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Los mundos perdidos

Del Amazonas a Can Benet. Un encuentro con Josep M. Fericgla

Josep M. Fericgla

El doctor en Antropología Social y Cultural acaba de regresar de la Amazonia ecuatoriana, donde ha tenido oportunidad de mostrar a los maestros y chamanes que le iniciaron, hace más de veinte años, en el uso de la ayahuasca la nueva edición totalmente renovada y puesta al día de su obra Los jíbaros, cazadores de sueños. Tuvimos la grata oportunidad de encontrarnos con Josep M. Fericgla en las excelentes jornadas sobre ayahuasca que tuvieron lugar en la Casa Amèrica Catalunya, donde nos habló de su libro y de muchas cosas más.

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Los jíbaros, cazadores de sueños apareció hace más de veinte años. Fue publicado en catalán, castellano y traducido a otras lenguas. ¿Cuál es el sentido de esta nueva edición de la obra, totalmente renovada?

Los libros van muriendo, sea porque la información que contienen caduca, sea porque dejan de interesar a la sociedad o por otros motivos. Tan solo algunos textos eternos se libran de marchitarse con el paso del tiempo. Los jíbaros, cazadores de sueños no es un texto que hable de verdades eternas, habla con fluidez y sinceridad de la verdad del momento, de personas y situaciones que estaban sucediendo cuando lo escribí, y de la importancia de aquellas circunstancias para el ser humano. Han pasado dos décadas desde la edición original, en 1994. El libro sigue vendiéndose, pero el mundo de los indígenas amazónicos ha cambiado más en estas dos décadas que en diez siglos. El mundo en general ha cambiado, y no precisamente para mejorar. Mi entorno y yo hemos cambiado, y creo que en este caso sí ha sido para mejorar, aunque yo haya envejecido, o tal vez gracias a esto. Revisar a fondo Los jíbaros, cazadores de sueños es una manera de mantenerlo vivo. La vida es cambio constante. No ha de extrañar que se revise un libro, al igual que se revisa y versiona una pieza musical, un modelo de coche o un obra de teatro. Lo hago con casi todos mis libros y artículos, los reviso cinco o seis veces antes de publicarlos y una vez editados dejo que pase el tiempo y los releo de nuevo. Aprendo mucho de mí y de la vida al releer lo escrito tiempo atrás. Hay pocos escritores que lo hagan hoy en día, porque la mayor parte de publicaciones son tan absurdas e insubstanciales que no merecen ni una mera revisión. Lo he reescrito a fondo y lo he publicado por tres razones. La primera: pocas veces le es dado a un antropólogo que ha publicado su diario personal revisarlo y describir situaciones que en la edición original habían quedado sin resolverse. He dejado el texto original intacto e, intercalado con él, he añadido fragmentos hablando de lo que pasó durante estos veinte años con las personas que se hacen familiares al lector. Explico cómo han evolucionado ciertas circunstancias cuyo momento inicial no hacía suponer el desarrollo posterior, cómo ha cambiado el mundo indígena y el nuestro, y especialmente qué ha pasado con la ayahuasca en estos años de globalización de su consumo. Por otro lado, evidenciar que el tiempo pasa y que, a la vez, cambia todo y no cambia nada pero que para la vida humana es el único factor realmente valioso, es un deber que siento ante la actual plaga de pantallitas e insubstancialidad. A mi alrededor casi solo veo cabezas vacías controladas por pantallitas vacías. Cada vez se olvida más que hay un “antes” del último whatsapp probablemente con un mensaje fútil, y que habrá un “después” del próximo modelo de teléfono móvil o de tableta, que el mañana es hijo del hoy y que si hoy hago lo mismo que hice ayer, el mañana será lo mismo que hoy.

La ayahuasca globalizada

Recientemente has vuelto a la Amazonía, ¿qué cambios has apreciado desde tus primeros viajes, tu temprano encuentro con el chamanismo y con la ayahuasca, temas de los que fuiste un pionero, no solo en nuestro país sino a nivel mundial?

