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Deshabituación a la metadona con ibogaína

Ibogaina

En la Conferencia Global sobre la Ibogaína presenté un caso clínico de una amiga que decidió dejar la metadona utilizando la ibogaína. La metadona es un fármaco opiáceo que se utiliza como sustitutivo de la heroína en personas que han desarrollado dependencia a la misma.

A diferencia de la heroína, de la que se necesita tomar varias dosis durante el día para evitar la aparición de síntomas de abstinencia, la metadona solo requiere consumirla una vez al día en forma líquida por vía oral. Ello es debido a que la metadona se elimina más lentamente del organismo que la heroína. Pero, esto que para el usuario puede ser una ventaja en términos de comodidad, es una desventaja en términos de dependencia. Al tener una vida media tan larga y tardar tanto tiempo en desaparecer del organismo, el síndrome de abstinencia es también bastante más largo que el de la heroína. De hecho, mientras la deshabituación de la heroína mediante la disminución progresiva de la dosis puede ser relativamente rápida, en el caso de la metadona suele ser necesario un mínimo de seis meses bajo estricto control médico. Y no siempre es exitoso. Por razones en buena parte desconocidas, muchas personas, en el proceso de disminución, cuando llegan a un umbral de dosis que suele ser por debajo de los 50 mg, no consiguen seguir reduciendo dosis y una mínima bajada, por poquísima que sea, produce síntomas de abstinencia. Por ello, muchas personas terminan tomando metadona de por vida, ya que no hay un método más eficaz de deshabituación que la disminución progresiva de la dosis. Método que, como ya se ha dicho, es de eficacia relativa.

Según datos del Plan Nacional sobre Drogas, el número de personas atendidas en programas de mantenimiento con metadona en el 2011 en España fue de 74.199. En cuanto a población penitenciaria, durante el año 2011 recibieron tratamiento con metadona 13.621 internos drogodependientes. En diciembre del 2011 estaban recibiendo diariamente el fármaco 5.189 reclusos en todo el Estado español, lo que supone una prevalencia en tratamiento con metadona del 8,7% del total de la población penitenciaria.

Desintoxicarse de la metadona, una demanda creciente

Debido al aumento de adictos a opiáceos en programas de mantenimiento con metadona, junto con la mayor supervivencia de los pacientes con VIH en la última década, se ha producido en España la aparición de la demanda de desintoxicación a dicha sustancia. El método habitual de desintoxicación de la metadona supone una disminución gradual ambulatoria de la sustancia, el cual en muchas ocasiones no es tolerado por el paciente, que solicita un aumento de dosis precipitado en muchas ocasiones por ansiedad y síndrome de abstinencia. Por ello, es habitual entre las personas que inician programas de mantenimiento de metadona que, una vez estabilizado el paciente en una dosis, esta se mantenga durante muchos años. Por ejemplo, en el informe del 2005 de la Agencia Antidroga de Madrid, se informa que desde que se creó en 1997 el registro de metadona en dicha comunidad, el total de pacientes incluidos en programas con agonistas opiáceos había sido de 20.305, de los cuales 11.171 permanecían en esa fecha en el programa. De ellos, 6.929 (62%) llevaban menos de cinco años; 3.926 (35,4%), menos de diez años, y 292 (2,6%), más de diez años.

En España, la metadona se encontró en el 38,1% de las muertes debidas a reacciones agudas por drogas, y en un 25,9% de los casos se detectó metadona y no otro opioide, si bien su presencia aislada sigue siendo escasa (3,2% de las muertes en el 2009). En la práctica clínica se sabe que muchas personas en programas de mantenimiento de metadona siguen consumiendo, ya sea de manera habitual o esporádica, otras drogas. Puede ser por placer simplemente, o también como un intento de contrarrestar la planicie afectiva que produce la metadona. Sea como fuere, la combinación de metadona con alcohol y otras drogas puede ser peligrosa. De ahí la escasez de presencia única de metadona en las mencionadas muertes por reacción aguda y su habitual presencia compartida con otras drogas.

Debido a la complejidad del cuadro de abstinencia de la metadona, el único método relativamente eficaz de que se dispone hoy día para tratarlo es en las unidades de desintoxicación hospitalaria (UDH). Sin embargo, este tipo de tratamiento es poco habitual, ya que en la práctica clínica se suele considerar el tratamiento de mantenimiento con metadona como un tratamiento paliativo y crónico. Apenas existen datos sobre las peticiones de desintoxicación en las UDH por tipo de droga. Por ejemplo, en la comunidad de Valencia, el 78% de las mismas es para tratar el alcoholismo y el 8,5% para la cocaína. Es de esperar que en los próximos años aumente la demanda de peticiones de desintoxicación de metadona, por lo que es necesaria la investigación en enfoques terapéuticos ambulatorios, de bajo coste y bien tolerados por los pacientes.

