdo con Aquilino. Y hay que celebrar la vida, que hace falta.

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