Hay un mundo muy profundo que está desapareciendo o que ya ha desaparecido, y no hay substituto. Cada vez que desaparece una cultura, es una pérdida irreemplazable tanto intelectual como humanamente. Cada cultura y cada etnia amazónica son una manera específica de ser humano; son el resultado de siglos de adaptación y de aprendizaje de la selva; son una manera irrepetible de ver el mundo y de pasar por la vida. Cuando empecé a visitar a los shuar, a los achuara y a los quichuas para estudiar sus culturas era el año 1991. Los shuar y los achuara solo hacía sesenta años que usaban herramientas de hierro. Hasta entonces, técnicamente estaban en la edad de piedra. Ahora, los hijos y nietos de aquellas personas que me mostraron su mundo tan diferente del mío, muchos de los cuales aun están vivos, trabajan de oficinistas en algún banco, de policías, de transportistas o pasan hambre. Es un salto inconcebible para nosotros: de la edad de piedra a la era postindustrialización en treinta años. Muchos de estos ancianos, hace veinte años eran los merecidos reyes de la selva; vivían de lo que cazaban, de sus pequeños y ancestrales huertos, eran valientes y sabían aprovechar los recursos de la selva para resolver todas sus necesidades: medicinas, orientación, toma de decisiones, vestidos, aprendían de los animales… Hoy en día, hay amigos míos, ancianos shuar, que están enfermos y pasan hambre porque ya no tienen qué cazar ni qué comer. La selva se ha reducido trágicamente, los animales se van extinguiendo o huyendo, y los ríos ya casi no tienen peces, especialmente en las zonas más limítrofes de la jungla, donde llegan los colonos mestizos y las empresas occidentales.

Uno de los bienes inmateriales del mundo amazónico, la ayahuasca, se ha escapado de sus manos y está en pleno proceso de globalización, pero la ayahuasca, y el profundo efecto que produce en el mundo amazónico –un mundo animista, no hay que olvidarlo–, está muy lejos de la frivolidad que está dominando el consumo de la mixtura fuera de su contexto original. Frivolidad no significa inutilidad. No. Nuestro mundo actual es un expansivo cosmos de frivolidad y de superficialidad, y todo lo que hacemos tiene este tono, no podemos evitarlo. Los chamanes a los que conocí hace más de dos décadas, y con los que trabé verdadera amistad, no entienden lo que está sucediendo. Antes –me decían–, para iniciar a una persona en el chamanismo, hacían falta varios años de disciplina, de ayunos, de descubrir el lado invisible de la realidad y de buscar aliados entre los poderes que lo habitan, de educarse uno mismo para ser fuerte. Ahora, vienen blancos y me piden que los haga chamanes en una semana, en un par de días, en una sola sesión con ayahuasca. Les pido mil dólares y a veces me los dan. ¡Ni sé cuánto es esto pero lo cojo! Yo los entrenaría sin pedirles nada, solo quiero su tiempo, su valentía y entrega, pero no lo entienden, siempre van con prisas. Esto no tiene nada que ver con lo que era antes, y lo peor es que mi gente está haciendo lo mismo. Esto es lo que me dicen los chamanes. Hablo de ello extensamente en Los jíbaros, cazadores de sueños.

Ferigcla en su despacho de Can Benet
Ferigcla en su despacho de Can Benet

Desde tus primeros contactos con la liana de los muertos has estado reflexionando sobre el posible uso en Occidente de la ayahuasca. Te he oído hablar en distintas ocasiones de que debería haber una suerte de formación para las personas que quieran dirigir sesiones con ayahuasca. Me gustaría que me hablaras de tus ideas al respecto.