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El caso clínico de P.A.

El caso clínico que presenté en la conferencia fue la descripción pormenorizada de una amiga que decidió deshabituarse de la metadona utilizando ibogaína. No se trata de un tratamiento exento de riesgos. Mi papel en todo el proceso fue simplemente asesorarle, prestarle apoyo y documentar todo el proceso, utilizando instrumentos y cuestionarios en los que cada día iba registrando todo el proceso. La deshabituación fue supervisada vía Skype desde México por Clare S. Wilkins, fundadora y directora de la clínica Pangea, en México. Ella es una proveedora con una experiencia de diez años de tratamientos de desintoxicación a diferentes sustancias con ibogaína, especialmente los casos difíciles, por ejemplo, gente con polidependencias y con riesgo cardiaco. Clare estaba disponible y conectada vía Skype y Whatsapp permanentemente durante los dos meses que duró el proceso de desintoxicación.

La paciente, mi amiga, P.A., es una mujer de cuarenta y seis años que lleva diecisiete años en un programa de mantenimiento de metadona de la comunidad autónoma de Cataluña. Lleva una vida normalizada, con un trabajo estable desde hace años. Había realizado tres años antes un intento fallido de deshabituación, tras el cual consiguió estabilizarse en 40 mg de metadona diarios. El tratamiento crónico con metadona no solamente supone el arrastrar de por vida una dependencia fisiológica a un fármaco, con todos los riesgos para la salud que de ello se deriva, ya que la metadona tiene un efecto sobre el organismo, sobre todo de tipo cardiaco. Aunque con metadona se puede hacer una vida normal, las personas usualmente manifiestan una especie de aplanamiento emocional típico de los opiáceos. Cada semana hay que ir al centro de dispensación a por metadona y nunca se puede olvidar tomar la dosis de la mañana, so pena de empezar a sufrir los síntomas de la abstinencia. En el plano práctico hay además una incomodidad añadida: dificulta los viajes, pues solo se pueden hacer a países en los que se permite entrar con metadona, y solo por el tiempo correlativo a la cantidad de metadona con la que se permite entrar en cada país.

Como se ha dicho, P.A. decidió asumir el riesgo que implica someterse a un tratamiento de deshabituación con ibogaína. La ibogaína, a dosis medias altas, produce bradicardia, que es un enlentecimiento del ritmo cardíaco que puede ocasionar la muerte porque el corazón es incapaz de bombear convenientemente oxígeno al organismo. También la ibogaína baja la presión. Además, tiene un efecto cardiovascular que se conoce como prolongación del intervalo QT, una onda que se detecta en el electrocardiograma que puede producir arritmias y en casos extremos puede causar la muerte. En el caso de la deshabituación a la metadona, el riesgo de prolongación del intervalo QT puede incrementarse, ya que la metadona también tiene un efecto de prolongación sobre dicho intervalo. Por ello los tratamientos con ibogaína siempre deben estar médicamente supervisados.

 

Un protocolo de dosis bajas menos arriesgado

P.A. tomó una serie de medidas para evitar los riesgos asociados al tratamiento. Primero de todo, a diferencia de los tratamientos clásicos con ibogaína, en los que se suele utilizar una dosis alta para provocar además una experiencia física, psicológica y espiritualmente intensa, ella decidió optar por un protocolo basado en dosis bajas, más duradero pero con menos riesgo. En el caso concreto de la metadona, las dosis altas de ibogaína no siempre son eficaces, a diferencia de lo que ocurre para opiáceos de corta duración, como es la heroína. Aunque la experiencia espiritual puede ser muy útil, tal y como manifiestan las miles de personas que han pasado por este tipo de tratamiento, la vida media de la ibogaína es más corta que la vida media de la metadona, siendo la primera incapaz de desactivar completamente los síntomas de abstinencia de la segunda, que vuelven a aparecer a medida que la ibogaína deja de hacer efecto. Por eso P.A. decidió seguir un protocolo, diseñado por Clare Wilkins, basado en dosis bajas de acuerdo a la lógica que se explicará más adelante.