Es un tema muy importante y actual. Gracias por sacarlo. El efecto de la ayahuasca en el ser humano, como sucede con otros enteógenos, ultrapasa los límites de los conceptos al uso. Tiene un efecto integrador y visionario, puede ayudar a desvelar recuerdos censurados del pasado personal para reparar o perdonar lo que sea, y sanarlo; puede abrir lo que denominamos “percepciones extrasensoriales”, facilitando la entrada del sujeto en otras dimensiones del mundo, pero que están aquí mismo. Por ejemplo, desarrolla muchísimo la intuición, y con la intuición entramos en una esfera creativa de la realidad, en una esfera donde prima la unidad del cosmos, no la división; donde el tiempo pierde importancia. Pero no todo el mundo está preparado para abrir estas puertas perceptuales sin angustiarse, o hasta sin pasar por un episodio de crisis que la psiquiatría convencional no dudaría en etiquetar de psicosis, sin serlo. Esta experiencia de descomposición del ego cotidiano está más cerca de lo que Stanislav Grof denomina “emergencia espiritual” que de un brote psicótico, aunque prefiero denominarlo una “experiencia transpersonal”, usando la terminología que acuñó Carl Gustav Jung en 1937, pero la diferencia ahora carece de importancia. Debería haber lugares específicos y oficialmente reconocidos donde preparar a los individuos que se sientan interesados en explorar las dimensiones espirituales y esotéricas de la realidad interna y externa de las personas. Estos individuos y la sociedad han de entender que no puede haber un programa académico que garantice la calidad de su entrenamiento, que su disposición natural es determinante. Han de estar dispuestos a entregarse completamente a la experiencia; han de tener una impecabilidad moral a prueba de seducciones dinerarias, sexuales y de todo tipo. Han de aprender a usar los conocimientos técnicos requeridos, y han de ser personas muy creativas y flexibles, ya que estoy hablando de crear un área nueva en nuestra cultura inmaterial, y eso solo lo pueden hacer individuos psicológicamente maduros, carismáticos y creativos. Debemos recuperar los ritos iniciáticos, aunque en nuestras sociedades hay muchos obstáculos, comenzando por el patrón consumista y masificador dominante, algo que se opone de frente a toda forma de iniciación real. Lo que veo a mi alrededor son algunos caraduras narcisistas que no pasarían ni el primer filtro serio; muchos individuos con carencias emocionales que buscan resolverlo llevando sesiones de ayahuasca; algunos indígenas avispados que se hacen pasar por chamanes para sacar dinero, y algunas personas que están trabajando para desarrollar la manera occidental para aplicar métodos extatogénicos. Es mi caso. Desde hace dos años estoy trabajando para ofrecer el programa universitario internacional “Máster de especialización en procesos de desarrollo personal y técnicas de expansión de la consciencia”. Probablemente se realice en Ecuador, en la Universidad Andina. Siento que es el lugar legítimo para ofrecer al mundo occidental la ayahuasca y sus formas de uso.

En relación con esto, recientemente has tenido el valor de enfrentarte a los desaprensivos que están utilizando la ayahuasca de un modo poco adecuado. Siempre has sido una persona valiente que se ha posicionado y ha luchado por aquello que crees que merece la pena. Lo que no ha sido siempre una posición cómoda. Nos gustaría que ampliaras tu opinión sobre el uso que se está haciendo actualmente de la ayahuasca, tanto en contextos amazónicos como en Occidente.

Resulta sorprendente e interesante lo que está sucediendo con la ayahuasca en Occidente. Cuando empezó a extenderse su consumo, hace poco más de veinte años, pensé que tendría la misma curva temporal que otros enteógenos, que se expandiría el interés durante diez o quince años y luego bajaría, quedándose un uso reducido a minorías expertas o interesadas, como ha pasado con el LSD, el peyote o los hongos psilocíbicos. Pero veinte años después, la ayahuasca sigue expandiéndose y casi se está legalizando, de hecho. Si esto sucede es porque está cumpliendo con una función importante. Cuál es esta función, me pregunto con frecuencia. La ayahuasca está ayudando a encontrar un camino de conexión con el ser interno de cada persona, con el núcleo de gravedad interno que cada uno debe cultivar dentro de sí mismo, porque es de donde surge el sentido de la vida y la experiencia de plenitud. Es una experiencia a la que Occidente perdió la puerta hace un siglo y medio, y la reencontró con la cultura psicodélica, pero fue una explosión de inmadurez, como era de esperar cuando sucede algo así. Ahora estamos más maduros como sociedad, de ahí que la ayahuasca está uniendo con calma dos grandes tradiciones: la chamánica y la psicodélica, la espiritual y la terapéutica. Espero y deseo que no haya ningún loco que, por dinero, estropee este camino sensato y sereno que están siguiendo las nuevas religiones ayahuasqueras, como el Santo Daime y la UDV, y algunos científicos entre los que me cuento. Tenemos el foco puesto en la legalización de la mixtura y la creación de espacios y marcos simbólicos adecuados para buscar una experiencia del ser.

¿Qué opinión tienes acerca de que la ayahuasca pueda ser utilizada terapéuticamente y en el tratamiento de las adicciones?

La mayor parte de adicciones y de comportamientos compulsivos tienen una misma etiología: la falta de un sentido profundo de la vida que sufre el adicto o la adicta. Y por adicción tanto me refiero a una substancia legal como ilegal –no olvidemos que la mayoría de los adictos lo son a substancias de venta en farmacias–, y también a la adicción a la televisión, al sexo, al trabajo, al deporte o al propio desasosiego. Nuestra sociedad es una Sociedad Adicta, en mayúsculas, debido a la falta de un sentido trascendente de la existencia. No dedicamos ni una brizna de tiempo al cultivo del alma, pero el alma está ahí y aparece en forma patológica en cada una de las adicciones que nos inundan, empezando por la actual adicción a las pantallitas. En este sentido, la ayahuasca es una substancia de efecto psicointegrador que, adecuadamente usada, permite unir los múltiples personajes internos que están en constante guerra. La guerra civil que cada uno alberga dentro de sí. La ayahuasca favorece un estado que llamo de “consciencia dialógica” porque bajo su efecto la persona puede observar a cierta distancia y sin estar atrapada sus propios diálogos internos, sus carencias espirituales y psicológicas, sus tensiones y bloqueos emocionales, y sentir que lo integra en una totalidad, incluyendo el mundo externo. Sentir que uno forma parte de algo más grande que su pobre y limitada individualidad es propiamente la experiencia espiritual pura, no confesional, y eso es lo que permite la experiencia con ayahuasca. Que lo permita no significa que propulse esta experiencia indefectiblemente. He conocido gente muy adicta y a malas personas que toman ayahuasca a litros, y no solo no mejoran sino que empeoran en su maldad. Señálale a una buena persona sus defectos y se pondrá a trabajar para corregirlos, pero si se los señalas a una mala persona en veinticuatro horas los habrá doblado, y eso hace la ayahuasca en ciertas personas. Por ello, y para no alargarme, se puede afirmar que correctamente usada es la herramienta perfecta para ayudar a sanar la neurosis y las adicciones, que son un tipo grave de neurosis. No creo exagerar si afirmo que la actual, sorprendente y rápida difusión de la ayahuasca se debe justamente a que es la medicina que necesitan nuestras sociedades actuales.

Un laboratorio de experimentación humana donde aprender a morir

¿Qué relación tiene tu trabajo como antropólogo, terapeuta, musicólogo, y muchas cosas más, con la idea que te llevó a crear el Campus Can Benet?