Además, se hizo un análisis clínico para descartar problemas renales, hepáticos, de metabolismo celular, etc., que pudieran complicarse por el efecto de la metadona, y también para ajustar bien las dosis de ibogaína a su propio cuerpo. Alquiló un electrocardiograma con el que su pareja la monitorizaba durante 24 horas en intervalos de tiempo constantes después de tomar cada dosis de ibogaína y cuya lectura hacía, bien presencial, bien por teléfono, una médico amiga suya. Por mi parte, antes y en intervalos constantes después de cada toma, medía los síntomas de abstinencia y de deseo de consumo con cuestionarios apropiados para ello, supervisaba su estado psicológico controlando la posible aparición de síntomas psiquiátricos, así como recogía los efectos secundarios que iban apareciendo.

El protocolo del tratamiento consistió en, una vez tomada una última dosis de metadona, esperar a que aparecieran los síntomas de abstinencia. Una vez evidentes y cuando la incomodidad de los mismos empezaba a dejar de ser soportable, tomó 150 mg de ibogaína. A la hora después de tomar la ibogaína, los síntomas de abstinencia desaparecieron por completo durante 6-8 horas, haciéndose insoportables pasadas las 24 horas.

Entonces, en vez de tomar su dosis normal de metadona, tomó la mitad (de 40 mg a 20 mg) durante 4 días. De nuevo dejó de tomar la metadona y de nuevo esperó a que los síntomas de abstinencia se hicieran muy incómodos y entonces tomó 300 mg de ibogaína. Esta vez los síntomas de abstinencia tardaron más de 48 horass en hacerse evidentes. Entonces volvió de nuevo a reducir a la mitad la dosis de metadona durante 4 días, suspendió la toma y cuando regresaron los síntomas de abstinencia, se administró la tercera dosis de ibogaína, esta vez incrementada en 100 mg.

Así sucesivamente hasta que, tras la séptima dosis, que fue de 700 mg de ibogaína, los síntomas de abstinencia nunca más aparecieron. El tiempo en el que P.A. se mantenía con una dosis reducida a la mitad de metadona era variable, dependiendo de la conciliación de las sesiones de ibogaína con su vida laboral. Las dosis bajas de ibogaína fueron psicoactivas en el sentido de catalizar la aparición de emociones y de memorias. Generalmente, por encima de los 500 mg ya empiezan a ser más visuales las experiencias.

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Efectos secundarios y aviso para navegantes

La ibogaína, incluso a dosis bajas, provoca efectos residuales de tipo estimulante, produciendo generalmente ansiedad y mucho cansancio por el trabajo interno, por lo que entre cada dosis de ibogaína podían pasar entre 4 días y 2 semanas. Antes y durante cada sesión de ibogaína, P.A. se hidrataba con agua de coco o con bebidas isotónicas, muy importante para mantener el equilibrio electrolítico que el corazón necesita para funcionar con seguridad.

El principal efecto secundario de los tratamientos con esta sustancia son los síntomas estimulantes residuales, que producen insomnio. Con este protocolo, los combatió al principio con benzodiacepinas. Luego decidió utilizar aceite de cannabis, con bastante éxito. Cuando P.A. se encontraba ya a dosis bajísimas de metadona (1 mg), cambió la metadona por unas gotas de tintura de opio, pero aun así, después de dos semanas, los síntomas de abstinencia no se iban. Finalmente, tras la última dosis de opiáceo, con sus últimos síntomas de abstinencia, tomó 700 mg de ibogaína y el síndrome de abstinencia desapareció para siempre, dos meses después de iniciado el autotratamiento. Desde entonces, seis meses después, sigue sin consumir metadona, y dice que siente como si tuviera una vida completamente nueva; que se ha enfrentado a muchos de sus miedos a través de la terapia con ibogaína y el trabajo que inició a continuación con un psicoterapeuta.

Aviso para navegantes: la ibogaína puede producir efectos adversos muy graves, incluso la muerte, si se combina con otras drogas como opiáceos y estimulantes, antes del tratamiento, durante y hasta semanas después. También puede ser fatal el uso de ibogaína si el corazón tiene ciertos tipos de arritmia o una onda QT prolongada. Quien inicie por su cuenta un tratamiento con ibogaína no puede obviar ninguna de las medidas que P.A. tomó para reducir la probabilidad de aparición de problemas médicos.

N. del A.: Gracias a Clare y Sarita Wilkins por las sugerencias de mejora realizadas en este texto.

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