Podríamos considerar mi lema el siguiente: “Mi único interés es la consciencia humana y mi aportación a la humanidad es ayudar a desarrollarla”. Hace más de veinte años que creé y sigo dirigiendo talleres de estados expandidos de la consciencia propulsados por la respiración holorénica, como el taller “Despertar a la vida a través de la muerte”, el taller “De lo masculino y de lo femenino” o el taller “Aprender a amar y decir adiós a las personas y las cosas”. Estas experiencias catárticas y extáticas, de cultivo y unificación del ser interno, parten de una misma técnica transpersonal pero su orientación va hacia espacios internos y objetivos diferentes. Hace quince años sentí la necesidad de disponer de unas instalaciones especiales y adecuadas para albergar estas experiencias, y no había. Era necesario crear un espacio dedicado a lo que denomino “espiritualidad práctica” y no confesional. Así fue como surgió el propósito. Con el apoyo de varios colaboradores y amigos, compramos una hermosa finca de unas nueve hectáreas en el corazón del Parque Natural del Montnegre, a menos de una hora de Barcelona ciudad y cerca del mar. De esto hace ya doce años. Con esfuerzo rehabilitamos los antiguos edificios existentes y construimos cuatro edificios más para albergar salas de trabajo, salas de reuniones, viviendas para los residentes y alojamientos para las personas que vienen a los cursos y seminarios. Can Benet Vives se ha convertido en un punto de referencia internacional como lugar donde tener experiencias especiales y buenas para la vida, y actualmente pasan más de 4.000 personas al año. Hace poco, en un artículo, alguien lo denominó “modelo de santuario y universidad del futuro”, una denominación exacta. Me siento orgulloso de haberlo puesto en marcha, ya que es un lugar de respeto al ser humano y a la individualidad, y los residentes son un ejemplo vivo de ello. Funciona en parte gracias a voluntarios de todo el mundo que vienen a pasar meses y hasta años colaborando con el proyecto y aprendiendo a la vez a ser personas entre personas… Can Benet Vives para mí ha sido un laboratorio de autoexperimentación y de cierta experimentación humana, obviamente con personas entregadas e interesadas, que se está mostrando como un posible modelo de convivencia ideal.

Ferigcla con su mujer Myrian y Roxana, una amiga del Amazonas
Ferigcla con su mujer Myrian y Roxana, una amiga del Amazonas

¿En qué consiste el proyecto destinado a aprender a morir que estás desarrollando en tus talleres de Can Benet y por todo el mundo?

El gran abismo oscuro que hay en nuestras sociedades es la muerte. Alejando la muerte de nuestra experiencia cotidiana y manipulando el pánico que genera el mero pensar en ello es la forma actual por la que los estados nos atrapan y manipulan. Aceptar la muerte es una vía de libertad personal y social, y un camino de salud mental. Así que, uniendo mi interés y experiencia en estados expandidos de la consciencia, y la necesidad de experimentar la muerte para poder vivir felices y amar, creé los talleres “Despertar a la vida a través de la muerte”. En un sentido antropológico, estos talleres son verdaderos ritos iniciáticos o ritos de transformación y regeneración. En las culturas clásicas no se concebía que una persona adulta viviera plenamente sin haber experimentado uno o múltiples ritos de regeneración; sabían que hay que morir para regenerarse, que es una ley universal y que no son palabras vacías. Las sociedades tradicionales se organizaban en torno de sus ritos iniciáticos, y el núcleo de estos ritos siempre era una experiencia de expansión de consciencia. Hasta el día de hoy han pasado más de 6.000 personas por este taller y por otros dirigidos a otras experiencias arquetípicas. Mi utopía es que el 1% de la población occidental pase una vez en la vida por esta experiencia. Sé que no lo veré, pero si así fuera cambiaríamos el mundo para bien. Uno de cada cien son suficientes para mejorar el mundo.

JIbaros

Los jíbaros, cazadores de sueños, Josep M. Fericgla
La Liebre de Marzo. 382 pág. PVP: 21 €

Más información sobre Josep M. Fericgla en: www.josepmfericgla.org 

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Era realmente fascinante esa mezcla de dureza y belleza, de hostilidad y atracción, donde todo era cambiante y nada era lo que parecía. Llegué, junto con otros tres compañeros, con la intención de rodar un documental en 16 mm sobre aquel mundo de transformaciones constantes en el que, mal que bien, aprendí a desenvolverme no sin algún que otro percance (picaduras de niguas y de chibacoas, parásitos y arácnidos con cierto peligro). Pero todo tenía su sentido cuando convivías con indígenas como los yanomamis,

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